OS CONTARÉ POR QUÉ NO FUI AYER A LA FIESTA…

No sé cuándo ni por qué escribí este brevísimo relato… ¡Ya veis, la cabeza de un escritor es un cajón de sastre donde hay amontonados miles de recuerdos insignificantes y donde quedan enterrados otros relevantes, para nunca volver! Pero, por si os gusta, os lo regalo…

«Tuve que irme a la cama para no flaquear. Había sentido aquella presión en el pecho muchas veces, aquella conmoción física que me cortaba la respiración y me nublaba la mente, aquella fuerte sensación de ahogo que me impedía estar de pie… Pero tan intensamente, ¡jamás! Aquella ocasión era distinta. Al verla allí, sentada a mi lado, mirándome, con aquellos ojos glaucos que parecían penetrarme hasta el fondo del alma, como si esperara algo de mí, en absoluto silencio, donde un instante antes no había nada más que soledad, un estremecimiento alcanzó hasta la última fibra de mi ser.

Ante estímulo tan repentino y aparición tan inesperada, los frenos de mi locura se rompieron, los contrafuertes de mi cordura se quebraron, y huí.

Huí tan deprisa como pude, pero en realidad muy despacio. Me sostuve contra los tabiques del apartamento, tratando de seguir adelante, de no mirar atrás, de no rendirme ni abatirme, aunque era lo que todo mi ser demandaba, lo que mi cuerpo me gritaba con tonante voz, un trueno metido dentro de mi cabeza que estallaba y permanecía en el clímax de su brutal espasmo durante segundos que me parecieron siglos.

Mis pupilas habían dejado de permitir que la luz entrara, eran brasas incandescentes que bramaban fuego y escupían un vapor venenoso. Mis piernas, ramitas de olivo, jirones de olvido, mofándose de mi estabilidad no sólo material, sino sobre todo emocional, iban arrastrándose más que caminando, quedándose atrás mientras el resto del cuerpo quería avanzar, cual aquel barón fanfarrón que a sí mismo se rescató de las hambrientas arenas tirándose de la coleta, con punto de apoyo en su petulante imaginación. Mis brazos pugnaban bravamente por mantener un imposible equilibrio, sosteniendo casi por completo un peso oscilante que iba de una parte a otra del corredor con la agilidad de los vientos reunidos en torno al ojo del huracán y la estúpida trayectoria de un dios borracho.

Casi me había dejado caer por completo, como un búfalo herido, cuando las paredes se retiraron y la amplitud de mi habitación se mostró ante mí. Mi cama apenas estaba a un metro de distancia, pero la veía lejana como la posada que a la caída de la tarde el viajero cansado contempla en lontananza y ansía alcanzar con sus pies machacados; es entonces cuando la distancia se hace más pesada y el camino más largo. Así, mi cama, en lugar de acercarse conforme me movía, se alejaba, maltratándome, torturándome, castigándome por lo que un día sucedió. Quizá fuera obra de ella, de aquella anciana.

Al fin, logré sujetarme con las manos al borde del lecho, obnubilado, la garganta seca y cerrada, el pecho oprimido. Al alzar los ojos la vi de nuevo, junto a mí, sentada donde yo solía colocarme cada día para ponerme los zapatos. Sentí, en una sucesión incomprensible de vaivenes, pavor animal, repulsión, ira ciega, conmoción, pesadumbre, rabia, estremecimiento, náuseas, estertores de agonía, circunspección, sarcasmo morboso, risa nerviosa, vergüenza, ironía, terror sagrado y hasta desesperanza. Pero finalmente me pudo simplemente la tristeza y, despacio, desde lo profundo, lloré sin consuelo.

La había reconocido. Era ella. Mi madre. La mujer a la que llevaba años tratando de olvidar, cuya tumba había desaparecido invadida por las malas hierbas. La persona que más me había amado en el mundo, la misma a la que había abandonado en un asilo, y que había muerto sola, olvidada.

Cuando ya hube flaqueado del todo, la sombra se había marchado.»

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