Valar morghulis

¡Qué libertad se encuentra en la muerte! El olvido que provoca en los hombres permite que se abra el abanico de la eternidad y se desplieguen las alas del corazón desconocido. En ella se embalsan definitivamente las corrientes del amor o de la guerra, y el fin de los anhelos terrenos se realiza entre las poderosas garras del más allá: entonces el alma se llena de realidades divinas y se deshace de sus vestidos de promesas, permaneciendo solo su anhelo desnudo de inmortalidad.

Sin embargo, compadezco a quienes endiosan, idealizan o banalizan la muerte. ¡No, señores, la muerte es algo muy serio! ¡Y terrible! ¿Habéis visto a alguien morir en la plenitud de su juventud, así de pronto, de golpe, sin despedirse, sin verla venir? Uno se siente impactado y desvalido ante esa muerte… Hay algunas muertes que nos afectan sentimentalmente, pero las esperamos y hasta cierto punto estamos de acuerdo con ellas: por ejemplo, la muerte de un ser querido de muchos años y con una grave enfermedad que lo tiene postrado y como humillado. Incluso hay otras que nos parecen inevitables y que ni siquiera llegan a tocarnos la sensibilidad: por ejemplo, las muertes que se producen a causa de una guerra lejana; nos lamentamos por ello pero dormiremos bien, incluso los más “indignados”. Sin embargo, el espectáculo macabro y desolador de un accidente de moto puede conmovernos si nos detenemos a observar la sucesión de los hechos: los primeros minutos de desconcierto, la espera interminable a los servicios médicos, la curiosidad del viandante que se va transformando paulatinamente en miedo y en angustia; los movimientos rítmicos de las manos del médico, que oprimen una y otra vez el esternón del herido, tratando en vano de reanimarlo; y la manta blanca que finalmente acaba cubriendo su cuerpo deshabitado…

El silencio que deja la persona que, henchida de juventud, llenaba el tiempo y el espacio de palabras, de proyectos, de sonrisas y lágrimas… No puede explicarse el sobrecogimiento ante este árbol derribado sin previo aviso, en el clímax de los años.

¿Habéis sentido alguna vez algo parecido?

¡No os riáis de la muerte ni sigáis vuestro camino! Vale la pena detenerse y pensar. La muerte es el gran filósofo.

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