SUEÑOS BÍBLICOS (VI): LOS PILARES DEL TEMPLO

Nueva entrega de un relato con temática bíblica. Esta vez, del famosísimo Sansón, una de las figuras más épicas y atractivas del Antiguo Testamento. Espero que esta versión literaria de la vieja historia os guste.

Dalila gritó: “¡Sansón, los filisteos se te vienen encima!”. Al despertar de su sueño, Sansón pensó: “Saldré del paso como las otras veces y me libraré”. Pero no sabía que el Señor se había apartado de él (Jueces 16,20)

Aquel día, había en torno al gran templo filisteo una innumerable multitud. El calor era sofocante. El bullicio iba en aumento. Llegaban de todas partes hombres y mujeres vestidos de fiesta, nobles montados a caballo, sirvientes que disponían todas las cosas para sus señores, soldados, mercaderes, esclavos y campesinos. Mendigos de todas clases inundaban las calles de la ciudad, polvorientas y atestadas. Algunas mujeres se exhibían ante estruendosas casas en las que entraban y salían individuos continuamente. Músicos egipcios y danzantes de todas las tribus imaginables amenizaban los cruces de calles, mientras en cada corro uno o varios enanos disfrazados pedían dinero a los viandantes usando para la ocasión un viejo casco de cuero que tintineaba.

La excitación era general. El rey había convocado a todo el pueblo en el Templo de Dagón, pues quería honrar al dios a la vista de todos, por su victoria sobre Sansón, el israelita, que había asolado sus campos y había humillado a sus ejércitos, y con este fin había mandado publicar en cada pueblo y en cada aldea:

– Nuestro dios nos ha puesto en las manos a Sansón, nuestro enemigo. Venid al Gran Templo y honremos al poderoso dios-pez.

El rey pensaba mostrar a Sansón, como trofeo de guerra, cuando la noche llegase, y sólo las antorchas iluminasen el mundo. Pero este trofeo no había sido ganado en batalla, sino por la perfidia y engaño de una ramera, una infame mujer que arrulló al héroe entre sus brazos desnudos, haciéndole creer que lo amaba tiernamente, y le arrebató con sus postizos enojos el secreto de su terrible fuerza. ¡Tan falso puede llegar a ser el amor! ¡Y tan ingenuo!

El orgulloso Sansón, que se creía a salvo de cualquier mal, que pensaba que ningún hombre podía herirle, ni siquiera enfrentársele, cayó así vencido no por la espada ni la flecha, sino por la suave mano de una mujercita, una esclava que servía de concubina, una mano frágil y un cuerpo débil, pero una mente y un corazón oscuros. Ahora, encadenado y ciego, arrastraba y hacía rodar la piedra del molino de la cárcel, triturando trigo y cebada para sus enemigos, sin que nadie pudiese verlo ni compadecerlo. Él, que había matado al león con sus propias manos, que había arrasado las cosechas de los filisteos, que había matado a mil hombres armado tan sólo (¡inaudito contarlo!) con una quijada de asno todavía fresca, que había arrancado las puertas de bronce de Gaza, incluso su marco, y las había transportado sobre sus espaldas hasta un monte cercano a Hebrón, ahora yacía en una mazmorra, en la más completa oscuridad, pues ni veía con sus ojos de carne ni veía con sus ojos del espíritu. Había sido arrogante, y lo había pagado con la traición.

Antes de levantarse aquella mañana, cuando Dalila lo había interrogado por última vez, creyó poder desembarazarse de nuevo fácilmente de sus agresores… pero no sabía que Dios lo había abandonado.

Desde entonces no había más que preguntarse por qué Dios se había apartado de él. Abatido se mesaba los cabellos, se golpeaba con furia la cabeza y el pecho, y andaba a tientas cuanto le permitían sus cadenas, hasta tropezar y caer. Y gritaba, y lloraba, y a veces (sólo a veces) también rezaba, suplicando una respuesta, pidiendo poder vengarse de sus enemigos. Por contestación sólo obtenía el silencio y la oscuridad… Entonces, quién sabe por qué, recordaba a su madre, a la vieja mujer de Manóaj, a quien se le había aparecido el Ángel del Señor anunciándole su nacimiento. ¿Y si todo aquello no había sido más que la visión febril de una mujer estéril y desesperada?, se preguntaba. ¿Y si habían imaginado ver algo que en realidad no vieron? ¿Y si todo era un terrible error, una estupidez, una locura? Si, en el fondo, todo era falso, entonces él sólo era un pobre hombre enterrado en vida, que había perdido su vida, su juventud y sus ojos por una causa tan ciega y absurda como él. Y al consentir este pensamiento, se hundía todavía más, y se golpeaba la cabeza con el suelo hasta desmayarse.

Por desgracia para él, las ocasiones en que esto sucedía habían aumentado en frecuencia las últimas semanas. El nombre del Señor resonaba en su boca lánguido y triste, como si estuviera a tanta distancia que no pudiera escucharle. Como si no existiera… O peor, como si no quisiera atenderle. En su mente, que en tantas ocasiones se había zambullido en la luminosa y fugaz presencia mística del Escondido, recibir como réplica el silencio y aquel incomprensible abandono del que se creía víctima era sin duda el mayor tormento, más terrible que haberse quedado sin vista, sin fuerzas y sin pueblo. Él podía soportar la prisión. Podía soportar la tortura. Podía soportar el escarnio y el odio. Lo que no podía soportar era el silencio de Dios.

Por fin, había dejado de rezar. Llevaba ya cuatro días sin hacerlo. Jamás en su vida había permanecido tanto tiempo sin orar. En realidad, desde que tenía memoria no había pasado ni un solo día sin hablar con Él. Aterrorizado ante el silencio de Dios, también él había callado. Secretamente su conciencia le acusaba de faltar a sus votos, de fallar en su fe. Pero otra parte de sí mismo, o quizá de fuera de sí mismo, le recordaba sus sufrimientos y buscaba justificaciones para desesperar y dejar de confiar.

En el fondo, la cuestión no era en quién confiar, sino para qué…

De pronto, mientras sufría uno de sus habituales accesos de tristeza y locura, mientras se golpeaba las sienes con las cadenas y gritaba en lo más hondo de su mazmorra, unos ruidos como de pasos, antorchas y llaves llegaron desde muy cerca hasta sus oídos.

– Ahí está otra vez esa bestia –oyó que indicaba una voz aguda como de cerdo que chillara-. Pavoroso es ver cómo intenta arrebatarse la vida, al comprobar que su Dios lo ha abandonado.

Entonces Sansón alzó la cabeza, y dirigió su vista ciega a los que venían rasgando las sombras. Pero no veía nada, sólo su propia negrura.

Venía entre los visitantes el rey de los filisteos, conocido de Sansón, pues era pariente lejano de la mujer que en su día éste tomó por esposa en Timná. Además, ambos se habían enfrentado un par de veces. El filisteo respetaba a Sansón por su valentía y su fiereza.

– Ya es hora de salir, Sansón –dijo el rey.

– Te conozco –replicó Sansón.

– Lo sé. Tienes buena memoria. Tus ojos ya no ven, pero tu mente está fresca.

– Demasiado para vivir en paz –respondió Sansón-. Si al menos hubiera perdido la razón, ahora no sufriría como sufro.

– Y, ¿por qué sufres, amigo? –inquirió el filisteo.

– Porque he sido capturado por mis enemigos y Dios no contesta a mis ruegos –respondió el hebreo, apesadumbrado. Mantenía las cuencas de los ojos abiertas, aunque en las tinieblas de la mazmorra difícil era advertir el profundo hueco que habían dejado sus órganos arrancados.

– Quizá tu Dios y el mío estén festejando alguna cosa allá en lo alto y no tengan tiempo para los problemas de los hombres –respondió el rey, con sorna.

– No te rías de mí, filisteo. Conozco tu conducta. Sé que desprecias a mi Dios. Pero Él es el único Dios, tenlo en cuenta.

– Entonces tu Dios es ingrato –contestó el rey-. ¿Dónde está ahora, que yaces aquí en la noche eterna, sepultado bajo las grandes losas que tapizan el suelo del templo de Dagón, nuestro dios? No, amigo; convéncete, si tu Dios existe, Dagón lo ha vencido. Es de una lógica aplastante. Durante un tiempo saliste ganador, pero la guerra ha caído de nuestra parte. Ahora ese Yahvé del que tanto hablas ha huido, ha escapado como perseguido por un perro, y se ha escondido muy lejos, abandonándote.

– Hablas como un impío, filisteo –replicó Sansón-. Pero yo sé lo que hay dentro de ti. Pretendes enfadarme para que el espectáculo de mi ira divierta a tus hombres. Sólo puedes estar hablando en broma. Ningún hombre sería tan temerario para hablar así de Yahvé. Tú mismo has visto sus obras. ¡Tú viste como arranqué con mis manos, con estas manos magulladas y cubiertas de callos, el dintel y los goznes de Gaza y me los llevé sobre mis hombros hasta el monte, sobre estos hombros cansados! ¡Tú mismo viste cómo acabé con tu ejército armado sólo de una quijada de burro todavía fresca! No puedes estar hablando en serio…

– Sólo digo lo que tú quieres escuchar, Sansón… –afirmó el rey, que sentía que ganaba la partida por momentos, y eso le producía un placer irrefrenable-. Porque, dime, si aún crees en tu Dios, ¿qué son esas heridas que veo en tu rostro y en tu frente? ¡Yo te lo diré! Son rastros de golpes que tú mismo te propinas dominado por tu desesperación.

– Puede, pero aun así eso es algo entre Yavhé y yo… -contestó el hebreo.

Tras un momento de silencio, el filisteo:

– Es hora de irse. ¿Quieres venir por tu propio pie?

– ¿Cómo va a terminar esto? –inquirió Sansón en el borde de sus fuerzas, desfallecido y triste.

– Como tú sabías que terminaría, Sansón. ¿Necesitas que te diga lo que va a pasar? ¿Acaso no lo sabías dentro de ti, muy dentro de ti, cuando aún morabas en el Campamento de Dan, y cuando tomaste esposa filistea en Timná, después de despedazar al león con tus propias manos? Entonces ya sabías cómo terminaría todo esto… Ningún hombre, ¡ninguno!, puede escapar al destino mortal si intenta enfrentarse a los torrentes de la historia. No existen los héroes. Y tú no eres uno de ellos.

Pero Sansón no contestó, pues de pronto un gran silencio se había hecho en su interior, y en ese silencio le parecía entrever un misterioso y profundo abismo. Sentía temor ante ese abismo, aunque no podía definir sus sentimientos. Sin embargo, desde esa profundidad se elevaba poco a poco un recuerdo hasta entonces sofocado, la memoria que ya parecía lejana y borrosa de sus años pasados, de su niñez, de su juventud, de las gestas que había llevado a cabo dominado por el Espíritu del Señor. Y por un momento se alegró de su vida, aunque sólo fuera por un momento…

Entre tres hombres lo levantaron del suelo. Soltaron sus cadenas y le ayudaron a ponerse en pie. Estaba muy malherido. Su rostro manaba todavía sangre. Los fantasmas de sus ojos horrorizaban a la luz. El pelo largo y lacio, sucio y enredado, le caía por los hombros, cubierto de polvo y oscuros coágulos. Apenas podía mantenerse vertical. Le dieron un bastón sin desbastar y ordenaron a un joven sirviente que lo sostuviera mientras caminaba, cosa que a duras penas podía hacer, pues Sansón era todavía muy pesado y no había perdido su gran altura, aunque ahora andaba encorvado, como un anciano decrépito.

Lo sacaron de la mazmorra bajo el molino y lo llevaron a la vista de todos, al templo de Dagón, mientras el muchacho seguía sosteniéndolo, jadeante. Un par de soldados salieron de algún sitio y comenzaron a fustigarlo con látigos, hiriéndole en los pies y en los brazos, para obligarle a moverse, de forma que parecía estar realizando piruetas. Era el atardecer. El pueblo entero se encontraba contemplando su humillación y se reía de él, diciendo:

– Sansón, ¿dónde está tu Dios? Miradle: ¡baila como una gacela el que matón al león!

Y le decían muchas otras cosas semejantes para burlarse de él.

Al fin, se cansaron de hacerle agitarse, y ordenaron al joven que lo tomara en sus hombros de nuevo. El rey se dispuso a realizar el sacrificio ritual a Dagón, y se levantó ante la multitud, extendiendo sus brazos mientras realizaba la plegaria del dios. Miles de antorchas relucían creando un espectral juego de luces y sombras. Por un momento, todos los presentes, apretados unos contra otros, nobles y plebeyos, soldados y campesinos, hombres y mujeres, bajaron sus cabezas en adoración a la gran imagen de bronce y madera que presidía el templo. El dios de cuerpo de pez seguía con su mirada perdida al infinito, mudo y sordo ante las aclamaciones de su pueblo. Y nadie atendió a Sansón, que fue llevado hasta el centro del edificio.

Una luz fugaz pasó repentinamente por la mente de Sansón. Con gran dificultad, habló al joven que lo ayudaba y le dijo:

– Muchacho, déjame que descanse sobre las grandes columnas, pues me parece que el cielo se cae sobre mi cabeza.

Y el joven le llevó hasta allí.

Con las dos manos palpó la superficie de las dos columnas que sostenían el techo y la terraza del templo de Dagón, tras la descomunal estatua del dios. Se sentía viejo y derrotado. Apenas podía sostenerse en pie, pero su corazón había cobrado renovados bríos como si de un relámpago se tratase. En silencio oró a Dios, a otro Dios distinto del que allí aparentemente reinaba, mientras todos los demás invocaban al dios-pez:

– Dios misterioso que te ocultas en la desgracia y eliges pobres instrumentos como yo para realizar tus designios. Tú me elegiste desde antes de nacer, colmándome de tus dones y tu gracia, para que hiciera tu voluntad y salvara a tu pueblo amado. Sé que he pecado contra ti en numerosas ocasiones, pero eso no ha sido obstáculo para ti nunca, cuando has querido redimir a tu pequeño rebaño. Por eso, ahora, Señor, acuérdate de mí y devuélveme la fuerza por esta sola vez, para que pueda vengarme de los filisteos, de un solo golpe, por la pérdida de mis dos ojos.

El muchacho filisteo lo miró muy extrañado. Sansón, sintiendo que aún estaba a su lado, le dijo:

– ¡Vete! La muerte se acerca. Corre cuanto puedas y no mires atrás. Luego cuenta lo que has visto.

Y el joven, asustado por sus palabras, se marchó.

Quedó sólo Sansón con su ceguera, sus manos y su esperanza. Sus piernas apenas lo sostenían. Sus brazos se cansaban sólo de estirarse. Pero un calor le crecía en el pecho, y ya le iba invadiendo los miembros.

De pronto un gran grito surgió de la turba y el terror se extendió por ella.

– ¡Mirad a Sansón! –se oyó.

Pero Sansón estaba pronunciando su última oración, sonriendo como un niño:

– De nuevo te siento en mí, Señor. Gracias por no abandonarme del todo. Tú que me has acompañado durante toda mi vida, haciéndome signo para tu pueblo, acompáñame también en mi muerte. Pues esta la última lección que deseas darme, y la he aprendido bien a mi pesar: que el hombre no puede nada por sí mismo, y que lo único que le pides es que acepte tu voluntad a través de su propia muerte. Luego tú obras a través de él con una vista más amplia y más sabia.

Y al terminar dijo con un gran grito:

– ¡Muera yo con los filisteos y muéstrese tu nombre ante todos los pueblos!

Entonces el rey se volvió para mirarlo y se quedó lívido y mudo. Vio cómo palpaba las dos columnas centrales del templo, que distaban de sí el largo de un hombre alto y fornido como él. Vio cómo se apoyaba contra ellas, y cómo se contraían sus fuertes músculos, renacidos por el Espíritu de aquel Dios remoto y extraño que se hacía llamar “Yo soy”. Y vio, en un instante terrorífico, cómo el edificio se desplomaba sobre los príncipes y plebeyos, sobre los soldados y campesinos, sobre los hombres y mujeres.

Luego ya no vio nada más…

Aquel día, la flor de los señores filisteos fue arrasada de la faz de la tierra, y Sansón liberó a su pueblo en un solo día, matando de una vez más enemigos que en toda su vida. De esta forma, Dios volvió a escribir recto con renglones torcidos y mantuvo su fidelidad con el pueblo de Israel, liberándole de un enemigo que seguramente, sin su intervención, habría acabado por hacerle desaparecer o por absorberlo. Era necesario que Israel subsistiera hasta la llegada del Mesías, el Sansón de la Nueva Alianza, que con su muerte liberó al género humano entero del verdadero enemigo: la ausencia de Dios, la condenación.

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