SER O NO SER…

Una de las situaciones más desagradables para mí es pasar desapercibido. Me extraña verme escribiendo esto, pero es así. Quizá porque me doy importancia me dedico a escribir mis pensamientos. Reconozco que me produce cierta satisfacción volver sobre ellos y contar el número de sus páginas. Sin embargo, debido a lo crítico que soy conmigo mismo, más a menudo de lo que me doy cuenta, corrijo y rectifico mis textos mientras los voy leyendo, y no son pocas las ocasiones en que me han parecido pueriles, inexactos o inelegantes.

En fin, me gusta sentirme especial. Recuerdo ahora cierta ocasión en que, estando durante tres o cuatro días en un “cursillo de cristiandad”, hace muchos años, tuve una de las más vivas sensaciones de olvido e indiferencia de mi vida. Llegado un momento singular del cursillo, cuando la directora daba gracias en público a Dios por cada uno de los monitores, una vez que tocó mi nombre, que a la sazón era también monitor, no supo qué decir de mí más que algo así como “gracias porque ha estado aquí”. «¿Qué he estado haciendo aquí?», pensé enrabiado. Era, sin duda, la mejor demostración de lo poco que resaltaba mi figura, aunque mis labores habían sido importantes, y no menos públicas que las de los demás. Ésta es una de las razones, entre otras, por las que considero que mis experiencias dentro de grupos cristianos han sido deplorables. En todo caso, no culpo a aquella mujer: puede que tuviera otras cosas en la cabeza o que tuviera otras razones que sopesar.  Pero yo era el más joven de los monitores, y me había ocupado de tareas que nadie quería. Hablaba tan bien como cualquier otro, e incluso mejor, y encima tocaba la guitarra. ¿No merecía una mención más propia? Aunque puede que no… En las cosas del espíritu, Dios dispone premios inesperados y castigos sutiles para las almas fieles, pensando siempre en su mejoramiento.

Es uno de mis defectos, supongo…

¿O no? ¿No será, acaso, que sentirse especial es una condición para sentirse feliz? ¿No habrá inscrito en el corazón de todo hombre, saliendo mucho más fácilmente a flote en el alma de un hombre intelectual como yo, un profundo e irresistible anhelo (puede que incluso tan inconsciente como la misma respiración corporal) por autoafirmarse, por reconocerse y verse reconocido, por realizarse y verse realizado, por encontrarse todo entero y valioso, no sólo ante los propios ojos, sino precisamente con total justicia también ante los demás, e incluso, yendo más allá, ante el propio Dios? Yo creo que sí, rotundamente, y estoy hablando de algo más profundo y complicado que el mero egoísmo. Es un instinto, si se quiere, pero también y al mismo tiempo algo no puramente somático; una necesidad del alma, una inclinación a la afirmación de la persona.

No, no hablo de egoísmo, egolatría, egocentrismo o narcisismo. Hablo de existir individualmente y estar presente. Hablo de tener nombre propio y personalidad propia. Hablo de ser uno e inconfundible, irrepetible y por supuesto importante. Hablo de honor, y no de vanidad. Todos, creo, hasta el más incapaz, podemos haber sentido en algún momento de nuestra vida dolor al ser humillados. Esto es porque la humillación minusvalora al ser que la recibe, rebaja la consideración que éste tiene ante sus propios ojos (algo más importante que la consideración que pueda tener ante los demás). Y el corazón humano, hecho para la gloria, no puede resistir la sensación de no valer nada; no digo no valer para nada, sino no valer nada. Quiero hacer una precisión: no defiendo que todo ser humano tenga un “valor económico” en el sentido amplio de la palabra, como si se tratase de un precio de mercado; a lo que me refiero es a que todo ser humano es de un “precio tan alto que es incalculable”. En definitiva, que “vale”. Precisamente por esto sufre cuando dicha consideración, que evidentemente es un bien de carácter espiritual, padece alguna merma. Y esta rebaja puede provenir tanto de perder relevancia ante uno mismo, como de perderlo ante los demás. Es más, a menudo (cuando no siempre) el afecto por uno mismo (lo que se ha llamado de forma impropia “amor propio”) tiene su origen, su medida y su más eficaz impulsor en el afecto de los demás por uno.

Alguno de los peores males de nuestra sociedad moderna e industrializada es éste: el individuo ha perdido casi toda su importancia. Hoy toca amoldarse a la corrección política, al color de la masa, y el que se mueve, es castigado al ostracismo incluso dentro de la propia patria. Puede que no se vea a la primera, pero trataré de poner un ejemplo práctico: en un país como Japón, donde mucho más de cien millones de personas[1] viven unas tan cerca de otras que tienen que salir periódicamente del país para que siga habiendo posibilidad de habitarlo, ¿qué puede hacer un hombre contra la multitud? ¿Qué ha de pensar, si lo que hace él lo hace todo el mundo, si es sólo una ínfima partícula de un inmenso engranaje, si nunca se le tiene en cuenta para la confección de políticas o la toma de decisiones, si nadie le pregunta si prefiere vivir en la ciudad o en el campo, pues no tiene opción de elegir; si está condenado a hacer todos los días el mismo recorrido, apelotonado junto a otras miles de almas en el metro, en las oficinas, en las calles, en los ascensores, en los cines? ¿Qué pensará ese hombre de sí mismo? ¿Qué parte de su vida está realmente bajo su poder individual? ¿Qué valor tiene para el resto de la sociedad? Ni suma ni resta nada, sólo es un número insignificante, sólo es alguien más que se amolda inevitablemente a las modas, a los hábitos de la ciudad, a las normas públicas. Cree ser especial quizá por saber cantar, pero como él hay miles, a cual mejor. Cree ser especial acaso por tener un aparato eléctrico de última generación, pero es sólo un consumidor más entre millones. Nada en su vida le dice: “¡vales mucho, eres irrepetible, eres importante!” Sencillamente, es lo más parecido a un preso que se hallase inmerso en una cárcel cuyos contornos no puede percibir y que ante los otros es sólo (¡qué pena!) un “uniforme” más, un número que no se recuerda y que no corresponde a nadie. Porque el ser humano a quien no amo no existe para mí. Parece exagerado, pero creo que en estos asuntos, en temas de trascendencia tan honda que inciden de manera directa e inmediata en la felicidad de las personas y hasta en su salud mental, no se han de permitir las medias tintas.

Puede que a alguien estas consideraciones le parezcan irrelevantes y equivocadas, pero en la realidad de la vida de muchas personas estos “pequeños asuntos” tienen una preeminencia vital, un significado total, que decide su supervivencia y, lo que es más, su posibilidad o no de ser felices.

Lo peor es que, cuanta más gente haya, mayor será la multitud, y menor el peso del individuo. Menor su valía para el resto. Más arduo el camino hacia la autoafirmación, que es el primer paso para la felicidad en este mundo. No sé en el de más allá, pero sí en el de más acá. ¿Cómo hacer compatible la libertad para reproducirse, incluso hasta el infinito, con el valor supremo del individuo y sus reclamaciones de reconocimiento?

Ahora bien, que nadie malinterprete mis palabras: el problema no es el crecimiento de la población ni el número de seres humanos. El problema es la organización de la sociedad y los valores y principios éticos sobre los que se asiente dicha organización. Porque una sociedad sin valores y principios éticos no puede pensarse ni tiene sentido.


[1] ¡Qué barbaridad! ¡Yo jamás he visto juntos a más de dos millones!

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