Don Nadie el deseado (XI)

Seguimos con la historia de Paco. Capítulo X de esta novela gratuita por entregas. Espero que os guste.

«Eran gente sencilla y sin obsesiones. Lo eran, al menos, hasta que Paco llegó a sus vidas.

No fue fácil para ellas admitir, cada una a su modo, que estaban en guerra. Una verdadera lucha fratricida. Cada una de ellas dejó de ser el ángel que antes parecía ser, y tomó una nueva figura. Pasaron a pelearse por cada cosa, por las pequeñas cosas, que son las que de verdad inclinan la balanza. Por lo menos, esto es lo que sospechan las mujeres…

Yo diría que Paco apenas se daba cuenta de esas pequeñas naderías, de cuál de ellas iba mejor depilada, de quién le dedicaba la sonrisa más tempranera, de qué mujer tejía a su alrededor la más firme e inevitable red de palabras, miradas, consejos y confidencias. Paco era un ciego. Como todos los hombres, supongo. Y ellas eran astutas. Como todas las mujeres, creo.

Así que las ascuas de la pasión producían torrentes de humo al enfriarse en el parapeto del disimulo. Y aunque cada una de ellas se moría por hablarle de sus deseos, él atendía a otra pasión que había nacido en su corazón, si no tan ostentosa, al menos igual de deslumbrante: el amor a la mar.

En efecto, se había encontrado con las olas, como sentir el despertar del viento en montañas recónditas e inaccesibles, y aquel descubrimiento súbito e inesperado había sido para él un milagro sublime, transformado en llamada apremiante. Ya no podía liberarse ni en sueños. La mar lo había alcanzado, él se había encontrado con su fatal atracción, y de esta reunión de dos seres, tempestuosa ella, incomprensible él, sólo podía nacer la muerte o la locura. Pues el océano tiene vida. Y con sus olas envía besos, ya dulces, ya violentos, a la fría y esquiva tierra que sus aguas bañan.

El corazón de Paco suspiraba por el movimiento de las impredecibles ondas, por el horizonte desconocido, por los pájaros y peces compañeros de viaje, por el doloroso sabor de la sal, cuyo recuerdo se había apoderado de su inconsciente; por la interminable y apasionante lucha con los elementos, coronada de la profunda alegría de cada minúscula victoria, sazonada con la creciente impotencia de cada diminuta derrota… Se llenaba de alegría cuando el tiempo soleado se extendía hasta más allá de la línea del mundo, y se ensombrecía al mismo ritmo en que llegaban las nubes o caía la tarde. A veces, en medio del piélago, sentía su insignificancia y pensaba que ya lo tenía todo: tenía vida, y jamás podría poseer más que su propio ser. ¡Todo era tan inmenso y aplastante! En otras ocasiones, cuando el mar embravecido amenazaba enviarles al origen de las sombras sobre las que volaban enardecidos, sentía brotar en sí una fuerza descomunal con la que hacer frente a los vientos, barrer las olas y hacer frente a la desgracia.

Y ésta es una prueba más del desacuerdo entre hombres y mujeres: donde ellos encuentran la fascinación de la pugna frente al mundo, que se vuelve en sus mentes misterio de guerra y de unión al unísono, ellas sólo ven ambición y vanidad; y las cosas que en ellas consumen todas sus fuerzas no dejan de resultar para ellos la obligada parada en que meramente uno se detiene a descansar tras la batalla.

Sin embargo, ningún corazón puede permanecer impasible ante las emociones que en tropel se lanzan a su conquista. El de Paco tampoco lo haría, pero esto se verá. Quizás era demasiado débil, quizás no estaba acostumbrado a las emociones que asedian la voluntad, quizás la mar aminoró un instante la fuerza del yugo con que sometía su espíritu… ¿Quién sabe? ¿Puede alguien descifrar los insondables secretos que guarda el mundo, impertérrito, inerte, y sin embargo capaz de establecer con el hombre una relación intensa y profunda, como el amigo con el amigo del alma, cual amante poderoso y amada seductora? Nosotros creemos que sí. Hace tiempo que la naturaleza dejó de ser nuestra madre. Ahora, o es nuestra amiga, o es nuestra presa.

Para Paco, por suerte o por desgracia, el océano fue su primer amor verdadero, y mientras éste permaneció vivo y ardiente no hubo espacio en él para ningún otro. Esto lo digo yo, no él… Él no lo sabía, como tantas otras cosas… Él creía que había amado a Beatriz, y ciertamente la quería. Pero no con la fuerza con que ahora se había enamorado del océano. Aunque lo auténtico es que se está produciendo un cambio profundo en Paco sin que él mismo lo perciba. Su corazón está cambiando.

Ésta era la razón por la que, ciego y sordo a los mensajes tentadores de las tres mujeres con quienes compartía techo y mesa, Paco estuvo durante un tiempo al amparo de sus maquinaciones y absorto en sus pensamientos, solitario ante la costa, de este lado o del otro del reborde la playa.

En tanto así fue, Paco hizo gran amistad con el viejo de la casa, el avezado y gastado pescador del norte, tácito dueño de un tesoro más valioso que el oro y codiciado que las joyas, su sabia hija y sus preciosas nietas; no obstante, dueño de cierto botín aún más apreciable, aunque menos evidente: la sabiduría de la edad y las muchas soledades.

En un principio, el viejo había temido que la presencia de aquel joven le arrebatase la paz de su hogar; pero, si bien en cierto modo sus temores se vieron realizados, no estaban teniendo el amargo desarrollo que el anciano imaginaba. Quizá por ello, le abrió la puerta de su intimidad. Porque es fácil para un hombre desprenderse de los fardos de su dureza cuando entrevé que no va a sufrir daño mostrándose tal cual es.

Aprendieron a entenderse, el rudo marinero cansado de todo y el tierno joven urbano que durante toda su vida había vivido alejado del trabajo manual, de los rigores del invierno y de los dolores que provocaba la intensa humedad. A decir verdad, fue también la ingenua temeridad de Paco la que conquistó el corazón del viejo marino. En algunas ocasiones, en efecto, el ignorante joven había estado a punto de sufrir un grave accidente, de caer al mar embravecido o golpearse con algún aparejo, debido a su interés en realizar por sí mismo cualquier tipo de labor, y a su afán por conocer todo, sin dejarse nada suelto. A aquello que aún no había aprendido lo llamaba sus “tareas pendientes”.

Solía hacer de maestro y ayudante suyo un hombre maduro, alto y moreno, de pelo escaso y ojos pequeños, poco hablador pero siempre sonriente, que desde hacía mucho tiempo atrás acompañaba al viejo en todas sus salidas, y que vivía apenas a dos tiros de piedra. Siempre llevaba un gorro de lana gris sobre la cabeza, y no gustaba de mirar nunca a los ojos, salvo si estaba enojado o exultante. Este hombre esforzado y sufrido, cuya presencia daba seguridad a su escasa compañía, se llamaba Pedro García, llamado “el Socio”. En palabras del viejo, era “el capitán del barco”; en cambio, él era tan sólo el dueño de la mitad. Pero ese interés de Paco, auxiliado por el Socio, y el aparente arrojo del brioso chico habían recordado al anciano sus días de mocedad, ya tan lejanos, y le habían tocado el alma, como el amanecer toca las flores cubiertas de rocío y les recuerda que aún hay tiempo para volver a abrirse.

Paco también había tomado gran cariño a Tomás. Le gustaba de él sobretodo que lo tratara como a un hijo, y en sus brazos había hallado la protección y el saber que tanto había echado de menos en años pasados respecto de sus padres, sus superiores y sus jefes. El marino cuidaba de él y se interesaba por sus cosas. Era evidente que lo apreciaba, y Paco sentía un íntimo orgullo que acrecentaba el respeto por aquel ser desconocido y superior que en aquella tierra apartada y gris había conocido. Incluso, en los pocos pero impagables ratos de descanso a bordo de la pequeña barca, en que se detenían a descansar y reponer fuerzas, con su charla y sus preguntas conseguía que el viejo se soltara la lengua, y hablara como hacía años que no lo había hecho. Cierto era que el marino tenía la risa fácil y la lengua inquieta, pero con Paco tanto una como otra trabajaban a su gusto y más deprisa. Quizá por ello, lo apreciaba aún más.

Largas conversaciones con voz calmada, sentados sobre la cubierta del humilde barquichuelo, puestas las espaldas sobre el pequeño castillo del capitán, azotado por la lluvia o abrasado por el sol, coronaban las largas jornadas de faena. En uno de esos diálogos cada vez más confiados y personales, el viejo llegó a decir a Paco:

– ¡Ojalá hubiera tenido un hijo como tú! O un nieto. Si Dios me dijera: “¿qué don me pides en tu vejez?”, yo le respondería: “quiero un Paco”. ¡Je! ¡Je! ¡Es verdad! No me quejo de mi hija ni de mis nietas, pero echaba de menos unos brazos de hombre que me ayudasen con las redes, y una mente de hombre que comprendiese mis preocupaciones o mi mal humor. ¿Sabes? Es muy difícil para unas mujeres comprender la cabeza de un viejo.

Tomás le preguntó una vez:

– Dime, Paco, ¿crees en Dios?

– No lo sé… –respondió Paco. –No sé muy bien en qué creo.

– Yo sí, ¿sabes? Lo he sentido. No necesito verlo ni que me lo expliquen. Y ahora que soy viejo más: lo noto en las venas.

Y esa tarde pudo escuchar a Paco pronunciar palabras serias:

– Yo hasta ahora no sabía lo que era hablar con el corazón a alguien.

A lo que el pescador no respondió nada, pero no hacía falta. Entre los hombres, y especialmente entre los hombres de mar, a veces se dice más con el silencio. Y Paco ya había aprendido el idioma.

En cuanto al anciano, por fin sentía que sus palabras tenían valor para un hombre de nivel. Aunque acaso tardío, parecíale un sentimiento deleitable, pues el aprecio de otros hombres es un poderoso estímulo para el orgullo de uno mismo; y más si estos hombres son a su vez respetados por nosotros».

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