SUSITO

Nuevo relato breve (éste con muchos años ya, pero es la primera vez que lo publico de alguna forma), para que paséis esos ratos muertos del confinamiento. Con mucho cariño para todos vosotros.

En los lánguidos y arrobados valles de Extremadura oriental, vivía hace mucho tiempo una adorable familia de pastores que trabajaba día y noche para cuidar su ganado y obtener su sustento, tanto más menguado como crecida su número.

El menor de la casa apenas tenía catorce años y se llamaba Jesús, aunque todos lo conocían por Susito, que venía de Jesusito, y a su vez éste de Jesús. Tenía dos hermanos, Julián y Timoteo. Ambos eran pastores, como su padre. Julián sobrepasaba por poco los diecisiete años, y era alto y fuerte. Podía correr largas distancias sin cansarse, era valiente y se enfrentaba sin miedo a las bestias, a quienes hacía huir con la sola ayuda de su vara y de su perro, Genio. Timoteo era algo mayor, rayaba los veinticinco, y aunque era menos alto y fuerte que Julián, en cambio poseía más tesón, y su voz de mando, grave y sonora, era obedecida sin rechistar no sólo por los animales, sino también por las personas. Estaba prometido a una campesina que no vivía lejos, y se casaría dentro de unos meses, posiblemente en verano, ya que éste era la mejor época para hacer fiesta y andar toda la noche sin dormir.

Susito era muy feliz con sus hermanos. Aunque aún no tenía edad para acompañarlos hasta muy lejos, a los pastos de las montañas, pasaba mucho tiempo con ellos apaciguando el rebaño y jugando con Genio, el imponente mastín blanco, moteado de marrón, que tras su fachada de animal gigantesco escondía un carácter cariñoso y apacible.

La vida era fácil y encantadora para Susito en los valles lánguidos y arrobados de Extremadura, teniendo a lo lejos los interminables y grandiosos picos de Los Ibores, y cerca los calurosos y afamados valles cubiertos de cerezos, de vides, de olivos, de ríos y de rebaños.

Pero había una preocupación en su ya adolescente cabecita. Como se comprenderá, no podía ser otra cosa que una incipiente inclinación amorosa. ¡Qué le vamos a hacer…! ¡Sí, la adolescencia! ¡La confusa y luminosa, triste y eufórica, rebelde y mártir, generosa y egocéntrica adolescencia! ¡Qué le vamos a hacer…! Todos hemos pasado por ahí, y todos comprendemos a ese corazón que empieza a despertar, y que pone sus anhelos voluntariamente en algo tan externo, sin saber los derroteros insípidos o amargos por que lo han de conducir los cambiantes sentimientos propios de la edad. La adolescencia es un ojo que se extasía ante una baratija y que pasa de largo ante un diamante. Pero es también la mirada que puede quedar para siempre fijada en el sol, o sellar sus párpados ante la luz del día.

El caso es que Susito, a su modo, y veremos que no era un modo desdeñable, se había enamorado. El centro de sus deseos, la meta de sus afanes, era una joven campesina de las cercanías. La joven se llamaba María…

Los padres de María habían venido de la ciudad muchos años atrás, abandonando la miseria de los atestados barrios obreros del centro, y buscando la paz y la autonomía de los viejos caseríos extremeños, dejados a su interminable soledad en el anchuroso mundo, yuxtapuestos a los minúsculos pueblos, abrazados por los pastos, las encinas, los alcornoques, y saludados siempre de cerca por los espesos montes que se yerguen levemente hacia la inmensidad, no queriendo separarse lo más mínimo de los diminutos terrones de rojiza textura. En uno de estos caserones ancianos y gastados, nació María. En el tiempo en que sucedieron los hechos que narramos, aún pendían de la pared de la cocina los cuernos del bien crecido ciervo que se despachó, cocinó y degustó por toda la vecindad para celebrar el bautizo de la niña.

María era un diamante. Si se nos permite el comentario, diremos que Susito tenía razones para enamorarse. Seguramente habría descubierto en ella aquel innegable talento innato para la sonrisa, su fresco sentido del humor, su diligencia en el trabajo, o su belleza radiante y humilde. Su pelo no brillaba al sol, como dicen los poetas, aunque su melena suave agradaba a al levantarse con el viento. Sus ojos no despedían emanaciones de luz, pero podían decir muchas cosas con una sola mirada. Sus dientes no semejaban perlas, sino llanamente dientes, con toda su armonía natural. La suya, en efecto, era una belleza morena y mediana, natural y castiza, que no desmerecía de cualquier otra.

Las propiedades de los padres de Susito rayaban con las de la familia de María, y desde el principio unos y otros se trataron y se tuvieron gran cariño. No es raro que sucediera así, pues entre la gente del campo la vecindad tiene un significado especial y profundo, muy diferente al que tiene en las ciudades. Supone conocimiento, y éste implica colaboración. Al fin, cuando no se interpone entre la personas una grave disputa o un odio implacable, los antiguos vecinos acaban haciéndose nuevos parientes, y entran en casa y salen de ella como si en ella viviesen, y comparten las viandas y las ganancias y hasta las ilusiones. Incluso es usual que entre ellos surjan negocios, pactos, convenios, donaciones, entendimientos, fraternidades, matrimonios y todo tipo de relaciones. Porque en las tierras de Extremadura, en los tiempos a que nos referimos, el Estado quedaba muy lejos, y toda ayuda había de venir, sin otro remedio, del amigo, del vecino, del prójimo.

En consecuencia, de la intimidad entre ambas familias brotó instantáneamente la intimidad entre ambos jóvenes. De la intimidad vino la amistad; de la amistad, la comunión; de la comunión, el apego; del apego, el celo; del celo, el deleite. Y a los catorce años cumplidos, recién abiertos sus sentidos internos al deseo, Susito y María se contemplaron con penetrante mirada, a la par de éxtasis y de temor, confusión ordenada, olvidadizo recuerdo, caprichosa terquedad, lluvia de silencios. Pero no caeremos en las redes de la reina de los sueños; y procuraremos no cantar canciones paradójicas a los puntos cardinales. Baste esta palabra para comprender: enamoramiento. Quien lo haya padecido (y digo bien: padecido) ya habrá intuido la verdad hace muchas líneas.

Los poetas han nombrado de muchas maneras este sentimiento, y han dicho de él inefables bellezas y también estúpidas cursilerías. Han hablado de la pasión, de su satisfacción, de la tensión entre los amantes, de la angustia del amor rechazado, de los celos, del engaño, de los deseos incumplidos y de los coqueteos que alimentan el fuego. Lo que no han contado es que ese amor del que hablan se parece poco al que podemos contemplar a nuestro paso. Pues, en efecto, raro es el amor fogoso, pleno, profundo, posible, fuerte, fiel, sincero, íntegro, honorable y ebrio en la vida real. A menudo, y salvo excepciones, más hermosas cuanto más inesperadas, obstáculos insalvables y terribles se interponen en el sendero del amor. Es fácil ensalzar el gozo de la posesión o componer poemas que traten sobre la esperanza de su fugaz alegría. Pero no agrada explayarse en el dolor del amor perjudicado.

Nosotros, que tampoco disfrutamos con este triste oficio, consideramos de nobleza no pasar por alto los espeluznantes misterios del amor rechazado, perseguido o encarcelado. Por ello, queremos llevar al lector hasta el final de esta historia, la de Susito y María, que había comenzado demasiado bien. Empero, la vida gusta mucho de torcer lo derecho y embarrar lo limpio. Susito y María tenían que sufrir… no podía ser de otro modo.

Los padres de María pasaron por una mala época, las cosas no iban bien entre ellos, y decidieron separarse por un tiempo. En principio, no era más que por unos meses, pero los meses pasaron, y sumaron años, y los años separaron también a los jóvenes enamorados. Por desgracia para ambos, fue el padre de María el que permaneció en la finca, y la joven tuvo que someterse a la potestad de mi madre, acompañándola, en fin, en su viaje hacia ninguna parte. Pero Susito permaneció en Extremadura, creció y se hizo un hombre vigoroso; no obstante, sus paisanos y parientes continuaron llamándolo Susito, que a veces pasaba a convertirse en Suso, lo cual le sentaba mejor a sus años. María creció asimismo, pero demasiado lejos. En todos los años que transcurrieron entonces, no volvió ni una sola vez.

El tiempo y el espacio hacen desconocidos a los corazones que una vez se amaron. Aun así, no siempre el recuerdo se borra absolutamente, y quedan escondidos en lo más hondo de la memoria retazos de vida clavados de lleno en el alma, huellas dispersas y oscuras de un pasado que no se recordaba; y en un fogonazo brusco y fiero se presentan a la conciencia para arrumbar y echar por tierra los muros de olvido construidos con tan gran pesar. Al principio provocan sólo malestar, incordio, irritación. Enseguida empiezan a hacerse compañeros de camino. Poco después te despiertan por las noches y te visitan en tus sueños. Cuando te das cuenta, se han apoderado silenciosamente de tu voluntad y tu inteligencia. Nada queda del olvido: todo es memoria. Nada del pasado: todo es presente. Es entonces cuando más abiertamente se ven los fantasmas que se pretendían evitar y se conoce el depósito infame de tristeza que se ha ido acumulando durante años.

Así fue con Susito y María. El fogonazo, sencillamente, sucedió. Como antes o después tenía que ocurrir, María ya tenía pensado qué iba a hacer; y al llegar el momento, retornó al pueblo, coincidiendo con unas vacaciones. Entonces los espectros del amor enterrado vivo salieron a la luz del sol, y aquellos corazones duros y distantes se miraron de nuevo. Pero ya no vieron en el otro la meta de todos los afanes, sino el insuperable abismo de la distancia y el imborrable dolor de la oportunidad desaprovechada. Vieron, de un relámpago infausto, la sombra brillante de lo que podrían haber sido, y el contraste con la figura espantosa en que se habían convertido los inundó de espanto.

Susito aún cuidaba los rebaños de su familia. Sus hermanos lo acompañaban. Llevaban las reses por los montes cercanos, se detenían junto a los arroyos y manantiales, y esperaban pacientemente a que estuviesen satisfechas. Paso a paso volvían, por los polvorientos caminos y a través de campos incultos, a los pastos que les era permitido visitar, y por la tarde guardaban el ganado en los cercados anejos a la casa, con mimo pero con severidad. La vida era rutinaria y apacible en los campos de la somnolienta Extremadura. Apenas había motivos para variar el curso de las cosas.

María, en cambio, ya tenía familia. Se había casado muy pronto, embarazada. Su marido se llamaba Félix, trabajaba en la construcción y le había dado una vida desahogada y urbana. Alejandro y Lucía eran sus hijos. Alejandro era el mayor. Habían aprovechado el verano para visitar el viejo pueblo y la vieja casa de campo, haciendo compañía durante unos ligeros días al abuelo, que vivía solo. La madre de María, por desgracia, había muerto años atrás en un accidente. Pero María no había avisado a nadie del pueblo, salvo a su padre. Suso se enteró de algún modo, aunque pensó que no tenía por qué enfadarse, ya que, después de todo, y a pesar del dolor que sentía, María ya no existía para él.

Pero existía… ¡Claro que sí! Aunque él no lo quisiera reconocer, una parte de sí seguía soñando con ella; o peor, seguía siendo de ella. Y María padecía el mismo mal. Porque aquel primer amor, aquel primer zarandeo de  las entrañas, había sido demasiado intenso, demasiado entusiástico, para ser olvidado de plano para siempre. Los fantasmas son reincidentes, por desgracia para ellos…

Era una mañana luminosa y tórrida, de esas que tanto abundan en el verano extremeño. En esas mañanas puede oírse el silencio y verse el calor. El sol apretaba demasiado, y Suso y sus hermanos no habían salido con el ganado. Era mejor guardar las ovejas en su aprisco y esperar que al final de la tarde refrescase. María y su familia fueron de semejante parecer, y se lo aplicaron a sí mismos, ya que aquella mañana descansaron a la sombra de las mohosas paredes de la vieja casa.

Los viejos decían que aquel calor no era normal, que el tiempo estaba loco. Como los corazones…

Daban las doce en el reloj de la añosa cocina. Suso abrió la nevera, tomó una cerveza y pensó en disfrutarla apoyado en el pretil del soportal que maquillaba su casa. Pero cuando salió por la puerta vio a alguien que no esperaba volver a ver.

María…

Ella estaba a punto de llamar a la puerta. Había dejado a su marido y sus hijos un rato solos, con la excusa de visitar a un viejo amigo. Aunque no mentía, porque en realidad ardía en deseos de hablar con Suso. Hablar y recordar, porque sus fantasmas le inflamaban el pecho, y eran implacables…

Al verla ante la puerta, el estremecimiento que sufrió Suso no tiene descripción posible. Primero pensó en frotarse los ojos, como hacemos cuando despertamos y estamos aún más en sueños que en vigilia. Mas pronto, cuando con el paso de los segundos fue recobrando la presencia de ánimo, probándole sus ojos que no se engañaba, se reanimaron los sentimientos soterrados en él.

¡Ella estaba allí de nuevo, delante, mayor, pero también más bella! ¿Por qué? Tenía tantas cosas que decirle… Sin embargo, en ese instante no supo por dónde empezar.

María fue quien rompió el silencio, con cierta timidez:

– Jesús, precisamente venía a verte a ti.

Cuando oyó su nombre, Suso reaccionó por fin:

– Jesús… ¿Por qué me llamas así? Antes siempre me llamabas de otra forma…

– Es verdad. Te llamaba Susito –replicó ella, sonriendo.

– María… Creía que nunca más te volvería ver. –Se detuvo, y se ensombreció su gesto-. ¿Cómo estás?

– Bien –dijo ella, aunque no sonaba muy convincente- ¿Y tú?

– Yo aquí estoy, como siempre… –contestó Suso, muy despacio.

Estas últimas palabras sonaron a María como un reproche, pero se sobrepuso y decidió afrontar cualquier reparo.

– Quería volver a verte, ¿sabes? –le dijo.

Pero él respondió:

– A mí me parecía que no.

– ¿Cómo no iba a volver? –repuso ella-. Ya hace mucho tiempo que me fui, es verdad; pero aún me acordaba de vosotros… y de ti.

Pero Suso no estaba dispuesto a ceder a las primeras de cambio:

– Te fuiste hace demasiado tiempo. Es fácil olvidar…

Pero de pronto se calló, cerró los ojos, y dijo muy despacio y muy triste:

– En realidad, te fuiste en seguida.

Quería callarse, quería aplacar toda la rabia que sentía dentro, quería tomarla en sus brazos y abrazarla y hacerle el amor, y gritar al mundo entero que ella era suya. Quería tocarla y romper de una vez por todas el muro entre los dos, hecho de tragedia, hecho de destino. Pero no se atrevía a hacerlo. Muros infranqueables se lo impedían, de los cuales el más tremendo era el rencor.

– Yo no quería irme, Susito, y tú lo sabes –se disculpó ella elevando imperceptiblemente el tono de su voz, tratando de mirarle a los ojos.

Hubo un silencio incómodo entre ambos. Suso se volvió para apoyarse en el antepecho, mirando al horizonte. Tenía la mente oscura, pesada. María, en cambio, deseaba ante todo que no llegasen sus hijos o su marido, y disponer de unos minutos para hablar con él. ¡Tenía tantas cosas que explicarle, y tan poco tiempo…! Así que empezó de nuevo:

– No fue culpa mía. Fue culpa… de la vida –afirmó con gesto suplicante.

Suso se volvió bruscamente:

– ¿La vida? ¿Quién es la vida? –replicó, y retornó a su posición.

Hubo otro silencio. Esta vez fue él quien lo truncó:

– ¡Yo te amaba! –dijo casi gritando.

– ¡Y yo a ti! –reconoció ella (su voz sonaba de pronto tan melancólica…).

– ¡Me rompiste el corazón! –le espetó Suso, con una mueca de dolor infantil.

– ¡Yo no quería! Era muy joven… Mi madre me obligó a acompañarla… –las excusas de ella sonaban lejanas en medio de aquel calor aplastante-. Y yo también acabé con el corazón destrozado, ¿sabes? –era la verdad, y se le notaba en los ojos…

– ¿Por qué has vuelto? –inquirió Suso, inflexible y hosco. Poco a poco, la rabia, el dolor acumulado en vetas de ira, la tristeza inaplacada, la nostalgia que había horadado su fortaleza, estaban ganando la batalla; aunque él aún quería tocarla. Era un impulso animal que anidaba en su inconsciente, algo más fuerte que sus sentimientos y que su razón.

María dudó de la intención de la pregunta, pero se mostró firme:

– Para verte de nuevo… –contestó ella con serenidad.

– ¿Aún te acuerdas de mí? –Suso cambió de expresión al decir esto; ella lo percibió enseguida.

– Cada día que pasa –le confesó con ternura.

Se miraron a los ojos. Algo empezaba a derrumbarse entre ellos: los años, la distancia, los resentimientos, la noche… Quedaba mucho por hacer, pero la demolición había comenzado.

– Yo me acuerdo continuamente de ti –dijo él. Era la verdad, pero hasta entonces no había querido admitirlo.

– ¿Qué tal estás? –susurró ella, casi como quien pregunta a un moribundo si siente dolor.

– ¡Mal! Ya me ves. Trabajo y respiro, ¡que no es poco! –si bien, desde que ella vino, parecía que sus pulmones recobraban brío-. ¿Y tú? –agregó avergonzado de pensar sólo en sí mismo.

– Ahora que te he visto, creo que bien –sonriendo ilusionada.

Sin querer, sin darse cuenta ninguno, se habían ido acercando, hasta rozarse, y al pronunciar María esta última frase, estaban a punto de besarse de nuevo.

Pero los fantasmas tienes antagonistas. Y si la sombra del amor puede llegar a ser fuerte, no es menor la potencia de las cadenas con que nuestras decisiones nos atan a estacas que un día creímos árboles del paraíso. Antes de juntarse sus labios, María recordó algo, y detuvo la gravedad insensible con que su cuerpo la conducía hasta aquel hombre, y enseguida añadió, en tono de pedir disculpas:

– Estoy casada… Y tengo dos hijos.

Entonces él le espetó:

– ¿Lo amas de verdad?

– ¿A quién?

– A él…

Ella no se dejó sorprender:

– Sí.

Él se lo esperaba, pero no sabía qué pensar…

Calló durante unos segundos. Dejaron de mirarse. Parecía que no podrían entenderse, que el débil chispazo amenazaba con ahogarse… Pero enseguida ella prosiguió:

– Aunque también te amo a ti –quisiera no haber dicho esto, mas no pudo reprimirse, pues sus fantasmas llevaban demasiado tiempo reclamándole esta libertad.

Aquello era justo lo que Suso deseaba y, a la vez, temía. Deseaba el suave y húmedo abrigo de aquellas palabras, mas temía el efecto destructor que, seguramente, tendrían en un alma atribulada como la suya. Aun así, una sonrisa de alivio le recorrió los labios:

– ¡Y yo a ti…! –contestó.

– Pero no podemos hacer nada –intervino en seguida María-. Ya ves… ¡tengo familia! –suspiró profundamente, como quien está a punto de morir y pide un último vaso de agua-. Tengo que irme con ellos, tengo que cuidarlos…

– Lo entiendo –musitó Suso, aunque hubiera preferido no saberlo-. Tienes que cuidarlos…

Dijo esto último llorando por dentro. Ella también lloraba. Pero las lágrimas del alma, cuando son reales, se vuelven témpanos; y no es extraño que dejen seco el aljibe de los ojos. Un par de lágrimas emergieron de éstos, mas se secaron inmediatamente.

De nuevo volvieron a mirarse:

– Te recordaré siempre –dijo él.

– Es mejor que me olvides… –le aconsejó María, con aquel nudo en la garganta que amenazaba afixiarla.

– ¿Por qué? –replicó Suso, acercándose más a ella, hasta agarrarla por los hombros- ¿Por qué tengo que olvidarte si aún te amo? ¿Por qué tengo que olvidarte si quiero amarte siempre?

Ella no tuvo respuesta a esta confesión apasionada. Suso la miraba con ardor, parecía estar a punto de estallar. Pero ella desvió la mirada, y él comprendió, con el corazón, sin palabras. Porque hay cosas que se dicen y se entienden mejor con la mirada y con el alma.

Se retiró. Tomó de nuevo su cerveza, que aún no había comenzado a beber, y se apoyó de nuevo en el pretil del atrio. El calor era opresivo.

A lo lejos se oyeron voces: eran los hijos de María. Pronto llegaron y se abalanzaron sobre su madre. Con ellos venía Félix, su marido.

– ¡Hijos, venid! Os presentaré a un viejo amigo –gritó ella, disimulando como pudo sus ganas de llorar.

Entonces, ya sí, todo pasó como tenía que pasar…

Pocos días después, María y los suyos volvieron a su hogar.

Para entonces, Suso ya se había marchado de casa. Fue una mañana, muy temprano. Sólo su madre lo supo. Y aunque no lo aprobó, lo consintió, pues el dolor de Suso no se calmaría en aquel lugar, en aquellas soledades, entre aquellas ocupaciones de siempre. Pensó que le vendría bien conocer otros pueblos, otras gentes, y que así en poco tiempo volvería restablecido a casa, o encontraría a otra mujer a quien amar.

Pero Suso nunca volvió… Y su madre siempre tuvo en el rostro la pena por su desaparición.

Muchos años más tarde, un sacerdote solitario oficiaba con voz callada el responso ante el ataúd barato de un cadáver abandonado. El cementerio estaba casi en penumbra. Sólo el enterrador lo acompañaba. Aquel hombre había muerto hacía varios días en la más absoluta soledad y desamparo. Quizá no era más que un mendigo, uno más. No tenía papeles que le identificaran. Nadie le conocía por allí. Nadie había reclamado su cuerpo. Así que llamaron al sacerdote para que rezara por su alma antes de sepultarle en el nicho común, y le entregaron la única pertenencia que aquel desgraciado dejó al morir: un pequeño papel amarillo y raído en que había escritas unas palabras con una especie de tinta roja. En el papel se leía: “Te he amado toda mi vida y no voy a dejar de hacerlo sólo por morirme”.

El sacerdote, ingenuo y bueno, pensó que aquellas palabras eran parte de algún poema u oración, y conservó el papel durante muchos años, hasta que también éste, castigado por la vida y el tiempo, se consumió y desapareció, como todo lo demás.

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