Esperando a Paula (relato breve para pensar)

Querido confidente:

En tu primera carta te interesaste por conocer mi nombre. Supongo que te referías a mi nombre fuera de aquí, fuera de esta prisión de paños blancos y veredas suaves bajo los sauces tranquilos, en que transcurren mis días presentes. Ese nombre era Rodrigo… Aquí tengo otro, pero no importa.

Querías también conocer mi vida. Permíteme decirte que eres muy amable, y aun rayas la finura, pues concedes tu tiempo y atención a las palabras de un hombre que quizá necesite explayarse, pero que apenas tiene algo coherente que contar. Acaso al terminar de leer estos tímidos papeles, te sorprenderá su simpleza y te enfadará tu primera curiosidad, ya que mi historia es a la vez la más alegre y la más triste. No le hablaría de ella a nadie, salvo a ti, y lo hago tan sólo porque me lo has pedido con mucha insistencia. Merced a mi necesidad de atención y a tu confianza, me esforzaré, veré si puedo narrarte la sucesión de los hechos que conformaron el sendero que conduce a mi opaco aposento. Perdona si mis recuerdos te desconciertan o mis palabras te irritan, pues has de tener en cuenta que ya no soy el mismo que cruzó la puerta bajo el alto muro.

Lo primero y único que me viene a la mente es mi antigua novia. Paula se llamaba, creo. Aunque ya hace tanto tiempo, que ni estoy seguro del nombre… No obstante, en algunos momentos de terrible lucidez casi torno a sentir el sabor de sus labios, la tersura de su piel, el calor de sus caricias, la luz de su rostro. Otras veces, apenas me acuerdo de su cara. Pero hoy sí: la veo como se ve el sol que nace en el alba, aún débil pero ya nítido; y me parece mirar sus ojos que se hallan ante mí. Mas dirás que es sólo un recuerdo, y puede que tristemente tengas razón.

Ya no sé qué fue de ella… No sé si se marchó, abandonándome para siempre, o si la perdí, loco e insensato. No sé si hice algo que la espantara o si otro la conquistó y me la arrebató. No sé si murió por alguna enfermedad o por el peso del tiempo, y no sé ni cuánto hace de aquella dorada edad en que abracé su cintura.

Lo que sí sé es la añoro… Dirás que me comprendes, mas para tu pesar y el mío no hay dolor que alcance tamaño tan inconmensurable, alzándose frente a mí como un coloso amenazante, ni posibilidad alguna de escapar de él. Por esto no puedes comprenderme, si bien tu papel en este cuento no es inútil, pues incluso desde tu elevado palco alcanzas a tocar levemente las yemas de mis dedos extendidos hacia la nada. Allí es donde se me ocurre que ella habita, acaso riendo y festejando haberse librado ya de los límites de la materia, quizá simplemente observando atentamente mi camino o el de otro que más lo merezca o necesite.

Recuerdo que era hermosa… Dirás que a quien ama así le parece por necesidad, del todo convencido de la belleza del ser amado. Y tendrás razón, como siempre, si hemos de creer al alma; más todavía, al corazón, esa inasible parte de nuestro espíritu siempre en fuga y siempre en vela. ¡Él me asevera que era hermosa, más que ninguna que haya visto, y yo quiero creerlo tanto como siento hambre de ella…!

Recuerdo también el día en que nos declaramos. En fin, tendría que decir que fue el día en que conocí que la amaba. Pues, en efecto, al principio yo mismo no había advertido la profunda inclinación que sentía, sojuzgado como estaba por el inevitable reinado de la edad y el sutil éxtasis del enamoramiento. Ambos adolecíamos, tengo que confesarlo, de un irreprimible romanticismo, apego y ambrosía de soñadores; y hablábamos, por ello, idéntico idioma. Con palabras salidas de dentro podíamos hacer poemas sin rima que sonaban a gloria, y en no pocas ocasiones lágrimas de risa y emoción hablaban a las claras del compartido juego en que andábamos metidos, lleno de otoños suaves, transidos de benditas primaveras…

Recuerdo, en efecto, la calurosa tarde. Yo me acercaba lentamente al lugar de ensoñaciones preferido por ella, una escondida parcela de césped muy próxima a su casa en torno a la cual gravitaba todo un hayedo impenetrable. Pero ella conocía las sendas ocultas que llevaban hasta el secreto escondite, y me las había enseñado a mí, su compañero de juegos, y yo gustaba de recorrerlas cada tarde, si no llovía, y buscarla, sabiendo que la encontraría. Me adentré, pues, en la espesura, y con regocijo vi cumplida mi esperanza. Sentada, con los ojos cerrados, semejaba la sagrada y broncínea estatua de alguna diosa transportada. Me acerqué sin hacer ruido, pero ella me notó, aunque no abrió los ojos, y me habló de pronto:

– ¡Soy tu reina, tu dueña y tu diosa! ¿Tú me adorarás?

– ¡Yo te adoraré siempre, y daré mi vida por ti! –respondí entusiasmado, arrodillándome ante ella y mirándola fijamente.

– Reinaré sobre tu corazón sin complacencias ni miramientos hasta que agote tu fuerza y energía, y entonces tú me entregarás tu alma, y yo la tomaré dulcemente en mis manos y le insuflaré de nuevo un hálito de vida, y volará otra vez hasta mis ojos, y me los besará, y yo la amaré más que nunca, reinando sobre ella, haciendo que precise eternamente de mis cuidados –me confesó mirándome, ahora sí, de frente.

Parecía una aparición dorada…

– Y yo seré todo lo que tu alma quiera –prometí, ya súbdito, vasallo, esclavo.

– Así sea. Que tus palabras te comprometan, y que encuentres la locura si no las cumples –fue su sentencia.

– Así sea –concluí embriagado.

De aquella tarde no recuerdo nada más. Mejor dicho: me sorprende tener aún tan presente el diálogo que te he referido, abriéndote mi interior cual se hace sólo con la muerte y con Dios. Quizá ha ayudado que seas mi médico, pero en este caso, más que en ningún otro, tu cargo te obliga. Confío, pues, que guardarás mis secretos.

Te he reconocido, empero, que mi memoria conserva apenas vestigios de lo que fue. Paula era su nombre, sí. ¡Era mi reina! Y de su vida no tengo otras reliquias. Sólo sueños que van y vienen; sólo mensajeros de otros años que parten y retornan a intervalos caprichosos; sólo luces que escintilan en el ocaso nublado. Íbamos a casarnos, me parece. Habíamos crecido y ella brillaba. No como brilla el sol, si tú me entiendes, sino más bien como la luna llena, que ilumina todo pero no se niega a que la miren de frente. Y yo, no sé por qué… pero me veía viejo y feo a su lado. Como una estrella lejana detrás de esa luna enorme y vanidosa…

Ahora, en cambio, pienso que incluso una lejana y tímida estrella eclipsa a veces a la luna, aun sin quererlo. No me preguntes cómo, mas así lo pienso. Y temo que tal ocurrió con ella y conmigo; y temo que, de algún modo que no comprendo ahora, de alguna forma real aunque impronunciable, su luz se apagara pisoteada por mi podredumbre. Una sombra de duda cruza mi mente… ¡y me aterra ponerle nombre!

¿Quién podría decirme qué fue ella? ¿Tuve yo algo que ver? No lo sé. Únicamente articulo balbuceos respecto a un largo trecho de mi historia y de la suya. ¿No te dije que era inútil trepar por esta escala e intentar desenredar el nudo de mis sesos? ¡Pero tú pretendías rebuscar en mi pasado alguna medicina con que aliviar mis dolencias actuales, si bien los avisos que de mí recibiste no eran ambiguos, sino soleadamente limpios! Ya lo comprendes: tú eres hombre terco; y yo, baldío terruño.

Y aquí estoy ahora, anclado en mis negruras, dudando de mi realidad, tartamudeando ante mis propias palabras… Supongo que será esta la causa de que, con tanto revuelo y risas, algunos se pasen por ahí las horas muertas mirándome, señalándome con sus ásperas manos, llamándome “¡loco!, ¡loco!”.  ¿A qué se refieren? Tendrás que explicármelo, porque no quisiera seguir sintiendo ese horripilante ardor de ira que cuando los oigo remueve mis nervios.

Lo peor de todo es que ya no sé lo quiero ni lo que soy…

Yo sólo sé que añoro a Paula, que la busco, que la anhelo, que la sueño. La noche conoce la forma de mis deseos extendidos, que se alargan para asirla hasta ser interminables y llegar donde nadie ha llegado. La sangre aún palpita en mis venas, aunque ellos, lenguaraces, mentirosos, dicen que también mancha mis manos. ¡Mas yo no creeré jamás a quienes me confunden! Te creo a ti, que eres para mí, si me permites la licencia, el compañero más íntimo. Y creo las visiones en que tomo el aterido cuerpo de mi bella Paula, calentando sus poros desnudos y cumpliendo mis promesas…

Porque es importante cumplir las promesas, ¿sabes? Las promesas de un hombre enamorado son titanes que suben a las nubes y deshacen los elementos y arruinan a los dioses. Pero no para dejar el mundo sin gobierno, sino para entronizar a otros señores. En mi caso, el altar de mis deseos estaba coronado por sus fantasías.

Pero, vaya… ¿lo ves? ¡Ahora el que fantasea soy yo! ¡Te digo que no me acuerdo de su destino y luego no hago más que driblar mis oscuridades, recomponiendo los silencios de mis voces!

Y sigo esperando a Paula… Aquí, entre las mohosas y grasientas paredes de mi cuarto; aquí, entre las pesadillas reincidentes que acompañan mis sábanas; aquí, entre los sudores de mis noches sin esperanza y mis ruinosas frustraciones. Ni la soledad me destempla ni los odios me perturban.

Pero pasa y pasa el tiempo, y Paula no viene a visitarme… ¡Y luego tú, que me hablas como un muerto a quien pretendieses volver a la vida! Quizá por eso ya no sé qué más contarte… Tú me pediste que te narrara mi historia, y no hay más de ella que yo conozca.

Por eso, sigo esperando a Paula, para que ella misma me cuente qué fue de ella. ¡Pero ella no vuelve a mí…! Sólo espero no haber faltado a mis promesas. Si lo hubiese hecho, entonces sería verdad que estoy loco y ellos tendrían razón…

Mas dime tú: ¿dónde estará Paula? ¿Por qué se ha alejado de mí, triste olvido de la muerte, espectro indefinido encerrado en esta urna de ladrillos?

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