PASA LA VIDA

Yo tenía un viejo muñeco de acción, uno de esos muñecos cuyas rodillas y hombros se doblan y se giran en todas direcciones, y que sirven para creerse un héroe que vuela o un luchador del espacio. Para mí, en esos intensos momentos de juego que me dejaban mis tareas después del colegio, mientras mi madre preparaba la cena y mi hermano lloraba en la cuna, aquel muñeco era todo el mundo; era el mundo en sí mismo; todo lo que necesitaba para ser feliz.

Pero pasó el tiempo, y el muñeco se vio sustituido por otro juguete, y se perdió en alguna caja, debajo de otros tratos, o quizás terminó entre la hierba que crecía salvaje bajo las copas de las encinas de nuestro patio trasero, tan grande como un universo, tan agreste como una selva.

Y me olvidé del muñeco.

Entonces me compraron un balón de fútbol, duro y contundente, con hexágonos perfectos, de esos que llamábamos “de reglamento” y con los que te dolía el pie como si hubieras golpeado a un bloque de cemento. Le dabas un punterazo y tenías que recoger las uñas después. Pero el balón se movía, se elevaba mágicamente, y se deslizaba o botaba por la tierra, la hierba o el cemento como alma que lleva el diablo, como diablo que busca almas. Iba a todas partes con él. Llegó a ser mi mejor amigo.

Pero un día se me “coló” en una cerca, tras unos muros altos que no podía saltar porque me daban miedo. Y aunque intenté encontrar ayuda, y hasta se lo dije a mi madre entre lágrimas, nadie me lo devolvió. Me pillé un berrinche, grité y lagrimeé. Mas el balón siguió perdido.

Y me olvidé del balón.

Luego vino otro balón, y luego vino una consola, y luego vino un amigo, y más tarde vino una novieta, y luego vino un sueño de adolescente, y después los proyectos de juventud… Todos vinieron y se fueron. Los eché de menos un tiempo. Pero al fin me olvidé de ellos.

Hoy estoy solo, y ya no puedo solucionarlo. Porque lo que vino y se marchó para no volver fue la vida, esa vida que creía interminable, esa vida que creía absoluta, esa vida que creía invencible e inagotable.

¿Y sabes de qué me arrepiento? No de haber olvidado el muñeco, el balón, la consola o al amigo. Lo único de que me arrepiento es de no haber luchado más por ellos, de haber creído que daba igual, y que podía dejar que se fueran sin más. Pero lo que se va ya no vuelve. Por eso, hoy, no voy a dejar que te vayas tú. Tú no. De ti no me voy a olvidar.

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