El poeta loco oye cosas y las cuenta a su manera

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Otra de las cosas que a menudo se cuenta del poeta loco es que repetía frases o historias que había escuchado por ahí (le gustaba escuchar a escondidas, como una de las travesuras que más le divertían, aunque algunas personas, como le creían loco del todo, no se cuidaban de hablar en voz baja cuando se hallaba cerca), y las cacareaba de las diversas formas cuando iba caminando por los senderos del mundo.

A veces gritaba pensando que todo el mundo estaba pendiente de él; y le gustaba ser el centro de atención, aunque era habitual que se encontrara solo en medio de la nada. Otras veces sentía un súbito temor, y entonces susurraba, como un niño avergonzado, sin darse cuenta de que las gentes se interesaban más en él cuando decía cosas a media voz.

Pero siempre, todos los días, contaba algo que había visto u oído. No tenía por qué ser algo importante. Podía ser una fruslería, como cuando pregonaba que había notado que los árboles sangraban sangre blanca cuando los arañaba con sus uñas; o como aquella ocasión en que entró en todas las casas de una aldea exclamando que a Mikeal le salían pelos blancos en la barba y él no se daba cuenta de que se estaba convirtiendo en nieve.

Sin embargo, algunas veces de sus palabras sin sentido se desprendían las más oscuras y dolorosas verdades.

En una ocasión, unos mercaderes se le cruzaron en un camino perdido en la llanura. Él caminaba pensativo, apoyándose en su cayado viejo, mirando al suelo. De pronto, se detuvo ante ellos y dijo:

-He oído algo terrible y la pena me acongoja. Pues la «horrípeda», horrísona y horrífica tejedora de destinos cavilaba sobre el salario de su desventurado y advenidero esclavo, y planeaba pagarle un sueldo menos de lo necesario para dejar de necesitarlo. ¡Triste destino, respirar siempre el barro que los detentadores pisan! Y luego me llaman a mí loco…

He soñado con cosas terribles

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Anoche tuve una pesadilla que no quiero ni nombrar ni describir. Temo que, dándole palabras que sirvan de soporte a su final, se haga realidad. Fue algo tétrico, apabullante, desastroso. Pero debí haberlo imaginado. La verdad es que me tiré media noche dando vueltas sin poder dormir. Yo presentía algo. Siempre me pasa: cuando va a suceder algo que me va a hacer sufrir, las noches son incómodas, guerreras, insoportables. Las horas pasan lentas como edades, los pensamientos regresan una y otra vez a oscuros túneles que atraen y repugnan como madrigueras de arañas; y el corazón se encuentra inquieto, removido, desconfiado, preguntándose vagamente cómo ha llegado a ese punto y qué puede hacer para cambiar lo que está por venir.

No puede, sin embargo. Solo puede mitigar el miedo y dispersar la atención hacia sueños menos vívidos y quizás más agradables, pero la batalla cae, una y otra vez, del lado del temor. Un temor que impide dormir. Impide pensar en otra cosa. Impide respirar.

Lo impresionante y desconcertante es que luego, al día siguiente… ocurre. El miedo a la amenaza desconocida se concreta en la amenaza misma, que no ves venir, que se planta de sopetón ante ti y te sacude, como si quisiera recordarte que ya lo sabías y que estabas avisado. Aquello que temías sucede, aunque antes no podías ponerle nombre. En mi caso, tiene que ver con mi trabajo y con un típico caso de sujeto con suerte pero que jamás tuvo la brillantez del buen estudiante ni la consistencia del estudioso. Lo suyo es, pura y simplemente, fortuna y algo de labia. Estos individuos suelen ser tiránicos con sus subordinados, especialmente cuando sienten que podrían ser mejores que ellos. Y si alguna vez otorgan un favor, lo hacen solo para luego echarlo en cara.

Esta fue mi cruz hoy. Tomada con resignación y dolor. Humillación, derrota y bronca, sin necesidad, sin justicia y sin oportunidad.

Antes, después de la madrugada de vigilia invencible, la pesadilla, como la prefiguración del mal, pero con otro rostro. Las pocas horas que conseguiste dormir fueron invadidas por un enemigo que procede de dentro y que te hizo estremecer. Ese enemigo lleva tu nombre.

Al final del día, cuando todo ha pasado, comprendes que no podías escapar de este torbellino, que está diseñado así porque así es la vida; que todos los hombres lo sienten, como un destino macabro y trágico del que es imposible escapar. Es una telaraña pegadiza que te atrapa, y la araña cuya morada habías contemplado con horror sale de ella y te arrastra hacia sus pinzas, y no puedes hacer nada, solo gritar y gritar.

Todas las vidas tienen días malos. Todas las vidas tienen caídas. Todas las vidas tienen dolor. Sin embargo, la vida del escritor es diferente, privilegiada, porque cuando las luces se apagan y las voces se detienen, y la memoria se aquieta, puede matar a esa araña que parecía inmensa, pero que, en realidad, es minúscula, con el simple movimiento de sus dedos sobre las teclas. Al expulsar de sí mismo el veneno del dolor y del miedo, opera una especie de medicina del alma, por la cual el cuerpo rejuvenece, el alma se fortalece y la humanidad se purifica y madura. De este modo, lo que en cualquier otro caso habría sido la experiencia olvidada de un hombre sin nombre ni pasado, se convierte en una enseñanza emocional para el género humano.

El escritor es un hacedor del futuro. Para esto lo eligieron los cielos. Y para esto le hacen pasar por las apreturas del aciago e insensible destino.

Back to Somnia

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Ayer volví a escribir… sin dolor.
Sentí cómo retornaba a mis dedos ese placer dulce y tenue del contacto con las teclas, con su familiar sonido. Fue como abrazar a un viejo amigo después de un tiempo sin vernos. Fue como el beso de un hijo después de un día de duro trabajo.
Y regresé a Somnia.
Fui como siempre: solo, asustado, ilusionado, emocionado, intrigado.
Apenas fueron unos minutos paseando por Somnia, pero me maravillé ante su grandeza y variedad. ¡Oh si pudierais ver por un instante su increíble belleza y visitar algunos de sus rincones más extraordinarios…o más terribles!
Sobrevolé las montañas de dunas, me interné en enormes celotes con templos hermosos, corrí entre las arañas gigantescas de Tiv, y me senté un rato junto a un soldado herido y su capitán.
Y cuando volví a mi realidad… ¿Sabéis lo que se siente cuando terminas las vacaciones? Pues algo así siento cada vez que abandono Somnia.

SE APRENDE CON SANGRE

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Dijo el poeta loco a sus discípulos:

«A lo largo de todos los largos años de mi vida, habiendo vagado por el mundo entero, después de conocer a todos los pueblos, de haberme enamorado y de haber sufrido, he aprendido una sola lección, hermanos, que ahora os transmito: el mayor pecado del hombre sobre la tierra es el amor. Y todos nuestros afanes como poetas han sido producto de una locura, brotada de algún demonio interior, que solo ha servido para propagar este mal, que debimos haber combatido: la perdición de los hombres en pos del amor imposible.»

Entonces sus discípulos se fueron yendo uno a uno, decepcionados, porque todos querían amar y escribir versos de amor, hasta que solo quedó una joven dulce y tímida. Le encantaba escuchar versos de amor, pero no lograba componerlos, porque no sabía amar. Entonces el poeta loco sintió pánico y alegría a la vez, porque sabía que la belleza es enemiga de amar, pero amante de ser amada. Por eso es la perdición de todos los poetas.

Ni que decir tiene que volvió a pecar enamorándose una penúltima vez.

PUNTO Y NADA

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Hay mil cosas en el mundo

que podría desear:

dinero, honor y gloria,

salud, poder y prestigio…

Todas me saben a estiércol

comparadas con tus ojos;

ninguna tiene valor

comparada con tus labios.

Más quisiera yo tus manos

que mil lingotes de oro.

Más quisiera yo tu cuello

que un milenio de imperio.

¿Cómo tengo que decirte

que el corazón que palpita

en tu pecho delicado

es el premio más preciado?

Perder prefiero la vida

que el afecto que nos une.

Porque tú, mi morenita,

eres… eres para mí.

¡Y punto!

EROS DOMADO

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Quiero hacerte una pregunta,
escucha con atención.
¿Sabes bien lo que le has hecho
a mi pobre corazón?

Ahora que estás en silencio
medita este desvarío:
niña, ¿pero qué me has dado,
que me has dejado vacío?

¿Por qué, pudiendo elevarme
hasta las nubes del cielo,
como gato con ratón,
enciendes viril anhelo

con tu sonrisa divina;
y luego, cruel y dura,
esquivas el fuego ardiente
que en mi espíritu perdura?

¿Por qué tu sola presencia
puede animar este muerto
que era mi gélida alma,
y después, como un experto

fantasma, vuelves a irte
y me quedo abandonado,
con los ojos solitarios
y el corazón hechizado?

¿Qué brebaje, diosa mía,
has puesto en mi garganta,
que este fuego que me abrasa
a mis amigos espanta,

pero no ahuyenta mi pena
por no tenerte en mis brazos,
mas acrecienta el ansia
con que persigo tus trazos?

En fin, ¿qué tienes, amiga,
en esos puros diamantes,
que hasta mis sufridos huesos
los has vueltos tus amantes?

Algo tienes, algo sabes…
Te brillan los ojos negros.
Yo te miré sorprendido.
Tú me hechizaste con ellos.

Ahora juegas conmigo.
Me das uno, dos me niegas.
Así me tienes sujeto
con invisibles cadenas.

Amo tu armónico rostro.
Persigo tus manos tiernas.
Anhelo tus labios mágicos.
Y sueño con tus caderas.

¡Libérame, dulce bruja,
de tu hechizo de dolor!
O báñate tú también
en el fuego de mi amor.