TRISTEZA DE PIEDRA

He aquí otro relato breve para matar esas tibias tardes de aislamiento, escrito hace muchos años, nunca publicado. Espero que os guste y perdonéis el estilo y los errores, si los hubiera.

Extremadura es una tierra desamparada y sin luces. No se puede hacer poesía con esta tierra. La habitan pocos hombres, gentes rudas, enemigas del bullicio, que detestan la cultivada altanería de los foráneos, quienes parecen sentir al vernos un orgullo mezquino, alegría del mal ajeno. Viven al día, sin anhelo de bienes mayores que los que su tierra produce. El único pecado común reconocido es la murmuración, en la que son famosos eruditos, aunque no han estudiado en otra escuela distinta a la pícara universidad del mundo.

Extremadura es una tierra dolorida. Ha visto partir a sus gentes durante generaciones, hacia un destino ignoto, hacia la inseguridad de otra vida, otros mundos, lejanos de sus casas, de sus orígenes y de sus muertos. ¡Qué tristes los sepulcros cubiertos por la hierba! Las mudas tumbas se le quedaron solas muchos años atrás, ya hace décadas, y nadie va a cuidarlas ya, ni a venerarlas, ni a llorarlas bajo el frío de noviembre.

Pero los que permanecieron en esta abatida tierra sufrieron peor suerte. Pudieron, acaso, resignarse pacíficamente ante la forzosa huida de tantos paisanos, familiares o amigos, mas nunca se acostumbraron, ni lo han hecho todavía, a la espantosa soledad de los montes salvajes y esas rañas yermas por donde arrecian los vientos.

Porque Extremadura significa soledad. Significa tristeza. Siembre ha sido así, aunque de unos años a esta parte la soledad se ha acrecentado. ¡Desgracia es la soledad, pero más que admita grados! Pues crece cuando innumerables jóvenes salen cada año, fugitivos, del gélido ambiente de sus pueblos avejentados y vacíos.

Dejemos este camino, que nos conduce a la locura, y tomemos aquel otro de la tristeza hermana, en la verdad semejante, en los efectos inocuo. Me estoy quedando sin arrestos para seguir hablando de esta soledad…

Todo desierto contiene algo de vida, y Extremadura no es una excepción. Algunas pequeñas ciudades prosperan, aunque con indecente languidez. El resto de las poblaciones más son nidos que comunidades. No obstante, en uno de esos nidos empieza y termina nuestra historia…

En el Guadiana, angustiado y fugitivo río de la escarpada medianía de España, hay un ancho y profundo embalse, lugar codiciado, pacífico, que recibe el nombre de Cijara, o Cíjara, junto al cual se elevan las tímidas colinas de las sierras orientales extremeñas, en los confines de los Montes de Toledo. En aquella comarca, abrupta y hostil, razón por la cual, acaso, la llamaron “Siberia Extremeña”, decaen menudos y celosos pueblos, unos de otros bastante alejados, cual ilusorios oasis en la inmensidad del horizonte. El clima, siempre extremo, ha creado un paisaje dinámico donde predominan largas extensiones de olorosas jaras y árboles señoriales, entre los cuales es el rey el lucido pino; y reina, la anciana encina. En los umbrosos bosques, en las floridas veredas, en los calmos páramos y pastizales, nacen, viven y mueren infinidad de especies animales diferentes. Desabridos, solitarios y arrinconados, como los hombres a quienes acompañan.

Uno de aquellos hombres se llamaba Aurelio. Adonde vivía no llegaba el correo, y las noticias volaban más despacio que las cigüeñas al retornar en primavera. Los caminos se embarraban en otoño y no se desembarraban hasta mayo. Las piedras eran témpanos en invierno y cubil de víboras en verano. Los pasos de persona alguna eran tan raros por aquellos parajes que las malas lenguas decían (mal…) que era ermitaño Aurelio, y no ganadero, puesto que no tenía vacas desde hacía muchos años. Y esto, de algún modo, lo decían bien.

Decían también que nadie le había visto desde hacía muchos años. Vivía solo, allí arriba, en lo más recóndito del monte, sin hablar ni tratar con nadie, cuidando de lo suyo, y haciendo caso omiso de lo ajeno. Era hombre esquivo, atípico, salvaje y hasta en ocasiones agresivo. Decían que tenía el pelo largo, y las barbas más largas aún, y que no se había pasado por el pueblo desde hacía muchos años, y que a veces se le veía vagar por los montes, pululando entre las sombras como un alma en pena, buscando sabe Dios qué y como hablando en altas voces para sí mismo.

En realidad, nadie sabía a ciencia cierta de dónde había salido aquel sujeto. Cuando se le había preguntado su nombre, Aurelio había sido su única respuesta. No tenía, al parecer, apellidos ni familia; por supuesto, los tenía, claro está, mas era imposible hacerle hablar más de una palabra de corrido. La gente opinaba, por lo común, que estaba loco, aunque muchos envidiaban secretamente su suerte, ya que, al parecer, sus posesiones no se podían recorrer a pie en un solo día.

Era verdad que Aurelio estaba loco… Lo que no era cierto, en cambio, como sospechaban los lugareños, era su nombre. Y, en cuanto a la causa de su locura, había quienes fueron lo suficientemente astutos y osados para acercarse a pocos metros de su casa; junto a ella habían detectado la presencia de cinco tumbas, siempre coronadas de flores; y en ocasiones lo habían descubierto arrodillado frente a ellas, ora haciendo gestos que imploraban perdón al cielo, ora recogido en silenciosa oración, ora llorando y gimiendo, comúnmente a gritos. Cuando aquellos temerarios espías regresaron al pueblo, no dudaron en afirmar que aquel ser, o lo que fuese, era por fuerza un viejo ermitaño que hacía penitencia y oraba por algún pariente o amigo muerto años atrás, en la soledad del bosque. Algunos opinaron al escuchar esta suposición que seguramente, el anciano seguía estando chiflado, y que más valía que alguien lo bajara de allí y le internara donde fuera. Otros (los menos) comentaron entre sí que acaso no se tratara más que de un hombre nostálgico, que recordaba con demasiado sufrimiento a sus seres queridos.

Aquel falso Aurelio, empero, no siempre había sido así… Ni su nombre había sido originariamente el mismo, ni aquellos sepulcros invadidos por la hierba habían estado siempre a un lado de la casa. No; hubo un tiempo, hace ya mucho, en que el sol salía por su sitio y se ponía por donde se tenía que poner, todos los días del año, y un año tras otro. Hubo un Aurelio verdadero, habitante y propietario de aquellas tierras, ahora moribundas. Hubo un tiempo en que había grano en sus silos, reses en sus establos, una mujer hermosa en su cama e hijos sanos en su casa. Hubo un tiempo en que el Aurelio auténtico fue feliz.

Corrían entonces años de menos progreso. Había escasez de todo lo necesario, mas Aurelio y su familia, hechos a la economía y cargados del recio fardo de la austeridad, disfrutaban entonces de toda la holgura y libertad que puede tener un hombre que dispone de su propio ganado y su propia tierra. No faltaba la leche en su cuenco, el vino en su vaso y la tajada en su plato. En enero, la matanza del cerdo; en septiembre, la vendimia; en diciembre, la cosecha de la aceituna. Y durante todo el año, la carne de las terneras y el queso traían a casa el dinero exacto que para el hogar precisaban.

Había vecinos, visitas y parientes. Había fiestas y estaciones. Corría el rítmico fluir de los meses, con su rueda metódica. Aquél se moría, éste otro se bautizaba; el hombre iba a la faena, la mujer le acompañaba si no quedaba al tanto de los hijos; y la vida seguía su curso, invariable y satisfactorio.

Vino entonces la guerra, huésped cruel y hambriento, con su tremebundo hálito, arrebatador de vida. Y Aurelio fue llamado a las armas, pero no acudió. No le dejaron sus piernas, castigadas poco antes por el desastre de una caída. Ni le dejó su esposa, temerosa de perderlo. Ni le dejaron sus hijos, a quienes no podía abandonar aún infantes, pues sería venderlos a la muerte, sólo porque los señoritos de las capitales quisieran coserse a balazos las testas y las barrigas.

Pasó por allí un soldado, huyendo del enemigo, y pidió en la apartada y escondida casa de Aurelio refugio para sus huesos y protección para su persona. No se la supo negar Aurelio, aunque temió que tras él viniesen sus perseguidores, y tomasen por la fuerza no sólo a aquel hombre, sino a todos cuantos hallaren entre los muros de su casa, incluidos sus tres hijos. Aun así, como digo, abrió Aurelio su puerta para aquel desgraciado que trataba de escapar de la muerte a través del monte.

Es un ejercicio de curiosa sorpresa investigar cuántos, para no ser atrapados por los fuegos bélicos, escondieron sus traseros entre las jaras del campo. Pero más curioso resulta comprobar que a la mayor parte de ellos sin falta los encontraron. Lo cual no debe extrañar a nadie, puesto que es reacción muy comprensible que el campo se rebele y expulse de sí a los hombres, horrorizado por su malicia, avergonzado por su cobardía. El mundo se tapa la cara ante la vista del hombre.

Durante el tiempo que estuvo el recluta en su hogar, tomó cuanto quiso y nadie se lo negó. Fue tratado con respeto, cariño y amabilidad. De nada se pudo quejar. Comió más que todos, trabajó menos que nadie, y no hubo quien dijera esta boca es mía ni ojos que lo escrutaran. Tan sólo una cosa no obtuvo: el conocer dónde se hallaban los ahorros de la familia, que muy guardados los tenía Aurelio bajo unos pliegues de tierra seca que había echado en las paredes de unas cochineras que tenía hechas en las posaderas de los establos, a buen recaudo de curiosos, fisgones y asaltantes. Y aunque el soldado mucho lo inquirió sobre todos los secretos de su hacienda y su vida, no todo pudo sacarlo en claro sobre los negocios de Aurelio. ¡Mas con qué gusto lo hubiera confesado éste, de haber sospechado que estaba criando cuervos!

Muy pocos días después de haberlo acogido en su casa, salió Aurelio, como todos los días, con el rayar del alba, en dirección a un pueblo que se hallaba a unos kilómetros de marcha. Iba con miedo a buscar el sustento para los suyos, llevando sobre los lomos de su mula parda unas alforjas con productos sustraídos a la rica fábrica de sus posesiones. Cabían en ellas dos jamones curados, cinco quesos, tres pieles de borrego bien secas y cardadas, seis cinturones remachados, más lo que pudo introducir de aceite, vino y chorizo.

Lo que no imaginaba Aurelio era que al llegar al pueblo, habría de encontrarse con un pelotón militar que buscaba al hombre que en su casa acogiera. Lo detuvieron, lo interrogaron y lo golpearon, al comprobar que el hombre no abría el pico y era recio. De su boca no brotó una queja ni una pista. Mas no quedaron contentos, porque, desconfiados, lo liberaron, para que vender pudiera las pocas posesiones que los hambrientos subalternos habían dejado vivas sobre el costillar de su mula. Así lo hizo Aurelio, creyendo que aquellos crueles sujetos lo dejarían tranquilo. Pero ellos enviaron a quien siguiese al pertinaz hombre de campo. Y éste, que a pesar de todo no creía que la maldad humana llegase a tal extremo, sin darse cuenta condujo a los matadores a su propiedad.

Cayeron sobre él a la puerta de su casa. De todas partes salieron. Ni voces ni ruidos oyó el pobre, hasta que los tuvo encima. Uno, dos, tres, diez, veinte golpes hubo recibido, antes de darse cuenta de lo que estaba ocurriendo. Pero, ¡cuál no sería su sorpresa, al comprobar que en la casa no se encontraba el fugado a quien buscaban, sino el pavoroso espectáculo de cuatro cuerpos rendidos y asesinados! Del perseguido, ni rastro.

Una mujer y tres jóvenes yacían sobre la piedra, sajados de arriba abajo. La sangre manchaba la entera superficie del suelo, y corría por los canales que se formaban entre las lanchas de piedra. Los cajones y armarios parecían revueltos. Las ropas de los jóvenes habían sido robadas. Los vestidos de la mujer, rasgados. Había rastros de una pequeña lucha. Dos sillas rotas en la cocina y una puerta con dos cuchilladas…

El hombre se levantó como pudo de la entrada, aterrado ante lo que decían las voces de la compañía que le agrediera. Los integrantes de ésta, desengañados, comenzaron a largarse. Aurelio tenía los ojos grandes, la boca abierta y las manos en el pecho. Algunos hombres entraron nuevos, recién llegados, a ver a los muertos, como si estuvieran depositados allí para exhibirse. Un par repararon en Aurelio, e incluso uno susurró demasiado en alto que aquel hombre se volvería loco.

Pero Aurelio no le oyó. Porque para Aurelio ya no quedaba nadie allí. Estaba él solo, con el eco desnudo e inerte de los seres que amaba, con las sombras espectrales de una vida que había sido dichosa y que se había vuelto amarga. De pie, abrazado al marco de la puerta, con la mirada perdida y los párpados entornados, aprendió que llega un momento en que el corazón se cansa de penar y el cuerpo de sufrir. De las muchas cosas que podría haber pensado en ese instante, tan sólo una recordaba después: que le parecía estar soñando, que creía estar viviendo la peor pesadilla de su vida.

Desgraciadamente para él, la pesadilla era muy real. O se le hizo real al tercer día de estar sentado en la puerta, mirando sus muertos, llorando su falta. O acaso fue al enterrarlos, en cuatro hoyuelos mal hechos que cavó a un lado de su casa, poniendo en cada uno de ellos una de las monedas que había ganado en el pueblo, después de ser detenido. O al cubrirlos con la misma tierra bajo la que había guardado su dinero en las cochineras; o cuando tiró el dinero a los gorrinos, que lo cubrieron con sus excrementos…

Aún estaba desplomado sobre la tumba de su esposa, cuando apareció por el sendero un hombre vestido de negro. Se llegó a él, lo miró largamente, con una tristeza inenarrable, y agachándose le tocó la frente, como intentando despertarle. Pero Aurelio estaba muy despierto, y no le hizo falta que nadie lo llamase. Sobresaltado, aquel hombre le entregó una cruz de madera, toscamente tallada y del tamaño de la palma de su mano, que Aurelio ensartó en una soga y se colocó al cuello, encorvándose al hacerlo bajo el peso del objeto.

Se fue aquel hombre, se quedó sólo Aurelio y abandonó sus quehaceres. Se echó en su cama, vestido de luto, y cerró los ojos, que ya no lloraban, por agotamiento.

Y se dejó morir…

Las uvas se perdieron, las aceitunas se helaron; las terneras fenecieron de hambre, los frutales se agostaron; y los rebaños de ovejas saltaron la valla donde se guardaban, y se esparcieron por el monte, hasta que el lobo y el hombre, especies emparentadas, les hincaron el diente.

Pero no seamos severos con Aurelio, pues no se ha de juzgar duramente el corazón de quienes viven atribulados, mayormente cuando han sido atrapados por las redes irrompibles de la angustia. No es de extrañar que, en ocasiones, y en contra de la opinión común, el tiempo, en vez de mitigar las penas, abra más la herida e impida su cicatrización; y tanto llegue a manar la sangre que el corazón quede exhausto, incapaz de nutrir al resto de los órganos del cuerpo, el principal de los cuales deja de regir la marcha de la persona, que se consume y muere de simple inercia.

¡Loco Aurelio, querido, que no pensó que el verdugo volvería al patíbulo donde perpetró su condena, a comprobar el éxito de sus acciones! Al hallarlo despedido de la vida, habiendo dejado para otros lo que de él era antes, podría haber tomado cuanto quiso y pudo, en un último ultraje a la bondad y paciencia de aquellos desventurados. Mas también la bondad de los muertos tiene su premio, aunque sea en la carne de los vivos; y, por una extraña travesura de la fortuna, la impresión provocada en las pupilas del asesino por la piedad de la víctima venció todas las resistencias al bien que en su alma se habían aposentado, provocando aquella muerte lo que ninguna palabra habría logrado: el arrepentimiento final, el que desató su locura, el estertor de una conciencia marchita que dejó grabado en su razón el estigma de la culpa, y sembró en su voluntad el fructífero germen de la penitencia. Desde entonces, sobre los restos de sus cadáveres, el verdugo lloraría, hasta el día en que llegase para él la hora de la espada.

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