CANCIÓN ETERNA 2 (extracto)

«Se levantaron y reanudaron su paseo. La princesa, empero, repentinamente se dio vuelta, y le dijo a Teobald:

—Señor, ¿podríais acercaros un instante? Tengo que deciros algo. Madre, ahora te alcanzo.

Teobald se aproximó a ella con premura.

—Caminemos un poco juntos —sugirió ella.

—Como vos gustéis —dijo el anciano.

—¿Sabéis? Yo aún tengo fe en él…

—Quizás la edad me confunde —dijo Teobald—, haciéndome sentir seguro hasta de mis propios errores. Pero veo que, por otra parte, lo tenéis en gran estima.

—Así es, querido Teobald —confesó la Princesa—. Si yo no fuera la hija del rey y él no fuera un rebelde, seguramente este sincero y puro respeto que siento hacia él hace tiempo que se habría convertido en irrefrenable devoción. Perdonadme la confesión. Puedo hacérosla porque mi corazón me dice que vos sois buen consejero para mí. Siento que tenemos un entendimiento natural, si me lo permitís. Pero no son más que afanes inútiles, porque nada de eso es cierto, de modo que lo único que hay en mí es sin duda lo que más conviene a mi estado: admiración y necesidad. Si yo fuera reina, él no habría sido perseguido. Porque el corazón me dice que no fue culpable. Pero jamás seré reina. Mi hermano Tristan me antecede en el orden de sucesión, y el pueblo lo ama.

—¿Habláis desde el conocimiento o desde el deseo? —le interrogó Teobald.

unos ojos que perdían

La princesa miró unos segundos hacia el opaco horizonte. Estaba librando una batalla consigo misma, pues su rostro se contraía en una mueca de dolor. Sus ojos tenían la intensidad de la juventud apasionada, que cree que todo se resume en el instante, y la belleza de las estelas celestiales, mezcladas con la neblina de una melancolía aún escondida. Unos ojos que perdían el alma de quien los miraba. ¿Existía mujer más hermosa en el reino? A Teobald le parecía que no, y entendía al inexperto Dik. Por fin, pareció derrumbarse la muralla de los secretos de Kyra, y reconoció mientras bajaba la cabeza:

—Guardádmelo en secreto, buen Teobald. Pero es más lo que deseo que lo que tengo y lo que no espero conseguir.

—Estad tranquila, amada princesa —contestó el anciano—. Podéis confiar en mí. Todo cuanto tratamos se debe a vuestra confianza. Nada saldrá de mi boca. Pero en esto un viejo como yo, señora mía, sí puede aconsejaros.

—¿En qué sentido? —preguntó la princesa.

—Pidiéndoos que jamás olvidéis que es el corazón quien manda en las personas, y no al revés –contestó Teobald—. Y que cuando negamos las potencias de nuestro espíritu y le imponemos el yugo de la tristeza, entonces se apagan las luces de nuestra alma y no queda más que una noche eterna, de la que solo la enfermedad y la muerte pueden derivarse al fin.

—El corazón no importa, amigo mío —replicó ella, sentenciosa y triste—. ¿Cómo podría importar en alguien como yo? Soy una princesa, me debo a mi país. Además, toda mi vida me han enseñado que el corazón siempre se equivoca; al comienzo quizás acierta, aunque siempre termina por equivocarse. Un rey debe guiarse por la razón, y una princesa debe imitarlo, a la altura de sus responsabilidades. Para eso tenemos consejeros, ministros, ayudantes… Para que no nos dejemos llevar por nuestras pasiones. Las pasiones traen dolor y destrucción. Quizás ese haya sido el gran error de mi padre.

—Las pasiones son esenciales en nuestra vida —le corrigió Teobald—. Bien conducidas, son el gran motor que nos mueve. Es cierto que algunas pueden llevarnos a la autodestrucción, pero incluso éstas, mi señora, pueden ser útiles cuando se moderan y conducen por la senda adecuada. Hay otras, en cambio, cuya abundancia y tiranía no puede ser desdeñada ni negada, salvo pena de condenación y de miseria. Os demostraría con múltiples ejemplos vuestro error, si no temiera más vuestro enojo que cualquier otro mal.

—Hacedlo, señor mío, no os reprimáis. ¡Demostradme que el amor vale la pena!

—¿Quién ha hablado de amor, mi señora?

—Bueno, vos… Acabáis de decir…

—No os preocupéis, os he entendido… Era una broma de anciano. Solo pretendía sacar de vuestros labios la confesión que no os atrevíais a hacer…

«¡Qué ojos increíbles tiene! ¡Y qué labios!», pensó Teobald mientras la miraba. Aunque no era el deseo lo que se despertaba en él, sino la admiración artística. Los deseos hacía mucho que habían muerto para Teobald…

En ese instante, el ruido de unos pesados pasos les sobresaltó, e interrumpieron su conversación, a tiempo para que Tunher no tuviera motivo de reprocharles su indisciplina.

La princesa se volvió para mirar a Teobald y le guiñó un ojo con picardía. Y moviendo los labios en silencio le citó para otra conversación en cuanto se diera la ocasión. Teobald sonrió. Después de todo, no había perdido su comprensión de las pasiones humanas. Y con aquella pequeña comunidad que formaban tenía trabajo de sobra…

Enseguida cargaron todo y reanudaron la marcha; y aunque cansados, partieron inquietos y expectantes».

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