Uffé inglés

El Café de Los Doce Pares de Francia era un lujoso local de la capital francesa que siempre estaba lleno de viajantes con prisa y corbata retorcida, caballeros que paseaban con sus mujeres del brazo, y jóvenes estudiantes de la Universidad Sorbona, muy cercana. Las noches se llenaban de conversaciones a media voz y se servía el “uffé”, famoso plato inventado por el fundador: una extraña y sabrosísima mezcla de carne de venado en taquitos, almejas traídas de la desembocadura del Sena y un queso finísimo que se hacía en un valle perdido de Suiza, todo ello aderezado con canela y una cebolla de sabor dulce. Y así habría seguido todas las noches del año, unas animadas por la música de la cantante que actuaba en directo, otras por las noticias del frente de la guerra, si en aquel año de nuestro Señor de 1915 no hubiera sucedido una trágica noticia en el Café. En efecto, un acontecimiento verdaderamente brutal vino a sobresaltar a toda la sociedad parisina, pues el oficial de primera de la cocina se encontró una mañana, en una gran olla usada para la cocción de las almejas, el desgraciado y desastrado cuerpo de una jovencita que solía ir al Café y sentarse en una mesa distinguida junto a su padre, el cónsul de Inglaterra. A la sazón, su hija. El crimen conmocionó a toda Europa. La policía actuó con rapidez. Se supo entonces que la joven tenía un amante a quien veía casi todas las noches, contra la opinión de su poderoso padre, quien, celoso de la virtud de su familia, y violentando todos los mandamientos de los hombres y de Dios, encargó a uno de esos energúmenos de mala reputación que pululan por los bajos fondos de la Ciudad de las Luces que diera un escarmiento a su “alocada vástaga”. Por desgracia, se le fue la mano, y le chica terminó sus días en una olla de almejas. El padre fue detenido, el ejecutor fue ajusticiado y la Reina de Inglaterra respondió, cuando le comentaron el asunto: “Triste es que un padre castigue tan cruelmente a una hija solo por amar, pero más triste es todavía que este padre sea inglés. ¡Que su nombre sea borrado del registro de los hombres ilustres del reino y conste, a partir de ahora, en el de los malditos!”. En homenaje a la joven, cuyo nombre era Constantine, se erigió en una plaza cercana un monumento muy hermoso junto al que se solían sentar los enamorados, por esos caprichos del destino que a veces resultan adorables. Y el Café de los Doce Pares quedó maldito, y poco a poco las gentes fueron evitándolo, hasta que cerró, un año después.

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