El gran problema de la filosofía hoy

El gran problema de la filosofía ha sido, es y acaso será que a muy pocos les interesa. En realidad, no debiera ser así, puesto que, como seres racionales, ningún asunto tendría que resultarnos más interesante que el conocimiento; y por conocimiento entiendo la contemplación, el estudio y la discusión de toda la realidad que nos rodea, especialmente de las más humanas (y divinas, quizá). Al contemplar con detenimiento el discurrir de los siglos y la evolución general de la vida; al echar un vistazo sobre la naturaleza y su historia, y observar el ascenso imparable de la especie humana y su continuo progresar en todos los ámbitos, concibo la convicción de que la conciencia, la inteligencia superior humana es el fruto maduro del universo, y de que cada vez más su desarrollo y perfeccionamiento marcará el devenir de la humanidad, e incluso del mundo entero. No existe forma de vida más perfecta que la racional, y cuanto más racional, más avanzada; por eso llamamos bestias a las personas que, aun siendo humanas, parecen no serlo sencillamente porque se guían más por sus pasiones y voluntad que por su razón. Ha sido, a lo largo de la historia de la humanidad, y especialmente durante los tres últimos milenios (quizá cuatro), una constante del pensamiento el énfasis en que la razón debe dirigir la vida, y que las demás partes del ser humano deben obedecerla. En realidad, no hay poca verdad en esto, puesto que, considerando los progresos y éxitos a que nos ha llevado el uso de la razón en todas las dimensiones de nuestra existencia, contemplamos su poder y su riqueza: la medicina, la educación, la literatura, la tecnología agraria, los medios de locomoción y comunicación a distancia, las armas, la protección contra las agresiones de los restantes seres vivos, la explotación de los recursos de la naturaleza, la convivencia, las leyes, las instituciones, la higiene, la arquitectura, las matemáticas, la ingeniería, la física, la química… y la filosofía y la teología. Quizá alguien piense que algunos logros del intelecto humano jamás debieron ser obtenidos. Yo pienso que ellos no son por sí mismos malos (por ejemplo, las armas), al menos no mientras se usen conforme al resto de verdades que la razón descubre, especialmente tres: la necesidad de mantenimiento del orden y la paz en la convivencia, la conservación de la vida, y la veneración por la virtud. Que estas cosas son buenas, y son necesarias, es indudable, salvo que se pretenda dudar de todo, incluso de lo que nos hace mejores. Otra cosa es el uso y las finalidades que se dé a los instrumentos logrados por la inteligencia humana. Pero esto no pertenece a la propia inteligencia, sino que es más bien fruto de su ausencia, y del error, la ignorancia, la confusión o el egoísmo. Digo el egoísmo sin temor a equivocarme, pues aunque no es asunto específicamente nacido de la mente, sí pertenece al ser humano en su totalidad, particularmente al sentimiento, que puede en ocasiones ir de la mano de la verdad racional, pero que muy bien puede (por desgracia) también ir en contra. Que hay verdades racionales es indudable, sin entrar a determinar cuáles, a no ser que se quiera incurrir en contradicción. Y entonces no se ve por qué haya que hacer caso a alguien que pretende instaurar la vigencia de la contradicción y, con ello, destruir la posibilidad de entenderse y de dialogar constructivamente.

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