La tristeza del viejo poeta loco

Mi esposo tenía muchos discípulos. Algunos más amados que otros, es evidente, pero uno en especial. A él le encomendó la difícil tarea de hacer desaparecer unos papeles escritos muchos años antes en los que narraba la etapa de su vida en que aún se sometía a los rigores y reglas del mundo y de la masa. Los había conservado como prueba de aquellas regiones del alma y de la muerte a las que no deseaba regresar, y como recordatorio de las antiguas decisiones equivocadas, para no repetirlas. Quizás también porque, en el fondo, mi esposo era un tanto vanidoso, y le gustaba leer y releer textos suyos; y tenía cierta atracción malsana por su propio dolor, que le sabía dulce al gusto de su sensibilidad, cuando volvía como recuerdo escrito.

Aquel discípulo predilecto cumplió como pudo su tarea, o no. Seguramente se quedaría con algunos de aquellos olvidados y farragosos párrafos, como trofeo y quizás para revenderlos el día de mañana al mejor postor. Todos lo hacen, no le culpo. Los grandes hombres siempre atraen la atención del público. Antes o después crece el anhelo por conocer sus recónditos secretos. Y no falta quien encuentra en alguna caja olvidada un papel o una carta o un diario, que vienen muy a cuento cuando se trata de calmar efímeramente la sed y acrecentar indirectamente el ansia de conocer más cosas del gran hombre.

Pero una es lista, y sabe cosas que quizás no debería saber, porque sabe escuchar y sabe observar. Una parte de dichos papeles no pudo entregarlos mi esposo a nadie, porque yo los hurté de su podesión y los escondí a las miradas indiscretas. Él fingió no haberse dado cuenta o creyó, después de todo, haberlos perdido, y no dijo nada. Es posible que incluso supusiera, con buen tino, que yo los había tomado; y que decidiera permitirlo, para de estar forma castigarme. Pues un castigo han sido siempre para mi orgullo y mi vanidad, ya que yo creía haber sido la primera y única mujer que había amado. Para mi humildad, comprendí que no. ¿Cómo podría haber sido de otra forma? ¿Acaso el corazón inmenso de mi esposo no tenía espacio para amar a más de una mujer? ¿En qué momento me convencí de la estúpida suposición de que aquel ser sublime y grandioso solo me había amado a mí, una inocente, ingenua, insignificante e inútil mujer de pueblo, que nunca fui lo que él esperaba de mí, aunque nunca lo confesase? Ahora lo comprendo. Él lo supo. Es posible que incluso él lo hubiera planeado así.

Siempre le conocieron como el poeta loco. Sin embargo, para mí fue siempre el poeta triste. Ahora comprenderéis por qué. Porque nunca a lo largo de los años, a pesar de todas las cosas que vivimos, a pesar de todas las risas, a pesar de las fiestas y caricias; nunca, ni siquiera en los instantes de mayor placer, ni siquiera en los segundos de puro éxtasis… jamás se retiró del fondo de su pupila un halo de melancolía que era, por así decirlo, como el decorado de su mente y el color de su letra.

Los párrafos que os permito leer a continuación, de entre todo lo que, creyéndome más lista que él, pero cayendo en su trampa, me llevé de su escritorio, pertenecen quizás a una etapa muy joven de su vida. El estilo lo demuestra. Mi esposo fue, con los años, cada vez más conciso y sencillo. Estas páginas, en cambio, están escritas más pomposamente, y hay en ellas el latido de un ser que jamás se mostró en su totalidad, después de que lo conocimos.

Para los que lo amamos hasta la locura, estas páginas son una espada y también un abrazo. Porque, siendo hermoso, se nos muestra feo; y porque siendo angelical, se nos muestra humano. Espero que os sirvan de algo, o que al menos os agraden.


“Pero regresemos a Beatriz y a lo que sucedió después de su negativa. Asolado por la negativa de un alma que consideraba gemela a la mía, me interné en los pesarosos y agobiantes senderos de la melancolía, que desembocan en el sótano negro, solitario y venenoso de la depresión. Mi depresión. Echemos un vistazo a mi oscuridad, a la negrura y sequedad más intensas que he conocido.

¿Qué se siente en lo más profundo? ¿Qué se ve en lo más tenebroso? ¿Qué se oye en el silencio absoluto? ¿Qué es, en definitiva, eso que llaman depresión y cuya enormidad muchos tienden a menospreciar? Quienes han descendido (empujados, impelidos por una fuerza extraña) esta escalera que, en espiral, lleva al abismo, aterrorizados ante cada peldaño, esperando que la escalera se rompa y ese abismo los engulla, incluso deseándolo, como la única forma de escapar a su destino y a ellos mismos, entenderán bien lo que se ha de decir sobre la depresión. Mas no creo que los demás lo conciban en su justa medida. Se trata de una de esas experiencias vitales ante las cuales las palabras carecen del alcance, el sentido, la profundidad, la anchura, la fuerza y el peso precisos para describir el objeto que nombran. La depresión es tristeza, claro que sí; pero es mucho más que eso. La depresión es añoranza, pero no se agota en ella. La depresión es desgana, pero es mucho más poderosa. La depresión es desesperanza, pero la supera con mucho. La depresión es desilusión, pero ésta es benéfica en comparación con aquélla. La depresión siempre es más: es locura, es estulticia, es autodesprecio, es impiedad, es subterfugio, es parodia, es esquizofrenia, es automutilación, es ceguera, es tortura, es herida, es rendición, es autocompasión, es rabia, es odio; es la culpable postración ante los hechos, es la interpretación torcida de las cosas, es la desconfianza en cualquier posibilidad de redención, es pérdida de la humanidad misma, es lo terrible elevado al infinito y disfrazado con las galas frías de la indolencia… No obstante, es todo esto junto y mucho más que su mera suma. No hay palabras en ningún lenguaje humano para definir el estado en el que el alma del ser humano queda postrada, pisoteada, humillada, enferma y destruida. El concepto sólo puede ser asido mediante la experiencia personal, sólo puede ser aprehendido a través del pío método de sentir sobre la propia carne la quemazón de este fuego y el cortante filo de este hielo. En contacto con los extremos que se contienen en esta enfermedad, el alma queda anonadada, reducida a un estado de insensibilidad hermanada con la pura debilidad, frente a la que cualquier estímulo exterior se convierte en combustible que alimenta sus calderas, incluso los estímulos que los sabios y prudentes estiman convenientes para la sanación. Pues la depresión ha aprendido con el paso de los siglos a protegerse de las artes humanas, a perpetuarse, como un parásito que fuera invencible y resistente a los jugos, bálsamos y jarabes. Se come al hombre poco a poco, mientras lo convence de ser la víctima del universo, y por el boquete inmenso que va abriendo en su espíritu, a golpe de podrida dentadura, entra el demonio de la ruina y de la nada. Cuando la depresión y el demonio se encuentran, cara a cara, el hombre, poseído de la legión de dolores y desórdenes que la depresión empolla como un ave solícita, se arroja, fuera de sí, ahíto de delirio, de modo definitivo, imparable e inevitable, al verdadero abismo: la muerte. Y lo hace con la osadía de mirar a los cielos y culparles de su propia destrucción.

Así, cuando intento penetrar en la nebulosa de mis recuerdos acerca de los meses que sucedieron a la breve conversación con Beatriz, sólo encuentro formas sin forma, sombras grotescas, pero nada concreto; la remembranza de un dolor continuo, como la base de una sinfonía, siempre presente pero apenas audible, contaminándolo todo, convirtiendo cualquier alegría en niebla plomiza, cualquier pena en tormenta. Mi única imagen nítida me contiene a mí, llorando en los brazos de la única persona que, durante aquellos meses, estuvo a mi lado y me sostuvo en los peores momentos. No diré su nombre, no es necesario, pero su cariño conmigo, su paciencia, sus consejos, su actitud de escucha y su atención sobre mí fueron mi débil energía en los días más catastróficos, y mi luz en los más negros. Seguí respirando porque él me aseguró que todo aquello algún día pasaría. Seguí adelante porque él me garantizó que algún día llegaría a un sitio donde todo tendría sentido. Pero no quería respirar ni seguir adelante. Lo hice a regañadientes, o mejor, lo hice porque era natural y espontáneo seguir respirando. Nada más. La naturaleza hizo su trabajo mientras mi mente y mi corazón se dedicaban a estar postrados, como perros a la sombra, con el ánimo de un muerto.

La otra única cosa concreta que recuerdo de aquella opaca etapa de mi vida es que me odiaba. Me despreciaba a mí mismo y quería hacerme todo el daño posible. No aceptaba nada de mí y cualquier cosa que veía o pensaba me resultaba vomitiva. Yo era mi propio enemigo. Un rival ancestral, contra el que nada podía sin destruirme, contra el que no cabía victoria posible y que, sin embargo, quería eliminar a toda costa. Estaba en guerra conmigo. Y me hacía la guerra con todas las armas de que era capaz. Ni más ni menos.”

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