MI VOCACIÓN FILOSÓFICA (esto lo escribí hace veinte años, nótese el fracaso vital)

MI VOCACIÓN FILOSÓFICA

De mi corta experiencia como aprendiz de filósofo hay que algo que me sorprende especialmente y me resulta al mismo tiempo el mayor obstáculo a vencer: el descrédito o el desinterés hacia la filosofía. Podría decir que hacia todo lo que no sea el más rudo materialismo: nace uno para trabajar, y lo único comprensible y correcto es que estudie poco tiempo (lo indispensable), busque cuanto antes un empleo y empiece a ganar un sueldo bien merecido y sudado desde la mañana a la tarde. ¡Pensar ni sirve ni da para nada! ¡Las ideas son inútiles! ¡Quien piensa no trabaja! ¡No eres más iluso porque no eres más grande!

De mi corta experiencia, pues, he aquí la mayor dificultad: explicar por qué quiero dedicarme a la filosofía. Con otras palabras, acaso más adecuadas, justificar y hacer aceptable a los ojos de mis seres queridos que una persona pueda ser útil, digna y honrada estudiando, coleccionando y formando ideas y transmitiéndolas, sea por medio de la palabra hablada, sea por medio de la palabra escrita. Cuando pretendo hacerles ver mi ideal, sólo consigo ponerlos en mi contra. Más aún, a mí mismo me cuesta creerme que verdaderamente la filosofía pueda ser una “labor” digna de dedicársele la vida entera. ¡No dejan de decirme que no tiene salida, que no se gana dinero, que es de vagos o que pienso así porque tengo miedo de enfrentarme a la vida real! Y yo digo que si tuviera miedo de algo no pretendería ser filósofo, y menos aún explicárselo a los demás. Ellos me hacen sufrir más de lo que me haría sufrir la vida misma, con todas sus desgracias.

Dudo, vacilo, pero no caeré. No seré vencido. Me viene ahora a la memoria la máxima de Séneca, preciosa y muy sabia: “Asaltad, acometed: os venceré resistiendo”. Busco un tesoro escondido de gran valor en cuya existencia nadie cree y del que sólo he oído hablar por boca de otros, otros a quienes los demás ni siquiera recuerdan y que a menudo han pasado por locos, vagos o borrachos. ¡Pero ese tesoro existe! Al menos voy a buscarlo como si existiera. Acaso algún día los que ahora me desprecian vengan a dorarme la píldora. Para ambas actitudes estoy preparado: ni ahora he de ceder (pase lo que pase), ni entonces tampoco.

Ciertamente, la oposición a los demás no dejar de tener su sentido común. Vivimos en una sociedad (en realidad todas las sociedades han sido así) que no demanda la sabiduría, que se conforma con unas cuantas ideas fijadas por la costumbre o la desidia que puedan servirnos para el vacuo diálogo de cada día al salir de casa y cruzarnos con nuestros vecinos, o al tener que votar en las elecciones. Todo lo que está fuera de nuestro radio de acción cotidiano nos parece absurdo; digo más, no nos parece, sencillamente no existe. Y no aceptamos que alguno de los nuestros pueda poner sus ojos en ello: ¡dónde vas tú, si no eres más que un pimpollo! ¡Cómo te vas a dedicar tú a pensar, si eres un niñato! Sigue siendo el pan de cada día aquella frase célebre de Jesús (como todas las suyas): “Nadie es considerado profeta en su tierra”. Si le pasó a él, ¿cómo no me va a pasar a mí?

Lo peor de todo es que no te lo dicen porque te odien, sino porque creen que es lo mejor para ti. Como decía Sófocles, están convencidos de que “la existencia más placentera consiste en no reflexionar nada”[1].

Pero, ¿qué tiene la filosofía? He aquí la barrera penosamente franqueable: ni es fácil de explicar ni es fácil de entender. Decía san Agustín que sólo se entra a la verdad por el amor, y quizá por eso los demás no me entienden: porque no aman la verdad, la sabiduría. Comprendo que la anterior afirmación puede suscitar un fuerte rechazo. Suplico, sin embargo, que se me dé licencia para continuar. ¿Qué tiene la sabiduría? Es la desbocada locura del ser humano en busca de respuestas universales a las radicales cuestiones que tocan su existencia: Dios, la vida, la muerte, la inmortalidad, el mal, el sufrimiento, la verdad, la justicia, la felicidad, el mundo, la sociedad, la política… ¿Por qué hemos de conformarnos con tener unas pocas ideas manidas y pegadas a la mente como esparadrapo, cual cutres remedios contra la hemorragia intelectual? ¿Por qué no podemos intentar olvidar todo (sí, todo) lo demás y preocuparnos por buscar respuestas a esas preguntas? Quizá no encontremos respuestas, pero al menos avanzaremos en ese camino y nos cimentaremos una particular forma de conocimiento, como es la sabiduría del no ser. Es más, cuando uno se ha dado cuenta de que no puede seguir viviendo igual sin plantearse esas preguntas, entonces la posibilidad se convierte en deber: ¿por qué no debemos olvidar todo (sí, todo) lo demás y preocuparnos por buscar respuestas a esas preguntas?

¡Pero no! Preferimos en general seguir enfrascados en otras cuestiones menores. ¡Y dicen que soy cobarde porque quizá tengo miedo a lanzarme al mundo laboral! ¡En realidad soy más valiente que todos ellos: lo dejo todo para lanzarme a otra aventura mucho más difícil: no vivir en paz ni un solo día de mi vida de ahora en adelante, buscando, buscando, buscando, sin renunciar a enfrentarme con la miseria y teniendo como única riqueza mis ansias de vida y de verdad! ¡Toma cobardía! ¡Toma infantilismo!

Reconozco que no es sencillo de comprender para alguien que no “tiene dudas”. Yo creo que todos tenemos dudas; no cualquier género de dudas, sino dudas de verdad, radicales, mortales si se quiere. Pero sólo muy pocos reconocemos que nos aturden y nos rebelan. No soy un héroe, únicamente soy un enfermo: las dudas y la verdad me tienen enfermo. Padezco de la peor locura: el ideal. Mi ideal no es otro que responder con todo mi ser a la necesidad de SABER. Saber para satisfacer mi espíritu. Saber para descansar. Saber para ver. Saber para dormir… Saber para vivir. Saber para enseñar. Soy un idealista muy realista: buceo en la realidad para que me descubra sus secretos. En cambio, los demás (casi todos) se quedan en su superficie. Tan sólo algunos amigos me acompañan, y a veces no tan amigos.

Lo que más me duele es la incomprensión de los más cercanos… Pero esto me refuerza en mis motivaciones y mi voluntad. Sé que pongo en riesgo parte de mi vida (¿quizá toda ella?). ¿Qué puedo hacer? No puedo renunciar a Ella antes de buscarla… No es que no quiera, es que no puedo. ¡Estoy enamorado de la Verdad! Me siento como el depredador hambriento que ha olido la presa: desistir de perseguirla es firmar mi sentencia de muerte. Quizá pudiera “comer” algo distinto, pero no sería “mi alimento“. Y el apetito del espíritu no se aplaca más que con la Verdad. Bueno, a lo peor ni siquiera ella lo aplaca…


[1] Ayax, de Sófocles.

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