CARTAS CANINAS

Nuevo relato breve para todos los que estáis en casa confinados. Que paséis un buen rato.

Como todas las mañanas, Tomasito estaba en el colegio hasta las tres. Allí se aburría enormemente. Nada le gustaba: la historia, porque siempre tenía que estar aprendiendo nombres y más nombres, fechas y más fechas; por supuesto, sin contar las largas explicaciones del profesor sobre cualquier dato… Si no se había despistado a los dos minutos, ya era un récord. Tampoco le gustaba la clase de educación física, porque él prefería estar sentado, comiéndose una buena merienda mientras veía sus dibujos favoritos, antes que sudar a chorros después de hacer lo imposible para correr un par de vueltas en la pista del colegio. La verdad es que el deporte le fastidiaba especialmente, y por eso estaba tan rellenito. Aunque, eso sí, dulce y simpáticamente rellenito…

Pero la asignatura que menos le gustaba era, sin duda, la de matemáticas, ya que los números se burlaban de él y los veía enseguida bailar en la pizarra, haciéndole muecas y caras mientras se chocaban unos con otros, como en una pista de patinaje. Le enseñaban la lengua, le guiñaban traviesos los ojos y cuando ya pensaba que le hablarían, justo cuando iba a pegar un grito de sorpresa, volvían a estarse quietos y disimular que eran sólo eso, números.

          Aquel día, como todos los demás días, no había sido distinto en la escuela donde estudiaba 1º de E.S.O. De vuelta a casa, acompañado por su mejor amigo, Paquito, pasaron primero por casa de éste, que tenía que hacerse con las zapatillas de fútbol para el entrenamiento, y luego, despacio, cantando, se dirigieron hacia el hogar de Tomasito. De pronto, al pasar cerca del buzón de correos, pintado todo de amarillo y sucio hasta arriba, Tomasito se propinó un manotazo en la frente y chilló:

          – ¡Anda, se me olvidaba! Tengo que echar la carta que me mandó mi madre. Me parece que la llevo en el libro de Religión. ¡Menos mal que me he acordado, porque, si no, mi madre no me deja salir a jugar!

          Sacó la carta de su mochila, que estaba desordenada, toda llena de libros viejos y de cuadernos deshojados. Corrió hasta el buzón y echó la carta con mucho cuidado de que no se cayera al suelo, porque era un buzón peculiar: se le había roto la trampilla que cerraba la rendija por la que se introducían las cartas y, a menudo, cuando uno no miraba con cuidado, dejaba caer al suelo la carta, pensando que había entrado en la saca. Así que tuvo cuidado. En esto, se dio cuenta de que en el suelo había una carta, de alguien que la habría echado con mucha prisa. Tomasito no pudo resistir fijarse en el destinatario y en el remitente. Por delante decía:

          «Tití, perrita del tío Almendro.

            Calle Baja, al fondo a la derecha.

            Salamanca»

          Y por detrás, estaba escrito:

          «Lucky, perro de Tomasito.

            Calle Alameda, la casa de tejado verde.

            Poblado»

Tomasito quedó pensativo unos segundos. Él conocía a su tío Almendro (le llamaban así porque vendía almendras), y a su perra Tití… Pero no podía ser…

«Esto es una broma de Paquito», pensó. Miró a Paquito, pero éste se divertía cortando el paso a una hormiga, que aterrorizada huía a todas partes, y en todas partes se encontraba con el inmenso pie del niño. Tomasito se dijo: «¡Se va a enterar!», y se guardó la carta. Que su nombre estuviera en esa carta, lo mismo que el nombre de su perro, el de su tío Almendro y el de la perra de éste… era porque algún amigo quería reírse de él, seguramente. Pero él sabía cómo escribían todos sus amigos, así que tendría cuidado de estudiar la letra, y así sabría quién era el pillo… a menos que estuviera escrita a máquina. «Pero ninguno sabe escribir a máquina», concluyó pensativo, y quedó aún más confuso.

          Así que se fueron a jugar al fútbol en un descampado cercano. Estaban todos sus amigos, pero Tomasito fingió que le dolía un poco la cabeza, y se marchó a casa lo antes que pudo. Llegó corriendo, subió a toda velocidad a su habitación, sin ni siquiera saludar a su madre, que estaba planchando en el comedor, ni a su padre, que estaba en el salón tratando de arreglar la cafetera (que hacía el café de todos los colores menos de negro). Buscó ansioso la carta, que seguía escondida en la cartera, y la miró y remiró con mucha curiosidad.

          – Aquí hay gato encerrado – se dijo en voz alta-. ¡Se va a enterar el bromista que haya sido!

          Se sentó en su silla de estudiar, encendió el flexo que le había regalado, precisamente, su tío Almendro, cuando vino por última vez al pueblo las Navidades pasadas. Pero entonces volvió a levantarse, salió y gritó:

          – ¡Mamá, voy a estudiar! Avísame cuando sea la hora de cenar, por favor.

          – Vale, hijo –le respondió su mamá desde abajo

          Se encerró en su habitación, a leer el misterioso papel. Abajo, en el salón, su padre hablaba con su madre:

          – ¡Hasta la hora de cenar! ¡Pero si faltan cuatro horas! Este hijo tuyo se ha vuelto muy empollón.

          – ¡Este hijo tuyo, dices! –respondió ella riendo-. También es tuyo, y si se ha vuelto muy empollón mejor, porque ya iba siendo hora de que estudiara algo…

          – Dejémosle, no sea que se le quiten las ganas –concluyó el padre, volviendo a su cafetera “mágica”…

          La luz de la lámpara se reflejaba sobre el escritorio frente al que Tomasito se hallaba sentado, empezando a manipular la misteriosa carta. Al abrirla y leer una letra clara y elegante, escrita en español, se llevó una gran sorpresa y se quedó un instante sin aliento. La carta decía lo siguiente:

          «Poblado, a 6 de enero de 2006.

          Querida prima Tití:

          Te respondo con la presente al afectuoso mensaje que recibí de ti hace pocas fechas, tan pronto como me ha sido posible, teniendo cuenta lo ocupado que mis amos, especialmente el menor (ese caprichoso y travieso niño), me mantienen a lo largo de las últimas semanas. Me consta que tienes experiencia propia de ellos; no obstante, no puedo dejar de quejarme de la creciente (ya casi extremada) dificultad, y los obstáculos cada vez más gravosos, que encuentro para estar un rato a solas conmigo mismo (con mis soledades, al estilo del gran Lope de Vega) y escribirte, cual es tu deseo y el mío».

          Tomasito no podía creer lo que leía. ¡Su perro escribiendo una carta, y encima en español, y con ese lenguaje tan… tan… rebuscado! Había que reconocer que la broma era ingeniosa, ¿verdad? Y también tenía gracia imaginarse a su perro escribiendo… Bueno, no estaban tan mal, ya que no se metían con él. Así que siguió con la carta:

          «Dejemos, sin embargo, estos cuentos, que más parecen excusas de niño que realidad, y vayamos al centro de la cuestión que planteamos inicialmente en la correspondencia anterior. Tú me pediste opinión breve y sincera sobre los defectos y vicios propios de la especie humana, sin par y única en todas las cosas, y yo, aunque consciente de mis moderadas facultades y lo estrecho de mi empírica sensibilidad, he de contestarte ahora lo más cortamente que sepa y con las palabras más ajustadas y mejor pensadas que tenga a mano.

          Verás, prima querida, que, si por algo hemos de distinguir a los humanos de los demás animales, ha de ser ante todo por su falta toda de razón y por su malogrado desarrollo. Vendrán en argumento de mis afirmaciones los ejemplos de la vida y de la praxis, que a muchos ponen en verdad, aunque parezcan ineptos, y a muchos otros dejan, como se dice, en cueros, aunque semejan sabios y peritos, tanto más desnudo cuanto más “peri-compuestos”. Así, acuérdate de las innumerables guerras que han llevado a cabo sin el menor pudor, sin arrepentimiento alguno, y de tantos inventos para la muerte como en sus manos y en sus vidas resplandecen, con ese brillo que no es otro que el de los ataúdes y las calladas tumbas, recubiertas las más de las veces de mármoles de vivos colores, que esconden la podredumbre y la horrible imagen de su fracaso».

          – Pero ¿qué es esto? ¡Yo estoy flipando! Aunque, bien pensado, en esto tiene mucha razón mi perro… -pensó Tomasito-. Resulta que es más listo de lo que parece, este perrito tan juguetón. ¡Me preguntó si habrá sido idea de Paquito o del pesado de Chemita! Sí, seguro que ha sido idea de Chemita, que se querrá vengar de que el otro día no me fui con él a buscar espárragos.

Y siguió leyendo:

«El sendero de la guerra, empero, no terminaría nunca si andarlo hasta el final deseáramos, razón por la cual paréceme más correcto y de buen tino pasar seguidamente a los otros argumentos que esgrimir prometí. Y de tales he de citar a lo menos dos: por un lado, los vicios y defectos están en ellos (los humanos, se entiende) tan presentes como las virtudes, si es que no lo están en mayor abundancia y muestra; pues, como se puede ver allí donde una sociedad cualquiera se ha erigido alguna vez, los más de estos seres padecen terribles deformaciones del carácter que les llevan a entregarse desaforadamente a las más canallescas y degradadas prácticas y costumbres, cuando no al egoísmo exacerbado, a la concupiscencia de la vida y de la carne, como dejó escrito aquel gran sabio llamado Juan, antiguo predicador y teólogo, al parecer, uno de los pocos que en el mundo han sido que lograron coronar la ascensión de la excelencia, y cuyos libros han llegado recientemente al receptáculo de mi meditación. Frente a tal observación experimental puede oponerse, quizá, la antítesis de la excepción, y lo admito: ha habido, por suerte, algunos hombres lo suficientemente grandes y perfectos como para exculpar por su causa al género humano, siquiera tan sólo por reverencia a éstos que he nombrado, haciendo en esto el juicio de Yahvé cuando prometió perdonar a Sodoma y Gomorra si en ellas se encontrare al menos un hombre bueno. Pero no se encontró, como recordarás. Además, a mi parecer, es también cierto que otros han nacido que han arrumbado cualesquiera obras buenas que el pequeño resto de buenos haya logrado erigir. Y tan pesada carga recae sobre la totalidad de la raza de Adán, pues si es verdad que todos deben participar en cierta manera de la grandeza de unos pocos, no es menos innegable que culpa de todos es consentir los magnicidios, robos, expoliaciones, mentiras, adulterios, y demás incontables crímenes que el común de los mortales han llevado a cabo, y especialmente algunos que han descollado en la maldad. Si el resto se hubiera rebelado contra el mal o sencillamente no hubieran consentido con él ni colaborado con su indolencia, ningún mal habría sido concebido; y si hubiera sido concebido, no habría sido desarrollado; y de esta forma, la humanidad entera se habría salvado del juicio condenatorio.

El segundo de los argumentos que dejé anunciados no nos viene menos a pelo, mi querida Tití, ya que afecta muy especialmente al resto de seres vivos que comparten este malhadado y al mismo tiempo maravilloso mundo en que vivimos. Me refiero al trato que nos dan, y que dan a los animales y las plantas en general. A la naturaleza toda, podría decir. Me tienta grandemente la oportunidad de explayarme en la descripción de estos delitos, pero la petulancia está cerca de la elegancia, y por no ser menos esto que aquello, me conformaré con recordarte los hematomas que luces desde el verano pasado, cuando veraneamos juntos en el pueblo de nuestros abuelos. No sé tú, pero yo aún tengo pesadillas en las que me persiguen aquellos monstruos disfrazados de jovencitos.

Grande es la tentación que siento de dejar correr la pluma en detrimento de los hombres, amiga prima, por quienes he conocido el rostro del vicio cuando se encarna, y a quienes me he empeñado en evitar lo más posible, en aras no solamente de eludir en mi carne de este modo las vilezas que suelen cometer con los animales de nuestra especie, sino también de no verme impelido a una continua migraña, comprobando y soportando el terrible caos que gobierna sus existencias, pero me alivio con el pensamiento de la nobleza, fidelidad, bondad y generosidad del género perruno, del que dicen es el mejor amigo de la humanidad.

En fin, prima querida, no quiero contagiarte el pesimismo vital que me embarga cuando pienso en ellos. Si de mí dependiera, te aseguro que los borraría de la faz de la tierra. No creo que sean necesarios. Es más, no creo que exista criatura más nociva, terrorífica y proterva que esta humana de que estamos hablando.

Con afectuoso respeto.

Leopold Verus Striger, llamado Lucky”

Tomasito era demasiado pequeño para entender tantas palabras raras. ¿Qué significaba “proterva”? ¿Y “petulancia”? ¿Y qué habían querido decir sus amigos con eso de “dejar correr la pluma en detrimento de los hombres”? Se preguntaba qué sentido tendría aquella broma, que empezaba a molestarle. Pero, además, ¿cómo se enteraron sus amigos de que a la perra de su tío y a su perro los apedrearon unos muchachos en el pueblo de sus padres el verano anterior?

– Bueno, puede que mi madre haya dicho algo delante de Chemita o Paquito… –pensó, no muy convencido.

De pronto se le pasaron las ganas de seguir “estudiando”, y le entraron unas terribles de salir al jardín a buscar a su perro. Pero ¿dónde estaría? A lo mejor estaba abajo, tumbado, durmiendo en su casucha, como siempre… Aunque ¿para qué iba a ir a verlo? ¿Y si era cierto lo que decía en la carta?

– ¡Pero si no sabe hablar! –se dijo golpeándose al mismo tiempo la frente, como si hubiera hecho un descubrimiento.

Decidió que lo dejaría para otra ocasión. Sin embargo, al final se le olvidó, y se pasaron los días, y perdió la carta.

Cuando a la semana siguiente recordó el asunto, se puso a pensar cómo podía devolverles la broma a sus amigos. Aún le parecía increíble la imaginación que habían tenido, y no entendía muy bien cómo lo habían hecho, pero estaba decidido a reír el último. Quería era vengarse de ellos, pero no sabía qué hacer. Podría esconderles algo del colegio cuando estuvieran en el recreo, o mandarles una carta haciéndoles creer que era de unas chicas que estuviesen “coladitas” por ellos…

– Me parece una mala idea, porque no se lo creerían ni borrachos –pensó contradiciéndose.

Pensó y pensó y pensó…

Pero nada se le ocurrió que estuviera a la altura. ¿Cómo iba él a contar algo con aquellas palabras?

Hecho un lío, se tumbó en la cama, muy cansado, sin querer pensar en ello. Cerró los ojos y se quedó dormido poco a poco.

A las nueve, su madre entró despacio en la habitación, para no molestarle por si estudiaba. Cuando lo vio dormido, sin haber abierto siquiera la cartera ni haber cogido ningún libro, se enfadó un poco, pero enseguida se le quitó al contemplarlo de cerca. Le parecía que todavía era tan pequeño…

– Tomás, hijo, levántate, que vamos a cenar ya –le dijo al oído.

Tomás quería seguir durmiendo, mas reaccionó al oír “cenar”, y sintió que las tripas le rugían mientras se ponía de pie.

– Venga, pequeño, que hoy tenemos tortilla –le dijo su madre-. ¿No tienes hambre?

– Muchííííísima, mamá. ¡Qué bien, tortilla! -respondió Tomasito, mientras abría de un empujón la puerta de su habitación y arrancaba a correr escaleras abajo.

Se sentaron a la mesa los tres, cenaron y Tomasito, después de estar un rato jugando con su padre en el sofá, se quedó de nuevo dormido, pero esta vez sobre los brazos de su padre, los dos allí tumbados viendo la tele.

Su padre lo tomó y lo subió a la cama, que estaba cubierta por un bonito edredón azul con estrellas doradas que relucían en la oscuridad.

El perro, mientras tanto, dormía a pierna suelta en el canasto que le tenían puesto en el pasillo, muy cerca de la entrada de la casa. Allí se acostaba sobre una vieja manta de lana gorda que la abuela María había comprado hacía muchos años y que a la madre de Tomasito nunca le había gustado. Sus dueños le permitían dormir bajo techo en el invierno, y el perro aprovechaba la ocasión para tirarse roncando toda la noche sin decir esta boca es mía. Había recibido una extraña carta de su prima Tití, acusándole de no haber contestado a la anterior que ella le había enviado, aunque él estaba seguro de que había mandado su respuesta. Pero también él tenía mucho sueño aquella noche. Por eso, había escondido la carta de su prima y se había cubierto con su manta vieja. Allí, calentito, protegido y bien cenado, era el perro más feliz del mundo, y ningún humano le importaba entonces.

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