El Poeta loco

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He aquí las palabras que pronunció el Poeta loco cuando un juez le juzgó por bailar desnudo en las plazas y en los bosques:

“¿Cómo es posible, y cómo está ordenada la materia de tal forma, que todas las sensaciones, todos los pensamientos, sentimientos y deseos de un hombre, olvidando todo lo demás, cuanto ha sido, cuanto ha creado, luchado y trabajado a lo largo de su vida, se cifren y se concentren apenas en un rostro femenino, sus facciones, sus gestos, sus detalles, y en el olor de su pelo, la tersura de su cuello y las líneas de su cuerpo? Así está hecho el hombre, que, cuando se cruza con la costilla que le falta, olvida a su padre y a su madre, y resume en un rostro y un nombre toda la anchura del universo. De esta forma, muchos afanes persigue el hombre a lo largo de su vida, y muchas victorias y derrotas, pero todas las entregaría por un solo beso de esos labios y una sola mirada de esos ojos.”

Después de esto, el Poeta loco fue condenado a diez semanas de cárcel, tras lo cual volvió a bailar desnudo en las plazas y en los bosques, pero con la compañía de un gato que siempre iba con él.

Así mueren los poetas

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Este vulgar y sencillo poemita fue un regalo del aclamado poeta romántico Iulius De Vrier, barón de Riscots, a un escritor amigo suyo, cultivador del indigno arte del vodevil, de nombre Butts o Rutts, cuyas obras se han perdido, conservándose del mismo tan solo algunos retales y testimonios como éste. Este singular hallazgo se debió a que Butts guardaba el viejo y gastado papel donde De Vrier había escrito su poema en la parte interior de su billetera; y el doctor que certificó su muerte, cuando lo hallaron tirado en un charco de alcohol y sangre en una callejuela Arlington, Washington, lo extrajo y lo añadió a su colección personal. Es evidente que el dicho doctor era dado a sustraer «tesoros» de sus pacientes. Sin embargo, este feliz vicio nos ha permitido, andando el tiempo, analizar la firma que sigue al poema y comprobar que, en efecto, los garabatos son de puño y letra de De Vrier, cuyas obras no publicadas se valoran hoy en millones de dólares. Ésta, no siendo de las mejores, muestra hasta qué punto la tormentosa relación entre la Comtesse du Pont de la Mer y el enfermizo poeta ocupó sus pensamientos diarios y sus cotidianas preocupaciones.

Hubo una vez un poeta

que vagaba por el mundo

solitario y vagabundo.

Se topó con una estrella.

Por su brillo deslumbrado,

se creyó afortunado.

Se dijo ¡oh qué sorpresa!

Quizás yo tenga la fortuna

de haber hallado a mi musa.

Y luego le dijo a ella:

Quizás tú tengas la suerte

de vencer sobre la muerte.

Durante un tiempo la cosa

pareció que funcionaba.

Mas demasiado rogaba.

Poeta se fue cansando

de tantas vicisitudes,

negadas solicitudes.

Hasta que al fin aquel astro

le invitó a su morada,

pero la puerta cerrada

es lo que poeta halló.

La pobre tenía sueño.

¡Poeta tenía sueños!

El sueño venció a los sueños.

Poeta lloró en su coche.

Era de día y de noche.

En silencio y casi ciego,

regresó a su soledad,

esa implacable verdad.

El viejo poeta tonto

siempre creyó en las hadas.

Mas también las hay malvadas.

Hadas y ninfas que gozan

de visitas y de amores

de plebeyos y señores,

mas no saben entregarse

a un poeta delicado

que en el verso lleva el hado.

El astro no era una estrella,

sino un cometa errante.

De otros sería amante,

mas no del pobre poeta.

Éste se quedó tirado

en sus torrentes ahogado.

Mas ¡ay de la estrella errante!

Hoy brilla, pero pasará,

y nadie la recordará.

Él le había ofrecido

la inmortalidad del verso.

Ella nunca puso empeño.

Con palabras indolentes

a veces decía que sí,

mas sin dar nada de sí.

El poeta se afanaba

en lograr un movimiento.

Mas ella era un monumento

inamovible, una piedra,

un mmm, un pff, un quizás,

vale, bueno, ya me dirás…

Al fin todo terminó

como había de terminar.

Silencio, dolor… ya está. 

¿Ya está? Sí, sí, ya está.

Da igual. Así es la vida.

Promete glorias, es mentira.

Aquí termina esta copla

del poeta enamorado,

con silencio contestado.

Un corazón quebrantado

sabe bien lo que se sufre

cuando el infernal azufre

del rechazo silencioso

se cuela por las cavernas

y te sube por las piernas,

y te llega a los pulmones:

el ansia te va invadiendo,

no quieres seguir viviendo.

Tal nos enseña la historia:

así pasan las estrellas,

así mueren los poetas.

No debes leer

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Estas líneas se encontraron entre los papeles desordenados del despacho del doctor Witherburn, famoso por ser en su día premiado con el prestigioso galardón Redper, uno de los más codiciados en el mundo de la ciencia, después de que los albaceas de su testamento, depositado en la Correduría de Mr. Modd, mandaran forzar la puerta, para facilitar la investigación policial acerca de su extraña y repentina muerte. Hoy las traemos a este blog, para mostrar que hasta las mentes más preclaras y privilegiadas, más entregadas al raciocinio frío y eficaz de la ciencia moderna, pueden llegar a perder el norte cuando el amor se cruza en su camino, razón por la que el antiguo poeta Vernerano afirmó «el amor promete ser medicina, pero es el áspid que engaña al hombre». Que cada cual juzgue con su luz natural. Nosotros, por nuestra cuenta, seguiremos admirando al gran científico, aunque sucumbiera a las naderías inconsistentes del enamoramiento.

Tiene un pelo castaño y rizado que le cubre los hombros como un manto; labios de corazón, con el inferior ligeramente grueso, insinuando una sonrisa y un beso de tornado de desierto; ojos de niebla y arena, intensos, fuertes, de pestañas interminables; las mejillas afiladas, tersas y de comisuras que se internan sugerentes y decididas entre sus labios; la barbilla picante pero equilibrada; unos pechos pequeños que, como nubes solitarias, dibujan hermosas figuras imaginativas; los hombros rectos, morenos, y el cuello, delgado y liso, cual bien horneada, pulida y esmaltada terracota; las manos firmes, las uñas encarnadas, la nariz recta y rematada en un gracioso botón que, moldeado por la mano del Hacedor, apenas deja vez las dos angosturas por los que el aire entra en la gloria de sus pulmones; unas caderas insinuantes, ni exageradas ni rectas; unas piernas proporcionadas, de muslos sólidos pero no gruesos, que se unen, según el arte de la naturaleza, en la más increíble conjunción que pensar fuera posible, en un culo… un culo que solo puede calificarse de matemáticamente exacto, física y químicamente perfecto, descendido del Mundo de las Ideas como la encarnación visible de la Belleza, ni grasiento ni ausente, con la gracia de las flores al moverse con la brisa y de las ondas que recorren la superficie de un lago cuando una piedra cae y se sepulta entre sus aguas. Un culo especial. ¿Qué digo? ¡Extraordinario! Más aún: ¡sobrenatural! Inefable, como las verdades de la divinidad. Si los ángeles tuvieran culo, sería como el suyo, y lo mostrarían apenas tras las plumas de sus alas, temerosos de que la visión de tan maravilloso órgano produjera en los humanos todos los pecados libidinosos, todos los pensamientos impuros, todos los deseos ocultos y pervertidos que las leyes divinas prohíben y proscriben, y los llevaran de esta forma, a pesar de estar depositados y anclados a seres paradisíacos, al infierno, destino infame donde todas las verdades se esfuman. Pues ella, capaz de remover con su esquivez la seguridad de mis muros, es la feliz propietaria de ese dulce, elegante, apetitoso, increíble, atractivo, dadivoso, insinuante, inspirador, maleable, robusto, exquisito, exótico y extraterrestre apéndice, como una indescriptible máscara a cuyos ojos no puede dejar de mirar el espectador atónito, no sabe tanto si por atracción o por temor a caer en sus redes. ¡Cómo me gustaría tener ese culo sentado sobre la parte de mí que puede investigar sus secretos y penetrar sus misterios, mientras nuestras bocas se unirían locamente y mis manos palparían, insaciables, sus muslos, su cuello, su espalda, sus pezones, y ese innombrable y oculto tesoro que sus piernas no acaban de tapar nunca!

Abracé su cuerpo y sentí cada fibra de su ser contra el mío y se acurrucó en mi pecho y una lanza de fuego se clavó en mi alma… como si gritara de rabia por no poder atrapar eternamente ese momento. Feliz aquel día, en aquella calle estrecha, sombría y solitaria donde vivió mi antepasado, más famoso que yo, pero igual de desafortunado en el amor. La brisa de la mañana, a ras de tierra, aliviaba el calor reinante en los tejados. Ocultos a la vista del mundo. Enlazados. Con su cuerpecito entre mis gruesos brazos. Con mi rostro en su pelo, aspirando el penetrante aroma de su cabello rebelde. Miles de pensamientos pasaron en ese instante por mi mente, todos arremolinados en una sola idea: hacerla mía, fusionarla conmigo, y permanecer así, escondidos y perfectos; siempre así. ¡Quien diga que jamás fuimos nada miente! Hubo un tiempo en que lo nuestro se llamó amor con todo derecho, aunque no hubiera una declaración. Quizás un amor platónico (¿por qué lo inventaron?), pero real. Hubo un tiempo en que cada día a su lado fue un regalo; me atrevo, no obstante, a decir que en ese tiempo jamás estuve a su lado, sino que estuvimos juntos, nótese la diferencia. En ese tiempo, no tan antiguo ni lejano, apenas hace unos días, unas semanas, la lluvia era fresca y nos convertía en torrentes que compartían cauce y derramaban sus indistinguibles aguas sobre la misma tierra. Con el tiempo, del lago resultante nacieron ríos que se separaron y tomaron rumbos diversos; pero nadie puede negar que una vez fuimos una sola cosa. Estuvimos unidos más allá de la carne y los límites del mundo visible. O al menos eso quiero creer. ¿Quién sabe qué sucedió en realidad? A veces ni yo mismo sé si fue cierto. No quedó constancia alguna. A veces me consuelo convenciéndome de que todo fue un sueño.

Pero perdona, lector: he comenzado la casa por el tejado. O mejor, deja de leer.

Cierra el libro. Te lo digo en serio. ¿Quieres que te cuente una buena historia? ¿Has venido por ti mismo a este libro o porque otros te lo han dicho? Seguramente ahora estás pensando que ha sido un error gastarte tu preciado dinero en este volumen, en lugar de invertirlo en una hamburguesa grasienta y una bebida azucarada. ¡Cojonudo! Devuélvelo a la librería y que te den tu dinero. Vete a la hamburguesería y cómete a mi salud la hamburguesa más gruesa que haya. Y disfrútala. Es mejor que leer este libro. Aquí no hay buenas historias para ti. Tan solo la historia de mi vida, tan fea y desagradable como la tuya. ¿Para qué leerlo? Olvídate de este desgraciado libro. Abandónalo en cualquier rincón oscuro, véndelo, regálalo a una biblioteca a la que no vaya nadie o tíralo a la basura. Es lo mejor que puedes hacer. No es para ti. Es para otros más fuertes, más sabios, más grandes. No estás preparado. Yo tampoco lo estoy. Ni siquiera sé por qué te cuento todo esto.

¡Déjalo ya!

¿Sigues? Es tu problema… No digas que no te avisé. Porque lo que aquí se tratará es el pliego de cargos de una vida cargada de cadenas que prometía glorias y acabó por el barro. Y de paso se llevó a otros a la tumba.

Soplo el cuerno por última vez: si traspasas este umbral, puede que te arrepientas…

Uffé inglés

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El Café de Los Doce Pares de Francia era un lujoso local de la capital francesa que siempre estaba lleno de viajantes con prisa y corbata retorcida, caballeros que paseaban con sus mujeres del brazo, y jóvenes estudiantes de la Universidad Sorbona, muy cercana. Las noches se llenaban de conversaciones a media voz y se servía el “uffé”, famoso plato inventado por el fundador: una extraña y sabrosísima mezcla de carne de venado en taquitos, almejas traídas de la desembocadura del Sena y un queso finísimo que se hacía en un valle perdido de Suiza, todo ello aderezado con canela y una cebolla de sabor dulce. Y así habría seguido todas las noches del año, unas animadas por la música de la cantante que actuaba en directo, otras por las noticias del frente de la guerra, si en aquel año de nuestro Señor de 1915 no hubiera sucedido una trágica noticia en el Café. En efecto, un acontecimiento verdaderamente brutal vino a sobresaltar a toda la sociedad parisina, pues el oficial de primera de la cocina se encontró una mañana, en una gran olla usada para la cocción de las almejas, el desgraciado y desastrado cuerpo de una jovencita que solía ir al Café y sentarse en una mesa distinguida junto a su padre, el cónsul de Inglaterra. A la sazón, su hija. El crimen conmocionó a toda Europa. La policía actuó con rapidez. Se supo entonces que la joven tenía un amante a quien veía casi todas las noches, contra la opinión de su poderoso padre, quien, celoso de la virtud de su familia, y violentando todos los mandamientos de los hombres y de Dios, encargó a uno de esos energúmenos de mala reputación que pululan por los bajos fondos de la Ciudad de las Luces que diera un escarmiento a su “alocada vástaga”. Por desgracia, se le fue la mano, y le chica terminó sus días en una olla de almejas. El padre fue detenido, el ejecutor fue ajusticiado y la Reina de Inglaterra respondió, cuando le comentaron el asunto: “Triste es que un padre castigue tan cruelmente a una hija solo por amar, pero más triste es todavía que este padre sea inglés. ¡Que su nombre sea borrado del registro de los hombres ilustres del reino y conste, a partir de ahora, en el de los malditos!”. En homenaje a la joven, cuyo nombre era Constantine, se erigió en una plaza cercana un monumento muy hermoso junto al que se solían sentar los enamorados, por esos caprichos del destino que a veces resultan adorables. Y el Café de los Doce Pares quedó maldito, y poco a poco las gentes fueron evitándolo, hasta que cerró, un año después.

PASA LA VIDA

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Yo tenía un viejo muñeco de acción, uno de esos muñecos cuyas rodillas y hombros se doblan y se giran en todas direcciones, y que sirven para creerse un héroe que vuela o un luchador del espacio. Para mí, en esos intensos momentos de juego que me dejaban mis tareas después del colegio, mientras mi madre preparaba la cena y mi hermano lloraba en la cuna, aquel muñeco era todo el mundo; era el mundo en sí mismo; todo lo que necesitaba para ser feliz.

Pero pasó el tiempo, y el muñeco se vio sustituido por otro juguete, y se perdió en alguna caja, debajo de otros tratos, o quizás terminó entre la hierba que crecía salvaje bajo las copas de las encinas de nuestro patio trasero, tan grande como un universo, tan agreste como una selva.

Y me olvidé del muñeco.

Entonces me compraron un balón de fútbol, duro y contundente, con hexágonos perfectos, de esos que llamábamos “de reglamento” y con los que te dolía el pie como si hubieras golpeado a un bloque de cemento. Le dabas un punterazo y tenías que recoger las uñas después. Pero el balón se movía, se elevaba mágicamente, y se deslizaba o botaba por la tierra, la hierba o el cemento como alma que lleva el diablo, como diablo que busca almas. Iba a todas partes con él. Llegó a ser mi mejor amigo.

Pero un día se me “coló” en una cerca, tras unos muros altos que no podía saltar porque me daban miedo. Y aunque intenté encontrar ayuda, y hasta se lo dije a mi madre entre lágrimas, nadie me lo devolvió. Me pillé un berrinche, grité y lagrimeé. Mas el balón siguió perdido.

Y me olvidé del balón.

Luego vino otro balón, y luego vino una consola, y luego vino un amigo, y más tarde vino una novieta, y luego vino un sueño de adolescente, y después los proyectos de juventud… Todos vinieron y se fueron. Los eché de menos un tiempo. Pero al fin me olvidé de ellos.

Hoy estoy solo, y ya no puedo solucionarlo. Porque lo que vino y se marchó para no volver fue la vida, esa vida que creía interminable, esa vida que creía absoluta, esa vida que creía invencible e inagotable.

¿Y sabes de qué me arrepiento? No de haber olvidado el muñeco, el balón, la consola o al amigo. Lo único de que me arrepiento es de no haber luchado más por ellos, de haber creído que daba igual, y que podía dejar que se fueran sin más. Pero lo que se va ya no vuelve. Por eso, hoy, no voy a dejar que te vayas tú. Tú no. De ti no me voy a olvidar.

Don Nadie el deseado (XI)

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Seguimos con la historia de Paco. Capítulo X de esta novela gratuita por entregas. Espero que os guste.

«Eran gente sencilla y sin obsesiones. Lo eran, al menos, hasta que Paco llegó a sus vidas.

No fue fácil para ellas admitir, cada una a su modo, que estaban en guerra. Una verdadera lucha fratricida. Cada una de ellas dejó de ser el ángel que antes parecía ser, y tomó una nueva figura. Pasaron a pelearse por cada cosa, por las pequeñas cosas, que son las que de verdad inclinan la balanza. Por lo menos, esto es lo que sospechan las mujeres…

Yo diría que Paco apenas se daba cuenta de esas pequeñas naderías, de cuál de ellas iba mejor depilada, de quién le dedicaba la sonrisa más tempranera, de qué mujer tejía a su alrededor la más firme e inevitable red de palabras, miradas, consejos y confidencias. Paco era un ciego. Como todos los hombres, supongo. Y ellas eran astutas. Como todas las mujeres, creo.

Así que las ascuas de la pasión producían torrentes de humo al enfriarse en el parapeto del disimulo. Y aunque cada una de ellas se moría por hablarle de sus deseos, él atendía a otra pasión que había nacido en su corazón, si no tan ostentosa, al menos igual de deslumbrante: el amor a la mar.

En efecto, se había encontrado con las olas, como sentir el despertar del viento en montañas recónditas e inaccesibles, y aquel descubrimiento súbito e inesperado había sido para él un milagro sublime, transformado en llamada apremiante. Ya no podía liberarse ni en sueños. La mar lo había alcanzado, él se había encontrado con su fatal atracción, y de esta reunión de dos seres, tempestuosa ella, incomprensible él, sólo podía nacer la muerte o la locura. Pues el océano tiene vida. Y con sus olas envía besos, ya dulces, ya violentos, a la fría y esquiva tierra que sus aguas bañan.

El corazón de Paco suspiraba por el movimiento de las impredecibles ondas, por el horizonte desconocido, por los pájaros y peces compañeros de viaje, por el doloroso sabor de la sal, cuyo recuerdo se había apoderado de su inconsciente; por la interminable y apasionante lucha con los elementos, coronada de la profunda alegría de cada minúscula victoria, sazonada con la creciente impotencia de cada diminuta derrota… Se llenaba de alegría cuando el tiempo soleado se extendía hasta más allá de la línea del mundo, y se ensombrecía al mismo ritmo en que llegaban las nubes o caía la tarde. A veces, en medio del piélago, sentía su insignificancia y pensaba que ya lo tenía todo: tenía vida, y jamás podría poseer más que su propio ser. ¡Todo era tan inmenso y aplastante! En otras ocasiones, cuando el mar embravecido amenazaba enviarles al origen de las sombras sobre las que volaban enardecidos, sentía brotar en sí una fuerza descomunal con la que hacer frente a los vientos, barrer las olas y hacer frente a la desgracia.

Y ésta es una prueba más del desacuerdo entre hombres y mujeres: donde ellos encuentran la fascinación de la pugna frente al mundo, que se vuelve en sus mentes misterio de guerra y de unión al unísono, ellas sólo ven ambición y vanidad; y las cosas que en ellas consumen todas sus fuerzas no dejan de resultar para ellos la obligada parada en que meramente uno se detiene a descansar tras la batalla.

Sin embargo, ningún corazón puede permanecer impasible ante las emociones que en tropel se lanzan a su conquista. El de Paco tampoco lo haría, pero esto se verá. Quizás era demasiado débil, quizás no estaba acostumbrado a las emociones que asedian la voluntad, quizás la mar aminoró un instante la fuerza del yugo con que sometía su espíritu… ¿Quién sabe? ¿Puede alguien descifrar los insondables secretos que guarda el mundo, impertérrito, inerte, y sin embargo capaz de establecer con el hombre una relación intensa y profunda, como el amigo con el amigo del alma, cual amante poderoso y amada seductora? Nosotros creemos que sí. Hace tiempo que la naturaleza dejó de ser nuestra madre. Ahora, o es nuestra amiga, o es nuestra presa.

Para Paco, por suerte o por desgracia, el océano fue su primer amor verdadero, y mientras éste permaneció vivo y ardiente no hubo espacio en él para ningún otro. Esto lo digo yo, no él… Él no lo sabía, como tantas otras cosas… Él creía que había amado a Beatriz, y ciertamente la quería. Pero no con la fuerza con que ahora se había enamorado del océano. Aunque lo auténtico es que se está produciendo un cambio profundo en Paco sin que él mismo lo perciba. Su corazón está cambiando.

Ésta era la razón por la que, ciego y sordo a los mensajes tentadores de las tres mujeres con quienes compartía techo y mesa, Paco estuvo durante un tiempo al amparo de sus maquinaciones y absorto en sus pensamientos, solitario ante la costa, de este lado o del otro del reborde la playa.

En tanto así fue, Paco hizo gran amistad con el viejo de la casa, el avezado y gastado pescador del norte, tácito dueño de un tesoro más valioso que el oro y codiciado que las joyas, su sabia hija y sus preciosas nietas; no obstante, dueño de cierto botín aún más apreciable, aunque menos evidente: la sabiduría de la edad y las muchas soledades.

En un principio, el viejo había temido que la presencia de aquel joven le arrebatase la paz de su hogar; pero, si bien en cierto modo sus temores se vieron realizados, no estaban teniendo el amargo desarrollo que el anciano imaginaba. Quizá por ello, le abrió la puerta de su intimidad. Porque es fácil para un hombre desprenderse de los fardos de su dureza cuando entrevé que no va a sufrir daño mostrándose tal cual es.

Aprendieron a entenderse, el rudo marinero cansado de todo y el tierno joven urbano que durante toda su vida había vivido alejado del trabajo manual, de los rigores del invierno y de los dolores que provocaba la intensa humedad. A decir verdad, fue también la ingenua temeridad de Paco la que conquistó el corazón del viejo marino. En algunas ocasiones, en efecto, el ignorante joven había estado a punto de sufrir un grave accidente, de caer al mar embravecido o golpearse con algún aparejo, debido a su interés en realizar por sí mismo cualquier tipo de labor, y a su afán por conocer todo, sin dejarse nada suelto. A aquello que aún no había aprendido lo llamaba sus “tareas pendientes”.

Solía hacer de maestro y ayudante suyo un hombre maduro, alto y moreno, de pelo escaso y ojos pequeños, poco hablador pero siempre sonriente, que desde hacía mucho tiempo atrás acompañaba al viejo en todas sus salidas, y que vivía apenas a dos tiros de piedra. Siempre llevaba un gorro de lana gris sobre la cabeza, y no gustaba de mirar nunca a los ojos, salvo si estaba enojado o exultante. Este hombre esforzado y sufrido, cuya presencia daba seguridad a su escasa compañía, se llamaba Pedro García, llamado “el Socio”. En palabras del viejo, era “el capitán del barco”; en cambio, él era tan sólo el dueño de la mitad. Pero ese interés de Paco, auxiliado por el Socio, y el aparente arrojo del brioso chico habían recordado al anciano sus días de mocedad, ya tan lejanos, y le habían tocado el alma, como el amanecer toca las flores cubiertas de rocío y les recuerda que aún hay tiempo para volver a abrirse.

Paco también había tomado gran cariño a Tomás. Le gustaba de él sobretodo que lo tratara como a un hijo, y en sus brazos había hallado la protección y el saber que tanto había echado de menos en años pasados respecto de sus padres, sus superiores y sus jefes. El marino cuidaba de él y se interesaba por sus cosas. Era evidente que lo apreciaba, y Paco sentía un íntimo orgullo que acrecentaba el respeto por aquel ser desconocido y superior que en aquella tierra apartada y gris había conocido. Incluso, en los pocos pero impagables ratos de descanso a bordo de la pequeña barca, en que se detenían a descansar y reponer fuerzas, con su charla y sus preguntas conseguía que el viejo se soltara la lengua, y hablara como hacía años que no lo había hecho. Cierto era que el marino tenía la risa fácil y la lengua inquieta, pero con Paco tanto una como otra trabajaban a su gusto y más deprisa. Quizá por ello, lo apreciaba aún más.

Largas conversaciones con voz calmada, sentados sobre la cubierta del humilde barquichuelo, puestas las espaldas sobre el pequeño castillo del capitán, azotado por la lluvia o abrasado por el sol, coronaban las largas jornadas de faena. En uno de esos diálogos cada vez más confiados y personales, el viejo llegó a decir a Paco:

– ¡Ojalá hubiera tenido un hijo como tú! O un nieto. Si Dios me dijera: “¿qué don me pides en tu vejez?”, yo le respondería: “quiero un Paco”. ¡Je! ¡Je! ¡Es verdad! No me quejo de mi hija ni de mis nietas, pero echaba de menos unos brazos de hombre que me ayudasen con las redes, y una mente de hombre que comprendiese mis preocupaciones o mi mal humor. ¿Sabes? Es muy difícil para unas mujeres comprender la cabeza de un viejo.

Tomás le preguntó una vez:

– Dime, Paco, ¿crees en Dios?

– No lo sé… –respondió Paco. –No sé muy bien en qué creo.

– Yo sí, ¿sabes? Lo he sentido. No necesito verlo ni que me lo expliquen. Y ahora que soy viejo más: lo noto en las venas.

Y esa tarde pudo escuchar a Paco pronunciar palabras serias:

– Yo hasta ahora no sabía lo que era hablar con el corazón a alguien.

A lo que el pescador no respondió nada, pero no hacía falta. Entre los hombres, y especialmente entre los hombres de mar, a veces se dice más con el silencio. Y Paco ya había aprendido el idioma.

En cuanto al anciano, por fin sentía que sus palabras tenían valor para un hombre de nivel. Aunque acaso tardío, parecíale un sentimiento deleitable, pues el aprecio de otros hombres es un poderoso estímulo para el orgullo de uno mismo; y más si estos hombres son a su vez respetados por nosotros».

Poetas

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Así es el mundo, amigos. La gente admira a los poetas, pero nadie mueve un dedo por uno solo de ellos. La gente lee a los poetas muertos, que se murieron de hambre en su día, mientras el mundo los despreciaba, como se mueren los de hoy, mientras el mundo los ignora. Porque así el mundo, amigos. La gente admira a los escritores, pero lee basuras y no libros de verdad, libros que enseñan, libros que elevan, libros que mejoras, libros que emocionan o atormentan, libros que engrandecen al lector. Porque así es el mundo, amigos. La gente se sabe el nombre de varios poetas, pero ninguno ha leído un solo verso suyo. Todo el mundo quiero la inmortalidad del verso, pero ninguno está dispuesto a dar por ella el único valor justo: todo. ¿Sabéis quién debería gobernar el mundo? Los poetas. Gloria a ellos, aunque fuera de este triste rincón de literatura decepcionada no haya quien los lea.

ENCUENTRO VIRTUAL DÍA DEL LIBRO

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SERÁ EL 23 DE ABRIL A LAS 19:00 h en mi cuenta profesional de FACEBOOK (Jaime Arias – Escritor)

¡ATENTOS TODOS! ¡LEED HASTA EL FINAL, POR FAVOR!
Esto no es una cadena, ni un chiste. Es algo personal que quiero compartir con todos vosotros, mis lectores y seguidores.
Esto es muy importante, pero no haré más publicaciones sobre esto:
Ya sabéis que la presentación de mi novela se canceló por el tema del coronavirus.
Estaréis al tanto también de que todas las actividades culturales se han suprimido, mientras dure esta situación de alarma sanitaria.
Es decir, que las tradicionales Ferias del Libro que el día 23 de abril (y en otras fechas) se suelen celebrar por toda España, este año… nada de nada.
Este servidor tenía ya planificado acudir el día 23 de abril próximo a Barcelona, a presentar su libro y firmar ejemplares en el famoso Día de san Jordi. Por desgracia, no va a poder ser.
PERO EL DÍA DEL LIBRO SE PUEDE SEGUIR CELEBRANDO.
En efecto, las redes sociales nos permiten hoy en día un acercamiento entre todos que jamás hemos tenido antes, y que seguramente no podíamos ni imaginar hace unas décadas.
Por ello, OS CONVOCO A TODOS LOS QUE ME SEGUÍS A ESTAR CONMIGO ESE DÍA 23 DE ABRIL, A TRAVÉS DE FACEBOOK, EN UNA CHARLA/RESPUESTA A PREGUNTAS A PARTIR DE LAS 19:00H de ese día, aquí, en esta misma página.
Os hablaré de mi última novela, os comentaré cosas sobre literatura, sobre mis proyectos, sobre mí, y podréis hacerme todas las preguntas que queráis.
Aún estáis a tiempo de tener CANCIÓN ETERNA en vuestras manos para ese día. Solo tenéis que adquirirla directamente en la web de la editorial Célebre, y la recibiréis con seguridad antes de ese día.

POR FAVOR, NO FALTÉIS. ESCRIBIDME. CONFIRMADME VUESTRA ASISTENCIA. COMPARTID. Vamos a hacer de ese día algo bonito. Vamos a celebrar que el ser humano es mucho más fuerte que cualquier pandemia, y que este virus no nos hará olvidar todo lo que nos hace precisamente humanos, como la literatura.