Draugr

No sé en qué momento aquel «ser sin ser» regresó de la tumba silenciosa y mohína para atosigarme y perseguirme, cual un fantasma enojado con quien lo envió al infierno.

Yo hasta entonces no había notado nada extraño, ni había adivinado o previsto que estuviera pasando algo de lo que preocuparse. Caminaba feliz por los parajes conocidos de mi región, creyendo que nada podía sorprenderme ni abordarme, fuera de mi propia vanidad.

Se abalanzó silenciosamente sobre mí, aguardándome en lugar donde no pude imaginarlo ni evadirme, tras haberme atraído hasta la trampa con palabras dulces, miradas furtivas y alegres canciones.

Entonces la muerte ambarina, el cadáver rosado, lanzó sus oscuros maleficios sobre mi cuerpo, sometiéndome a una cárcel invisible, a un muro del más allá que me atrapó y me separó del mundo de los vivos, hasta que ya no quedó en mí más amor por la existencia ni voluntad de resistir.

Volando llegó hasta mi rostro como un hedor dulce, como un veneno deleitoso, me rodeó y penetró en mis fosas nasales, en mi garganta, en mis pulmones, y sobretodo en mi mente, hasta ennegrecerme desde dentro, y hacerme estallar en mil puntitos de desesperación.

Hacia un abismo negrísimo y sin fin me precipité. Caí durante edades del mundo y todo quedó en silencio y a oscuras.

Y de pronto, se hizo la luz. No una luz natural, alegre, vivificante, sino una luz oscura, malsana, burlona, sombría, como un fuego verde y azul que danzara en coyunda con una tiniebla que no estaba fuera de ella, sino que de ella procedía.

¿Estaba yo enfermo o simplemente había muerto? Pero estaba vivo, pues podía pensar y conocerme a mí mismo. Salvo que la muerte (mi muerte) fuera otra forma de conocimiento… No podía decirlo, ni puedo aún.

Me levanté de mi propia tumba. Arranqué los goznes de mi prisión de madera y acero con una facilidad impropia de un hombre, esté vivo o muerto. Y salí de nuevo al barro, a los caminos, a las colinas de mi tierra. Pero ya no era un ser humano, sino una sombra que provocaba el terror de los míos.

Entonces busqué a aquel ser sin ser. Sentía una ira dentro de mí y una sed como jamás había sentido. Escuché atentamente y oí rumores; miré atentamente y descubrí las pistas. Así lo vi entonces por primera vez tal como era en realidad, sin el disfraz de su piel ambarina y sus ojos negros como la noche. Y vi un monstruo de rasgos indecibles y de profundo terror, que no se parecía a ninguna otra cosa de este planeta… salvo a mí.

Me lancé sobre aquel ser sin ser. Y le arrebaté la vida (aquella vida sin vida, aquella forma sin forma) con mis propios dientes, con mis manos y mis garras, pues garras tengo. La cólera me otorgó una fuerza de una medida incontenible, y el desprecio y odio hacia mí mismo y mi nuevo género de existencia me revistieron de una energía que ni un dios podría haber contenido.

Maté al ser sin ser. Le robé todo. Y lo arrojé al abismo sin forma que hay más allá de los límites del tiempo, del espacio y de la cordura. Allí donde moran solo nuestros temores más inconfesables. Allí donde yo mismo había permanecido mientras la tierra giraba y giraba.

Ahora yo soy el draugr. Y tengo hambre, un hambre infinita… Y me como a mí mismo en un eterno banquete caníbal, condenado por mi compasión hacia los humanos a morir cada noche y revivir cada mañana, en medio de terribles sufrimientos, de sangre, de lágrimas, de soledad.

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