Un borrador cualquiera

No digáis nada. No lo contéis por ahí. Pero a veces de una idea imposible y extraña nace una historia secreta y rica. Esa idea puede ser un pensamiento consciente, una evocación producida por una imagen, un sonido o un olor; puede ser la construcción de años de cavilaciones, deseos y quimeras; o puede ser un sueño, propiamente hablando, es decir, una de esas sucesiones de imágenes y palabras que el cerebro produce mientras el cuerpo duerme, la mayor parte de las cuales no tiene sentido, pero que a veces dan lugar a algo coherente y con sentido, que se recuerda perfectamente cuando se despierta y cuyo mensaje puede ser tenido por profético.

Pues bien, esto es producto de un sueño que tuve un 3 de mayo.

No se lo contéis nadie.

Y no lo juzguéis con severidad. Es un borrador escrito deprisa para que la memoria no se apagara.

Vamos con ello:


“LA COLINA SAGRADA

Capítulo I. Diego.

Las cosas no podían ir peor.

El año 2021 estaba siendo un año muy difícil para Diego Arias. Residente interno en un hospital privado de Madrid, especialista en virología, había tenido trabajo durante todos los días del año 2020, sin descanso. Había echado de menos las vacaciones, pero había ganado mucho dinero, que para eso había estudiado Medicina. La pandemia del coronavirus había venido desde Asia a comienzos del 2020 y había pillado al Gobierno desprevenido. Más de 25000 personas habían muerto en todo el país. Pero para profesionales como él, aquel hecho, más allá de las pérdidas personales, había sido un maná caído del cielo. De pronto, se habían convertido en héroes, aclamados y aplaudidos por todos cada día. La población había sido recluida en sus casas, y ellos, los médicos, eran la punta de lanza del sistema contra la epidemia. Alguien había empezado un día a aplaudir desde su balcón a las 8 de la tarde, y los demás le habían secundado poco a poco, hasta que se había convertido en una costumbre nacional. Un rito pagano, un formalismo más, un homenaje diario a los sanitarios que luchaban en los hospitales y los centros de salud como guerreros en el campo de batalla.

Pero en 2021 todo cambió. La amenaza había sido detenida y vencida. Y aquellos que habían sido elevados hasta el trono etéreo de los héroes fueron de pronto olvidados, y los templos paganos se quedaron vacíos; y los guerreros regresaron a la realidad y vieron que estaban solos. Muchos médicos fueron despedidos. Ya no era necesario tener tanto personal. Algunos hospitales aprovecharon la ocasión para meter de rondón el despido de profesionales que ya estaban en nómina antes de la pandemia, y reducir costes a futuro, después del gran desembolso ocasionado por el coronavirus.

Uno de los despedidos fue Diego Arias. De héroe pasó a veterano de guerra. De veterano, a sin techo.

Y una tarde de junio, mientras el sol brillaba impío y cruel en lo más alto, salió del hospital con su carta de despido en la mano y un cheque en el pantalón. Se los había entregado el administrativo de recursos humanos, sin explicación alguna. Diego había pedido ver al jefe de personal, pero el jefe no estaba.

—Ha dejado esto para ti y ha dicho que te lo entreguemos, y que nos firmes la copia —se limitó a decir el administrativo, un tipo sin gracia ni pelo.

Así que Diego Arias firmó con un “no conforme” debajo de la firma, que sabía que no le serviría de nada, pero que al menos tocaría los cojones al jefe. Con esto le bastaba por ahora. No podía hacer otra cosa por ahora. Iría a ver a su abogado y le consultaría. Si al final ponía un pleito, cosa que no le apetecía lo más mínimo, al menos conseguiría que el escándalo llegara a los medios de comunicación. Ya se imaginaba los titulares: “Jefe de inmunilogía despedido injustamente demanda al hospital de **”; “los problemas se le acumulan al **”; “el director de personal, en un aprieto”. No pudo evitar sonreír sin darse cuenta. Aquello le estaría muy bien a su ya ex jefe, un tipo hablador, que se las daba de simpático pero que resultaba repelente; que se vestía con trajes ni baratos ni caros y se pasaba el día atendiendo el teléfono, afectando una voz que quería aparentar unos conocimientos y una seguridad que en el fondo no tenía; que era servil con los poderosos y displicente con los inferiores; un cuarentón cicatero que podía estar quince años sin subirle el sueldo a un empleado y al que era más habitual escucharle discursos sobre la responsabilidad y la implicación de todos “en este proyecto común”, que una palabra de ánimo o de comprensión con alguien que lo necesitara. Este tipo siempre cumplía a rajatabla las órdenes de los dueños. Y los dueños, después de un año duro, habían decidido recortar gastos.

Lo cierto es que le sorprendía que le hubieran despedido a él. Tenía contrato indefinido, una buena antigüedad y ganaba bastante. Era un profesional reputado y había ganado cierto prestigio en el gremio. Su doctorado en “Incidencia clínica de las ramificaciones víricas durante los primeros segundos de la infección en operatorio” había tenido cierto predicado en los círculos médicos, y le había permitido elegir el lugar donde quería trabajar. Había hecho una buena colección de clientes más o menos famosos que mostraban predilección por él, y hasta entonces la dirección del hospital siembre había contado con él como director de cursos, conferencias y eventos, y como representante de la institución en el plano internacional. En definitiva, era un despido muy caro.

—¿Por qué a mí? —se preguntó.

Y casi al mismo que se hacía la pregunta, le vino la respuesta a la mente: 

—Fue por aquella vez que denuncié la compra de material a un proveedor sospechoso y apelé al director del hospital. Lalo estaba entonces de director de compras, y por mi culpa le degradaron durante un tiempo. Luego llegó el nuevo director del hospital y lo ascendió a jefe de recursos humanos. Debí haberme dado cuenta antes. Yo estaba sentenciado. ¡Vaya mierda de año! —se dijo, mientras subía en su coche.

Entonces se acordó de que no había terminado de pagar el coche, y su enfado subió de nivel. Luego se acordó (otra vez) de que había roto con su novia un mes antes, después de tres años; y ya no aguantó más y pegó un grito dentro de su coche. El grito no solucionó nada, aunque al menos le ayudó a seguir vivo un rato más; un día más quizás. Pues no hay nada peor para alguien que vive en la ola de la ansiedad y las prisas que verse de pronto sin lo que le ha sustentado durante tanto tiempo, y con todo el tiempo libre del mundo por delante. Esa ola se retira de pronto y se un abismo bajo los pies que parece amenazar con hundirte hasta lo más profundo de un mar que siempre ha sido tremendamente oscuro, pero que la ola antes de impedía ver. 

Un día más. Ya pensaría qué hacer con su vida al día siguiente. Siempre podría apuntarse en la bolsa del hospital público. Sin embargo, puede que tardaran un par de años en llamarle para trabajar. ¿Y mientras tanto? Mientras tanto, por ahora, nada. Dio otro grito y golpeó el salpicadero del coche, tan fuerte que lo abolló ligeramente, y al asustarse, perdió de vista la calle durante unos segundos y se golpeó contra una farola.

—¡Vaya mierda de año! —repitió entre gemidos.

Diego Arias no tenía su día.”

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