LA NOCHE EN QUE CAYÓ EUROPA

Era el amanecer de un día de septiembre. Era hace mucho tiempo. Era España.

Los árboles hablaban perezosos de la venida del otoño, y comentaban con palabras de viento la altura de sus retoños jóvenes o la frescura del agua caída en la mañana del día pasado. Había entre ellos brumas ancladas al suelo. Se oían muy lejanos los bramidos de desconocidas bestias, ahuyentando el silencio como presa en deserción, pero los pájaros no habían salido todavía del letargo de la oscuridad. La tierra parecía, hechizada, descansar aún.

Regresaban ya los vientos matutinos a despertar el mundo, y se alzaban despacito los dedos de la noche desde los fangosos caminos, cuando un grupo de hombres armados llegó cabalgando hasta las puertas mismas del bosque. Una voz imperiosa mandó detenerse, y caballos y jinetes obedecieron todos a una.

– ¡Aquí tendremos que desmontar! Los caminos son engañosos ahí dentro, y puede que los caballos se hundan en el barro con nuestro peso. De modo que iremos más despacio, pero también más seguros –dijo la voz tonante.

– ¿Y ellas? –preguntó uno del grupo. Se refería a dos mujeres que iban sentadas a la grupa de sendas cabalgaduras, vigiladas por varios hombres de cara hosca.

– Ayudadles a bajar, y que anden como los demás –contestó uno que parecía el jefe.

– ¡De nada te valdrá tratar de ocultarte, malhechor! –gritó una de las mujeres-. ¡Mi padre te encontrará, y te sacará las tripas!

– ¡Tú calla, ramera! –respondió el cabecilla-. Y si de verdad tu padre se acerca hasta mí, yo le sacaré los ojos, ¡después de que vea cómo te arranco la salud, la decencia y la integridad!

La mujer trató de replicarle, pero una mano callosa y fría le tapó fuertemente la boca, y enseguida se vio amordazada, casi sin poder respirar.

Finalizada la disputa, pusieron todos pie a tierra y se encaminaron entre las tinieblas del poblado bosque, que ya empezaban a clarear con la luz de la mañana. El ambiente era extremadamente húmedo. Allí dentro todo olía a madera mojada, a moho, a viejo. Puede que nadie hubiese atravesado aquellas sombras desde hacía siglos. Acaso nunca.

Iba en cabeza Teudis, rebelde, guerrero y asesino a sueldo, que antaño fue Capitán de la Guardia de Godegiselo, Rey de los Vándalos, y que ahora, desterrado por yacer con una de sus hijas, vagaba por los montes y caminos haciendo por su cuenta la guerra a todo el mundo. En especial, al Rey. Y a los romanos, por supuesto, si es que quedaba alguno con vida…

– Nunca se sabe –solía decir-, mientras un solo romano siga con vida puede que vuelvan a recuperar lo perdido. ¡Esos astutos y orgullosos romanos, capaces de vencer a los mismos dioses y de dar la vuelta a los astros, si fuera necesario! Sí, hay que acabar con todos ellos. Con ellos y con el Rey. ¡Vándalos y romanos, todos muertos!

Y así, el infame Teudis, soberbio y exaltado, había logrado reunir un grupo de descontentos, gente abigarrada, insolente y dura, compadres del delito, amigos del tajo rápido y la mano larga. Comprados por el oro y la promesa de botines, seguían a su nuevo jefe sin hacerse del todo a la vida de milicia en que él pretendía adiestrarlos. Mas por el momento se mantenían obedientes, que no era poco, y habían entrado al trapo de todos los desmanes y homicidios que hasta el punto habían perpetrado sin miramiento ni escrúpulo. No había más que pedirles. A Teudis no le servirían sino por poco tiempo, el imprescindible para ponerse en contacto con algunos hombres fuerte de la corte, amansar algunos ánimos con bolsas bien compuestas y endulzar algunas voluntades con mansas y blancas piernas. En el fondo, aspiraba a recobrar la confianza del Rey…

Los maleantes se dirigían al sur. Huían. Cuatro días antes habían entrado en la relajación de la noche bajo las arcadas del castillo de un noble godo y habían raptado a sus hijas, partiendo con raudo y silencioso paso hacia la protección de los bosques de Sierra Morena. Lo de acuchillar al viejo y meter mano a sus arcones lo habían dejado para otro día, esperando que saliera en su busca con toda su gente armada y dejara así descubierta su casa y su alcoba, a la que pensaban volver por caminos abandonados y perdidos, pisando arbustos y atravesando arroyos, cuando nadie custodiase los tesoros ni guardase la dignidad de las mujeres.

Hicieron, pues, lo planeado y viraron hacia el norte durante el día, evitando los senderos visibles desde lejos y los poblados cercanos. Uno o dos de la compañía habían quedado retrasados con el fin de asegurar el éxito del plan, con la misión de volar hacia el sur y alcanzar a los de vanguardia tan pronto como fuera posible. Y, en efecto, el plan seguía su curso, y los ignorantes guardias del castillo azuzaban ya a sus bestias en busca de los raptores.

Teudis ordenó el alto poco antes del anochecer. Eligió un lugar para acampar amplio y mullido, donde los caballos comieron en abundancia y los hombres levantaron las tiendas. Las dos mujeres fueron puestas al cuidado de Torfein y Graudi, guerreros ceñudos pero de fiar, a quienes en su niñez se había aplicado el conveniente remedio para evitar que profanasen lo que debían guardar. Puestas en tal trance y amenazadas por las sangrientas miradas de gente tan robusta, las pobres hembras no dijeron esta boca es mía. Entre ambas acordaron guardar la vida lo mejor posible hasta ser devueltas a la mano de su padre. Y esperaban que enteras, por supuesto. Por suerte para ellas, Teudis no cumpliría aquella noche su amenaza de tomarlas por la fuerza.

La banda, formada por unos veinte hombres a caballo, sabía cómo organizarse. Teudis apenas tuvo que dar órdenes. A la hora acostumbrada, el centinela de turno despertó al jefe y después al resto, que en apenas unos minutos habían recogido equipajes y armas, y habían dispuesto la marcha. Un ligero desayuno de carnes secas condimentado con vino fue el único alimento. Tornaron al fango y el campo a través, en dirección al norte, en dirección a los campos de la meseta.

Anduvieron trabajosamente casi todo el día. Las zarzas y las jaras se enredaban en sus ropas y en sus botas, y les obligaban a un esfuerzo mayor. Los caballos caminaban junto a sus jinetes, tranquilos, descansados, salvando con sus poderosas patas los arbustos. Cuando alguien se había quejado preguntando por qué no avanzaban más rápido, Teudis contestó:

– Es mejor tener frescos los caballos. Nos servirán de más cuando debamos volver a huir del castillo.

Y quizá fuera verdad.

Pero la suerte estaba a punto de cambiar… En efecto, no bien habían vislumbrado a lo lejos el fin del bosque, adivinado por el ralear de los grandes árboles y el allanamiento progresivo del suelo, oyeron a lo lejos un ruido extraño que zumbaba y retumbaba entre las copas y las ramas, y olieron un aroma conocido, como a metal y sangre. Los caballos se agitaron y los más veteranos torcieron el gesto. Teudis gritó:

– ¡Alto! ¡Deteneos! Algo ocurre ahí delante. Algo asusta a los caballos, algo que me es muy familiar. Puede que sean los guardias del castillo. Stander, ¿no me dijiste que venían a más de dos jornadas de distancia? ¡Torfein, avanza unos centenares de metros, asómate a la orilla del bosque y vuelve para informarme! No hagas nada, sólo observa. Y, por supuesto, ve a pie.

Todos quedaron en silencio. También las mujeres: fueran quienes fuesen los que hacían tal ruido y atemorizaban a las bestias, más importaba no decir nada por ahora. Teudis siempre podía dar marcha atrás. Además, podría suceder que el remedio fuese peor que la enfermedad…

Torfein se adelantó hasta donde pudo. Cerró un ojo, como apuntando, para aguzar la vista, y lo que vio le dejó helado. ¡Un ejército! ¡Por los dioses! ¡Todo un ejército marchando allá abajo en la llanura! Comprendió entonces el porqué del ruido y del olor, y adivinó enseguida el peligro a que se exponían. Desde allí no podía saber de quién se trataba, pero ninguna opción era buena para ellos. Si eran romanos, su pellejo estaba perdido. Si eran godos, también, o aun peor, porque los unos mataban después de preguntar, pero los otros ni siquiera se molestaban en abrir la boca. Era más probable que a ellos tampoco les diera tiempo a desabrocharla. El Rey Godegiselo soñaba con clavar las testas de Teudis y los suyos en las almenaras de su alcázar…

Pero Torfein no era amigo de quedarse a comprobarlo. Además, había sido soldado veterano y conocía bien las tácticas de todo ejército, los exploradores que toda gran hueste enviaba por todas partes antes de llegar a algún lugar, e incluso en plena marcha. Sospechaba, pues, y con todo acierto, que si no se movían rápido y con cautela serían pronto encontrados y sorprendidos. Eso, si no estaban ya en la trampa. Caídos como la mosca en la tela de araña, sin darse cuenta, sin verla… ¡Ellos, bandidos, herejes, salteadores y asesinos, pescados vivos cuando ya creían estar a salvo!

De repente Torfein volvió la cabeza, asustado por grandes voces y tintineo de aceros. ‹‹¡Nos cazaron!››, pensó. ‹‹Estos perros nos han mordido mientras pastábamos. ¡Pero no nos abatirán sin recibir lo suyo!››. Se echó la mano a la espada y salió corriendo hacia donde se hallaban sus cómplices, procurando mantenerse lo más silencioso posible, pues si tenía que morir más valía llevarse al otro barrio a un par de sucios bestias con algunos tajos por sorpresa.

Lo que vio, sin embargo, le detuvo el aliento y hasta la sangre. Había cesado de pronto el ruido y la lucha había terminado. Poco quedaba de la mesnada que había dejado atrás minutos antes. La mitad de los hombres yacían muertos sobre el embarrado suelo. La tierra toda era un charco de sangre. También pudo ver algunos fiambres vestidos de uniforme.

– ¡Al menos han chillado de veras estos cabrones! -se dijo envalentonado.

Mas el teatro que observaba no tenía desperdicio ni permitía atisbo alguno de esperanza: los pocos hombres que quedaban vivos estaban heridos o gemían moribundos; incluso Teudis se quejaba, aunque se mantenía de pie a pesar de todo; a pesar de la sorpresa, a pesar del corte en el brazo izquierdo que manaba sangre continuamente, a pesar de los muertos, la vergüenza y el fin de sus proyectos. La mirada atenta de Torfein descubrió algo más repulsivo: las jóvenes habían sido violadas, desnudadas y golpeadas, y por fin un sencillo y limpio tajo les había seccionado a cada una el gaznate, que jamás podría volver a gruñir. La piel se le erizó de horror debajo de la cota de cuero. Masculló con cierta decepción:

– Estos no son romanos… Los romanos no matan a las mujeres; por lo menos no a mujeres de esta calidad.

Aún andaba en estos pensamientos, cuando una sombra salió tras su espalda y le asestó un fuerte machetazo en la cabeza, abriéndole el casco de parte a parte con la pesada hoja. Y así acabó la furtiva aventura del eunuco godo…

En tanto, Teudis, que permanecía callado, contemplaba la escena que se representaba a su alrededor en medio de una nube de sentimientos confusos. Cuando Torfein se adelantó para explorar el linde del bosque, los caballos se encabritaron y los hombres temblaron de angustia. Todos podían sentir la tensión del ambiente. Una fiera estaba a punto de atacar, y la presa no tenía posibilidad de redención… Un par de gritos habrían bastado para calmar a los ceñudos valentones que tenía a sus órdenes, pero en esta ocasión ni dos ni ciento sirvieron, y ni un emperador aullando los habría relajado. En realidad, él mismo estaba temblando. Luchó por dominarse mientras amarraba con todas sus fuerzas la soga de su cabalgadura, que amenazaba seriamente con tomar las de Villadiego, y en éstas estaba cuando toda una tropa de soldados uniformados y rebosando armas se abalanzó sobre ellos en estudiada maniobra. La carnicería fue de espanto, y lo que sigue ya se conoce.

Tras el desenlace, atado y custodiado, Teudis paseaba la mirada por el lugar buscando una mínima oportunidad de escabullirse, pero llegaban más soldados y la historia empezaba a tornarse muy negra y él muy condenado. Al rato, un pelotón entero rodeaba los cadáveres, y muchos milicianos ya se habían encargado de limpiar convenientemente los hatos de los muertos. De súbito, un clamor recorrió las filas del inmenso tropel allí presente, que se había ido acostando poco a poco sobre el lindero del bosque. Fueron sólo unos segundos. Enseguida el clamor se convirtió en silencio, y los rateros que esquilmaban a los difuntos abandonaron deprisa sus tan honrados quehaceres. Una figura a lomos de un gran caballo carmesí apareció por el pasillo que unos gigantones cubiertos de hierro hasta la gorra abrían a fuertes golpes. Teudis se estremeció, como ante un monstruo que saliese de sus peores pesadillas. Y algo así habría de ser, pues se trataba ni más ni menos que de Genserico, hijo de Godegiselo, Rey de los Vándalos. De pronto, sin explicación alguna, inspirado por el recuerdo de sus experiencias en la corte, Teudis comprendió: ¡el Rey había muerto y su hijo menor tenía ahora el cetro y el poder! Posiblemente, cual inmunda bestia, habría devorado a su hermano y habría ocupado indigno y ambicioso su lugar, el lugar de la más temible y despiadada banda de sayones que los campos de Germania o de la Galia conociesen jamás, incluso por encima de los romanos. Ya no le cabía duda de que había pinchado en hueso, y de que por nada del mundo Genserico permitiría que se le escapara el dulce sabor de la venganza. Pues en el pasado Teudis, siendo aún Capitán de la Guardia de Godegiselo, se había opuesto en numerosas ocasiones a Genserico en presencia del Rey, aconsejando con gravedad y prudencia una política de pactos que el menor de los príncipes detestaba con todas sus fuerzas, convencido de que la decisión y el arrojo habrían de darles mayor botín y victoria más contundente. No obstante, Godegiselo era buen político, y no sólo el jefe de una banda de palurdos asesinos, y solía hacer más caso a su hombre de confianza que a su brioso retoño. Desde entonces, la inquina de éste había crecido sin freno alguno, hasta que al fin consiguió hacer caer a Teudis ante los ojos del Rey en la vergüenza que le condenó al destierro. No contento con ello, Genserico había jurado matar con sus propias manos a Teudis, a pesar de que éste era más alto, más fuerte y más diestro con las armas. Sin duda, el príncipe consideraba que matar a través de otro era también matar con sus propias manos… Pero ahora, ahora, sí que podía usar su daga. Aunque él, Teudis, antiguo Capitán de la Guardia de Godegiselo, Rey de los Vándalos, se lo impediría en esta vida o volvería del averno para hacérselo pagar.

Llegó Genserico a la altura del prisionero, cuya herida  en el brazo empezaba a coagular, lo miró a los ojos con atención y pareció recordarlo. Pero no dijo nada. Se dio la vuelta, diciendo unas palabras al oído de un fortachón que caminaba junto a su caballo, y se despidió de la concurrencia con el brazo en alto, la espada desenvainada. El clamor se elevó de nuevo llenando los rincones de la floresta. Y el corazón de Teudis se llenó de indignación: ¡ni siquiera le había dirigido la palabra! ‹‹Al fin y al cabo, pensó, no tiene agallas para matarme por sí mismo››. Pero se equivocaba, como casi siempre. Para rematar la faena, nada más perderse en la lejanía la figura del soberano, un tremendo golpe cayó sobre su cabeza, y se hizo la noche.

Volvió a ver la luz y se encontró en una gran tienda, amplia, ordenada y esplendorosa. No había nadie a su lado. Desde fuera llegaba el rumor de una masa en fecunda actividad. El sol pugnaba por entrar a raudales atravesando las ricas pieles que componían la tienda, pero era una lucha inútil. Aun así, los débiles rayos de luz que matizados entraban al aposento daban para moverse sin tropiezo por la estancia. Había sitio en ella para todo un banquete. Teudis tuvo tiempo de palparse la cabeza, que le dolía como pisoteada por todos los diablos, y tras comprobar que apenas tenía un rasguño y un gran tolondro, anduvo con suma atención inspeccionando el lugar. No reparó en la abertura de salida hasta bastante después. Mas cuando lo hizo ya era tarde: un gran ruido de espadas y pasos militares se aproximaba. De todos modos, de haber intentado escapar antes, se habría metido de lleno en el corazón del campamento, con todos los soldados en pie, activos cual hormigas, y ni un terremoto lo habría amparado entonces.

Se retiró unos pasos de la entrada, lo justo para tomar ventaja y ancha perspectiva. Pero sólo un hombre atravesó la suave cortina: Genserico en persona, tan rudo, tan orgulloso, tan seguro de sí mismo como siempre, pero más fastuoso. La palabra correcta sería más poderoso. Teudis ya se lo esperaba, aunque le sorprendió verse a solas con su enemigo, sin protección alguna, pero tampoco sin escapatoria para él. ‹‹Si le pongo la mano encima no tardarán en escabecharme››, debió de pensar incluso antes de pensar nada. Y se quedó callado, quieto y observador, hasta que el hombre delgado y vestido de ostentosas ropas que tenía delante abrió la boca.

– Vaya, ¡mirad a quién tenemos aquí! –dijo con una sonrisa irónica.

Pero Teudis no era hombre de poco fuste.

– Lo mismo digo –respondió con la misma sorna-. Parece que has prosperado…

Era una flecha bien dirigida, aunque esta vez el contrario iba bien armado.

– En la misma proporción en que tú has caído –la contestación tomó a Teudis por sorpresa y confiado-. ¡Mírate! Ayer fuiste gloria. Hoy sólo eres mierda.

¡Zas! ¡Blanco! Demasiado para un hombre como Teudis, humillado, despechado, huido y zarandeado. Si bien en él siempre moraría un pedazo de infatigable fuerza y un último aliento de firmeza, ver a su antiguo rival vestido de majestad, asesino de los suyos, perseguidor de los que como él habían rechazado su belicismo ciego, triunfante, orgulloso y temible, era espectáculo poco menos que insufrible y decepcionante. Había luchado toda la vida para evitar esto, ¡joder!, pero la suerte o quién demonios fuera había preferido la solución contraria, y ahora ni los romanos ni el resto de estúpidos brutos lograría evitar el sangriento choque que Genserico había estado tramando toda su vida. Pensaba que quizá los romanos aún fueran fuertes, y en tal caso nadie podía saber qué sería peor. ¡Pero qué más daba! ¡Allá se las arreglaran ellos, muy solitos y a su costa, como habían hecho siempre, tan convencidos de su imperio y superioridad!

Pero el caso es que esta vez Teudis no apostaría por ellos. Y puede que tampoco por los vándalos. Estaba convencido de que, pasara lo que pasase, otros irían a comer y rapiñar los cadáveres dejados atrás y los despojos de la guerra.

– ¿Ya está? –le gritó Genserico-. ¿Toda tu vida oponiéndote a mí como gallo que defiende su corral y ahora te callas como si tal cosa?

También Genserico se detuvo, paseó por la habitación un tanto y miró de nuevo a su prisionero, esta vez con más odio.

– ¿Sabes por qué vas a morir? –chillaba tan alto que todo el campamento podía oírlo-. ¿Lo sabes? Yo te lo diré: porque eras el mejor guerrero de mi padre, su hombre más leal, y de pronto, ¡vas y te marchas! ¡Desapareces y ya está! Así, de pronto, ¡sin decir esta boca es mía!

– No fue así, y lo sabes –contestó Teudis. Ahora le miraba a los ojos con una voluntad que no sospechó poder albergar aún-. ¡Tú me enemistaste con tu padre el Rey!

– ¡Porque te obcecabas en tu defensa de la paz! ¡Yo sólo trataba de hacerte reflexionar! Pero no, no, el señor Teudis, el fuerte Teudis, el aguerrido y osado Teudis nos salió más cobardica, bobalicón y femenino que ningún otro.

La ofensa estaba estudiada y premeditada. Pero Teudis no picó. Conocía demasiado bien a Genserico como para dejarse engañar por treta tan infantil. Sin embargo, era la versión oficial, la que había corrido por todo el pueblo y la que Godegiselo, su padre, se había tragado sin masticar, sin inquirir absolutamente nada, sin acudir directamente a él en busca de la verdad. ‹‹Quizá en el fondo››, meditó, ‹‹también el viejo Rey quería la guerra. Quizá ya hacía mucho tiempo que no agarraba una espada››.

Teudis guardó silencio una vez más. Fuera el que fuese el castigo que Genserico le tenía preparado, no deseaba agravarlo con una discusión mayor. El Rey ya había tenido su victoria, y él necesitaba tiempo y descanso, una buena comida quizá, y puede que Genserico, después de todo, previera dejarlo con vida durante unos días.

– Lo suficiente para escapar, espero –se dijo Teudis.

Al fin, el monarca, ahíto de esperar y viendo que el soldado que tenía delante continuaba siendo tan terco como siempre, salió satisfecho de la tienda, su propia tienda, para dar a sus capitanes unas últimas órdenes antes de pasar la noche.

Desgraciadamente, la oportunidad que tanto esperaba Teudis no llegó. Ni un solo momento estuvo solo, al menos lo suficientemente solo y lo suficientemente olvidado para desembarazarse de sus ataduras y salir a todo trapo de aquella lujosa cárcel. Comía y bebía a su tiempo y con holgura, pero la comida le sabía a muerte y la bebida a sangre. El lento pero inexorable pasar del tiempo era una tortura para él peor que el mismo potro, y condena mayor que ser descuartizado. Un guerrero como él habría soportado con paciencia y resignación ser azotado, golpeado, pisoteado o traspasado; pero hacerle aburrirse y desesperarse allí, sin nada que hacer, horas y horas en silencio y vigilado, sabiendo cercana la tumba sin poder siquiera mirarle a los ojos dignamente, resultaba más que injusto, diabólico. Mas no podía dedicar el tiempo a cosa mejor que pensar, así que trató de hallar la serenidad precisa.

– A ver, examinemos la situación –se decía-. El ejército entero parece haberse puesto en marcha, y en dirección sur, con Genserico a su cabeza, lo que significa sin duda que van camino de alguna gran empresa, una empresa seria, con armas y muertos de por medio. No una simple escaramuza, pues no sería digno de Genserico, ni una amenaza, pues él mismo no lo soportaría. Tiene que haber alguien con quien luchar, alguien lo suficientemente grande y lo suficientemente fuerte para que todo el ejército vándalo, acaso reforzado por algunas tribus aliadas, se ponga en pie de guerra con tanta celeridad y organización. Pero es extraño, a pesar de que se nota que se hallan en campaña, ya hace más de diez días que no nos movemos, y la disciplina se relaja por momentos. De modo que o el enemigo no está cerca o nos hemos vuelto locos. No, no, Genserico no permitiría este desorden que se oye si el enemigo estuviese acechando. Hay que pensar, pues, que se halla lejos. Quizá en la costa….

Al llegar a este punto comprendió, como iluminado por un fugaz rayo de sol que se hubiese colado en la sala. Y no pudo reprimir levantarse bruscamente y reflexionar en alto, la mirada perdida en el cielo, una sonrisa de satisfacción en su boca:

– ¡El estrecho! ¡Cruzaremos el mar! ¡Hacia África por el estrecho!

Pero al decir estas palabras su sonrisa se borró y se transformó en un débil rastro de miedo.

– ¡Qué locura! –continuó meditando-. No sabemos manejar barcos, y no tenemos una flota, mientras que los romanos son maestros en el arte de navegar. Nos diezmarán en esa incursión…

Aquí se detuvo su reflexión. Genserico apareció bajo la cortina de piel que taponaba la entrada. Estaba radiante. Semejaba un dios de la guerra. Sin añadir nada más, le ordenó:

– Teudis, levanta y ven, quiero que veas esto.

Totalmente sorprendido, el bravo reo se levantó, seguido muy de cerca por sus dos vigilantes, auténticas moles de músculo y acero que lo llevaban bien sujeto por unas cadenas, y partió en busca de Genserico, quien en tanto se había detenido a unos pasos de la puerta, esperándolo.

– ¿Te acuerdas de los romanos, tus amigos? –pronunció estas últimas palabras con cierto deleite y sin disimulo-. Aquí los tienes ahora, pidiéndonos ayuda…

El estupor se dibujó claramente en el rostro de Teudis al ver la escena que tenía delante…

– Veo que no te gusta –continuó Genserico-. Pero ahora somos sus aliados, y vamos a prestarles la ayuda que nos piden. –Sonrió como sólo él sabía hacerlo, misterioso y terrible, añadiendo lentamente entre dientes: Y puede que un poco más…

– ¿Y cómo llegarás a África? Nuestros hombres no son marinos –objetó Teudis.

El Rey volvió a sonreír malicioso, y como relamiéndose dijo:

– Nuestros amigos los romanos nos facilitarán las naves y los pilotos… Nosotros sólo hemos de acudir en ayuda de cierto potentado que tiene no sé qué pleito con la Emperatriz Madre –las palabras de Genserico sonaban lejanas y burlonas-. En realidad, una minucia, un malentendido…

Teudis contestó con aplomo:

– No se llama a un ejército implacable por un malentendido…

– Aunque no lo creas, nosotros sólo buscamos la paz –fue la respuesta del Rey.

Teudis comprendió sin escuchar más. Aunque pasmado, no creyó las palabras del orgulloso monarca, y prefirió entenderlas al revés. Pero aún más le asombró descubrir a los legados romanos inclinados ante Genserico, como humildes pastores que pidieran protección, ofreciéndole presentes ricos en oro y piedras preciosas. Genserico estuvo con ellos condescendiente y magnánimo, aunque apenas habló. Se limitó a escuchar, a aprobar con un leve movimiento de cabeza y a firmar el tratado que los legados traían redactado. Cuando esto sucedió, éstos, que eran dos e iban vestidos a la usanza de los patricios romanos, se despidieron y se apresuraron a volver con una copia de lo firmado, camino de África. Pero antes de salir del campamento, Genserico hizo una señal a su segundo, y éste a su vez a la guardia, que mandó apresarlos y encarcelarlos. Nada más ocurrir esto, a toda prisa, los pocos soldados que acompañaban a los legados fueron masacrados en un decir jesús, bajo el engaño de ofrecerles comida y posada.

Al día siguiente, Teudis supo, no sabía exactamente por boca de quién, que los legados habían firmado un tratado “anexo”. Posiblemente bajo las amenazas de muerte o entre torturas, pensó, aún más preocupado. Seguramente, no habrían visto el sol de nuevo. Ese era el regalo de Genserico a quienes le traían la elección del destino…

Pero Teudis no tuvo tiempo para contemplar el majestuoso aspecto de las naves romanas, ancladas en Cartagena (o lo que quedaba de esta antigua ciudad), ni tampoco de vislumbrar de lejos el pálido reflejo del sol en la arena del desierto antes de venir la noche. Fue maltratado, torturado y acuchillado, de cobarde y cruel, al caer la tarde del siguiente a la firma del falso tratado de coalición. Por suerte para él, tampoco tuvo que ver las masacres de civiles en las provincias más extremas, los templos profanados o incendiados, las mujeres (pequeñas y grandes) ultrajadas, esclavizadas, vendidas; la última y desesperada resistencia del ejército romano de África por contener al monstruo que habían desencadenado; y el estertor de una civilización grandiosa que agonizaba entre las arenas interminables del Sáhara, sobre las efímeras dunas de la historia, la noche en que cayó Europa. La Europa de Roma. La Europa universal. Eso fue lo que el afortunado de Teudis no tuvo que ver.

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