CANCIÓN ETERNA (extracto del Cap. XII)

Hoy un traigo un regalito especial. especialmente los que estáis solos, quiero que leáis este capítulo, que lo disfrutéis, y que recordéis que me tenéis muy cerca.

—¡Ay Hind, hija, permanece quieta de una vez y dame respiro, que tengo los huesos castigados con este frío y esta lluvia! Siéntate y cuéntame cosas del campamento. No tengo ganas de levantarme. Estoy molida. Me duelen todas las partes del cuerpo. Para, mírame, ven a mi lecho, siéntate a mis pies. ¿Qué se dice de nosotras entre estos bárbaros sin madre y sin ley?

—No sé, madre Iult, sabes que no soy mucho de pasearme por el campamento, salvo cuando tú me lo ordenas. Son todos sucios, zarrapastrosos, y me miran con esos ojos lívidos y codiciosos, como si yo fuera un trozo de carne más de esos que se comen a medio limpiar y a medio asar. Sabes que me repugnan, mi dueña. Pero el caso es que ayer estuve a ver a Reufelnaf, como me ordenaste, y a reclamarle las tres monedas de hierro que nos debe por las dos vírgenes que le conseguimos a su compañía, y tuve ocasión de oír lo que se dice por ahí.

—¿Y qué se dice, Hind, hija? ¿Qué piensa la gente de nosotras? —preguntó Iult, con curiosidad, aunque sin cambiar el gesto cansado y serio.

—Tú bien lo sabes, madre —replicó Hind, delgada, de piel dorada y largo pelo oscuro que le llegaba hasta la cintura, muy joven, apenas dos decenas de años, con la mirada profunda, la mandíbula armoniosa, los pómulos adelantados, la nariz egregia y unos labios rojos con la forma de un corazón. —Dicen que somos unas hechiceras malvadas y que somos peligrosas, que no deberíamos estar aquí, que traemos malos augurios al ejército; pero también dicen que somos amigas de los pobres soldados, buenas conseguidoras de placeres ocultos, y que es bueno tenernos por aliadas. Sin embargo, no dudo que nos acuchillarían en cuanto pudieran, si no nos temieran.

—Todo eso lo sé, todo eso lo sé… Los soldados son como las demás personas. No son más listos por tener una espada o una lanza en la mano. Y éstos no son ni siquiera soldados. Son carniceros, pescadores, agricultores, jinetes, cazadores… pero no soldados. Un atajo inmenso de torpes guerreros arrancados de sus casas y sus aldeas, con la promesa de ricos botines y mucha sangre que satisfaga sus ansias de venganza, por un rey despiadado y ambicioso. Es a él a quien debemos mantener aferrado. Él es quien me preocupa. Aunque si no fuera por nuestro señor Amhesmu, mucho me temo que Arn rompería las ligaduras que le hemos tendido con facilidad. Ya está viejo, pero tiene el corazón fogoso; antaño fue un hombre irrefrenable, visitador de todos los excesos, hecho a sí mismo, conquistador de tronos, violador de doncellas, desmembrador de enemigos. Su temple es duro, créeme. Solo el terror que infunde el dios puede garantizarnos su amistad. Nuestros poderes, aunque grandes, no bastarían a la larga para domeñarlo. Pero, dime, hija, ¿qué se dice de la guerra en el campamento? ¿Algún comentario?

Hind pensó unos segundos tratando de recordar e hilar todos los cabos. Luego añadió, sin detenerse en hacer cosas por la tienda:

—Madre Iult, los hombres están inquietos. Los noto inquietos. Puede que no sean más estupideces de estúpidos, pero me da la impresión de que los oficiales susurran y los soldados hablan a las claras sobre cosas que pasan lejos y que no parecen prometedoras. Cuando les inquirí, como si no me interesara, por la guerra en general, Reufelnaf calló y puso cara de pocos amigos. Y eso no es buena señal, señora. O yo soy tonta o no es buena señal.

—¿Oíste algún nombre? ¿Oíste hablar de alguien en concreto?

—¿Cómo que alguien? —preguntó Hind.

—Sí —respondió Iult—. No sé… Ya sabes, si los soldados hablaban del rey de Albia, o mencionaron a alguien más, esas cosas, aunque solo sea para insultarlos.

—Es curioso que lo preguntes, mi señora —reconoció Hind—. A veces creo que me engañas, y que tú tienes más poderes premonitorios que yo.

La bruja rio en la cama y eso le produjo una tos que le impedía hablar mientras decía:

—¡No te preocupes, mi aprendiz! Yo solo uso la lógica. Tú eres quien tiene intuiciones. En mi caso, es la experiencia de una vieja. Pero cuéntame, cuéntame. ¿Qué nombre oíste?

—Es un nombre que no había oído nunca —dijo Hind, lentamente, entrecerrando los ojos—. Suena como cuando mi padre lanzaba piedras a las colmenas y hacía salir a las abejas después de encender el fuego. Lo recuerdo como si fuera hoy. La piedra viajaba un instante por el aire, con un zumbido así como “aaii”, y luego golpeaba en el panal o en el tronco del árbol, “poc troc”. Cuando oí ese nombre me acordé de esto, no sé por qué…

— Ároc —dijo la vieja.

—Sí, ese era el nombre —respondió Hind, mirándola de soslayo, impresionada—. No te pilla de sorpresa…

—Lo conozco bien.

—¿Y quién es? —Quiso saber la esclava.

—Un duro enemigo, hijita —replicó Iult, sin odio, pero con un toque de acero en la voz—. Antaño fue un amigo, sin embargo. Si es que tuvo alguna vez un amigo… Hoy es mejor que su nombre no se oiga en este campamento. Amhesmu lo conoce mucho mejor que yo, y no le gustará saber que hablamos de él.

— ¿Amhesmu? ¿Qué quieres decir?

—Quería saber si los hombres hablaban de él porque eso indica que de alguna forma ha vuelto. Era un general de Albia, hasta que su rey lo exilió, según dicen. Pero él tiene la fuerza para liderar un contraataque. Es a él a quien Amhesmu persigue.

—Ahora te entiendo menos, madre —contestó Hind—. Oí su nombre una vez a media voz, no sé quién lo pronunció, pero había un grupo de sarnosos reunidos en torno al fuego y parloteando mientras se pasaban una bota de algo que no sería agua. Pero nada más. No lo recordaba hasta que tú me has insistido. ¿Tan importante es?

—¡No hablemos más de él, Hind, curiosa cervatilla! Trae malos augurios. Ahora ven, dame la mano y ayúdame a levantarme, que quiero estirar estas piernas cansadas y puede que esta noche vaya a ver al rey.

—Iré contigo —comentó Hind.

—¡No! —exclamó la bruja—. Te quedarás aquí y prepararás nuestra partida.

—¿Nuestra partida? ¿Es que nos vamos, madre? ¿Cuándo pensabas decírmelo?

—Nos vamos, sí, nos vamos… Tampoco es una desgracia, más bien te gustará, créeme. Pero no nos vamos lejos ni para siempre. Necesitamos hierbas y puede que también algún que otro hueso, así que había pensado que mañana partiríamos durante un par de días a los bosques cercanos para buscar nuestras cosas y nuestros elementos.

—Tengo miedo. Dicen que hay merodeadores, hombres peligrosos del enemigo en esos bosques.

—La mayor parte están calcinados. Otros, invadidos por nuestros mendigos, nuestras putas y nuestro equipaje. Un ejército como éste lleva consigo otro más numeroso que lo sigue; y también es nuestro coto particular de pesca, ya lo sabes. El resto de los bosques está vigilado por los hombres de Arn. No hay nada que temer. Además, ¿quién haría daño a una anciana y a su joven nieta? —preguntó con una sonrisa pícara.

—Preferiría quedarme aquí.

La vieja la miró con intensidad.

—Escúchame bien, Hind. Voy a decirte algo. Si me ocurriera cualquier cosa, si algo me pasara… tú deberías huir inmediatamente hacia el norte y el oeste. ¿Has entendido?

—Quieran los dioses que no te pase nada, mi señora —dijo Hind, aproximándose a la vieja y arrodillándose a los pies de la cama—. No sabría qué hacer sin ti. Estaría sola en el mundo, sin la mujer que me salvó la vida y me enseñó cuanto sé.

— ¡No digas bobadas, tonta! —le espetó la bruja—. No va a pasarme nada, tranquila. Solo lo digo por si acaso. ¿Has comprendido? No sabemos cuánto tiempo vamos a estar aquí. La guerra podría alargarse sin sentido varios meses, puede que incluso años… Antes o después tienen que levantar este campamento y despedir a los guerreros, pero no sabemos cuándo será. Hasta entonces pueden pasar mil cosas. Y, por si acaso, solo por si acaso, aunque no me pasará nada, quiero que sepas lo que tienes que hacer. Evita a toda costa caer de nuevo en las manos de los bárbaros, ¿me has oído? ¡Eso nunca! Huye de noche, embozada, válete de los hechizos que te he enseñado, y no pares de caminar hasta que no puedan alcanzarte. ¿Me has escuchado?

—Sí, maestra —dijo Hind, emocionada—. Pero me esforzaré por cuidaros y defenderos para que nos os pase nada jamás. Tenéis que permanecer a mi lado por muchos años.

—Y así será —concluyó con gesto cansado Iult—. Ahora ayúdame a incorporarme.

Hind, sin poner mucha atención en lo que hacía, tomó en sus manos las de la anciana. De pronto, el mundo alrededor, la tienda, los objetos, las mesas, las sillas, la cama, incluso la luz que entraba por la rendija de la cortina de pieles, todo se volvió borroso, difuso, desenfocado, fantasmagórico. Los ojos de Hind se quedaron en blanco. Los ojos de Iult se perdieron en el infinito. El tiempo pareció detenerse para ambas. Los contornos de sus propios cuerpos perdieron minuciosidad y las imágenes ordinarias que captaban sus retinas fueron sustituidas, como un relámpago abrupto a pleno día, por sendas e intrusas percepciones extraordinarias.

Iult se adentró en un lugar inhóspito que no le era desconocido pero que helaba la sangre nada más verlo. Oscuridad, gritos y frío, mucho frío. Un frío que helaba el alma. El infierno. El inframundo, donde en regiones sin mapa ni guías las almas malvadas eran castigadas por sus propias víctimas o sus propios actos, como verdugos que tomaran cuerpo de la tierra misma, en una horrenda sucesión de visiones peores que cualquier pesadilla, invisibles para los ojos de los vivos, permanentes para los ojos de los muertos, que ven ya sin filtro, sin carne que los ciegue, sin noche ni descanso. El inframundo se abría ante ella como una boca de león, infecta, que se cerrara sobre su propio ser, rodeándola, masticándola. Desde una montaña, como si fuera un privilegiado escalador, contemplaba las distintas sucesiones de sombras y sombras aún más negras, con cenagosos ríos, hilarantes abismos, pestilentes praderas, y una población cuyo número no podía contarse, cada cual con su castigo propio, pero muchos de ellos eternamente riendo, mientras se desgarraban a sí mismos, presas de un dolor insoportable. Pero los peores no eran quienes gritaban o quienes reían como locos de atar, sino quienes deambulaban en silencio, serios, cabizbajos, como un enamorado que hubiera perdido toda esperanza; éstos tenían la mirada tan inmensamente melancólica, que posar los iris sobre ellos provocaba un estremecimiento torrencial y espasmódico; sus caras mugrientas, sus cuerpos cadavéricos, sus bocas secas, pero con esos ojos tan vivos, tan tristes, tan profundos… Así era el reino de Amhesmu. El que todo lo devora. El comealmas. El dios del inframundo, de la muerte, de la noche, de la tristeza más radical.

De pronto, perdió pie y cayó al vacío.

No se estrelló contra la interminable oscuridad del fondo, sino que se detuvo, aterrorizada, ante la puerta de una choza pobre, de cañas y barro, cubierta de musgo enfermo, envenenado. El interior era todavía más sombrío, si ello fuera posible. Se oía un débil repiqueteo dentro de la choza, como si alguien estuviese haciendo la comida y moviendo cacharros de loza de acá para allá. Impulsada por una fuerza y una curiosidad que no provenían de su interior, Iult se adelantó unos pasos y se asomó a la choza, mientras su corazón parecía querer escapar de su pecho.

Su madre.

Estaba como siempre la había recordado. Con su largo pelo blanco, que le llegaba por debajo de las nalgas, atado en una coleta de varios nudos. Con sus manos callosas y lentas, con su cara cubierta de arrugas por la vejez, con su cuerpo menudo cargado sobre sus propias espaldas, y aquellos zapatos de madera que solía usar para moverse por la casa y alrededores. Con su gastado vestido de lana basta y encima un delantal manchado por todas partes. Limpiaba varios platos con un trapo más sucio que los mismos. Y se afanaba en colocar una estantería repleta de cosas inservibles.

Iult se detuvo en la puerta. Quería ir a abrazarla pero tenía miedo…

De pronto su madre le preguntó:

—¿Te vas a pasar el día en la entrada o quieres pasar y charlar un rato conmigo?

Iult reprimió una mueca asustada, pero enseguida comprendió lo que estaba sucediendo.

—Aprendiste trucos muy poderosos, madre. —Y sonrió con orgullo.

Su madre se dio vuelta y la miró desde el fondo de la choza con el gesto serio pero los ojos vivos, casi juveniles. Unos ojos cálidos, centelleantes.

—Tenía ganas de verte una última vez —confesó—. ¿No vas a venir a abrazar a tu madre?

—Esta visión me la has enviado tú, ¿verdad? ¿Qué dice Amhesmu de esto?

La madre se sintió contrariada al comprobar que su hija no se movía.

—¡Siempre desconfiaste de mí! Amhesmu no sabe nada, y será mejor que siga así. Incluso en este reino hay rendijas por donde los muertos se comunican con los vivos, sin que él las conozca. No lo puede todo, ¿sabes? Si así fuera, el mundo entero sería su dominio. Lo que está en los cielos, lo que está en la tierra y lo que está en las estrellas. ¡Todo sería para él! Pero no, hija, aquel cuyo nombre no pronuncia aquí, que gobierna con poder distante, cortó las alas de Amhesmu y maldijo su simiente, envenenó su sangre y encadenó sus manos. Todo ello lo hizo sin que pareciera un castigo, porque le dotó de dones sin igual pero con una condición: solo podía dar si al mismo tiempo se negaba toda iniciativa y perdía su poder. Así es como Amhesmu depende de los hombres para actuar. Y sí, esta visión te la he enviado yo. Quería darte mi último mensaje.

—¿Tu último mensaje?

—Un aviso, más bien. Una profecía. Pero ¿no darás un abrazo postrero a tu vieja y podrida madre? Déjame sentir por última vez el contacto de tus miembros y tu piel.

—¡Madre!

Iult se lanzó a sus brazos como una niña que, asustada, encontrara a sus progenitores, y ambas lloraron por el espacio de años sin término, apenas un segundo en el tiempo del mundo de los vivos.

—¡Cuánto te he echado de menos, madre! —dijo Iutl—. He tenido miedo. Y estaba sola.

—Haces bien en tener miedo, mi niña —le aconsejó su madre—. Pues poderosos son los seres con los que tratas. No confíes en ellos. No confíes en nadie.

—¿En nadie?

—Bueno, quizás sí en esa ayudante que tienes. Los muertos sabemos muchas cosas, y aunque no puedo contarte más, ella se redimirá de sus pecados y quizás antes del fin sea digna de algo mejor. Pero ahora debo decirte algo, pues para esto te hice venir, hija mía. Tuve que esperar hasta que tu ayudante te tocó la mano, pues tiene extraños y grandes poderes de intuición por los que yo podía colarme hasta tu mente. Pero no ha sido fácil y no tenemos mucho tiempo. Además, no sabemos qué estará pasando por la mente de tu esclava, pues ella también está en contacto con este mundo de sombras, a su manera. De forma que escúchame, bruja aprendiz de mis saberes, y apunta bien mis palabras perentorias en tu memoria. ¿Recuerdas al viejo profeta maldito, Ockú el impío? Bien sé que lo recuerdas, no hace falta que me contestes. Largos sean sus años de castigo en el inframundo y no me acerque yo demasiado a su lugar de condena. Pues bien, cuando de vez en cuanto iba a visitarnos a nuestra caverna, me hablaba siempre de un antiguo objeto que daría un poder inimaginable a quien lo tuviera en su poder. Un poder tan soberbio como el de un dios. Un poder que protegería a su poseedor de cualquier amenaza, de cualquier hechizo o maleficio. No solo una defensa física, sino también mágica. Nadie exactamente qué es, pero sí sabemos su nombre: el Teoz.

—¿Y por qué me cuentas algo así, madre? ¿Para qué quiero yo un objeto así y dónde lo encontraría?

—¡No es para ti, locuela! He hablado con varios muertos de altos saberes sobre esto, y todos coinciden en lo mismo: sea lo que sea el Teoz, fue enviado a la tierra por Anup, ser supremo del cielo, con la intención de ayudar a los hombres frente a los dioses. No sirve para otra cosa. De modo que, si usas un poco tu inteligencia, sabrás que quien lo posea atraerá el poder maligno de Amhesmu como un imán, que lo buscará y buscará hasta arrancarle el alma y desmembrarlo y consumirlo en la hoguera de sus fauces. ¿Quieres acaso ser pasto de su voraz hambre? No. Debes dejar que lo encuentre ese rey bárbaro tan estúpido al que sirves. Prevén a Amhesmu, quien teme al Teoz y estará dispuesto a cualquier cosa por destruirlo. Cuando el bárbaro lo encuentre, Amhesmu lo devorará y te dará las gracias. Y si no lo encuentra y muere en el intento, también lo hará, pues el Ser negro está deseando que el estúpido y orgulloso bárbaro le dé un motivo para masacrarlo. Es solo un instrumento en sus manos. Solo un cuchillo que usa para cortar la carne, pero cuando tenga la carne en su boca, el cuchillo no le servirá de nada.

—¿Y crees que esa carne es Albia? ¿O es Somnia entera?

—Esa carne es el héroe, hija mía. Todo eso no es más que una excusa que Amhesmu ha inventado para matar al héroe. Es el único motivo por el que el mundo está en guerra civil. Mientras el héroe viva, Amhesmu se consumirá de ira.

—¿Por qué, madre? ¿Por qué él?

—Las razones de un dios solo un dios las conoce. Aunque creo que hay una historia entre ambos que no muchos recuerdan, y que en este mundo de oscuridad no se pronuncia. Pero, en el fondo, creo que lo que hay es miedo. Amhesmu teme el poder que el héroe puede alcanzar, y que le robe el corazón de los hombres.

—¿Y si pudiera poner al héroe en sus manos?

—Lograrías los dones y beneficios que Amhesmu puede conceder, hija. ¡Serías la hechicera más poderosa del mundo! Incluso más que yo, en realidad mucho más que yo.

—Eso haré.

—Convence a Arn para que busque el Teoz. Háblale con toda tu astucia. Tienes que lograr que muera de una forma u otra. Y si se niega, mátalo tú misma. Y debes hacerlo pronto. Amhesmu me tortura continuamente y se ríe de mí diciéndome cosas como “tu hija es una inútil”, o también “mírala, no sabe servirme, nunca la enseñaste como es debido”. Y a veces me amenaza con hacerte daño solo para mortificarme. ¡No permitas que eso pase hija! Sigue mi plan: seduce la ambición de Arn con la promesa del poder y la gloria eternos, muévele a perseguir esa quimera llamada Teoz, y pon en marcha el engranaje que lleve a su destrucción. ¿Me has oído? Ponlo ante las fauces de Amhesmu y pronto se terminará mi tortura y él mismo nos premiará por nuestros servicios.

—Así lo haré, madre, no temas —replicó Iult, emocionada y convencida.

—Ahora vete —le ordenó su madre.

—Pero, madre…

La visión se apagó.

Mientras tanto, Hind permanecía a su lado, de pie, sosteniendo sus manos, pero sus ojos estaban perdidos en alguna parte del infinito. Como estatua de sal, durante unos segundos tan largos como edades de las estrellas, permaneció inmóvil. No pasaron ante su mente imágenes horripilantes ni lugares de ultratumba. No vio su alma a otras almas ni conversó con fantasmas o seres del más allá. Pero aun sin ver, lo supo. Ella era una premonitoria, no una vidente. Sabía con anticipación la llegada de un mal, cualquiera que éste fuese, siempre que le afectase a ella o a alguien cercano, aunque en ocasiones no podía ponerle nombre ni forma a ese mal hasta que efectivamente ocurría. Pero lo presentía. Lo intuía antes de suceder. Tenía ese don. Era como si viviera en otra línea temporal, como si el tiempo para ella corriera de otro modo y con otra velocidad, adelantándose, curvándose hasta hacerse tangible, perceptible, apreciable por su oído interior, antes de que las cosas sucediesen en el momento exacto en que iban a suceder. Hind tenía contacto directo con la eternidad.

Ella no necesitaba ver. No necesitaba que ningún ente fuera de ella encendiera los altavoces divinos o demoníacos que la muerte o los poderes innombrables le otorgaban. Ella no precisaba de intermediaciones ni de ritos. No debía orar a los dioses ni comerciar con los demonios. Todo era puramente sensitivo, directo, íntimo, entre la realidad y ella. Tocaba a alguien y podía saber algo de esa persona. No era un fogonazo, ni una hoguera que descubriera un rostro escondido; era más bien un conocimiento directo, una conclusión sin argumentos ni premisas, una convicción que surgía de pronto transmitida por la piel del otro, y de la que, casi invariablemente, el otro no tenía ni idea. Ella era pura, una receptora de información que tenía los pies, las piernas enteras metidas en el océano del universo, del espacio y del tiempo. Ella sabía.

A veces, oía una voz que se lo contaba, y siempre recordaba las palabras. Pero a menudo era solo el conocimiento directo y puro de una conclusión. Ella sabía.

Al tocar las manos de su maestra, dueña y madre, Hind se estremeció y se evadió en la dimensión del conocimiento a la que solo ella podía acceder. Sin explicaciones, sin introducciones, sin palabras, sin visiones de ningún tipo… entendió.

Y se echó a llorar.

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