CARTAS CANINAS

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Nuevo relato breve para todos los que estáis en casa confinados. Que paséis un buen rato.

Como todas las mañanas, Tomasito estaba en el colegio hasta las tres. Allí se aburría enormemente. Nada le gustaba: la historia, porque siempre tenía que estar aprendiendo nombres y más nombres, fechas y más fechas; por supuesto, sin contar las largas explicaciones del profesor sobre cualquier dato… Si no se había despistado a los dos minutos, ya era un récord. Tampoco le gustaba la clase de educación física, porque él prefería estar sentado, comiéndose una buena merienda mientras veía sus dibujos favoritos, antes que sudar a chorros después de hacer lo imposible para correr un par de vueltas en la pista del colegio. La verdad es que el deporte le fastidiaba especialmente, y por eso estaba tan rellenito. Aunque, eso sí, dulce y simpáticamente rellenito…

Pero la asignatura que menos le gustaba era, sin duda, la de matemáticas, ya que los números se burlaban de él y los veía enseguida bailar en la pizarra, haciéndole muecas y caras mientras se chocaban unos con otros, como en una pista de patinaje. Le enseñaban la lengua, le guiñaban traviesos los ojos y cuando ya pensaba que le hablarían, justo cuando iba a pegar un grito de sorpresa, volvían a estarse quietos y disimular que eran sólo eso, números.

          Aquel día, como todos los demás días, no había sido distinto en la escuela donde estudiaba 1º de E.S.O. De vuelta a casa, acompañado por su mejor amigo, Paquito, pasaron primero por casa de éste, que tenía que hacerse con las zapatillas de fútbol para el entrenamiento, y luego, despacio, cantando, se dirigieron hacia el hogar de Tomasito. De pronto, al pasar cerca del buzón de correos, pintado todo de amarillo y sucio hasta arriba, Tomasito se propinó un manotazo en la frente y chilló:

          – ¡Anda, se me olvidaba! Tengo que echar la carta que me mandó mi madre. Me parece que la llevo en el libro de Religión. ¡Menos mal que me he acordado, porque, si no, mi madre no me deja salir a jugar!

          Sacó la carta de su mochila, que estaba desordenada, toda llena de libros viejos y de cuadernos deshojados. Corrió hasta el buzón y echó la carta con mucho cuidado de que no se cayera al suelo, porque era un buzón peculiar: se le había roto la trampilla que cerraba la rendija por la que se introducían las cartas y, a menudo, cuando uno no miraba con cuidado, dejaba caer al suelo la carta, pensando que había entrado en la saca. Así que tuvo cuidado. En esto, se dio cuenta de que en el suelo había una carta, de alguien que la habría echado con mucha prisa. Tomasito no pudo resistir fijarse en el destinatario y en el remitente. Por delante decía:

          «Tití, perrita del tío Almendro.

            Calle Baja, al fondo a la derecha.

            Salamanca»

          Y por detrás, estaba escrito:

          «Lucky, perro de Tomasito.

            Calle Alameda, la casa de tejado verde.

            Poblado»

Tomasito quedó pensativo unos segundos. Él conocía a su tío Almendro (le llamaban así porque vendía almendras), y a su perra Tití… Pero no podía ser…

«Esto es una broma de Paquito», pensó. Miró a Paquito, pero éste se divertía cortando el paso a una hormiga, que aterrorizada huía a todas partes, y en todas partes se encontraba con el inmenso pie del niño. Tomasito se dijo: «¡Se va a enterar!», y se guardó la carta. Que su nombre estuviera en esa carta, lo mismo que el nombre de su perro, el de su tío Almendro y el de la perra de éste… era porque algún amigo quería reírse de él, seguramente. Pero él sabía cómo escribían todos sus amigos, así que tendría cuidado de estudiar la letra, y así sabría quién era el pillo… a menos que estuviera escrita a máquina. «Pero ninguno sabe escribir a máquina», concluyó pensativo, y quedó aún más confuso.

          Así que se fueron a jugar al fútbol en un descampado cercano. Estaban todos sus amigos, pero Tomasito fingió que le dolía un poco la cabeza, y se marchó a casa lo antes que pudo. Llegó corriendo, subió a toda velocidad a su habitación, sin ni siquiera saludar a su madre, que estaba planchando en el comedor, ni a su padre, que estaba en el salón tratando de arreglar la cafetera (que hacía el café de todos los colores menos de negro). Buscó ansioso la carta, que seguía escondida en la cartera, y la miró y remiró con mucha curiosidad.

          – Aquí hay gato encerrado – se dijo en voz alta-. ¡Se va a enterar el bromista que haya sido!

          Se sentó en su silla de estudiar, encendió el flexo que le había regalado, precisamente, su tío Almendro, cuando vino por última vez al pueblo las Navidades pasadas. Pero entonces volvió a levantarse, salió y gritó:

          – ¡Mamá, voy a estudiar! Avísame cuando sea la hora de cenar, por favor.

          – Vale, hijo –le respondió su mamá desde abajo

          Se encerró en su habitación, a leer el misterioso papel. Abajo, en el salón, su padre hablaba con su madre:

          – ¡Hasta la hora de cenar! ¡Pero si faltan cuatro horas! Este hijo tuyo se ha vuelto muy empollón.

          – ¡Este hijo tuyo, dices! –respondió ella riendo-. También es tuyo, y si se ha vuelto muy empollón mejor, porque ya iba siendo hora de que estudiara algo…

          – Dejémosle, no sea que se le quiten las ganas –concluyó el padre, volviendo a su cafetera “mágica”…

          La luz de la lámpara se reflejaba sobre el escritorio frente al que Tomasito se hallaba sentado, empezando a manipular la misteriosa carta. Al abrirla y leer una letra clara y elegante, escrita en español, se llevó una gran sorpresa y se quedó un instante sin aliento. La carta decía lo siguiente:

          «Poblado, a 6 de enero de 2006.

          Querida prima Tití:

          Te respondo con la presente al afectuoso mensaje que recibí de ti hace pocas fechas, tan pronto como me ha sido posible, teniendo cuenta lo ocupado que mis amos, especialmente el menor (ese caprichoso y travieso niño), me mantienen a lo largo de las últimas semanas. Me consta que tienes experiencia propia de ellos; no obstante, no puedo dejar de quejarme de la creciente (ya casi extremada) dificultad, y los obstáculos cada vez más gravosos, que encuentro para estar un rato a solas conmigo mismo (con mis soledades, al estilo del gran Lope de Vega) y escribirte, cual es tu deseo y el mío».

          Tomasito no podía creer lo que leía. ¡Su perro escribiendo una carta, y encima en español, y con ese lenguaje tan… tan… rebuscado! Había que reconocer que la broma era ingeniosa, ¿verdad? Y también tenía gracia imaginarse a su perro escribiendo… Bueno, no estaban tan mal, ya que no se metían con él. Así que siguió con la carta:

          «Dejemos, sin embargo, estos cuentos, que más parecen excusas de niño que realidad, y vayamos al centro de la cuestión que planteamos inicialmente en la correspondencia anterior. Tú me pediste opinión breve y sincera sobre los defectos y vicios propios de la especie humana, sin par y única en todas las cosas, y yo, aunque consciente de mis moderadas facultades y lo estrecho de mi empírica sensibilidad, he de contestarte ahora lo más cortamente que sepa y con las palabras más ajustadas y mejor pensadas que tenga a mano.

          Verás, prima querida, que, si por algo hemos de distinguir a los humanos de los demás animales, ha de ser ante todo por su falta toda de razón y por su malogrado desarrollo. Vendrán en argumento de mis afirmaciones los ejemplos de la vida y de la praxis, que a muchos ponen en verdad, aunque parezcan ineptos, y a muchos otros dejan, como se dice, en cueros, aunque semejan sabios y peritos, tanto más desnudo cuanto más “peri-compuestos”. Así, acuérdate de las innumerables guerras que han llevado a cabo sin el menor pudor, sin arrepentimiento alguno, y de tantos inventos para la muerte como en sus manos y en sus vidas resplandecen, con ese brillo que no es otro que el de los ataúdes y las calladas tumbas, recubiertas las más de las veces de mármoles de vivos colores, que esconden la podredumbre y la horrible imagen de su fracaso».

          – Pero ¿qué es esto? ¡Yo estoy flipando! Aunque, bien pensado, en esto tiene mucha razón mi perro… -pensó Tomasito-. Resulta que es más listo de lo que parece, este perrito tan juguetón. ¡Me preguntó si habrá sido idea de Paquito o del pesado de Chemita! Sí, seguro que ha sido idea de Chemita, que se querrá vengar de que el otro día no me fui con él a buscar espárragos.

Y siguió leyendo:

«El sendero de la guerra, empero, no terminaría nunca si andarlo hasta el final deseáramos, razón por la cual paréceme más correcto y de buen tino pasar seguidamente a los otros argumentos que esgrimir prometí. Y de tales he de citar a lo menos dos: por un lado, los vicios y defectos están en ellos (los humanos, se entiende) tan presentes como las virtudes, si es que no lo están en mayor abundancia y muestra; pues, como se puede ver allí donde una sociedad cualquiera se ha erigido alguna vez, los más de estos seres padecen terribles deformaciones del carácter que les llevan a entregarse desaforadamente a las más canallescas y degradadas prácticas y costumbres, cuando no al egoísmo exacerbado, a la concupiscencia de la vida y de la carne, como dejó escrito aquel gran sabio llamado Juan, antiguo predicador y teólogo, al parecer, uno de los pocos que en el mundo han sido que lograron coronar la ascensión de la excelencia, y cuyos libros han llegado recientemente al receptáculo de mi meditación. Frente a tal observación experimental puede oponerse, quizá, la antítesis de la excepción, y lo admito: ha habido, por suerte, algunos hombres lo suficientemente grandes y perfectos como para exculpar por su causa al género humano, siquiera tan sólo por reverencia a éstos que he nombrado, haciendo en esto el juicio de Yahvé cuando prometió perdonar a Sodoma y Gomorra si en ellas se encontrare al menos un hombre bueno. Pero no se encontró, como recordarás. Además, a mi parecer, es también cierto que otros han nacido que han arrumbado cualesquiera obras buenas que el pequeño resto de buenos haya logrado erigir. Y tan pesada carga recae sobre la totalidad de la raza de Adán, pues si es verdad que todos deben participar en cierta manera de la grandeza de unos pocos, no es menos innegable que culpa de todos es consentir los magnicidios, robos, expoliaciones, mentiras, adulterios, y demás incontables crímenes que el común de los mortales han llevado a cabo, y especialmente algunos que han descollado en la maldad. Si el resto se hubiera rebelado contra el mal o sencillamente no hubieran consentido con él ni colaborado con su indolencia, ningún mal habría sido concebido; y si hubiera sido concebido, no habría sido desarrollado; y de esta forma, la humanidad entera se habría salvado del juicio condenatorio.

El segundo de los argumentos que dejé anunciados no nos viene menos a pelo, mi querida Tití, ya que afecta muy especialmente al resto de seres vivos que comparten este malhadado y al mismo tiempo maravilloso mundo en que vivimos. Me refiero al trato que nos dan, y que dan a los animales y las plantas en general. A la naturaleza toda, podría decir. Me tienta grandemente la oportunidad de explayarme en la descripción de estos delitos, pero la petulancia está cerca de la elegancia, y por no ser menos esto que aquello, me conformaré con recordarte los hematomas que luces desde el verano pasado, cuando veraneamos juntos en el pueblo de nuestros abuelos. No sé tú, pero yo aún tengo pesadillas en las que me persiguen aquellos monstruos disfrazados de jovencitos.

Grande es la tentación que siento de dejar correr la pluma en detrimento de los hombres, amiga prima, por quienes he conocido el rostro del vicio cuando se encarna, y a quienes me he empeñado en evitar lo más posible, en aras no solamente de eludir en mi carne de este modo las vilezas que suelen cometer con los animales de nuestra especie, sino también de no verme impelido a una continua migraña, comprobando y soportando el terrible caos que gobierna sus existencias, pero me alivio con el pensamiento de la nobleza, fidelidad, bondad y generosidad del género perruno, del que dicen es el mejor amigo de la humanidad.

En fin, prima querida, no quiero contagiarte el pesimismo vital que me embarga cuando pienso en ellos. Si de mí dependiera, te aseguro que los borraría de la faz de la tierra. No creo que sean necesarios. Es más, no creo que exista criatura más nociva, terrorífica y proterva que esta humana de que estamos hablando.

Con afectuoso respeto.

Leopold Verus Striger, llamado Lucky”

Tomasito era demasiado pequeño para entender tantas palabras raras. ¿Qué significaba “proterva”? ¿Y “petulancia”? ¿Y qué habían querido decir sus amigos con eso de “dejar correr la pluma en detrimento de los hombres”? Se preguntaba qué sentido tendría aquella broma, que empezaba a molestarle. Pero, además, ¿cómo se enteraron sus amigos de que a la perra de su tío y a su perro los apedrearon unos muchachos en el pueblo de sus padres el verano anterior?

– Bueno, puede que mi madre haya dicho algo delante de Chemita o Paquito… –pensó, no muy convencido.

De pronto se le pasaron las ganas de seguir “estudiando”, y le entraron unas terribles de salir al jardín a buscar a su perro. Pero ¿dónde estaría? A lo mejor estaba abajo, tumbado, durmiendo en su casucha, como siempre… Aunque ¿para qué iba a ir a verlo? ¿Y si era cierto lo que decía en la carta?

– ¡Pero si no sabe hablar! –se dijo golpeándose al mismo tiempo la frente, como si hubiera hecho un descubrimiento.

Decidió que lo dejaría para otra ocasión. Sin embargo, al final se le olvidó, y se pasaron los días, y perdió la carta.

Cuando a la semana siguiente recordó el asunto, se puso a pensar cómo podía devolverles la broma a sus amigos. Aún le parecía increíble la imaginación que habían tenido, y no entendía muy bien cómo lo habían hecho, pero estaba decidido a reír el último. Quería era vengarse de ellos, pero no sabía qué hacer. Podría esconderles algo del colegio cuando estuvieran en el recreo, o mandarles una carta haciéndoles creer que era de unas chicas que estuviesen “coladitas” por ellos…

– Me parece una mala idea, porque no se lo creerían ni borrachos –pensó contradiciéndose.

Pensó y pensó y pensó…

Pero nada se le ocurrió que estuviera a la altura. ¿Cómo iba él a contar algo con aquellas palabras?

Hecho un lío, se tumbó en la cama, muy cansado, sin querer pensar en ello. Cerró los ojos y se quedó dormido poco a poco.

A las nueve, su madre entró despacio en la habitación, para no molestarle por si estudiaba. Cuando lo vio dormido, sin haber abierto siquiera la cartera ni haber cogido ningún libro, se enfadó un poco, pero enseguida se le quitó al contemplarlo de cerca. Le parecía que todavía era tan pequeño…

– Tomás, hijo, levántate, que vamos a cenar ya –le dijo al oído.

Tomás quería seguir durmiendo, mas reaccionó al oír “cenar”, y sintió que las tripas le rugían mientras se ponía de pie.

– Venga, pequeño, que hoy tenemos tortilla –le dijo su madre-. ¿No tienes hambre?

– Muchííííísima, mamá. ¡Qué bien, tortilla! -respondió Tomasito, mientras abría de un empujón la puerta de su habitación y arrancaba a correr escaleras abajo.

Se sentaron a la mesa los tres, cenaron y Tomasito, después de estar un rato jugando con su padre en el sofá, se quedó de nuevo dormido, pero esta vez sobre los brazos de su padre, los dos allí tumbados viendo la tele.

Su padre lo tomó y lo subió a la cama, que estaba cubierta por un bonito edredón azul con estrellas doradas que relucían en la oscuridad.

El perro, mientras tanto, dormía a pierna suelta en el canasto que le tenían puesto en el pasillo, muy cerca de la entrada de la casa. Allí se acostaba sobre una vieja manta de lana gorda que la abuela María había comprado hacía muchos años y que a la madre de Tomasito nunca le había gustado. Sus dueños le permitían dormir bajo techo en el invierno, y el perro aprovechaba la ocasión para tirarse roncando toda la noche sin decir esta boca es mía. Había recibido una extraña carta de su prima Tití, acusándole de no haber contestado a la anterior que ella le había enviado, aunque él estaba seguro de que había mandado su respuesta. Pero también él tenía mucho sueño aquella noche. Por eso, había escondido la carta de su prima y se había cubierto con su manta vieja. Allí, calentito, protegido y bien cenado, era el perro más feliz del mundo, y ningún humano le importaba entonces.

El viento susurra…

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(Luciérnagas de versos)

Veo en tus ojos las formas tristes de un atardecer lejano. ¿Por qué estás tan lejos de mí, vagando por mundos que no puedo alcanzar despierto? ¿Por qué no entras para quedarte en el hogar de mi corazón?


Nuestros actos presentes quedan impresos en el libro de la memoria eterna. Ni uno solo se perderá. Por eso, lo mismo que el escritor se afana en encontrar, una a una, las palabras y expresiones hermosas que hagan de sus obras un deleite para el intelecto y el alma, no hay más alto destino que esforzarnos por hacer que los hechos de nuestra vida sean hermosos, un deleite para quienes vengan después de nosotros.

(Extracto de obra inconclusa, El Maestro de los Vientos)

RESCATE

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Relato breve de tarde templada de domingo

En el parque salpicados de hayas, que ululaban silenciosamente, la fría sombra de la luna se iba retirando en parsimoniosa procesión, detrás del viento. Sobre los solitarios robles que crecían entre ellas, caían los hayucos, cubriéndolos de colores extraños, como redes de sueños.

Pegado a las plantas de las tinieblas, el perfil de un fugitivo cruzó las puertas del afligido parque, buscando en él refugio para sus pasos, descanso para su cuerpo, desahogo para su alma.

Bajo las ramas de un frondoso roble, poblado de sueños su espíritu contrito, rezó como años atrás. El espeso abrigo que portaba apenas se quejó cuando lo colocó sobre sus piernas y costillas, pues también él estaba cansado.

Allí, los ruidos opacos de la noche sigilosa enmudecieron, para respetar los últimos momentos de la dolorosa existencia de aquella criatura desdichada, antes de que el día inesperado trajera la mala nueva de nuevos pasos.

Lo encontraron dormido y lo tomaron los Aparecidos… A llevárselo en sus garras iban, cuando el parque comenzó a rugir, hasta ensordecer sus oídos. La tierra se abrió bajo sus pies, mostrando en un gesto inenarrable las abismales profundidades de la histeria. Los serenos árboles se inclinaron para sellar con sus ramas y hojas la condena de los verdugos.

Tanto había sufrido aquel peregrino perseguido, que creyó ser un sueño lo que había visto, y volvió a reposar sobre las hojas caídas, aunque esta vez sin abrigo. Pero el sol ya calentaba sus miembros desesperanzados, y el viento arrodillado se había retirado a regiones ignotas.

TRISTEZA DE PIEDRA

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He aquí otro relato breve para matar esas tibias tardes de aislamiento, escrito hace muchos años, nunca publicado. Espero que os guste y perdonéis el estilo y los errores, si los hubiera.

Extremadura es una tierra desamparada y sin luces. No se puede hacer poesía con esta tierra. La habitan pocos hombres, gentes rudas, enemigas del bullicio, que detestan la cultivada altanería de los foráneos, quienes parecen sentir al vernos un orgullo mezquino, alegría del mal ajeno. Viven al día, sin anhelo de bienes mayores que los que su tierra produce. El único pecado común reconocido es la murmuración, en la que son famosos eruditos, aunque no han estudiado en otra escuela distinta a la pícara universidad del mundo.

Extremadura es una tierra dolorida. Ha visto partir a sus gentes durante generaciones, hacia un destino ignoto, hacia la inseguridad de otra vida, otros mundos, lejanos de sus casas, de sus orígenes y de sus muertos. ¡Qué tristes los sepulcros cubiertos por la hierba! Las mudas tumbas se le quedaron solas muchos años atrás, ya hace décadas, y nadie va a cuidarlas ya, ni a venerarlas, ni a llorarlas bajo el frío de noviembre.

Pero los que permanecieron en esta abatida tierra sufrieron peor suerte. Pudieron, acaso, resignarse pacíficamente ante la forzosa huida de tantos paisanos, familiares o amigos, mas nunca se acostumbraron, ni lo han hecho todavía, a la espantosa soledad de los montes salvajes y esas rañas yermas por donde arrecian los vientos.

Porque Extremadura significa soledad. Significa tristeza. Siembre ha sido así, aunque de unos años a esta parte la soledad se ha acrecentado. ¡Desgracia es la soledad, pero más que admita grados! Pues crece cuando innumerables jóvenes salen cada año, fugitivos, del gélido ambiente de sus pueblos avejentados y vacíos.

Dejemos este camino, que nos conduce a la locura, y tomemos aquel otro de la tristeza hermana, en la verdad semejante, en los efectos inocuo. Me estoy quedando sin arrestos para seguir hablando de esta soledad…

Todo desierto contiene algo de vida, y Extremadura no es una excepción. Algunas pequeñas ciudades prosperan, aunque con indecente languidez. El resto de las poblaciones más son nidos que comunidades. No obstante, en uno de esos nidos empieza y termina nuestra historia…

En el Guadiana, angustiado y fugitivo río de la escarpada medianía de España, hay un ancho y profundo embalse, lugar codiciado, pacífico, que recibe el nombre de Cijara, o Cíjara, junto al cual se elevan las tímidas colinas de las sierras orientales extremeñas, en los confines de los Montes de Toledo. En aquella comarca, abrupta y hostil, razón por la cual, acaso, la llamaron «Siberia Extremeña», decaen menudos y celosos pueblos, unos de otros bastante alejados, cual ilusorios oasis en la inmensidad del horizonte. El clima, siempre extremo, ha creado un paisaje dinámico donde predominan largas extensiones de olorosas jaras y árboles señoriales, entre los cuales es el rey el lucido pino; y reina, la anciana encina. En los umbrosos bosques, en las floridas veredas, en los calmos páramos y pastizales, nacen, viven y mueren infinidad de especies animales diferentes. Desabridos, solitarios y arrinconados, como los hombres a quienes acompañan.

Uno de aquellos hombres se llamaba Aurelio. Adonde vivía no llegaba el correo, y las noticias volaban más despacio que las cigüeñas al retornar en primavera. Los caminos se embarraban en otoño y no se desembarraban hasta mayo. Las piedras eran témpanos en invierno y cubil de víboras en verano. Los pasos de persona alguna eran tan raros por aquellos parajes que las malas lenguas decían (mal…) que era ermitaño Aurelio, y no ganadero, puesto que no tenía vacas desde hacía muchos años. Y esto, de algún modo, lo decían bien.

Decían también que nadie le había visto desde hacía muchos años. Vivía solo, allí arriba, en lo más recóndito del monte, sin hablar ni tratar con nadie, cuidando de lo suyo, y haciendo caso omiso de lo ajeno. Era hombre esquivo, atípico, salvaje y hasta en ocasiones agresivo. Decían que tenía el pelo largo, y las barbas más largas aún, y que no se había pasado por el pueblo desde hacía muchos años, y que a veces se le veía vagar por los montes, pululando entre las sombras como un alma en pena, buscando sabe Dios qué y como hablando en altas voces para sí mismo.

En realidad, nadie sabía a ciencia cierta de dónde había salido aquel sujeto. Cuando se le había preguntado su nombre, Aurelio había sido su única respuesta. No tenía, al parecer, apellidos ni familia; por supuesto, los tenía, claro está, mas era imposible hacerle hablar más de una palabra de corrido. La gente opinaba, por lo común, que estaba loco, aunque muchos envidiaban secretamente su suerte, ya que, al parecer, sus posesiones no se podían recorrer a pie en un solo día.

Era verdad que Aurelio estaba loco… Lo que no era cierto, en cambio, como sospechaban los lugareños, era su nombre. Y, en cuanto a la causa de su locura, había quienes fueron lo suficientemente astutos y osados para acercarse a pocos metros de su casa; junto a ella habían detectado la presencia de cinco tumbas, siempre coronadas de flores; y en ocasiones lo habían descubierto arrodillado frente a ellas, ora haciendo gestos que imploraban perdón al cielo, ora recogido en silenciosa oración, ora llorando y gimiendo, comúnmente a gritos. Cuando aquellos temerarios espías regresaron al pueblo, no dudaron en afirmar que aquel ser, o lo que fuese, era por fuerza un viejo ermitaño que hacía penitencia y oraba por algún pariente o amigo muerto años atrás, en la soledad del bosque. Algunos opinaron al escuchar esta suposición que seguramente, el anciano seguía estando chiflado, y que más valía que alguien lo bajara de allí y le internara donde fuera. Otros (los menos) comentaron entre sí que acaso no se tratara más que de un hombre nostálgico, que recordaba con demasiado sufrimiento a sus seres queridos.

Aquel falso Aurelio, empero, no siempre había sido así… Ni su nombre había sido originariamente el mismo, ni aquellos sepulcros invadidos por la hierba habían estado siempre a un lado de la casa. No; hubo un tiempo, hace ya mucho, en que el sol salía por su sitio y se ponía por donde se tenía que poner, todos los días del año, y un año tras otro. Hubo un Aurelio verdadero, habitante y propietario de aquellas tierras, ahora moribundas. Hubo un tiempo en que había grano en sus silos, reses en sus establos, una mujer hermosa en su cama e hijos sanos en su casa. Hubo un tiempo en que el Aurelio auténtico fue feliz.

Corrían entonces años de menos progreso. Había escasez de todo lo necesario, mas Aurelio y su familia, hechos a la economía y cargados del recio fardo de la austeridad, disfrutaban entonces de toda la holgura y libertad que puede tener un hombre que dispone de su propio ganado y su propia tierra. No faltaba la leche en su cuenco, el vino en su vaso y la tajada en su plato. En enero, la matanza del cerdo; en septiembre, la vendimia; en diciembre, la cosecha de la aceituna. Y durante todo el año, la carne de las terneras y el queso traían a casa el dinero exacto que para el hogar precisaban.

Había vecinos, visitas y parientes. Había fiestas y estaciones. Corría el rítmico fluir de los meses, con su rueda metódica. Aquél se moría, éste otro se bautizaba; el hombre iba a la faena, la mujer le acompañaba si no quedaba al tanto de los hijos; y la vida seguía su curso, invariable y satisfactorio.

Vino entonces la guerra, huésped cruel y hambriento, con su tremebundo hálito, arrebatador de vida. Y Aurelio fue llamado a las armas, pero no acudió. No le dejaron sus piernas, castigadas poco antes por el desastre de una caída. Ni le dejó su esposa, temerosa de perderlo. Ni le dejaron sus hijos, a quienes no podía abandonar aún infantes, pues sería venderlos a la muerte, sólo porque los señoritos de las capitales quisieran coserse a balazos las testas y las barrigas.

Pasó por allí un soldado, huyendo del enemigo, y pidió en la apartada y escondida casa de Aurelio refugio para sus huesos y protección para su persona. No se la supo negar Aurelio, aunque temió que tras él viniesen sus perseguidores, y tomasen por la fuerza no sólo a aquel hombre, sino a todos cuantos hallaren entre los muros de su casa, incluidos sus tres hijos. Aun así, como digo, abrió Aurelio su puerta para aquel desgraciado que trataba de escapar de la muerte a través del monte.

Es un ejercicio de curiosa sorpresa investigar cuántos, para no ser atrapados por los fuegos bélicos, escondieron sus traseros entre las jaras del campo. Pero más curioso resulta comprobar que a la mayor parte de ellos sin falta los encontraron. Lo cual no debe extrañar a nadie, puesto que es reacción muy comprensible que el campo se rebele y expulse de sí a los hombres, horrorizado por su malicia, avergonzado por su cobardía. El mundo se tapa la cara ante la vista del hombre.

Durante el tiempo que estuvo el recluta en su hogar, tomó cuanto quiso y nadie se lo negó. Fue tratado con respeto, cariño y amabilidad. De nada se pudo quejar. Comió más que todos, trabajó menos que nadie, y no hubo quien dijera esta boca es mía ni ojos que lo escrutaran. Tan sólo una cosa no obtuvo: el conocer dónde se hallaban los ahorros de la familia, que muy guardados los tenía Aurelio bajo unos pliegues de tierra seca que había echado en las paredes de unas cochineras que tenía hechas en las posaderas de los establos, a buen recaudo de curiosos, fisgones y asaltantes. Y aunque el soldado mucho lo inquirió sobre todos los secretos de su hacienda y su vida, no todo pudo sacarlo en claro sobre los negocios de Aurelio. ¡Mas con qué gusto lo hubiera confesado éste, de haber sospechado que estaba criando cuervos!

Muy pocos días después de haberlo acogido en su casa, salió Aurelio, como todos los días, con el rayar del alba, en dirección a un pueblo que se hallaba a unos kilómetros de marcha. Iba con miedo a buscar el sustento para los suyos, llevando sobre los lomos de su mula parda unas alforjas con productos sustraídos a la rica fábrica de sus posesiones. Cabían en ellas dos jamones curados, cinco quesos, tres pieles de borrego bien secas y cardadas, seis cinturones remachados, más lo que pudo introducir de aceite, vino y chorizo.

Lo que no imaginaba Aurelio era que al llegar al pueblo, habría de encontrarse con un pelotón militar que buscaba al hombre que en su casa acogiera. Lo detuvieron, lo interrogaron y lo golpearon, al comprobar que el hombre no abría el pico y era recio. De su boca no brotó una queja ni una pista. Mas no quedaron contentos, porque, desconfiados, lo liberaron, para que vender pudiera las pocas posesiones que los hambrientos subalternos habían dejado vivas sobre el costillar de su mula. Así lo hizo Aurelio, creyendo que aquellos crueles sujetos lo dejarían tranquilo. Pero ellos enviaron a quien siguiese al pertinaz hombre de campo. Y éste, que a pesar de todo no creía que la maldad humana llegase a tal extremo, sin darse cuenta condujo a los matadores a su propiedad.

Cayeron sobre él a la puerta de su casa. De todas partes salieron. Ni voces ni ruidos oyó el pobre, hasta que los tuvo encima. Uno, dos, tres, diez, veinte golpes hubo recibido, antes de darse cuenta de lo que estaba ocurriendo. Pero, ¡cuál no sería su sorpresa, al comprobar que en la casa no se encontraba el fugado a quien buscaban, sino el pavoroso espectáculo de cuatro cuerpos rendidos y asesinados! Del perseguido, ni rastro.

Una mujer y tres jóvenes yacían sobre la piedra, sajados de arriba abajo. La sangre manchaba la entera superficie del suelo, y corría por los canales que se formaban entre las lanchas de piedra. Los cajones y armarios parecían revueltos. Las ropas de los jóvenes habían sido robadas. Los vestidos de la mujer, rasgados. Había rastros de una pequeña lucha. Dos sillas rotas en la cocina y una puerta con dos cuchilladas…

El hombre se levantó como pudo de la entrada, aterrado ante lo que decían las voces de la compañía que le agrediera. Los integrantes de ésta, desengañados, comenzaron a largarse. Aurelio tenía los ojos grandes, la boca abierta y las manos en el pecho. Algunos hombres entraron nuevos, recién llegados, a ver a los muertos, como si estuvieran depositados allí para exhibirse. Un par repararon en Aurelio, e incluso uno susurró demasiado en alto que aquel hombre se volvería loco.

Pero Aurelio no le oyó. Porque para Aurelio ya no quedaba nadie allí. Estaba él solo, con el eco desnudo e inerte de los seres que amaba, con las sombras espectrales de una vida que había sido dichosa y que se había vuelto amarga. De pie, abrazado al marco de la puerta, con la mirada perdida y los párpados entornados, aprendió que llega un momento en que el corazón se cansa de penar y el cuerpo de sufrir. De las muchas cosas que podría haber pensado en ese instante, tan sólo una recordaba después: que le parecía estar soñando, que creía estar viviendo la peor pesadilla de su vida.

Desgraciadamente para él, la pesadilla era muy real. O se le hizo real al tercer día de estar sentado en la puerta, mirando sus muertos, llorando su falta. O acaso fue al enterrarlos, en cuatro hoyuelos mal hechos que cavó a un lado de su casa, poniendo en cada uno de ellos una de las monedas que había ganado en el pueblo, después de ser detenido. O al cubrirlos con la misma tierra bajo la que había guardado su dinero en las cochineras; o cuando tiró el dinero a los gorrinos, que lo cubrieron con sus excrementos…

Aún estaba desplomado sobre la tumba de su esposa, cuando apareció por el sendero un hombre vestido de negro. Se llegó a él, lo miró largamente, con una tristeza inenarrable, y agachándose le tocó la frente, como intentando despertarle. Pero Aurelio estaba muy despierto, y no le hizo falta que nadie lo llamase. Sobresaltado, aquel hombre le entregó una cruz de madera, toscamente tallada y del tamaño de la palma de su mano, que Aurelio ensartó en una soga y se colocó al cuello, encorvándose al hacerlo bajo el peso del objeto.

Se fue aquel hombre, se quedó sólo Aurelio y abandonó sus quehaceres. Se echó en su cama, vestido de luto, y cerró los ojos, que ya no lloraban, por agotamiento.

Y se dejó morir…

Las uvas se perdieron, las aceitunas se helaron; las terneras fenecieron de hambre, los frutales se agostaron; y los rebaños de ovejas saltaron la valla donde se guardaban, y se esparcieron por el monte, hasta que el lobo y el hombre, especies emparentadas, les hincaron el diente.

Pero no seamos severos con Aurelio, pues no se ha de juzgar duramente el corazón de quienes viven atribulados, mayormente cuando han sido atrapados por las redes irrompibles de la angustia. No es de extrañar que, en ocasiones, y en contra de la opinión común, el tiempo, en vez de mitigar las penas, abra más la herida e impida su cicatrización; y tanto llegue a manar la sangre que el corazón quede exhausto, incapaz de nutrir al resto de los órganos del cuerpo, el principal de los cuales deja de regir la marcha de la persona, que se consume y muere de simple inercia.

¡Loco Aurelio, querido, que no pensó que el verdugo volvería al patíbulo donde perpetró su condena, a comprobar el éxito de sus acciones! Al hallarlo despedido de la vida, habiendo dejado para otros lo que de él era antes, podría haber tomado cuanto quiso y pudo, en un último ultraje a la bondad y paciencia de aquellos desventurados. Mas también la bondad de los muertos tiene su premio, aunque sea en la carne de los vivos; y, por una extraña travesura de la fortuna, la impresión provocada en las pupilas del asesino por la piedad de la víctima venció todas las resistencias al bien que en su alma se habían aposentado, provocando aquella muerte lo que ninguna palabra habría logrado: el arrepentimiento final, el que desató su locura, el estertor de una conciencia marchita que dejó grabado en su razón el estigma de la culpa, y sembró en su voluntad el fructífero germen de la penitencia. Desde entonces, sobre los restos de sus cadáveres, el verdugo lloraría, hasta el día en que llegase para él la hora de la espada.

SUSITO

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Nuevo relato breve (éste con muchos años ya, pero es la primera vez que lo publico de alguna forma), para que paséis esos ratos muertos del confinamiento. Con mucho cariño para todos vosotros.

En los lánguidos y arrobados valles de Extremadura oriental, vivía hace mucho tiempo una adorable familia de pastores que trabajaba día y noche para cuidar su ganado y obtener su sustento, tanto más menguado como crecida su número.

El menor de la casa apenas tenía catorce años y se llamaba Jesús, aunque todos lo conocían por Susito, que venía de Jesusito, y a su vez éste de Jesús. Tenía dos hermanos, Julián y Timoteo. Ambos eran pastores, como su padre. Julián sobrepasaba por poco los diecisiete años, y era alto y fuerte. Podía correr largas distancias sin cansarse, era valiente y se enfrentaba sin miedo a las bestias, a quienes hacía huir con la sola ayuda de su vara y de su perro, Genio. Timoteo era algo mayor, rayaba los veinticinco, y aunque era menos alto y fuerte que Julián, en cambio poseía más tesón, y su voz de mando, grave y sonora, era obedecida sin rechistar no sólo por los animales, sino también por las personas. Estaba prometido a una campesina que no vivía lejos, y se casaría dentro de unos meses, posiblemente en verano, ya que éste era la mejor época para hacer fiesta y andar toda la noche sin dormir.

Susito era muy feliz con sus hermanos. Aunque aún no tenía edad para acompañarlos hasta muy lejos, a los pastos de las montañas, pasaba mucho tiempo con ellos apaciguando el rebaño y jugando con Genio, el imponente mastín blanco, moteado de marrón, que tras su fachada de animal gigantesco escondía un carácter cariñoso y apacible.

La vida era fácil y encantadora para Susito en los valles lánguidos y arrobados de Extremadura, teniendo a lo lejos los interminables y grandiosos picos de Los Ibores, y cerca los calurosos y afamados valles cubiertos de cerezos, de vides, de olivos, de ríos y de rebaños.

Pero había una preocupación en su ya adolescente cabecita. Como se comprenderá, no podía ser otra cosa que una incipiente inclinación amorosa. ¡Qué le vamos a hacer…! ¡Sí, la adolescencia! ¡La confusa y luminosa, triste y eufórica, rebelde y mártir, generosa y egocéntrica adolescencia! ¡Qué le vamos a hacer…! Todos hemos pasado por ahí, y todos comprendemos a ese corazón que empieza a despertar, y que pone sus anhelos voluntariamente en algo tan externo, sin saber los derroteros insípidos o amargos por que lo han de conducir los cambiantes sentimientos propios de la edad. La adolescencia es un ojo que se extasía ante una baratija y que pasa de largo ante un diamante. Pero es también la mirada que puede quedar para siempre fijada en el sol, o sellar sus párpados ante la luz del día.

El caso es que Susito, a su modo, y veremos que no era un modo desdeñable, se había enamorado. El centro de sus deseos, la meta de sus afanes, era una joven campesina de las cercanías. La joven se llamaba María…

Los padres de María habían venido de la ciudad muchos años atrás, abandonando la miseria de los atestados barrios obreros del centro, y buscando la paz y la autonomía de los viejos caseríos extremeños, dejados a su interminable soledad en el anchuroso mundo, yuxtapuestos a los minúsculos pueblos, abrazados por los pastos, las encinas, los alcornoques, y saludados siempre de cerca por los espesos montes que se yerguen levemente hacia la inmensidad, no queriendo separarse lo más mínimo de los diminutos terrones de rojiza textura. En uno de estos caserones ancianos y gastados, nació María. En el tiempo en que sucedieron los hechos que narramos, aún pendían de la pared de la cocina los cuernos del bien crecido ciervo que se despachó, cocinó y degustó por toda la vecindad para celebrar el bautizo de la niña.

María era un diamante. Si se nos permite el comentario, diremos que Susito tenía razones para enamorarse. Seguramente habría descubierto en ella aquel innegable talento innato para la sonrisa, su fresco sentido del humor, su diligencia en el trabajo, o su belleza radiante y humilde. Su pelo no brillaba al sol, como dicen los poetas, aunque su melena suave agradaba a al levantarse con el viento. Sus ojos no despedían emanaciones de luz, pero podían decir muchas cosas con una sola mirada. Sus dientes no semejaban perlas, sino llanamente dientes, con toda su armonía natural. La suya, en efecto, era una belleza morena y mediana, natural y castiza, que no desmerecía de cualquier otra.

Las propiedades de los padres de Susito rayaban con las de la familia de María, y desde el principio unos y otros se trataron y se tuvieron gran cariño. No es raro que sucediera así, pues entre la gente del campo la vecindad tiene un significado especial y profundo, muy diferente al que tiene en las ciudades. Supone conocimiento, y éste implica colaboración. Al fin, cuando no se interpone entre la personas una grave disputa o un odio implacable, los antiguos vecinos acaban haciéndose nuevos parientes, y entran en casa y salen de ella como si en ella viviesen, y comparten las viandas y las ganancias y hasta las ilusiones. Incluso es usual que entre ellos surjan negocios, pactos, convenios, donaciones, entendimientos, fraternidades, matrimonios y todo tipo de relaciones. Porque en las tierras de Extremadura, en los tiempos a que nos referimos, el Estado quedaba muy lejos, y toda ayuda había de venir, sin otro remedio, del amigo, del vecino, del prójimo.

En consecuencia, de la intimidad entre ambas familias brotó instantáneamente la intimidad entre ambos jóvenes. De la intimidad vino la amistad; de la amistad, la comunión; de la comunión, el apego; del apego, el celo; del celo, el deleite. Y a los catorce años cumplidos, recién abiertos sus sentidos internos al deseo, Susito y María se contemplaron con penetrante mirada, a la par de éxtasis y de temor, confusión ordenada, olvidadizo recuerdo, caprichosa terquedad, lluvia de silencios. Pero no caeremos en las redes de la reina de los sueños; y procuraremos no cantar canciones paradójicas a los puntos cardinales. Baste esta palabra para comprender: enamoramiento. Quien lo haya padecido (y digo bien: padecido) ya habrá intuido la verdad hace muchas líneas.

Los poetas han nombrado de muchas maneras este sentimiento, y han dicho de él inefables bellezas y también estúpidas cursilerías. Han hablado de la pasión, de su satisfacción, de la tensión entre los amantes, de la angustia del amor rechazado, de los celos, del engaño, de los deseos incumplidos y de los coqueteos que alimentan el fuego. Lo que no han contado es que ese amor del que hablan se parece poco al que podemos contemplar a nuestro paso. Pues, en efecto, raro es el amor fogoso, pleno, profundo, posible, fuerte, fiel, sincero, íntegro, honorable y ebrio en la vida real. A menudo, y salvo excepciones, más hermosas cuanto más inesperadas, obstáculos insalvables y terribles se interponen en el sendero del amor. Es fácil ensalzar el gozo de la posesión o componer poemas que traten sobre la esperanza de su fugaz alegría. Pero no agrada explayarse en el dolor del amor perjudicado.

Nosotros, que tampoco disfrutamos con este triste oficio, consideramos de nobleza no pasar por alto los espeluznantes misterios del amor rechazado, perseguido o encarcelado. Por ello, queremos llevar al lector hasta el final de esta historia, la de Susito y María, que había comenzado demasiado bien. Empero, la vida gusta mucho de torcer lo derecho y embarrar lo limpio. Susito y María tenían que sufrir… no podía ser de otro modo.

Los padres de María pasaron por una mala época, las cosas no iban bien entre ellos, y decidieron separarse por un tiempo. En principio, no era más que por unos meses, pero los meses pasaron, y sumaron años, y los años separaron también a los jóvenes enamorados. Por desgracia para ambos, fue el padre de María el que permaneció en la finca, y la joven tuvo que someterse a la potestad de mi madre, acompañándola, en fin, en su viaje hacia ninguna parte. Pero Susito permaneció en Extremadura, creció y se hizo un hombre vigoroso; no obstante, sus paisanos y parientes continuaron llamándolo Susito, que a veces pasaba a convertirse en Suso, lo cual le sentaba mejor a sus años. María creció asimismo, pero demasiado lejos. En todos los años que transcurrieron entonces, no volvió ni una sola vez.

El tiempo y el espacio hacen desconocidos a los corazones que una vez se amaron. Aun así, no siempre el recuerdo se borra absolutamente, y quedan escondidos en lo más hondo de la memoria retazos de vida clavados de lleno en el alma, huellas dispersas y oscuras de un pasado que no se recordaba; y en un fogonazo brusco y fiero se presentan a la conciencia para arrumbar y echar por tierra los muros de olvido construidos con tan gran pesar. Al principio provocan sólo malestar, incordio, irritación. Enseguida empiezan a hacerse compañeros de camino. Poco después te despiertan por las noches y te visitan en tus sueños. Cuando te das cuenta, se han apoderado silenciosamente de tu voluntad y tu inteligencia. Nada queda del olvido: todo es memoria. Nada del pasado: todo es presente. Es entonces cuando más abiertamente se ven los fantasmas que se pretendían evitar y se conoce el depósito infame de tristeza que se ha ido acumulando durante años.

Así fue con Susito y María. El fogonazo, sencillamente, sucedió. Como antes o después tenía que ocurrir, María ya tenía pensado qué iba a hacer; y al llegar el momento, retornó al pueblo, coincidiendo con unas vacaciones. Entonces los espectros del amor enterrado vivo salieron a la luz del sol, y aquellos corazones duros y distantes se miraron de nuevo. Pero ya no vieron en el otro la meta de todos los afanes, sino el insuperable abismo de la distancia y el imborrable dolor de la oportunidad desaprovechada. Vieron, de un relámpago infausto, la sombra brillante de lo que podrían haber sido, y el contraste con la figura espantosa en que se habían convertido los inundó de espanto.

Susito aún cuidaba los rebaños de su familia. Sus hermanos lo acompañaban. Llevaban las reses por los montes cercanos, se detenían junto a los arroyos y manantiales, y esperaban pacientemente a que estuviesen satisfechas. Paso a paso volvían, por los polvorientos caminos y a través de campos incultos, a los pastos que les era permitido visitar, y por la tarde guardaban el ganado en los cercados anejos a la casa, con mimo pero con severidad. La vida era rutinaria y apacible en los campos de la somnolienta Extremadura. Apenas había motivos para variar el curso de las cosas.

María, en cambio, ya tenía familia. Se había casado muy pronto, embarazada. Su marido se llamaba Félix, trabajaba en la construcción y le había dado una vida desahogada y urbana. Alejandro y Lucía eran sus hijos. Alejandro era el mayor. Habían aprovechado el verano para visitar el viejo pueblo y la vieja casa de campo, haciendo compañía durante unos ligeros días al abuelo, que vivía solo. La madre de María, por desgracia, había muerto años atrás en un accidente. Pero María no había avisado a nadie del pueblo, salvo a su padre. Suso se enteró de algún modo, aunque pensó que no tenía por qué enfadarse, ya que, después de todo, y a pesar del dolor que sentía, María ya no existía para él.

Pero existía… ¡Claro que sí! Aunque él no lo quisiera reconocer, una parte de sí seguía soñando con ella; o peor, seguía siendo de ella. Y María padecía el mismo mal. Porque aquel primer amor, aquel primer zarandeo de  las entrañas, había sido demasiado intenso, demasiado entusiástico, para ser olvidado de plano para siempre. Los fantasmas son reincidentes, por desgracia para ellos…

Era una mañana luminosa y tórrida, de esas que tanto abundan en el verano extremeño. En esas mañanas puede oírse el silencio y verse el calor. El sol apretaba demasiado, y Suso y sus hermanos no habían salido con el ganado. Era mejor guardar las ovejas en su aprisco y esperar que al final de la tarde refrescase. María y su familia fueron de semejante parecer, y se lo aplicaron a sí mismos, ya que aquella mañana descansaron a la sombra de las mohosas paredes de la vieja casa.

Los viejos decían que aquel calor no era normal, que el tiempo estaba loco. Como los corazones…

Daban las doce en el reloj de la añosa cocina. Suso abrió la nevera, tomó una cerveza y pensó en disfrutarla apoyado en el pretil del soportal que maquillaba su casa. Pero cuando salió por la puerta vio a alguien que no esperaba volver a ver.

María…

Ella estaba a punto de llamar a la puerta. Había dejado a su marido y sus hijos un rato solos, con la excusa de visitar a un viejo amigo. Aunque no mentía, porque en realidad ardía en deseos de hablar con Suso. Hablar y recordar, porque sus fantasmas le inflamaban el pecho, y eran implacables…

Al verla ante la puerta, el estremecimiento que sufrió Suso no tiene descripción posible. Primero pensó en frotarse los ojos, como hacemos cuando despertamos y estamos aún más en sueños que en vigilia. Mas pronto, cuando con el paso de los segundos fue recobrando la presencia de ánimo, probándole sus ojos que no se engañaba, se reanimaron los sentimientos soterrados en él.

¡Ella estaba allí de nuevo, delante, mayor, pero también más bella! ¿Por qué? Tenía tantas cosas que decirle… Sin embargo, en ese instante no supo por dónde empezar.

María fue quien rompió el silencio, con cierta timidez:

– Jesús, precisamente venía a verte a ti.

Cuando oyó su nombre, Suso reaccionó por fin:

– Jesús… ¿Por qué me llamas así? Antes siempre me llamabas de otra forma…

– Es verdad. Te llamaba Susito –replicó ella, sonriendo.

– María… Creía que nunca más te volvería ver. –Se detuvo, y se ensombreció su gesto-. ¿Cómo estás?

– Bien –dijo ella, aunque no sonaba muy convincente- ¿Y tú?

– Yo aquí estoy, como siempre… –contestó Suso, muy despacio.

Estas últimas palabras sonaron a María como un reproche, pero se sobrepuso y decidió afrontar cualquier reparo.

– Quería volver a verte, ¿sabes? –le dijo.

Pero él respondió:

– A mí me parecía que no.

– ¿Cómo no iba a volver? –repuso ella-. Ya hace mucho tiempo que me fui, es verdad; pero aún me acordaba de vosotros… y de ti.

Pero Suso no estaba dispuesto a ceder a las primeras de cambio:

– Te fuiste hace demasiado tiempo. Es fácil olvidar…

Pero de pronto se calló, cerró los ojos, y dijo muy despacio y muy triste:

– En realidad, te fuiste en seguida.

Quería callarse, quería aplacar toda la rabia que sentía dentro, quería tomarla en sus brazos y abrazarla y hacerle el amor, y gritar al mundo entero que ella era suya. Quería tocarla y romper de una vez por todas el muro entre los dos, hecho de tragedia, hecho de destino. Pero no se atrevía a hacerlo. Muros infranqueables se lo impedían, de los cuales el más tremendo era el rencor.

– Yo no quería irme, Susito, y tú lo sabes –se disculpó ella elevando imperceptiblemente el tono de su voz, tratando de mirarle a los ojos.

Hubo un silencio incómodo entre ambos. Suso se volvió para apoyarse en el antepecho, mirando al horizonte. Tenía la mente oscura, pesada. María, en cambio, deseaba ante todo que no llegasen sus hijos o su marido, y disponer de unos minutos para hablar con él. ¡Tenía tantas cosas que explicarle, y tan poco tiempo…! Así que empezó de nuevo:

– No fue culpa mía. Fue culpa… de la vida –afirmó con gesto suplicante.

Suso se volvió bruscamente:

– ¿La vida? ¿Quién es la vida? –replicó, y retornó a su posición.

Hubo otro silencio. Esta vez fue él quien lo truncó:

– ¡Yo te amaba! –dijo casi gritando.

– ¡Y yo a ti! –reconoció ella (su voz sonaba de pronto tan melancólica…).

– ¡Me rompiste el corazón! –le espetó Suso, con una mueca de dolor infantil.

– ¡Yo no quería! Era muy joven… Mi madre me obligó a acompañarla… –las excusas de ella sonaban lejanas en medio de aquel calor aplastante-. Y yo también acabé con el corazón destrozado, ¿sabes? –era la verdad, y se le notaba en los ojos…

– ¿Por qué has vuelto? –inquirió Suso, inflexible y hosco. Poco a poco, la rabia, el dolor acumulado en vetas de ira, la tristeza inaplacada, la nostalgia que había horadado su fortaleza, estaban ganando la batalla; aunque él aún quería tocarla. Era un impulso animal que anidaba en su inconsciente, algo más fuerte que sus sentimientos y que su razón.

María dudó de la intención de la pregunta, pero se mostró firme:

– Para verte de nuevo… –contestó ella con serenidad.

– ¿Aún te acuerdas de mí? –Suso cambió de expresión al decir esto; ella lo percibió enseguida.

– Cada día que pasa –le confesó con ternura.

Se miraron a los ojos. Algo empezaba a derrumbarse entre ellos: los años, la distancia, los resentimientos, la noche… Quedaba mucho por hacer, pero la demolición había comenzado.

– Yo me acuerdo continuamente de ti –dijo él. Era la verdad, pero hasta entonces no había querido admitirlo.

– ¿Qué tal estás? –susurró ella, casi como quien pregunta a un moribundo si siente dolor.

– ¡Mal! Ya me ves. Trabajo y respiro, ¡que no es poco! –si bien, desde que ella vino, parecía que sus pulmones recobraban brío-. ¿Y tú? –agregó avergonzado de pensar sólo en sí mismo.

– Ahora que te he visto, creo que bien –sonriendo ilusionada.

Sin querer, sin darse cuenta ninguno, se habían ido acercando, hasta rozarse, y al pronunciar María esta última frase, estaban a punto de besarse de nuevo.

Pero los fantasmas tienes antagonistas. Y si la sombra del amor puede llegar a ser fuerte, no es menor la potencia de las cadenas con que nuestras decisiones nos atan a estacas que un día creímos árboles del paraíso. Antes de juntarse sus labios, María recordó algo, y detuvo la gravedad insensible con que su cuerpo la conducía hasta aquel hombre, y enseguida añadió, en tono de pedir disculpas:

– Estoy casada… Y tengo dos hijos.

Entonces él le espetó:

– ¿Lo amas de verdad?

– ¿A quién?

– A él…

Ella no se dejó sorprender:

– Sí.

Él se lo esperaba, pero no sabía qué pensar…

Calló durante unos segundos. Dejaron de mirarse. Parecía que no podrían entenderse, que el débil chispazo amenazaba con ahogarse… Pero enseguida ella prosiguió:

– Aunque también te amo a ti –quisiera no haber dicho esto, mas no pudo reprimirse, pues sus fantasmas llevaban demasiado tiempo reclamándole esta libertad.

Aquello era justo lo que Suso deseaba y, a la vez, temía. Deseaba el suave y húmedo abrigo de aquellas palabras, mas temía el efecto destructor que, seguramente, tendrían en un alma atribulada como la suya. Aun así, una sonrisa de alivio le recorrió los labios:

– ¡Y yo a ti…! –contestó.

– Pero no podemos hacer nada –intervino en seguida María-. Ya ves… ¡tengo familia! –suspiró profundamente, como quien está a punto de morir y pide un último vaso de agua-. Tengo que irme con ellos, tengo que cuidarlos…

– Lo entiendo –musitó Suso, aunque hubiera preferido no saberlo-. Tienes que cuidarlos…

Dijo esto último llorando por dentro. Ella también lloraba. Pero las lágrimas del alma, cuando son reales, se vuelven témpanos; y no es extraño que dejen seco el aljibe de los ojos. Un par de lágrimas emergieron de éstos, mas se secaron inmediatamente.

De nuevo volvieron a mirarse:

– Te recordaré siempre –dijo él.

– Es mejor que me olvides… –le aconsejó María, con aquel nudo en la garganta que amenazaba afixiarla.

– ¿Por qué? –replicó Suso, acercándose más a ella, hasta agarrarla por los hombros- ¿Por qué tengo que olvidarte si aún te amo? ¿Por qué tengo que olvidarte si quiero amarte siempre?

Ella no tuvo respuesta a esta confesión apasionada. Suso la miraba con ardor, parecía estar a punto de estallar. Pero ella desvió la mirada, y él comprendió, con el corazón, sin palabras. Porque hay cosas que se dicen y se entienden mejor con la mirada y con el alma.

Se retiró. Tomó de nuevo su cerveza, que aún no había comenzado a beber, y se apoyó de nuevo en el pretil del atrio. El calor era opresivo.

A lo lejos se oyeron voces: eran los hijos de María. Pronto llegaron y se abalanzaron sobre su madre. Con ellos venía Félix, su marido.

– ¡Hijos, venid! Os presentaré a un viejo amigo –gritó ella, disimulando como pudo sus ganas de llorar.

Entonces, ya sí, todo pasó como tenía que pasar…

Pocos días después, María y los suyos volvieron a su hogar.

Para entonces, Suso ya se había marchado de casa. Fue una mañana, muy temprano. Sólo su madre lo supo. Y aunque no lo aprobó, lo consintió, pues el dolor de Suso no se calmaría en aquel lugar, en aquellas soledades, entre aquellas ocupaciones de siempre. Pensó que le vendría bien conocer otros pueblos, otras gentes, y que así en poco tiempo volvería restablecido a casa, o encontraría a otra mujer a quien amar.

Pero Suso nunca volvió… Y su madre siempre tuvo en el rostro la pena por su desaparición.

Muchos años más tarde, un sacerdote solitario oficiaba con voz callada el responso ante el ataúd barato de un cadáver abandonado. El cementerio estaba casi en penumbra. Sólo el enterrador lo acompañaba. Aquel hombre había muerto hacía varios días en la más absoluta soledad y desamparo. Quizá no era más que un mendigo, uno más. No tenía papeles que le identificaran. Nadie le conocía por allí. Nadie había reclamado su cuerpo. Así que llamaron al sacerdote para que rezara por su alma antes de sepultarle en el nicho común, y le entregaron la única pertenencia que aquel desgraciado dejó al morir: un pequeño papel amarillo y raído en que había escritas unas palabras con una especie de tinta roja. En el papel se leía: “Te he amado toda mi vida y no voy a dejar de hacerlo sólo por morirme”.

El sacerdote, ingenuo y bueno, pensó que aquellas palabras eran parte de algún poema u oración, y conservó el papel durante muchos años, hasta que también éste, castigado por la vida y el tiempo, se consumió y desapareció, como todo lo demás.

CANCIÓN ETERNA (extracto del Cap. XII)

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Hoy un traigo un regalito especial. especialmente los que estáis solos, quiero que leáis este capítulo, que lo disfrutéis, y que recordéis que me tenéis muy cerca.

—¡Ay Hind, hija, permanece quieta de una vez y dame respiro, que tengo los huesos castigados con este frío y esta lluvia! Siéntate y cuéntame cosas del campamento. No tengo ganas de levantarme. Estoy molida. Me duelen todas las partes del cuerpo. Para, mírame, ven a mi lecho, siéntate a mis pies. ¿Qué se dice de nosotras entre estos bárbaros sin madre y sin ley?

—No sé, madre Iult, sabes que no soy mucho de pasearme por el campamento, salvo cuando tú me lo ordenas. Son todos sucios, zarrapastrosos, y me miran con esos ojos lívidos y codiciosos, como si yo fuera un trozo de carne más de esos que se comen a medio limpiar y a medio asar. Sabes que me repugnan, mi dueña. Pero el caso es que ayer estuve a ver a Reufelnaf, como me ordenaste, y a reclamarle las tres monedas de hierro que nos debe por las dos vírgenes que le conseguimos a su compañía, y tuve ocasión de oír lo que se dice por ahí.

—¿Y qué se dice, Hind, hija? ¿Qué piensa la gente de nosotras? —preguntó Iult, con curiosidad, aunque sin cambiar el gesto cansado y serio.

—Tú bien lo sabes, madre —replicó Hind, delgada, de piel dorada y largo pelo oscuro que le llegaba hasta la cintura, muy joven, apenas dos decenas de años, con la mirada profunda, la mandíbula armoniosa, los pómulos adelantados, la nariz egregia y unos labios rojos con la forma de un corazón. —Dicen que somos unas hechiceras malvadas y que somos peligrosas, que no deberíamos estar aquí, que traemos malos augurios al ejército; pero también dicen que somos amigas de los pobres soldados, buenas conseguidoras de placeres ocultos, y que es bueno tenernos por aliadas. Sin embargo, no dudo que nos acuchillarían en cuanto pudieran, si no nos temieran.

—Todo eso lo sé, todo eso lo sé… Los soldados son como las demás personas. No son más listos por tener una espada o una lanza en la mano. Y éstos no son ni siquiera soldados. Son carniceros, pescadores, agricultores, jinetes, cazadores… pero no soldados. Un atajo inmenso de torpes guerreros arrancados de sus casas y sus aldeas, con la promesa de ricos botines y mucha sangre que satisfaga sus ansias de venganza, por un rey despiadado y ambicioso. Es a él a quien debemos mantener aferrado. Él es quien me preocupa. Aunque si no fuera por nuestro señor Amhesmu, mucho me temo que Arn rompería las ligaduras que le hemos tendido con facilidad. Ya está viejo, pero tiene el corazón fogoso; antaño fue un hombre irrefrenable, visitador de todos los excesos, hecho a sí mismo, conquistador de tronos, violador de doncellas, desmembrador de enemigos. Su temple es duro, créeme. Solo el terror que infunde el dios puede garantizarnos su amistad. Nuestros poderes, aunque grandes, no bastarían a la larga para domeñarlo. Pero, dime, hija, ¿qué se dice de la guerra en el campamento? ¿Algún comentario?

Hind pensó unos segundos tratando de recordar e hilar todos los cabos. Luego añadió, sin detenerse en hacer cosas por la tienda:

—Madre Iult, los hombres están inquietos. Los noto inquietos. Puede que no sean más estupideces de estúpidos, pero me da la impresión de que los oficiales susurran y los soldados hablan a las claras sobre cosas que pasan lejos y que no parecen prometedoras. Cuando les inquirí, como si no me interesara, por la guerra en general, Reufelnaf calló y puso cara de pocos amigos. Y eso no es buena señal, señora. O yo soy tonta o no es buena señal.

—¿Oíste algún nombre? ¿Oíste hablar de alguien en concreto?

—¿Cómo que alguien? —preguntó Hind.

—Sí —respondió Iult—. No sé… Ya sabes, si los soldados hablaban del rey de Albia, o mencionaron a alguien más, esas cosas, aunque solo sea para insultarlos.

—Es curioso que lo preguntes, mi señora —reconoció Hind—. A veces creo que me engañas, y que tú tienes más poderes premonitorios que yo.

La bruja rio en la cama y eso le produjo una tos que le impedía hablar mientras decía:

—¡No te preocupes, mi aprendiz! Yo solo uso la lógica. Tú eres quien tiene intuiciones. En mi caso, es la experiencia de una vieja. Pero cuéntame, cuéntame. ¿Qué nombre oíste?

—Es un nombre que no había oído nunca —dijo Hind, lentamente, entrecerrando los ojos—. Suena como cuando mi padre lanzaba piedras a las colmenas y hacía salir a las abejas después de encender el fuego. Lo recuerdo como si fuera hoy. La piedra viajaba un instante por el aire, con un zumbido así como “aaii”, y luego golpeaba en el panal o en el tronco del árbol, “poc troc”. Cuando oí ese nombre me acordé de esto, no sé por qué…

— Ároc —dijo la vieja.

—Sí, ese era el nombre —respondió Hind, mirándola de soslayo, impresionada—. No te pilla de sorpresa…

—Lo conozco bien.

—¿Y quién es? —Quiso saber la esclava.

—Un duro enemigo, hijita —replicó Iult, sin odio, pero con un toque de acero en la voz—. Antaño fue un amigo, sin embargo. Si es que tuvo alguna vez un amigo… Hoy es mejor que su nombre no se oiga en este campamento. Amhesmu lo conoce mucho mejor que yo, y no le gustará saber que hablamos de él.

— ¿Amhesmu? ¿Qué quieres decir?

—Quería saber si los hombres hablaban de él porque eso indica que de alguna forma ha vuelto. Era un general de Albia, hasta que su rey lo exilió, según dicen. Pero él tiene la fuerza para liderar un contraataque. Es a él a quien Amhesmu persigue.

—Ahora te entiendo menos, madre —contestó Hind—. Oí su nombre una vez a media voz, no sé quién lo pronunció, pero había un grupo de sarnosos reunidos en torno al fuego y parloteando mientras se pasaban una bota de algo que no sería agua. Pero nada más. No lo recordaba hasta que tú me has insistido. ¿Tan importante es?

—¡No hablemos más de él, Hind, curiosa cervatilla! Trae malos augurios. Ahora ven, dame la mano y ayúdame a levantarme, que quiero estirar estas piernas cansadas y puede que esta noche vaya a ver al rey.

—Iré contigo —comentó Hind.

—¡No! —exclamó la bruja—. Te quedarás aquí y prepararás nuestra partida.

—¿Nuestra partida? ¿Es que nos vamos, madre? ¿Cuándo pensabas decírmelo?

—Nos vamos, sí, nos vamos… Tampoco es una desgracia, más bien te gustará, créeme. Pero no nos vamos lejos ni para siempre. Necesitamos hierbas y puede que también algún que otro hueso, así que había pensado que mañana partiríamos durante un par de días a los bosques cercanos para buscar nuestras cosas y nuestros elementos.

—Tengo miedo. Dicen que hay merodeadores, hombres peligrosos del enemigo en esos bosques.

—La mayor parte están calcinados. Otros, invadidos por nuestros mendigos, nuestras putas y nuestro equipaje. Un ejército como éste lleva consigo otro más numeroso que lo sigue; y también es nuestro coto particular de pesca, ya lo sabes. El resto de los bosques está vigilado por los hombres de Arn. No hay nada que temer. Además, ¿quién haría daño a una anciana y a su joven nieta? —preguntó con una sonrisa pícara.

—Preferiría quedarme aquí.

La vieja la miró con intensidad.

—Escúchame bien, Hind. Voy a decirte algo. Si me ocurriera cualquier cosa, si algo me pasara… tú deberías huir inmediatamente hacia el norte y el oeste. ¿Has entendido?

—Quieran los dioses que no te pase nada, mi señora —dijo Hind, aproximándose a la vieja y arrodillándose a los pies de la cama—. No sabría qué hacer sin ti. Estaría sola en el mundo, sin la mujer que me salvó la vida y me enseñó cuanto sé.

— ¡No digas bobadas, tonta! —le espetó la bruja—. No va a pasarme nada, tranquila. Solo lo digo por si acaso. ¿Has comprendido? No sabemos cuánto tiempo vamos a estar aquí. La guerra podría alargarse sin sentido varios meses, puede que incluso años… Antes o después tienen que levantar este campamento y despedir a los guerreros, pero no sabemos cuándo será. Hasta entonces pueden pasar mil cosas. Y, por si acaso, solo por si acaso, aunque no me pasará nada, quiero que sepas lo que tienes que hacer. Evita a toda costa caer de nuevo en las manos de los bárbaros, ¿me has oído? ¡Eso nunca! Huye de noche, embozada, válete de los hechizos que te he enseñado, y no pares de caminar hasta que no puedan alcanzarte. ¿Me has escuchado?

—Sí, maestra —dijo Hind, emocionada—. Pero me esforzaré por cuidaros y defenderos para que nos os pase nada jamás. Tenéis que permanecer a mi lado por muchos años.

—Y así será —concluyó con gesto cansado Iult—. Ahora ayúdame a incorporarme.

Hind, sin poner mucha atención en lo que hacía, tomó en sus manos las de la anciana. De pronto, el mundo alrededor, la tienda, los objetos, las mesas, las sillas, la cama, incluso la luz que entraba por la rendija de la cortina de pieles, todo se volvió borroso, difuso, desenfocado, fantasmagórico. Los ojos de Hind se quedaron en blanco. Los ojos de Iult se perdieron en el infinito. El tiempo pareció detenerse para ambas. Los contornos de sus propios cuerpos perdieron minuciosidad y las imágenes ordinarias que captaban sus retinas fueron sustituidas, como un relámpago abrupto a pleno día, por sendas e intrusas percepciones extraordinarias.

Iult se adentró en un lugar inhóspito que no le era desconocido pero que helaba la sangre nada más verlo. Oscuridad, gritos y frío, mucho frío. Un frío que helaba el alma. El infierno. El inframundo, donde en regiones sin mapa ni guías las almas malvadas eran castigadas por sus propias víctimas o sus propios actos, como verdugos que tomaran cuerpo de la tierra misma, en una horrenda sucesión de visiones peores que cualquier pesadilla, invisibles para los ojos de los vivos, permanentes para los ojos de los muertos, que ven ya sin filtro, sin carne que los ciegue, sin noche ni descanso. El inframundo se abría ante ella como una boca de león, infecta, que se cerrara sobre su propio ser, rodeándola, masticándola. Desde una montaña, como si fuera un privilegiado escalador, contemplaba las distintas sucesiones de sombras y sombras aún más negras, con cenagosos ríos, hilarantes abismos, pestilentes praderas, y una población cuyo número no podía contarse, cada cual con su castigo propio, pero muchos de ellos eternamente riendo, mientras se desgarraban a sí mismos, presas de un dolor insoportable. Pero los peores no eran quienes gritaban o quienes reían como locos de atar, sino quienes deambulaban en silencio, serios, cabizbajos, como un enamorado que hubiera perdido toda esperanza; éstos tenían la mirada tan inmensamente melancólica, que posar los iris sobre ellos provocaba un estremecimiento torrencial y espasmódico; sus caras mugrientas, sus cuerpos cadavéricos, sus bocas secas, pero con esos ojos tan vivos, tan tristes, tan profundos… Así era el reino de Amhesmu. El que todo lo devora. El comealmas. El dios del inframundo, de la muerte, de la noche, de la tristeza más radical.

De pronto, perdió pie y cayó al vacío.

No se estrelló contra la interminable oscuridad del fondo, sino que se detuvo, aterrorizada, ante la puerta de una choza pobre, de cañas y barro, cubierta de musgo enfermo, envenenado. El interior era todavía más sombrío, si ello fuera posible. Se oía un débil repiqueteo dentro de la choza, como si alguien estuviese haciendo la comida y moviendo cacharros de loza de acá para allá. Impulsada por una fuerza y una curiosidad que no provenían de su interior, Iult se adelantó unos pasos y se asomó a la choza, mientras su corazón parecía querer escapar de su pecho.

Su madre.

Estaba como siempre la había recordado. Con su largo pelo blanco, que le llegaba por debajo de las nalgas, atado en una coleta de varios nudos. Con sus manos callosas y lentas, con su cara cubierta de arrugas por la vejez, con su cuerpo menudo cargado sobre sus propias espaldas, y aquellos zapatos de madera que solía usar para moverse por la casa y alrededores. Con su gastado vestido de lana basta y encima un delantal manchado por todas partes. Limpiaba varios platos con un trapo más sucio que los mismos. Y se afanaba en colocar una estantería repleta de cosas inservibles.

Iult se detuvo en la puerta. Quería ir a abrazarla pero tenía miedo…

De pronto su madre le preguntó:

—¿Te vas a pasar el día en la entrada o quieres pasar y charlar un rato conmigo?

Iult reprimió una mueca asustada, pero enseguida comprendió lo que estaba sucediendo.

—Aprendiste trucos muy poderosos, madre. —Y sonrió con orgullo.

Su madre se dio vuelta y la miró desde el fondo de la choza con el gesto serio pero los ojos vivos, casi juveniles. Unos ojos cálidos, centelleantes.

—Tenía ganas de verte una última vez —confesó—. ¿No vas a venir a abrazar a tu madre?

—Esta visión me la has enviado tú, ¿verdad? ¿Qué dice Amhesmu de esto?

La madre se sintió contrariada al comprobar que su hija no se movía.

—¡Siempre desconfiaste de mí! Amhesmu no sabe nada, y será mejor que siga así. Incluso en este reino hay rendijas por donde los muertos se comunican con los vivos, sin que él las conozca. No lo puede todo, ¿sabes? Si así fuera, el mundo entero sería su dominio. Lo que está en los cielos, lo que está en la tierra y lo que está en las estrellas. ¡Todo sería para él! Pero no, hija, aquel cuyo nombre no pronuncia aquí, que gobierna con poder distante, cortó las alas de Amhesmu y maldijo su simiente, envenenó su sangre y encadenó sus manos. Todo ello lo hizo sin que pareciera un castigo, porque le dotó de dones sin igual pero con una condición: solo podía dar si al mismo tiempo se negaba toda iniciativa y perdía su poder. Así es como Amhesmu depende de los hombres para actuar. Y sí, esta visión te la he enviado yo. Quería darte mi último mensaje.

—¿Tu último mensaje?

—Un aviso, más bien. Una profecía. Pero ¿no darás un abrazo postrero a tu vieja y podrida madre? Déjame sentir por última vez el contacto de tus miembros y tu piel.

—¡Madre!

Iult se lanzó a sus brazos como una niña que, asustada, encontrara a sus progenitores, y ambas lloraron por el espacio de años sin término, apenas un segundo en el tiempo del mundo de los vivos.

—¡Cuánto te he echado de menos, madre! —dijo Iutl—. He tenido miedo. Y estaba sola.

—Haces bien en tener miedo, mi niña —le aconsejó su madre—. Pues poderosos son los seres con los que tratas. No confíes en ellos. No confíes en nadie.

—¿En nadie?

—Bueno, quizás sí en esa ayudante que tienes. Los muertos sabemos muchas cosas, y aunque no puedo contarte más, ella se redimirá de sus pecados y quizás antes del fin sea digna de algo mejor. Pero ahora debo decirte algo, pues para esto te hice venir, hija mía. Tuve que esperar hasta que tu ayudante te tocó la mano, pues tiene extraños y grandes poderes de intuición por los que yo podía colarme hasta tu mente. Pero no ha sido fácil y no tenemos mucho tiempo. Además, no sabemos qué estará pasando por la mente de tu esclava, pues ella también está en contacto con este mundo de sombras, a su manera. De forma que escúchame, bruja aprendiz de mis saberes, y apunta bien mis palabras perentorias en tu memoria. ¿Recuerdas al viejo profeta maldito, Ockú el impío? Bien sé que lo recuerdas, no hace falta que me contestes. Largos sean sus años de castigo en el inframundo y no me acerque yo demasiado a su lugar de condena. Pues bien, cuando de vez en cuanto iba a visitarnos a nuestra caverna, me hablaba siempre de un antiguo objeto que daría un poder inimaginable a quien lo tuviera en su poder. Un poder tan soberbio como el de un dios. Un poder que protegería a su poseedor de cualquier amenaza, de cualquier hechizo o maleficio. No solo una defensa física, sino también mágica. Nadie exactamente qué es, pero sí sabemos su nombre: el Teoz.

—¿Y por qué me cuentas algo así, madre? ¿Para qué quiero yo un objeto así y dónde lo encontraría?

—¡No es para ti, locuela! He hablado con varios muertos de altos saberes sobre esto, y todos coinciden en lo mismo: sea lo que sea el Teoz, fue enviado a la tierra por Anup, ser supremo del cielo, con la intención de ayudar a los hombres frente a los dioses. No sirve para otra cosa. De modo que, si usas un poco tu inteligencia, sabrás que quien lo posea atraerá el poder maligno de Amhesmu como un imán, que lo buscará y buscará hasta arrancarle el alma y desmembrarlo y consumirlo en la hoguera de sus fauces. ¿Quieres acaso ser pasto de su voraz hambre? No. Debes dejar que lo encuentre ese rey bárbaro tan estúpido al que sirves. Prevén a Amhesmu, quien teme al Teoz y estará dispuesto a cualquier cosa por destruirlo. Cuando el bárbaro lo encuentre, Amhesmu lo devorará y te dará las gracias. Y si no lo encuentra y muere en el intento, también lo hará, pues el Ser negro está deseando que el estúpido y orgulloso bárbaro le dé un motivo para masacrarlo. Es solo un instrumento en sus manos. Solo un cuchillo que usa para cortar la carne, pero cuando tenga la carne en su boca, el cuchillo no le servirá de nada.

—¿Y crees que esa carne es Albia? ¿O es Somnia entera?

—Esa carne es el héroe, hija mía. Todo eso no es más que una excusa que Amhesmu ha inventado para matar al héroe. Es el único motivo por el que el mundo está en guerra civil. Mientras el héroe viva, Amhesmu se consumirá de ira.

—¿Por qué, madre? ¿Por qué él?

—Las razones de un dios solo un dios las conoce. Aunque creo que hay una historia entre ambos que no muchos recuerdan, y que en este mundo de oscuridad no se pronuncia. Pero, en el fondo, creo que lo que hay es miedo. Amhesmu teme el poder que el héroe puede alcanzar, y que le robe el corazón de los hombres.

—¿Y si pudiera poner al héroe en sus manos?

—Lograrías los dones y beneficios que Amhesmu puede conceder, hija. ¡Serías la hechicera más poderosa del mundo! Incluso más que yo, en realidad mucho más que yo.

—Eso haré.

—Convence a Arn para que busque el Teoz. Háblale con toda tu astucia. Tienes que lograr que muera de una forma u otra. Y si se niega, mátalo tú misma. Y debes hacerlo pronto. Amhesmu me tortura continuamente y se ríe de mí diciéndome cosas como “tu hija es una inútil”, o también “mírala, no sabe servirme, nunca la enseñaste como es debido”. Y a veces me amenaza con hacerte daño solo para mortificarme. ¡No permitas que eso pase hija! Sigue mi plan: seduce la ambición de Arn con la promesa del poder y la gloria eternos, muévele a perseguir esa quimera llamada Teoz, y pon en marcha el engranaje que lleve a su destrucción. ¿Me has oído? Ponlo ante las fauces de Amhesmu y pronto se terminará mi tortura y él mismo nos premiará por nuestros servicios.

—Así lo haré, madre, no temas —replicó Iult, emocionada y convencida.

—Ahora vete —le ordenó su madre.

—Pero, madre…

La visión se apagó.

Mientras tanto, Hind permanecía a su lado, de pie, sosteniendo sus manos, pero sus ojos estaban perdidos en alguna parte del infinito. Como estatua de sal, durante unos segundos tan largos como edades de las estrellas, permaneció inmóvil. No pasaron ante su mente imágenes horripilantes ni lugares de ultratumba. No vio su alma a otras almas ni conversó con fantasmas o seres del más allá. Pero aun sin ver, lo supo. Ella era una premonitoria, no una vidente. Sabía con anticipación la llegada de un mal, cualquiera que éste fuese, siempre que le afectase a ella o a alguien cercano, aunque en ocasiones no podía ponerle nombre ni forma a ese mal hasta que efectivamente ocurría. Pero lo presentía. Lo intuía antes de suceder. Tenía ese don. Era como si viviera en otra línea temporal, como si el tiempo para ella corriera de otro modo y con otra velocidad, adelantándose, curvándose hasta hacerse tangible, perceptible, apreciable por su oído interior, antes de que las cosas sucediesen en el momento exacto en que iban a suceder. Hind tenía contacto directo con la eternidad.

Ella no necesitaba ver. No necesitaba que ningún ente fuera de ella encendiera los altavoces divinos o demoníacos que la muerte o los poderes innombrables le otorgaban. Ella no precisaba de intermediaciones ni de ritos. No debía orar a los dioses ni comerciar con los demonios. Todo era puramente sensitivo, directo, íntimo, entre la realidad y ella. Tocaba a alguien y podía saber algo de esa persona. No era un fogonazo, ni una hoguera que descubriera un rostro escondido; era más bien un conocimiento directo, una conclusión sin argumentos ni premisas, una convicción que surgía de pronto transmitida por la piel del otro, y de la que, casi invariablemente, el otro no tenía ni idea. Ella era pura, una receptora de información que tenía los pies, las piernas enteras metidas en el océano del universo, del espacio y del tiempo. Ella sabía.

A veces, oía una voz que se lo contaba, y siempre recordaba las palabras. Pero a menudo era solo el conocimiento directo y puro de una conclusión. Ella sabía.

Al tocar las manos de su maestra, dueña y madre, Hind se estremeció y se evadió en la dimensión del conocimiento a la que solo ella podía acceder. Sin explicaciones, sin introducciones, sin palabras, sin visiones de ningún tipo… entendió.

Y se echó a llorar.

EL CANON DE ESCARLATA

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Relato breve para tardes de aislamiento

El rincón sombrío de un café madrileño. Una penumbra parda, tímida, difumina los contornos de los cuerpos bajo la envolvente caridad de las paredes. Afuera, la tarde se hace mayor. Dos hombres, sentados en el rincón, amigos y enemigos, saborean sendas copas, fuman sendos puros y discuten sobre literatura. Son perdedores metidos a románticos (¡qué otra cosa podrían ser siendo perdedores!), críticos de erudición folletinesca y sufridos escritores, pálidos de andar, inanes de esperar y rojos de humillarse.

– ¡Vamos, Lucio, no me jodas! –exclamó Leo, dirigiéndose a su acompañante.

– Yo no jodo nunca, Leo –contestó Lucio enfadado-. Follo muy de vez en cuando, cuando me dejan; pero joder, nunca.

– Entonces, ¿qué pensamientos son ésos? Cuando te oigo hablar así, me parece que estás a punto de padecer una angina de pecho, o de colgarte el cerebelo de la rabadilla, dispuesto a poner las cosas patas arriba, borracho de histrionismo, que ya de por sí es un estado de ebriedad. Y encima te regodeas en ese patético flirtear con la sencillez, como si la sencillez tuviera algo de apetecible… ¡Solo el artificio, el bucle, la trufa inesperada, la complicación sesuda y morbo con recato de monja son apetecibles!

– Te equivocas una vez más, Leo, y esta es tu tragedia: que identificas con egolatría, con capricho personal, con parapetos del ego, lo que no son más que legítimas defensas frente a la pobreza de conceptos. Tú dices que la morbosidad es deseable, supongo que porque no tienes. Pero yo me pregunto si lo que te falta no es precisamente sensibilidad, por una mala educación, o por un exceso de morbo precisamente. Pero yo estoy harto de esos autores que escriben para masturbarse los sesos conscientemente, de esos iletrados que especulan literariamente sobre el ser y la nada, poniendo en boca de sus esqueléticos personajes la manida idea de un libro hurtado al cubo de la basura o los más deshonrosos sentimientos, sólo propios de un perro; harto del onanismo rebuscado de quienes, no teniendo qué contar, tratan de contarlo llamativamente.

– ¿A qué te refieres? Me parece que te excedes en tus descalificaciones.

– ¿Me excedo, Leo? ¿Me paso? ¡Ellos sí se pasan! Se pasan del deseo a la codicia, de la aventura a la temeridad, de la originalidad al caos. Se pasan, sí. ¡Pero el arte pasa de ellos! Y, al final, solo ostentan el gran defecto de todo artista flojo de talento y potente de ambiciones: demostrar con su verborrea la derrota de su imaginación y su divorcio con la belleza. La mujer no es más mujer ni más hermosa por tener tetas más voluminosas. Ellos creen que deben hacer que les lleguen hasta los tobillos; cuanto más, mejor, éste es su lema. Pero créeme, la belleza no está en la abundancia, sino en las proporciones. Y la literatura y la belleza, o son amantes, o no son nada.

– ¿La belleza, Lucio? ¡Estás hablando como un filósofo! Eso queda muy lejos de la literatura… Aquí lo que vale es el interés: el interés que el lector tiene en el libro, cuya ausencia puede hacerle dejar la lectura a los cinco segundos de comenzada; y el interés que el autor tiene en gustar, porque gustar es trabajar, y trabajar es redimir la faltriquera con el lienzo del parné.

– ¡Pero yo insisto en la belleza, Leo! Seré un filósofo, entonces, pero un filósofo literario, un Sócrates romántico, un Kant quimérico, un Descartes tirado por las calles gimiendo por su amada, la Perfección. Aborrezco en todo caso los relatos inconsistentes, basados en la interposición de contrastes, sostenidos en los fuertes espasmos del orgasmo furtivo que el autor imaginó para su protagonista sobre el piso del autobús urbano. Homero jamás habría creado un Aquiles preocupado por el sabor de los pezones de sus amantes, ni un Héctor que soñara con volver a frecuentar las callejuelas donde cierto día, huyendo de sus deberes de héroe, se topara con un desconocido que lo violó, apartados en las sombras. ¿Qué se ve en esos relatos, dime, Leo? En Homero se ve fuerza, excelencia, formidable y prodigiosa exaltación de la humanidad. En cierta literatura moderna, en cambio, tan anclada al detalle, tan esclavizada por las sensaciones, que rellena cientos de páginas sin decir nada que sea memorable, deudora del premio, amiga del botellón eclecticista, sospechosa de mendicidad, confidente de la perversión, cobarde para volar y durmiente sobre el vértigo de la autodestrucción, ya no hay héroes.

– En eso te equivocas tú, Lucio. ¡Es el héroe quien ha cambiado! Pero héroes sigue habiendo. O antihéroes. Ahora los antihéroes son los verdaderos protagonistas. Porque aportan realismo. ¡Son como nosotros!

– ¿Que el héroe ha cambiado? ¿Te imaginas tú que el sol dejase de brillar y siguiese llamándose estrella, astro de vida, padre de luz? ¿Puede el mar vaciarse y aun así continuar albergando vida y tesoros? ¿O acaso es indiferente su altura, su anchura, su longitud? ¿O quizá vale tanto decir que es de día como de noche, si ni lo uno ni lo otro es indiferente para el que busca algo y no lo ve, o para el que desea dormir y no puede porque los rayos de luz no se lo permiten? Entonces, si todo esto es así, si es imposible cambiar y seguir siendo lo mismo, ¿aplicarás tú al género humano, y particularmente al elemento más egregio que sale de su seno, el héroe, una fórmula tan absurda? ¿Quiénes son esos héroes que nada hacen, que nada logran, que nada enseñan? ¿Esos antihéroes que dices que nos representan pero que nunca nos enseñarán nada que no sepamos ya? Yo te lo diré: ¡son monstruos, sombras salidas del Hades que Homero inventó y que se ha perpetuado misteriosamente hasta nuestros días, incluso por encima de su creador!

– Pero dejemos a los clásicos de una vez, Lucio… Ya no nos valen… Ahora se piensa de otra manera, se ven las cosas de otro modo.

– ¿Qué otro modo, Leo? ¿De qué otra forma los mismos ojos ven las mismas cosas? Pero si eso es cierto, ¿no será que algo se interpone ante esos ojos, modificando la imagen que ellos se construyen de los objetos que llegan a su vista? Explicámelo, Leo, porque no entiendo cómo esa literatura del esputo debe gustarme más que el viejo y pasado de moda clasicismo.

– Porque lo clásico es sólo un punto de vista, ni mejor ni más válido. Eso sólo vale si tú lo piensas y para ti. Y ahora ya no vemos las cosas igual. Sería como querer eliminar los vehículos de cuatro ruedas, solo para volver a montar en asno.

– ¡Estupideces! Yo no pretendo volver al medioevo. Pretendo mantener su pureza. El clasicismo es pureza.

– ¿Qué es la pureza?

– Rigor.

– Rigores, dirás. Solo un ceñidor que nos aprieta el cinturón y nos acelera las ganas de mearnos encima, mientras nos deja marca en la piel. ¡Mira a Escarlata! ¿Quién sabe qué guardarán los suspirantes pechos de esa joven, qué sentimientos de fuego o de tumba anidarán bajo la airada aunque hermosa figura de aquellas curvas? ¿Qué es ante ella la pureza?

– Rigor; y, amén de rigor, dominio.

– ¿Dominio de quién?

– De uno mismo.

– ¿Por qué uno mismo habría de dominarse? ¿Y cómo podría hacerlo? ¿Es que tiene dos voluntades?

– Dos tendencias, pero un solo bien.

– Bah, ¡ya vienes blandiendo lo inflexible! ¡Ya vienes con la espada de lo absoluto! Cuando te pones así eres un adalid de la prohibición. Un verdadero palo de sotana, amigo. Yo no quiero dominarme. ¡Quiero poseerla! Y es la impotencia lo que hace que sienta aversión por lo excelente.

– Estás tocando las pelotas a la razón.

– ¡Y tú me estás tocando las pelotas sin razón, Lucio!

– ¿Reniegas de toda capacidad crítica?

– No. ¡Reniego de la negación! ¿Por qué hacernos tan sólo al modo y manera, a imagen y semejanza del canon? Ese es el problema, Lucio, ¡¡el canon!! El clasicismo pretende reducir la belleza a su estrecho canon. Y la belleza muere con tales cadenas amarrando sus miembros débiles…

– Más bien di que la belleza no existe sin el canon. Es justo la visión contraria la correcta.

– ¡Este es tu problema, te vuelvo a decir: que no eres moldeable! Cuando te empecinas, arrollas. Ya sabes lo que dice el refrán: cuando un tonto coge una linde…

– Pero la linde puede ser la correcta.

– En todo caso, la andará más allá de su final.

– Pero llegará a la meta adecuada.

– ¡Que no aciertas con esa meta, si andas con esas mientes!

– ¿Por qué no he de acertar, si me dirijo a la meta?

– Puede que te la pases, simplemente…

– Estamos de acuerdo en que hay meta, al menos, Leo.

– Ni siquiera en eso, Lucio.

– Pero si así, ¿cómo podemos entendernos? No hacemos más que girar hablando en idiomas diferentes…

– ¿Y no es eso mismo ser humano? Cada uno de nosotros tenemos una visión del mundo tan completamente propia, que resultar imposible la conversación misma. En el fondo, sólo nos hablamos a nosotros mismos…

– ¿Hay salida entonces?

– Puede que en eso sí. O puede que no… ¿quién sabe?

– Y ¿adónde caminaremos?

– A ninguna parte. ¡El arte no tiene por qué tener destino!

– Es tu imagen del arte: gratuito, espeso, vespertino, como la marcha nocturna, que se sabe cuándo empieza pero no cuándo acaba ni qué traerá.

– Eso es el arte. Y también la literatura.

– Pero ¿cómo sabes entonces que es arte lo que haces?

En estas conversaciones andaban Leo y Lucio, los dos amigos escritores, bebiendo entre frase y frase, con tintes de alegres y puede que fumados contertulios de radio nocturna, cuando un tercer hombre se acercó a ellos con porte alegre, despreocupado y ligero:

– ¿Qué hacen mis dos compañeros borrachines? –preguntó a voz en grito.

A lo que Lucio contestó con mal humor:

– No vengas llamándonos borrachos, tú que eres el agujero negro de la humanidad, donde todos los líquidos destilados tienen su mancebía.

Cualquiera que le hubiera escuchado se habría sentido al momento interpelado por aquella agresión injustificada. Pero el tercer hombre no perdió la sonrisa, sino que se limitó a sentarse e inquirir, como si nada hubiese oído:

– ¿De qué discutís esta vez, rockeros?

– De cosas que no entiendes –respondió Lucio.

– De la literatura moderna en comparación con la antigua –contestó Leo.

– No era eso –le corrigió Lucio-. Más bien de la necesidad del canon para la existencia de la belleza.

El recién llegado exclamó:

– ¡Uuuh! Interesante discusión. Yo me quedo a escucharla, si no os importa. Quiero ver quién gana: si lo moderno o lo viejo.

– Este no se ha enterado -terció Lucio.

– La batalla está ganada desde siempre, Manolo –sentenció Leo-. La literatura moderna sustituyó a la clásica, si es que ésta existió alguna vez como tal, del mismo modo que la clásica sustituyó a su vez a otra. Y esta misma sucesión en el dominio es la victoria total: ¡lo clásico ya no existe! Ni siquiera tiene sentido querer recordarlo. Sólo algo es clásico: lo presente. Y es mucha concesión al clasicismo, pues esta palabra define solo un tiempo concreto y un gusto concreto, que ya fue superado.

– Falso argumento, amigo –replicó Lucio-, un sofisma lingüístico, nada más: no hay clasicismo sin maestría, y la maestría presupone la ignorancia del alumno. Los hombres que llamaron clásicos a los clásicos reconocían su superioridad, aún no superada. Pero no me extraña en ti, porque a los trucos verbales se tiene uno que reducir si los referentes objetivos no están de su parte.

– ¿Y en qué consistiría mi error, según tu ciencia, querido Lucio?

– En la oposición misma. La oposición entre lo clásico y lo moderno es falsa. En realidad, no existe tal sustitución. Nos has contado un bello relato para quien tal cosa desea, pero no has pasado del relato fantástico, artificioso y académico. Y ese es el otro gran error de quienes piensan como tú: confunden la realidad con los cuentos. Por eso la literatura clásica era tan grande: porque por una parte era sólo literatura; y por otra se le exigían dos difíciles tareas, tanto más inaccesibles cuanto más beneficiosas para sí y para el resto: hacer al hombre más grande y hacerse a sí misma digna de su grandeza. De modo que se convirtió en clásica no porque sus creadores así la denominaran, sino porque aquellos que llegaron después advirtieron la potencia creativa y humanística que había en ella; se sintieron interpelados, se sintieron elevados, se sintieron creados ellos mismos por aquella literatura, por aquel arte, sobre el que tuvieron una base firme que erigir sus propias creaciones. En fin, no hay modernidad sin clasicismo. Y en tanto renuncia aquélla a éste, así pierde su fuelle, sus referencias y sus sostenes. En definitiva, deja de ser moderna, y se transforma en antediluviana.

– ¡Me aburro con esta conversación, amigos! –terció de pronto Lolo-. Estamos vagando por los cerros de Úbeda, y a mí me gustan más las corridas en plazas pequeñas, si me entendéis. ¡Hablemos de algo diferente! Por ejemplo, lo de los tamaños… como que me ha despertado el apetito de otras disquisiciones, otras averiguaciones más atractivas y prometedoras, si se me permite intervenir…

La propuesta de Lolo era sensata. Pero ya entonces un buen número de oyentes se habían ido arremolinando en torno a los disputadores, atraídos por la fuerza de sus voces y lo extremo de sus posturas. El Café Gijón estaba repleto de curiosos, de escritores, de librepensadores (sinónimos de ocio-sapientes) y de funcionarios. El tablado era propicio para la charla y la lectura. Tenía auditorio: la barra; y tenía orquesta: el camarero. La escena la ponían los parlanchines que peroraban continuamente, como en este caso, metidos muy de lleno en sus felices erudiciones, ora jaleados por unos, ora abucheados otros al terciarse un mal jaque. Pues el principal entretenimiento venía de estas acaloradas porfías que estos u otros aprendices de pensadores mantenían durante el breve rato del día en que se encontraban lúcidos y desconsolados. El resto del tiempo ellos lo pasaban soñando o aturdidos por la locura; y su público esperando, sentado a la barra del bar o vagando inquieto entre las mesas.

Querían admirar a genios, pero ya no quedaban. Se decían entonces que bastaría con que algún sabio desfilase por allí de vez en cuando, pero al parecer el Café no era lugar de paso para tales elementos, si es que había alguno por aquellas tierras. Como no tenían más remedio que renunciar continuamente a estas esperanzas, el vulgo se contentaba con ver moverse los melones amaestrados de Escarlata, la bienhechora sirvienta que lavaba las huellas de barro o agua que los visitantes traían cada tarde amarrados a sus zapatos, desde la calle Recoletos.

Aquella era una de esas tardes en que se realizaba el milagro, pocas en el año civil, menos aún en el año litúrgico, y un par de hombres más preocupados de las ideas que de la vida contendían a despecho del estómago, despidiendo ese infame olor a mente que piensa y estómago que berrea. La lucha duraba ya bastante. Sin embargo, como decimos, la concurrencia jamás hubiera permitido que los púgiles detuviesen el combate a la altura del segundo o tercer envite. No cabía sino batirse (Quevedo revertiano…), y ver qué restaba vivo entre los despojos del perdedor. Cara a cara, a pecho descubierto, las piernas extendidas y las manos ocupadas. El aire se atestaba de gestos, las miradas se endurecían y no se desviaban, la tensión crecía hasta condensar el ambiente en ondas semejantes a pájaros de humo, y los susurros de los espectadores comentaban cada palabra, alternándose en ocasiones con algún suspiro, algún chasquido o algún aplauso.

Como gatos panza arriba, cada uno defendía su opinión. El espectáculo que se podía ver esa tarde en el Café Gijón resultaba la representación carnal de la gran historia de la literatura. Desde Epicuro a Dante, desde Platón a Ovidio, desde Séneca a Bocaccio, desde Catulo a Víctor Hugo, la pugna entre quienes buscan en la literatura cierto tipo de placer y quienes le adjudican el papel de portadora de verdades, dándole un sentido más allá de sus disfraces, viene de lejos y peina canas; y ha reunido en cada uno de sus polos personajes y argumentos enfrentados.

Pero de pronto un bullicio llegó de la puerta del Café. A medida que se acercaba, se apreciaba un movimiento de los asistentes, que se retiraban para dejar paso a alguien que venía. Una mujer alta y hermosa, rubia, poderosa de formas, cubierta por un sedoso vestido rojo que dejaba al descubierto el latido de sus pechos y unas rodillas redondeadas que sostenían unos muslos prietos, levantados, fibrosos. El debate cesó inmediatamente. La bella mujer miró a los contertulios, pensativa, y se acercó a ellos con la actitud de quien sabe lo que va a decir, pero piensa cómo debe decirlo.

– Caballeros –dijo al fin-. Uno de ustedes me prometió anoche invitarme a comer hoy en el restaurante Parlamento, después de hacerme el amor (por cierto, muy torpemente) en una cama barata del Hotel Avenida. ¡He estado dos horas esperando! O cumple o me pierde…

Aunque había dicho ‹‹caballeros›› hablaba entonces solo a uno de ellos. Éste, reo público, rezaba para convertirse en el mismo humo que respiraba. El otro, atrapado sin culpa en aquella situación imprevista, quiso quitarle hierro al asunto, aunque me temo que lo empeoró.

– ¡Vamos, Lucio, no me jodas! –susurró acercándose al interesado-. Esta joven te pide algo muy justo. Tú ayer tomaste de lo suyo: lógico es que hoy ella tome de lo que te pertenece. Eso es justicia poética, me parece –y mirándole con sorna incontenida exclamó: – ¡Verdadero clasicismo! –y estalló en una rumorosa carcajada que sonaba a toque de trompeta, a fin de discusión. Pero cuando vio que su amigo y enemigo nada iba a añadir, soltó la frase más verdadera que en toda la tarde dijo: -Jodas o no jodas, Lucio, aquí nos dejas jodidos. ¡Feliz noche, y cuidado con el canon: puede que te arruine si ella lo tiene en cuenta!

Sin más ni más, mohíno y azorado, Lucio apuró la copa de coñac, reserva del año 12, se humedeció los labios con un pase de su lengua chulesco y cansino, soltó un “cagüenla” sombrío, apagó el puro cubano, se levantó, agarró su gabán gastado y tendiendo el brazo a la mujer se abrió paso entre la gente, pensando que quizá más valía estar entre las piernas de aquella hembra lozana y posesiva que no entre las lanzas de aquellos literatos de tres al cuarto, fatuos y petimetres, amantes de lo zafio, agricultores de la rebeldía.

En el Café, otra conversación tan bizantina como la nuestra acababa de empezar en otro rincón, y los oyentes, aún no satisfechos, pusieron rumbo a aquella nueva latitud. Sólo Escarlata, con su paso jugoso, extraviaba de vez en cuando algunos ojos y algunos ensueños. Pero ella, mujer práctica, despreciaba las miradas y las imaginaciones. Pasaba erguida, a paso rápido, sin mirar a ninguno. Bien podría haberle dedicado el poeta aquellas palabras veraces y misteriosas:

‹‹El amor

de tambor,

el vino

más fino,

la pura

locura››.

Y más de un gachó pensaba y susurraba al verla bullir y afanarse:

– ¡Esta sí que es canon!

SUEÑOS BÍBLICOS (V)

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Nueva entrega de esta serie de relatos con temática bíblica. Gratis total para vosotros, y con una dedicatoria especial para todos mis lectores en esta época de crisis y estado de alerta. Como todos formamos parte de esta sociedad, todos tenemos que aportar un poco más de nosotros en situaciones extraordinarias. Los escritores, los narradores, tenemos la obligación de ayudar a nuestros conciudadanos a sobrellevar los rigores del aislamiento. Una buena lectura es una de las mejores formas de poner nuestro granito de arena. Por eso, hoy os traigo otro relato con excusa bíblica, pero con un tono más épico, más violento, incluso más pulp, si pudiera decirse así. Su título: LA AGUIJADA DE DIOS.

 “El sucesor de Ehud fue Samgar, hijo de Anat, quien derrotó a seiscientos filisteos con una vara para arrear bueyes. También él liberó a Israel” (Jueces 3,31)

– Samgar, hijo mío, acércate.

– Padre, estoy aquí.

– Ven, ponte de rodillas ante mí. Quiero darte mi bendición antes de morir.

Samgar apenas veía. Estaba como drogado. A duras penas se arrodilló. En aquel momento sintió una gran punzada en el pecho, como si una lanza se hubiera clavado en él. Algo dentro de sí gritaba ante el contacto con la realidad. Hasta entonces no había querido verla cara a cara, y aunque la miraba no la reconocía. Pero ahora se daba cuenta de que estaba sucediendo, que estaba ocurriendo de verdad lo que tanto había temido: su padre se moría. ¿Por qué?, se decía a sí mismo mientras trataba de contener las lágrimas. ¿Por qué?, susurraba con sus labios mientras lo contemplaba con sus ojos. Pero su padre lo oía apenas. Se estaba quedando sordo. Era un anciano a quien una extraña enfermedad (quizá la enfermedad de los años, simplemente) le había ido arrebatando poco a poco el dominio sobre sus sentidos. Y como una ráfaga de viento que llega y se aleja hasta lo alto de los cielos, así él se alejaba cada día más del mundo de los vivos, aislado ya de él por todos los caminos de su cuerpo, excepto acaso por el del tacto. Con sus manos temblorosas tan sólo se comunicaba ya. Y con sus manos se aferraba todavía al calor y a la vida.

– Aquí estoy, padre –repitió Samgar en alta voz, mientras tomaba en sus manos las manos de su padre y las colocaba tiernamente sobre sus largos cabellos morenos, que no había cortado desde que su padre se postrara en su lecho de muerte.

– ¡Oh, hijo mío! –Anat, su padre-. Llegada es la hora de las despedidas. Ni la alegría ni la pena me dominan en este momento. Tan sólo la esperanza y el temor. Esperanza en la promesa de nuestro Dios. Temor de no haber sido fiel del todo a su palabra. Tú, aunque eres cananeo y horeo de sangre, por mi fe te has convertido en hebreo, en israelita de corazón, lo mismo que yo en mi juventud. Así es como Yahvé desea ser adorado, no lo olvides. De él recibirás dones abundantes, si sigues sus caminos. Ahora escucha lo último que te digo: que él te bendiga el resto de tus días, que escuche tus plegarias y favorezca tus empresas. Y puesto que quedas solo en el mundo, tenlo por padre verdadero y que él, en su misericordia, te dé un pueblo que acompañe venideros años, el pueblo de Israel. Escucha esto, hijo: libera a Israel de sus opresores.

– Pero, ¿cómo lo haré, padre? –inquirió Samgar desesperado.

Anat aún tuvo fuerzas para contestarle:

– Deja que ellos vengan a ti. Dios pondrá en tus manos tu destino.

– Pero los israelitas me odian, padre –replicó Samgar-. Aún me consideran un extranjero.

– Dios te considera un hijo, y su pueblo es Israel –respondió el anciano con gran esfuerzo-. Eso debería bastarte. Ten fe…

-Pero, padre…

Samgar no estaba convencido. Quería contestar a Anat de nuevo, pero el viejo había callado definitivamente. Las abundantes palabras habían dejado exhaustos sus famélicos pulmones. Las energías de la vida se iban retirando poco a poco de su cuerpo, que ya mostraba el color macilento de la agonía. Al verlo, Samgar sintió la amargura de la soledad y la desesperanza clavarse en su pecho. Profirió un gemido prolongado mientras las lágrimas le corrían por la cara y llegaban a su boca inundándole los comisuras, los labios, la lengua, el paladar.

Luego en silencio sollozó; y permaneció en la misma postura, no queriendo separarse físicamente de la compañía de su padre; y allí estuvo durante horas, hasta que sintió el frío que se había extendido por los miembros de su cuerpo, y supo por ello que Anat había muerto, y que la noche había llegado.

Allí estaba arrodillado, abrazado al cadáver, cuando la aurora de silenciosos pies se precipitó sobre el páramo. Los rayos del sol naciente invadieron la tienda, entrando a raudales por las rendijas que las telas dejaban al correr el viento.

Samgar tenía frío.

Por dentro y por fuera…

Mas no abandonó a Anat enseguida. Se mantuvo junto a él hasta la tarde, y entonces, tomándolo en lomos de su asno, lo llevó a lo alto de la montaña, junto a las rocas mayores milenarias, radicadas en lo más hondo, inconmovibles, y allí le dio sepultura, pues se dijo: “Hasta que la montaña no se desmorone, él descansará tranquilo en este lugar”. Y, quemando en una hoguera todas sus pertenencias, y hasta las telas de la tienda donde vivía, habiendo despedido a su caballería, se sentó a comer lo que le quedaba en el zurrón.

Quedose a descansar junto a la hoguera, hasta que el alba se levantó dos veces. Ni siquiera pensaba en lo que haría después.

Vio entonces que los israelitas cruzaban el bosque y se acercaban a él en tropel, con cuchillos y palos, pues aunque respetaban a Anat y jamás habían atentado contra él, estimaban que era un extranjero; y ahora que había muerto no pensaban permitir que su hijo Samgar conservase la posesión de sus rebaños y de sus tiendas. Esperaban echarlo, aunque ninguno se atrevería a ser el primero en intentar golpearlo, pues Samgar era alto y membrudo, y tenía un rostro firme como el granito, y su brazo amenazaba con sangre.

Al verlos, Samgar se levantó y se separó de la tumba de Anat. Los recibió de pie, esbelto y orgulloso.

– ¿Qué queréis? –exclamó, para que todos los hombres lo oyeran sin excepción. Y agarrando la vara que usaba para pastorear los bueyes, la clavó en tierra junto a sí, como una lanza dispuesta a herir y hender hasta la tierra.

Uno de los israelitas se adelantó, situándose a veinte pasos de él, y le dijo:

– Nosotros somos israelitas, hijos de Abraham, de Isaac y de Jacob. El Señor nos prometió esta tierra a nosotros. Pero tú eres cananeo, de sangre horea. Nosotros respetábamos a tu padre, por las acciones que hizo en nuestro favor en el pasado. Pero ahora que ha muerto, tú debes marcharte, porque así lo ha dicho el Señor: que esta tierra será para los hijos de Abraham, de Isaac y de Jacob.

Pero Samgar respondió:

– ¿Qué mal os he hecho yo? ¿Acaso no me circuncidó mi padre para ser en todo como uno de vosotros? ¿Acaso no adoró él también a vuestro Dios, y acaso no lo adoro yo también como mío?

Ellos le respondieron:

– No cabe que un extranjero de sangre horea posea tierras en Israel, pues esta es la tierra que Dios dio a nuestros padres.

Entonces Samgar dijo:

– ¡Infelices! ¡Decid eso a los filisteos! En cuanto a mí, esta tierra era de mi padre, y él me enseñó a adorar a vuestro Dios, y me habló de Abraham, que no sólo tuvo a Isaac, sino también a Ismael; y de la raza de Ismael desciendo yo. Dios le prometió que sería padre de muchas naciones, y no sólo de la vuestra. Pero ya que vosotros lo decís, de aquí me marcharé si alguno de vosotros tiene la valentía de echarme. Si no, enviadme a los filisteos para que me echen…

Y tomó la aguijada en la mano, amenazante.

Sin embargo, nadie se acercó a él. Uno a uno se fueron marchando, agitando sus brazos en señal de odio y gritando que volverían para vengarse.

Entonces Samgar recordó las palabras que su padre le dijo antes de morir, y vio la mano de Dios que le señalaba su destino y se lo ponía delante, y reuniendo toda su fe y su valentía gritó a los que le increpaban:

– Id y llamad a los filisteos, a los que comen en vuestra mesa y roban vuestros tesoros. Id a decirles que Samgar el horeo los espera en la montaña con sólo una vara para defenderse. Y que si no vienen ellos a buscarme, yo iré a ellos, y mataré a cuantos filisteos encuentre en mi camino, porque Israel es un esclavo y Yahvé va a liberarlo.

Entonces ellos fueron y dieron parte a los soldados filisteos, que a su vez trasladaron la noticia al intendente de la región. Pronto éste reunió una gran tropa, hasta seiscientos, y marchó al encuentro de Samgar, creyendo que al verlos Samgar huiría; y que, si por ventura lo agarraban, podrían con él dar un buen escarmiento a los judíos, a los mismos que lo habían denunciado. Pero él les esperaba en la montaña, donde había dispuesto algunas trampas para cazar osos y leones, y se había parapetado para enfrentar a una multitud. Le animaba el recuerdo de las palabras de su padre Anat: “libera a Israel de sus opresores”. Le movía el espíritu de Yahvé, que lo adiestraba para la pelea, como un púgil experto a su pupilo. Le compungía el corazón ver los caminos abandonados, por miedo a los asaltantes, a los ladrones y asesinos. Le desesperaba contemplar a los hombres temerosos de los filisteos, a las mujeres sometidas, a los niños raptados o maltratados, a los ancianos abandonados. Y le hería profundamente comprobar cómo muchos israelitas, por miedo, por maldad o por ambición, abandonaban la fe de sus antepasados y abrazaban las imágenes e ídolos de los gentiles, las aberrantes estatuas de sus filisteos y cananeos, que mostraban sus partes bajas en actos impúdicos y movían a sus fieles y adoradores al egoísmo, a la vanidad, a la inmoralidad, a la molicie o a la crueldad.

¿Dónde había quedado el Dios de Abraham, de Isaac y de Jacob? ¿Por qué el pueblo de Moisés había olvidado tan pronto las Tablas de la Ley? ¿Dónde estaba el recuerdo de los héroes y jueces que habían conducido a los israelitas a la adoración del verdadero Dios, el que los sacó de Egipto, el que los regaló la tierra de Canaán, el que los eligió como pueblo de sacerdotes y profetas? Opresores y tiranos los dominaban, arrebatando de sus corazones el recuerdo y el amor de Yahvé y de su Ley.

Hora era de mostrar a los vacilantes la firmeza del brazo de Yahvé, y a los enemigos la fuerza de su ira.

Pero, ¿qué haría?, se preguntaba mientras sus pies lo conducían a través de los senderos, de las cañadas y veredas de la montaña, que tan bien conocía, disponiendo una estrategia que le permitiría defenderse incluso contra una legión de demonios…

En el fondo, ya sabía la respuesta. Tenía claro lo que debía hacer, aunque el corazón le temblara de miedo y de rabia, porque sabía que iba a dar la vida por unos hombres que lo odiaban y que lo consideraban extraño, y que no dudarían en matarlo si pudieran. Ellos echarían a la bestia sobre él, azuzándola como se azuza un perro contra un ladrón. Y él iba a combatir a la bestia con la sola ayuda de sus brazos, su inteligencia y su fe, y con sólo una aguijada como arma. Era su destino, y lo asumía. Pero, ¿y ellos? ¿Qué harían los israelitas después? Quizá después de que muriera echaran sus restos a los perros y a los buitres…

No era muy alentador, la verdad. No obstante, su padre le había enseñado algo: Dios premia a los justos y castiga a los pecadores. Da a cada uno el premio de sus obras. Y él no quedaría sin recompensa, si luchaba por el pueblo elegido de Dios. Pues no era su vida lo más importante que estaba en juego, sino la fe de Israel, la fidelidad a la Alianza.

Así que, ¡no había que pensarlo más ni que dudar! Mataría a los filisteos y liberaría a Israel de su dominación, por un tiempo al menos, mientras Dios suscitaba a otros jefes y señores para su pueblo.

Esperó, pues, escondido en la montaña. Llegaron como el trueno que asalta el silencio de la noche. Pero se encontraron con un adversario que no esperaban. Y allí él se enfrentó a ellos, en medio de la noche, asaltándolos mientras dormían, y mató a muchos, valiéndose del manto de la oscuridad y la tormenta. Y cuando el peligro creció desapareció de nuevo en el interior del bosque.

Allí fueron a buscarlo las tropas filisteas, aterrorizadas por aquel depredador nocturno. Algunos creían haberle visto fugazmente. Otros buscaban sus huellas en el suelo o en las ramas. Éstos mantenían una guardia en los caminos; aquéllos rodeaban la montaña para que nadie pudiera escapar. Pero muchos cayeron en las trampas, y quedaron malheridos o muertos, pues Samgar las había dispuesto para que ni un elefante pudiera escapar de ellas.

Pasó de nuevo el día, y de nuevo llegaron las tinieblas sobre la montaña; y los filisteos, exaltados y avergonzados, pensaron en dar el asalto definitivo al rebelde, furibundos, ciegos de rabia. Desordenados y rotas las filas, desobedeciendo las órdenes de sus oficiales, se adentraron a la carrera en lo profundo del bosque, iluminando su paso con antorchas, a gritos y blandiendo sus espadas, clavando sus lanzas, buscando en cada rincón, levantando las ramas, removiendo las piedras.

Samgar había desaparecido…

Pero de pronto una poderosa luz roja se elevó detrás de ellos desde los márgenes del bosque, y se hizo más y más intensa, fue saltando de árbol en árbol, inundándolos como una ola devoradora.

– ¡Fuego! –exclamaron por un lado.

– ¡Fuego! –se oyó desde otra parte.

Pronto los gritos de desesperación y terror se levantaron por doquier. Los soldados se volvían y comprobaban con horror cómo una inmensa llamarada nacía de los lindes del bosque y comía uno a uno los troncos, las copas, los arbustos, los frutos, extendiéndose vertiginosa como el relámpago hacia lo más denso, rodeándolos por todas partes. Los filisteos echaban entonces a correr buscando por dónde huir de las lenguas de fuego que incineraban todo a su alrededor e invadían el aire, provocando que la temperatura subiera hasta ser insoportable y hacer imposible respirar. Pero las llamas eran más veloces que muchos, que caían calcinados. Y a los que el fuego no alcanzaba, una sombra aún más rauda los abatía saliendo del interior de aquel horno y volviendo a desaparecer sin que fuera posible advertir de dónde provenía y cómo era capaz de sobrevivir en el interior de aquel pavoroso infierno.

La misma escena se repitió decenas de veces.

Al fin, la noche ya casi expiraba, el fuego iba cediendo y llegaba hasta los límites del desierto, por un lado, y hasta los desnudos riscos que coronaban la montaña, por el otro. La mañana trajo el silencio. Las nubes subieron desde el levante y descargaron una lluvia fina que continuó durante todo el día. El incendio, ya casi apagado tras consumir la mayor parte del bosque, se extinguió del todo al mediar el día, cuando las nubes comenzaron a vaciarse.

Pasaron las horas. La lluvia cesó. Volvió el mutismo, el letargo.

Nadie salió del bosque con vida. Nadie salvo un hombre, bañado en sangre, cenizas y barro. Sólo un hombre, con una simple vara en la mano, que caminó lentamente hacia la altura, y se dejó caer rendido junto a una tumba, al pie de unas rocas. El fuego no había llegado hasta allí.

Allí se abandonó a la extenuación.

– He liberado a mi pueblo, padre –musitó antes de dormirse-. Ahora ya soy un israelita de verdad.

Y cerró los ojos.[1]


[1]           Nota del escritor: Samgar luchó contra los filisteos y él solo dio muerte a 600 de ellos.  Sus esfuerzos libraron a Israel de ellos, y permitieron que los caminos, que habían estado bajo el control de los opresores, pudieran ser transitados libremente por los hebreos (3:31; 5:6).  No se le da el título de juez, y no hay indicación alguna de que los israelitas lo hayan considerado así, a pesar de que los liberó de la opresión.

EL ÚLTIMO ROMANO

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He aquí un relato que escribí hace muchos años, y al que se le notan las costuras del tiempo. Pero en su momento me pareció una idea original, y lo cierto es que aún me resulta sugestivo pensar qué sería de unos seres atrapados de tal forma en la corriente de la historia y condenados a vivir sus vidas como los últimos representantes de un linaje hace ya mucho tiempo agotado, decididos a mantener, a pesar de todo, unas mínimas señales de distinción, pero abocados a una segura desaparición. ¿Cómo vivirían los problemas de la vida moderna aquellos que sintiesen que pertenecían a una civilización del pasado? ¿Cómo sería posible que, escondidos tras los disfraces de la sociedad, pudiera seguir viva esa misma civilización, en apenas unos cuantos seres individuales? Y sobre todo, ¿cómo se producirá el traspaso de esa identidad de unos seres a otros, de la misma forma que se pasan el testigo unos corredores a otros, aun a sabiendas de que la carrera ha mucho que terminó, y que los rigores de las edades han acabado incluso con el recinto de carreras? Ruego disculpéis los errores, pero he preferido ser honesto y traer el texto tal como fue escrito por mí en otras eras del mundo.

Seis personas rodeaban un lecho alto, rodeado de lujosas cortinas de un verde pálido que en la oscuridad reinante parecían de un blanco mortecino. Las seis personas miraban a un hombre que agonizaba en silencio. Su cabeza estaba rapada, sus ojos se hundían en profundas cavernas, y su nariz aquilina se había apoderado ya de toda su faz. Mostraba un color tan anémico que daba la impresión de estar más muerto aún que las cortinas que ocultaban su extinción. Estaba dando con fruición los últimos vagidos de su vida. Su respiración era tensa, entrecortada y ruidosa, y producía en el ambiente una extraña sensación de ultratumba. Pero se mantenía sereno, despierto y controlado. No hablaba, porque las fuerzas le escaseaban ya de tal forma que los pulmones con respirar tenían bastante, pero haciendo un gran esfuerzo podía mover la cabeza y los brazos.

Las personas que estaban a su alrededor habían adoptado varias actitudes. Una de ellas se reclinaba penosamente sobre el enfermo, prodigándole todas las atenciones que se le ocurrían; era una señora anciana, señorial, surcada de penas, repleta de arrugas, llorosa aunque lúcida. Vestía una larga túnica blanca, con un broche dorado en un hombro, y un cintillo también dorado en la cintura; llevaba cintas en el pelo, y un tocado muy elaborado y alto. Su rostro, a pesar de la tristeza y de los años, aún guardaba la memoria de una gran hermosura, y seguía mostrando una personalidad de apasionados sentimientos.

Los demás miraban la escena. A veces se intercambiaban algún gesto, algún guiño, pero se mantenían muy callados y quietos. Se trataba de cuatro mujeres más, dos de ellas también ancianas, y un joven delgaducho y alto, con aspecto de adormilado.

De pronto el enfermo hizo un brusco movimiento. Trató de incorporarse en el lecho, mas no tuvo fuerzas. Las mujeres se acercaron con premura a sosegarle, pues parecía inquieto. Miraba fijamente al joven delgaducho que estaba al fondo de la habitación. Levantó una mano tanto como pudo, apenas unos centímetros, señalándolo. El joven no se movió, pero una de las mujeres le hizo señas para que se acercase. Despacio, temeroso, el muchacho se colocó frente a la cama. Mas la anciana que se reclinaba sobre el lecho del enfermo se fijó en él y, muy severa, lo observó durante unos segundos. Pronto, después de lanzar al enfermo una mirada tierna y larga, ordenó a los demás que abandonaran la habitación, cosa que ella misma hizo también.

Y quedaron solos el anciano agonizante y el joven temeroso.

Un nuevo gesto del viejo atrajo al chico justo donde había estado la anciana. Cuando se hubo sentado, el viejo cogió aire y dijo casi imperceptiblemente:

– Debajo de la almohada…

El joven buscó donde el anciano le indicaba. Halló un papel, un montón de papeles. Viejos y gastados unos; otros bastante mejor conservados. Parecían seguir un orden, conformar un libro o algo así. Estaban numerados a mano, y escritos también a mano. El estilo de la caligrafía era muy raro, y la lengua no la entendía. Pero en la primera de las páginas sólo había una frase y ésta sí estaba escrita en su idioma. Decía: “Escucha bien, cree las palabras de tus mayores, porque tú eres el último romano”.

El joven trató de leer el resto, pero a pesar de sus esfuerzos por encontrar alguna página comprensible, no halló más que trazos y más trazos de aquella otra lengua.

El anciano le dijo:

– Es latín. Es tu idioma materno. Es lo que te corre por las venas, como el último romano que pronto quedará vivo. Apréndelo y lee.

– Pero, ¿cómo…? –trató de inquirir el chico, pero el viejo le detuvo con un gesto, pues quería añadir algo más:

– Tu abuela…

No pudo continuar. La tos no se lo permitió. Mas al escucharlo toser, las mujeres entraron raudas, e interrumpieron definitivamente aquella extrañísima conversación. El joven guardó bajo su chaqueta las hojas que había extraído de la cama del anciano, y se dirigió hacia la puerta, no sin antes haber lanzado un último vistazo al enfermo, que sufría terriblemente a consecuencia de su enfermedad.

De pronto, se topó con la anciana, quien lo tomó de un brazo y lo arrastró afuera. Se lo llevó hasta otra habitación, vacía, y muy seria y bajando mucho el volumen le preguntó:

– Mario, ¿tienes el libro?

A lo que el joven contestó:

– Sí, abuela…

Iba a añadir un “pero”, cuando ella le expuso lo siguiente:

– Entonces tenemos que ponernos a trabajar enseguida. No hay tiempo, pues también a mí la vida y la sangre se me agotan, hijo. Mañana mismo comenzarás el aprendizaje del latín puro. Ahora pasa en silencio a despedirte de tu abuelo. Es la última vez que lo verás. ¡Ah!, y no es conveniente que le dirijas la palabra, ya que no puede responderte. Se ha consumido.

– Pero, abuela –replicó el chico-, ¿qué es todo esto? ¿Qué quiere decir este libro?

– Lo que has leído: tú eres el último romano. Desde hoy aprenderás lo que eso significa y te prepararás para afrontar nuestra definitiva y total desaparición de la historia y del mundo. ¡Y basta de preguntas por hoy!

Le dio un empujón, firme, a pesar de su edad, lo sacó de la alcoba, y le condujo hasta la habitación del enfermo. Allí, las otras mujeres ya estaban llorando en silencio. El viejo había muerto. Cuando la anciana lo vio, se arrodilló, gateó hasta la cama mientras se mesaba los cabellos blanquecinos, y apretó su mano fuertemente, derramando sobre ella un río de lágrimas que parecían estar ahogando la casa entera. Y todo ello en un profundo y escalofriante silencio.

El chico quiso acercase, pero no pudo hacerlo hasta que pasaron unos minutos. Entonces su abuela le indicó que besara por última vez a su abuelo, al que cubrieron el rostro con una máscara de cera, antes de que la familia entera saliera de la habitación. Su frente estaba fría. Su ojos, cerrados.

Todos los de la casa pasaron por delante de él, y le dieron la mano en silencio. Incluso su abuela se postró levemente y le besó ambas mejillas.

– Ave, dominus -le dijo.

Le dejaron solo.

El chaval tuvo en ese instante la impresión de que todo el peso del mundo, de la historia y de la humanidad se depositaba sobre sus hombros. Y fue esto lo que le hizo llorar a él…