Enseñanzas del poeta loco (I)

Mi maestro nos dijo muchas veces que lo único a lo que un hombre debe dedicar su vida es a vivir. Así, tal cual. Al principio no lo entendí, como probablemente os pase a muchos de vosotros, pero de tantas veces como me lo repitió me pareció que aquella máxima comenzaba a entrar en mí y a arraigarse, cual semilla sembrada en tiempo provechoso. Y aunque no estaba seguro del todo de lo significaba, sentía que iba abriendo mi interior, y que sus raíces me iban penetrando hasta lo más profundo. De tal forma que ha llegado a ser una parte de mi conversación cotidiana, y la he colocado en el frontispicio de mi propia sabiduría, pues cada hombre tiene su propio bagaje para el camino, que transmite a los otros.

Lo único a lo que un hombre debe dedicar su vida es a vivir.

Decidlo muchas veces. Tantas como podáis. Hacedlo vuestro mantra. Convertidlo en vuestro rosario particular. Que sea lo primero que penséis al levantaros y lo último que meditéis al acostaros. Que sea vuestro lema. Vuestro legado. Vuestra respiración incesante.

O como dice uno de mis compañeros, en una versión más corta, quizás menos expresiva, menos rica en matices, pero igualmente válida, si uno sabe lo que está diciendo: la vida es para vivirla.

Mi maestro era un hombre extraordinario, a su manera. Podía permanecer durante horas en absoluto silencio, mirándonos o haciéndonos caso omiso. Pero permitía que estuviésemos a su lado. Solo nos pedía que no lo molestáramos con conversaciones infantiles, salvo que tuvieran risa, mucha risa. Entonces nos miraba con alegría y se interesaba por nuestras chanzas. Pero el resto del tiempo él se evadía en sus pensamientos, sin hacer nada más que mirar al cielo, cerrar los ojos y dejarse llevar por el silencio y sus extraños mundos interiores. Solía beber una planta extraña de sabor amargo, no muy popular, pero que a él le servía para concentrarse. De pronto, podía levantarse ordenarnos coger lápiz y papel, y nos dictaba unos versos; o simplemente pedir que lo dejáramos solo, o ponerse a vagar durante días por los alrededores, sin víveres, sin rumbo fijo, mientras conversaba con cuantos se le cruzaban en el camino. A mí estas eran las situaciones que más me gustaban. Porque nunca sabía que nos encontraríamos. Además, no teníamos un hogar fijo, de forma que siempre estábamos, por decirlo de alguna manera, en camino. Durante los años que estuvimos a su lado, que no fueron tantos como hubiera deseado, nos tocó pasar por todo tipo de sucesos, y vagamos incesantemente; solo hubo pequeños periodos en que habitamos algún tipo de casa, incluso alguna cueva, cuando uno de nosotros enfermó o cuando el maestro decidía hacer una parada, nunca sabíamos por qué motivo exacto. Por algo le llamaban el poeta loco. Nunca estaba perfectamente claro por qué hacía las cosas como las hacía. Pero las hacía, y punto. Y nosotros lo seguíamos, sin más. Estar a su lado era una experiencia cada día novedosa, excitante, sorprendente, aleccionadora, y siempre, siempre, brutal. Podíamos pasar días sin comer, y hasta noches sin dormir (cantando, bebiendo, hablando, componiendo, bailando en torno al fuego, vagando por senderos invisibles…), pero ninguno lo abandonamos. Nos habíamos enamorado de él, literalmente, cuando enamorarse significa simplemente querer, entregar el corazón y contemplar, sin pretensión alguna de poseer.

¿Amaba mi maestro a alguien, además de sí mismo? Puede parecer un poco contradictorio, pero no estoy seguro. Tenía un amor por todo lo que había a su alrededor, todo lo que crecía, y también lo inerte. Era un hombre literalmente rebosante de amor. Amaba las plantas (sobre todo a los grandes árboles, a los que reverenciaba), amaba los animales de todo tipo, incluso los que le daban pavor (tenía un miedo físico a los reptiles); amaba las estrellas, amaba los vientos, amaba las montañas, y amaba la tierra entera. Amaba también a la humanidad, y a menudo derramaba gestos de generosidad entre todos los que se topaba. Siempre tenía un gesto o un guiño para los pequeños, a los que hacía reír con esa risa pura y desinteresada, llena de inocencia, de los pocos años; siempre tenía una moneda para un mendigo (él, que era mendigo y pobre supremo, y no sabíamos de dónde las sacaba); siempre tenía una palabra para una mujer atareada, y siempre saludaba con afectos a los campesinos que trabajaban de sol a sol. A menudo se sentaba junto a la cama de los moribundos y les cantaba canciones profundas y lentas, les leía poemas, o simplemente les cogía la manos mansas y cansadas, si los familiares se lo permitían (no eran raras las ocasiones en que el enfermo mejoraba milagrosamente). Tampoco eran pocas las veces en que se sentaba a la puerta de los ricos y poderosos, y esperaba pacientemente hasta que le entregaban dinero o comida en abundancia, y luego nos mandaba delante de él, y se colocaba en las plazas de las aldeas o en los cruces de caminos, y llamaba a todos y repartía lo recibido, sin permitirnos que tomásemos nada para nosotros mismos, mientras les recitaba viejas historias y les aleccionaba sobre historia, sobre literatura, sobre teología o simplemente les preguntaba sobre sus vidas y dolores. Otras veces, se subía a las rocas y montañas y cantaba y gritaba, como fuera de sí, sobre los sufrimientos de los hombres, sobre la muerte, sobre el tiempo, sobre la caducidad de las cosas humanas, sobre el pasado que no regresa, sobre los sueños que nunca se cumplen, sobre la vejez que todo lo arruina o sobre la soledad del hombre en el interior de su corazón. Y muchos se acercaban a él con la esperanza de encontrar una palabra, una mirada, una frase, un consejo.

Pero, ¿había amado a alguien como se suele amar entre los hombres? ¿Había amado a alguien como si solo esa persona existiera? Él, que había cantado el amor y el desamor con más pasión que ningún otro hombre sobre la faz de la tierra, ¿había conocido el amor en su persona? No estoy seguro. Muchas veces le oí referirse indirectamente a su pasado y a sus heridas interiores. Pero nunca me quiso contar la verdad. En el fondo, creo que amó brutalmente, como él era; que fue rechazado, y que sangró hasta morir. El hombre que resurgió de aquella muerte había perdido toda voluntad de amar con exclusividad, pero no el corazón para amar al resto; había perdido también su identidad pasada y su fría cordura. Desde entonces, fue solo alma. Por eso, fue quizás un loco; pero lo que tengo claro es que fue el único hombre verdadero y auténtico que conocí. El único posiblemente en toda la historia. Desde aquella altura, conseguida sin quererlo, incluso sin saberlo, es posible que le fuera imposible amar a nadie en plano de igualdad. Era más un padre que un amante. Más un maestro, como siempre lo consideramos, a pesar de las burlas y los escarnios de los demás, que un amigo.

El poeta loco, así lo llamaban… Y a nosotros, sus jumentos.

Pero aquel poeta loco me enseñó a no hacer caso de los insultos, porque es perder tiempo en algo insustancial y secundario. Y nuestro solo patrimonio es el tiempo. Por eso, lo único a lo que un hombre debe dedicar su vida es a vivir. Y creedme: mi maestro estaría loco, es posible, pero en su locura llenó el mundo de luz, mientras que otros que son muy sabios y prudentes lo sumen en la oscuridad.

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