El oscuro caso de la tribu robada

La noche había caído en torno de la diminuta aldea indígena, escondida en lo alto de los salvajes y sombríos bosques del norte de España. En una casa baja construida con piedras y barro, comían, charlaban y cantaban unas veinte personas, entre niños y mayores. De pronto alguien gritó para que todos le oyeran:

– ¡Silencio todos! ¡Padre quiere contarnos algo a todos!

– Sentaos, hijos, y guardad silencio. Que vuestras esposas también se sienten, a vuestro lado. Que dejen los pucheros y los trapos, y se detengan vuestras canciones. Ha terminado la cena y quisiera hablaros.

››Ahora que habéis llegado a edad de tener hijos, me toca a mí iniciaros en el arte de recordar. Es muy importante que recordéis, para que transmitáis a vuestros hijos una identidad. Quiero contaros una historia, para mí la más especial. Pues de todas las historias que cuentan los ancianos, hay una que sobresale por su misteriosa trama y solución desconocida. Anduve en el pasado dudando sobre la oportunidad de transmitírosla, pero tras contemplar el paso de los años y la necesidad de las antiguas enseñanzas, resolví esperar el momento oportuno para contar esta historia. Reunidos como os veo hoy, alegres y en paz unos con otros, me parece con toda claridad que éste es el momento adecuado para desatar mi lengua.

››Mi abuelo me refirió la narración cuando yo era joven. Él pensaba que los jóvenes teníamos que conocer desde bien pronto el horror, el miedo y el mal, para que aprendiésemos las lecciones de la vida cuanto antes. Decía que eso nos haría fuertes ante el temor y animosos. Mi padre, años después, me contó la misma historia, aunque algo cambiada. Luego, con el tiempo, supe que él nunca vivió lo que vivió mi abuelo, y que por eso no creía las terribles historias del pasado. En fin, sea como fuere, habréis de creer lo que os diga, pues nadie más queda para narrároslo.

››Sucedió en los tiempos en que la historia aún no había empezado a escribirse que los hombres vivían errantes, nómadas que viajaban de día por miedo a las fieras, y a través de caminos trillados por miedo a los demás hombres. Se reunían en tribus pequeñas, sin leyes, sin jueces ni gobernantes, salvo el jefe de cada tribu, que tenía sobre los demás el escaso y justo poder que le daba ser elegido periódicamente en virtud de su sabiduría o de su fuerza. Los peligros eran muchos en la naturaleza, pero no eran menos en la humanidad.

››Una de esas diminutas comunidades albergaba a dos jóvenes, hermanos de padre, pero de distintas madres; Dade y Uive, chico y chica, respectivamente. Crecieron separados, pero siendo adolescentes se enamoraron, sin saber que eran hermanos. La tribu no permitía que los hermanos tuvieran relaciones, pues se pensaba que aquellos que compartían la misma sangre, aunque fuera sólo por parte de uno de los padres, traerían la maldición sobre el resto si además llegaran a compartir lecho nupcial. Por ello, el amor de estos jóvenes parecía imposible. Lo guardaron en secreto, de modo que cada uno de ellos desconocía que el otro lo amaba.

››Sin embargo, el corazón de ambos se fue inflamando cada vez más, y creció la llama que los animaba, y se hizo incontenible. Pero seguían sin declararse su amor. Por lo demás, a ninguno de los dos se le hubiera ocurrido hacerlo, si no hubiera sucedido algo extraño.

››Cierto día, Dade salió de caza con el resto de los hombres de la tribu. Habían acampado cerca de un manantial en la montaña, para pasar el invierno, y salieron a buscar comida suficiente para varias semanas. Uive lo vio marchar desde la puerta de su tienda, a escondidas, y deseó ser hombre para poder ir a cazar a su lado y hablarle. Pero este mismo deseo la desanimó aún más, pues temía que jamás pudiera declararle su amor.

››Mientras los hombres estaban fuera, pues era corriente que se ausentaran durante días y que marcharan largas jornadas acompañados de perros y cargados de flechas abundantes, asaltó el campamento un grupo de ladrones armados. Encontraron sólo la débil resistencia de unas cuantas mujeres desprevenidas, unos pocos jóvenes aún no formados y algunos ancianos incapaces de hacerles frente. A éstos y a los jóvenes los mataron; a aquéllas se las llevaron, entre ellas a Uive. En verdad, de todas las mujeres, no fue Uive la que menor aguante opuso, pero era de corta fuerza, si bien de mucho valor, y fue apresada al fin. Los ladrones no se detuvieron demasiado tiempo, y no las forzaron aquel día, para evitar ser sorprendidos si los hombres volvían de improviso. En cambio, se las llevaron lejos, haciéndolas caminar durante horas y horas a través de bosques y pedregales, pensando en alcanzar pronto las cuevas donde guardaban sus botines.

››Aconteció que los hombres de la tribu regresaron al día siguiente, cargados de abundante provisión de carne, pieles y leña. Cuando entraron al campamento y observaron aquel desastre aullaron de rabia y dolor, y juraron vengarse bajo cualquier precio, desconcertados y rotos de dolor ante los cadáveres de sus hijos e hijas, padres y hermanos. Se armaron con lanzas y espadas, escudos y hachas, y partieron deprisa en busca de los saqueadores. Ni siquiera recogieron sus pertenencias, anteriormente tan valiosas para ellos. De día y de noche corrieron siguiendo el rastro de los asesinos de sus familias, ávidos de venganza y sangre, aunque esperando en lo más profundo de su alma que al menos sus mujeres continuaran vivas. Dade oraba fervorosamente a los dioses por la vida de Uive, a quien amaba, sin conocer que era su hermana.

››Uive hacía lo propio en su corazón. Procuraba no quejarse de nada, ni de los golpes, ni de los insultos, ni las penosas caminatas, ni del hambre, para no dar motivo a los asaltantes para castigarla aún más. Pero esperaba astutamente el momento de escapar, el instante en que se despistaran y la perdieran de vista. Fue así que una noche, estando todos los demás dormidos, ella se acercó al que hacía guardia y con susurros y carantoñas le engañó, haciéndole creer que sería suya, y cuando estuvo perdido de pasión, hambriento de caricias, le dio de beber una bebida ponzoñosa que había fabricado con hierbas del bosque que había podido recoger por el camino y guardar entre sus ropas. El guardia quedó inconsciente, debatiéndose entre la muerte y la vida, sin apenas emitir ruido alguno, y Uive despertó a sus compañeras para que en silencio escapasen de aquel cautiverio terrible. Así lo hicieron, al amparo de la oscuridad de la noche y del profundo sueño en que el alcohol había sumido a los bandidos.

››Cuando éstos abrieron sus cansados ojos por la mañana y vieron con estupor que las mujeres capturadas no estaban, salieron en su busca. El que hacía guardia de noche, sin embargo, no volvió a ver la luz del sol. Pero no fueron muy lejos, ya que los hombres de la tribu les perseguían muy cerca y habían estado toda la noche en camino, de modo que pronto encararon con ellos, y se entabló una cruenta lucha. Ninguno de los bandos salió bien parado, pues aunque los perseguidos eran superiores en número, estaban, sin embargo, menos poseídos por la cólera, y a mediodía muchos enemigos yacían muertos bajo las copas de los centenarios árboles. Por ello, y por la fatiga del viaje y del poco sueño, los supervivientes de cada grupo se retiraron sin esperanza de obtener victoria. Pero los hombres de la tribu aún tenían deseos de venganza, y el que más odiaba a los bandidos era Dade, por lo que apenas descansaron, sino que enseguida volvieron a la lucha. Tras de los raptores corrieron, aunque éstos conocían mejor aquellos parajes y escaparon por el mismo camino que las mujeres habían llevado la noche anterior.

››Por desgracia, éstas habían hecho alto a los pies de una colina, protegidas al este por un río y al sur por unas altas y puntiagudas rocas. Se creyeron a salvo de los malhechores y pararon a recuperar fuerzas. Éstos, huyendo a su vez de los vengadores, dieron con aquel campamento improvisado y pensaron venida de nuevo su oportunidad de tomar botín fácil y placentero. Las armas que empuñaban amedrentaron a las mujeres, aunque no a todas, pues Uive y otras planearon de forma astuta volver a darles castigo por sus maldades. Los asaltantes, cansados y heridos, fueron esta vez más desconfiados y decidieron cubrirse las espaldas. Mataron vilmente a unas cuantas mujeres, y amarraron al resto, entre ellas Uive. A ésta la violaron, a pesar de que se resistió con enorme fiereza. Cuando se creyeron seguros, se tendieron a descansar, si bien dejando de guardia a dos hombres, en vez de uno. Pero Uive ya no tenía fuerzas para rebelarse de nuevo.

››Los hombres de la tribu anduvieron durante todo el día y la noche siguiente a la pelea perdidos por el bosque. No obstante, uno de ellos que en su más tierna juventud había sido ladrón recordaba vagamente aquellos parajes, y guió al resto, aunque eran pocos, en busca de los pocos asesinos que habían huido. Cuando se hallaron lo suficientemente cerca, oyeron los gritos y las voces de las mujeres, sus lloros y sus suspiros. Pero no se precipitaron, sino que esperaron hasta la noche, aunque el dolor en sus almas crecía a cada minuto y les corroía con rabia inconmensurable. Así que al cerciorarse que aquellos malvados se hallaban descansando se acercaron rodeándolos y cayeron sobre ellos con grandes alaridos y ruidos, para que los bandidos creyeran que eran más los que atacaban. En efecto, el miedo hizo presa de los aquellos lobos cobardes y encerrados, que en vez de defenderse trataron de herir a todas las mujeres que aún quedaban con vida.

››Dade y sus compañeros lucharon con rabia y no dejaron un solo enemigo vivo. Cuando acabaron con ellos, furiosos y cubiertos de sangre, buscaron a sus mujeres entre los cadáveres y los miembros mutilados, y muchos rompían en lágrimas y se mesaban la barba y arrancaban los cabellos, al verlas allí tendidas, vejadas, inertes. Dade buscó a Uive con furioso ímpetu. Y la encontró aún con vida, aunque malherida. Por suerte para ella, sus captores no habían tenido tiempo de llegar a destruirla, y escapó entera de aquella noche terrible. Su madre, sus hermanas y toda su familia habían perecido.

››Los hombres enterraron a sus muertos, echaron los restos de los bandidos a los buitres, y se demoraron durante meses en aquellas tierras, para honrar y venerar la memoria de sus familias. Muy pocos quedaron vivos. Dade era buen guerrero, y no había sufrido heridas de importancia. Uive se recuperó gracias a los cuidados amorosos de Dade, pero en su alma siempre vivió un resto de amargura mortal por aquellos hechos que le tocó vivir. Sin embargo, el relato de su valentía y su astucia fue pronto conocido por todos, y todos la tuvieron en gran respeto y homenaje. Por eso, y porque nadie le quedaba en el mundo, le urgieron a tomar el marido que desease, sin tomar en cuenta, por una vez, las antiguas y honradas normas de sus mayores. Aunque no fue del agrado de todos, la mayoría se alegró al conocer que había escogido a Dade, pues era joven de gran fuerza e inteligencia.

››Con el tiempo, Dade fue elegido jefe de la tribu. Las mujeres volvieron a dar a luz, y la tribu retornó de nuevo a ser numerosa, a llenarse de la risa de los niños y las chanzas de los ancianos. Y Uive crió hasta siete hijos fuertes y sanos. Y aquellos que pasaron por oscuridades de muerte, pero que no le tuvieron miedo a la consumación, sino que lucharon por lo que amaban y usaron de toda su inteligencia y su fuerza para cambiar el nefasto hado que parecía cernirse sobre ellos, acabaron triunfando de todas las caídas y mareas que trataron de inundar su vida. ››Y para que hoy todos aprendáis algo, hoy os he narrado la historia de nuestros héroes. Quizá sean menos renombrados que otros, pero os aseguro que no fueron menores sus penalidades, ni menor su fuerza y su valentía.

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