EL CANON DE ESCARLATA

Relato breve para tardes de aislamiento

El rincón sombrío de un café madrileño. Una penumbra parda, tímida, difumina los contornos de los cuerpos bajo la envolvente caridad de las paredes. Afuera, la tarde se hace mayor. Dos hombres, sentados en el rincón, amigos y enemigos, saborean sendas copas, fuman sendos puros y discuten sobre literatura. Son perdedores metidos a románticos (¡qué otra cosa podrían ser siendo perdedores!), críticos de erudición folletinesca y sufridos escritores, pálidos de andar, inanes de esperar y rojos de humillarse.

– ¡Vamos, Lucio, no me jodas! –exclamó Leo, dirigiéndose a su acompañante.

– Yo no jodo nunca, Leo –contestó Lucio enfadado-. Follo muy de vez en cuando, cuando me dejan; pero joder, nunca.

– Entonces, ¿qué pensamientos son ésos? Cuando te oigo hablar así, me parece que estás a punto de padecer una angina de pecho, o de colgarte el cerebelo de la rabadilla, dispuesto a poner las cosas patas arriba, borracho de histrionismo, que ya de por sí es un estado de ebriedad. Y encima te regodeas en ese patético flirtear con la sencillez, como si la sencillez tuviera algo de apetecible… ¡Solo el artificio, el bucle, la trufa inesperada, la complicación sesuda y morbo con recato de monja son apetecibles!

– Te equivocas una vez más, Leo, y esta es tu tragedia: que identificas con egolatría, con capricho personal, con parapetos del ego, lo que no son más que legítimas defensas frente a la pobreza de conceptos. Tú dices que la morbosidad es deseable, supongo que porque no tienes. Pero yo me pregunto si lo que te falta no es precisamente sensibilidad, por una mala educación, o por un exceso de morbo precisamente. Pero yo estoy harto de esos autores que escriben para masturbarse los sesos conscientemente, de esos iletrados que especulan literariamente sobre el ser y la nada, poniendo en boca de sus esqueléticos personajes la manida idea de un libro hurtado al cubo de la basura o los más deshonrosos sentimientos, sólo propios de un perro; harto del onanismo rebuscado de quienes, no teniendo qué contar, tratan de contarlo llamativamente.

– ¿A qué te refieres? Me parece que te excedes en tus descalificaciones.

– ¿Me excedo, Leo? ¿Me paso? ¡Ellos sí se pasan! Se pasan del deseo a la codicia, de la aventura a la temeridad, de la originalidad al caos. Se pasan, sí. ¡Pero el arte pasa de ellos! Y, al final, solo ostentan el gran defecto de todo artista flojo de talento y potente de ambiciones: demostrar con su verborrea la derrota de su imaginación y su divorcio con la belleza. La mujer no es más mujer ni más hermosa por tener tetas más voluminosas. Ellos creen que deben hacer que les lleguen hasta los tobillos; cuanto más, mejor, éste es su lema. Pero créeme, la belleza no está en la abundancia, sino en las proporciones. Y la literatura y la belleza, o son amantes, o no son nada.

– ¿La belleza, Lucio? ¡Estás hablando como un filósofo! Eso queda muy lejos de la literatura… Aquí lo que vale es el interés: el interés que el lector tiene en el libro, cuya ausencia puede hacerle dejar la lectura a los cinco segundos de comenzada; y el interés que el autor tiene en gustar, porque gustar es trabajar, y trabajar es redimir la faltriquera con el lienzo del parné.

– ¡Pero yo insisto en la belleza, Leo! Seré un filósofo, entonces, pero un filósofo literario, un Sócrates romántico, un Kant quimérico, un Descartes tirado por las calles gimiendo por su amada, la Perfección. Aborrezco en todo caso los relatos inconsistentes, basados en la interposición de contrastes, sostenidos en los fuertes espasmos del orgasmo furtivo que el autor imaginó para su protagonista sobre el piso del autobús urbano. Homero jamás habría creado un Aquiles preocupado por el sabor de los pezones de sus amantes, ni un Héctor que soñara con volver a frecuentar las callejuelas donde cierto día, huyendo de sus deberes de héroe, se topara con un desconocido que lo violó, apartados en las sombras. ¿Qué se ve en esos relatos, dime, Leo? En Homero se ve fuerza, excelencia, formidable y prodigiosa exaltación de la humanidad. En cierta literatura moderna, en cambio, tan anclada al detalle, tan esclavizada por las sensaciones, que rellena cientos de páginas sin decir nada que sea memorable, deudora del premio, amiga del botellón eclecticista, sospechosa de mendicidad, confidente de la perversión, cobarde para volar y durmiente sobre el vértigo de la autodestrucción, ya no hay héroes.

– En eso te equivocas tú, Lucio. ¡Es el héroe quien ha cambiado! Pero héroes sigue habiendo. O antihéroes. Ahora los antihéroes son los verdaderos protagonistas. Porque aportan realismo. ¡Son como nosotros!

– ¿Que el héroe ha cambiado? ¿Te imaginas tú que el sol dejase de brillar y siguiese llamándose estrella, astro de vida, padre de luz? ¿Puede el mar vaciarse y aun así continuar albergando vida y tesoros? ¿O acaso es indiferente su altura, su anchura, su longitud? ¿O quizá vale tanto decir que es de día como de noche, si ni lo uno ni lo otro es indiferente para el que busca algo y no lo ve, o para el que desea dormir y no puede porque los rayos de luz no se lo permiten? Entonces, si todo esto es así, si es imposible cambiar y seguir siendo lo mismo, ¿aplicarás tú al género humano, y particularmente al elemento más egregio que sale de su seno, el héroe, una fórmula tan absurda? ¿Quiénes son esos héroes que nada hacen, que nada logran, que nada enseñan? ¿Esos antihéroes que dices que nos representan pero que nunca nos enseñarán nada que no sepamos ya? Yo te lo diré: ¡son monstruos, sombras salidas del Hades que Homero inventó y que se ha perpetuado misteriosamente hasta nuestros días, incluso por encima de su creador!

– Pero dejemos a los clásicos de una vez, Lucio… Ya no nos valen… Ahora se piensa de otra manera, se ven las cosas de otro modo.

– ¿Qué otro modo, Leo? ¿De qué otra forma los mismos ojos ven las mismas cosas? Pero si eso es cierto, ¿no será que algo se interpone ante esos ojos, modificando la imagen que ellos se construyen de los objetos que llegan a su vista? Explicámelo, Leo, porque no entiendo cómo esa literatura del esputo debe gustarme más que el viejo y pasado de moda clasicismo.

– Porque lo clásico es sólo un punto de vista, ni mejor ni más válido. Eso sólo vale si tú lo piensas y para ti. Y ahora ya no vemos las cosas igual. Sería como querer eliminar los vehículos de cuatro ruedas, solo para volver a montar en asno.

– ¡Estupideces! Yo no pretendo volver al medioevo. Pretendo mantener su pureza. El clasicismo es pureza.

– ¿Qué es la pureza?

– Rigor.

– Rigores, dirás. Solo un ceñidor que nos aprieta el cinturón y nos acelera las ganas de mearnos encima, mientras nos deja marca en la piel. ¡Mira a Escarlata! ¿Quién sabe qué guardarán los suspirantes pechos de esa joven, qué sentimientos de fuego o de tumba anidarán bajo la airada aunque hermosa figura de aquellas curvas? ¿Qué es ante ella la pureza?

– Rigor; y, amén de rigor, dominio.

– ¿Dominio de quién?

– De uno mismo.

– ¿Por qué uno mismo habría de dominarse? ¿Y cómo podría hacerlo? ¿Es que tiene dos voluntades?

– Dos tendencias, pero un solo bien.

– Bah, ¡ya vienes blandiendo lo inflexible! ¡Ya vienes con la espada de lo absoluto! Cuando te pones así eres un adalid de la prohibición. Un verdadero palo de sotana, amigo. Yo no quiero dominarme. ¡Quiero poseerla! Y es la impotencia lo que hace que sienta aversión por lo excelente.

– Estás tocando las pelotas a la razón.

– ¡Y tú me estás tocando las pelotas sin razón, Lucio!

– ¿Reniegas de toda capacidad crítica?

– No. ¡Reniego de la negación! ¿Por qué hacernos tan sólo al modo y manera, a imagen y semejanza del canon? Ese es el problema, Lucio, ¡¡el canon!! El clasicismo pretende reducir la belleza a su estrecho canon. Y la belleza muere con tales cadenas amarrando sus miembros débiles…

– Más bien di que la belleza no existe sin el canon. Es justo la visión contraria la correcta.

– ¡Este es tu problema, te vuelvo a decir: que no eres moldeable! Cuando te empecinas, arrollas. Ya sabes lo que dice el refrán: cuando un tonto coge una linde…

– Pero la linde puede ser la correcta.

– En todo caso, la andará más allá de su final.

– Pero llegará a la meta adecuada.

– ¡Que no aciertas con esa meta, si andas con esas mientes!

– ¿Por qué no he de acertar, si me dirijo a la meta?

– Puede que te la pases, simplemente…

– Estamos de acuerdo en que hay meta, al menos, Leo.

– Ni siquiera en eso, Lucio.

– Pero si así, ¿cómo podemos entendernos? No hacemos más que girar hablando en idiomas diferentes…

– ¿Y no es eso mismo ser humano? Cada uno de nosotros tenemos una visión del mundo tan completamente propia, que resultar imposible la conversación misma. En el fondo, sólo nos hablamos a nosotros mismos…

– ¿Hay salida entonces?

– Puede que en eso sí. O puede que no… ¿quién sabe?

– Y ¿adónde caminaremos?

– A ninguna parte. ¡El arte no tiene por qué tener destino!

– Es tu imagen del arte: gratuito, espeso, vespertino, como la marcha nocturna, que se sabe cuándo empieza pero no cuándo acaba ni qué traerá.

– Eso es el arte. Y también la literatura.

– Pero ¿cómo sabes entonces que es arte lo que haces?

En estas conversaciones andaban Leo y Lucio, los dos amigos escritores, bebiendo entre frase y frase, con tintes de alegres y puede que fumados contertulios de radio nocturna, cuando un tercer hombre se acercó a ellos con porte alegre, despreocupado y ligero:

– ¿Qué hacen mis dos compañeros borrachines? –preguntó a voz en grito.

A lo que Lucio contestó con mal humor:

– No vengas llamándonos borrachos, tú que eres el agujero negro de la humanidad, donde todos los líquidos destilados tienen su mancebía.

Cualquiera que le hubiera escuchado se habría sentido al momento interpelado por aquella agresión injustificada. Pero el tercer hombre no perdió la sonrisa, sino que se limitó a sentarse e inquirir, como si nada hubiese oído:

– ¿De qué discutís esta vez, rockeros?

– De cosas que no entiendes –respondió Lucio.

– De la literatura moderna en comparación con la antigua –contestó Leo.

– No era eso –le corrigió Lucio-. Más bien de la necesidad del canon para la existencia de la belleza.

El recién llegado exclamó:

– ¡Uuuh! Interesante discusión. Yo me quedo a escucharla, si no os importa. Quiero ver quién gana: si lo moderno o lo viejo.

– Este no se ha enterado -terció Lucio.

– La batalla está ganada desde siempre, Manolo –sentenció Leo-. La literatura moderna sustituyó a la clásica, si es que ésta existió alguna vez como tal, del mismo modo que la clásica sustituyó a su vez a otra. Y esta misma sucesión en el dominio es la victoria total: ¡lo clásico ya no existe! Ni siquiera tiene sentido querer recordarlo. Sólo algo es clásico: lo presente. Y es mucha concesión al clasicismo, pues esta palabra define solo un tiempo concreto y un gusto concreto, que ya fue superado.

– Falso argumento, amigo –replicó Lucio-, un sofisma lingüístico, nada más: no hay clasicismo sin maestría, y la maestría presupone la ignorancia del alumno. Los hombres que llamaron clásicos a los clásicos reconocían su superioridad, aún no superada. Pero no me extraña en ti, porque a los trucos verbales se tiene uno que reducir si los referentes objetivos no están de su parte.

– ¿Y en qué consistiría mi error, según tu ciencia, querido Lucio?

– En la oposición misma. La oposición entre lo clásico y lo moderno es falsa. En realidad, no existe tal sustitución. Nos has contado un bello relato para quien tal cosa desea, pero no has pasado del relato fantástico, artificioso y académico. Y ese es el otro gran error de quienes piensan como tú: confunden la realidad con los cuentos. Por eso la literatura clásica era tan grande: porque por una parte era sólo literatura; y por otra se le exigían dos difíciles tareas, tanto más inaccesibles cuanto más beneficiosas para sí y para el resto: hacer al hombre más grande y hacerse a sí misma digna de su grandeza. De modo que se convirtió en clásica no porque sus creadores así la denominaran, sino porque aquellos que llegaron después advirtieron la potencia creativa y humanística que había en ella; se sintieron interpelados, se sintieron elevados, se sintieron creados ellos mismos por aquella literatura, por aquel arte, sobre el que tuvieron una base firme que erigir sus propias creaciones. En fin, no hay modernidad sin clasicismo. Y en tanto renuncia aquélla a éste, así pierde su fuelle, sus referencias y sus sostenes. En definitiva, deja de ser moderna, y se transforma en antediluviana.

– ¡Me aburro con esta conversación, amigos! –terció de pronto Lolo-. Estamos vagando por los cerros de Úbeda, y a mí me gustan más las corridas en plazas pequeñas, si me entendéis. ¡Hablemos de algo diferente! Por ejemplo, lo de los tamaños… como que me ha despertado el apetito de otras disquisiciones, otras averiguaciones más atractivas y prometedoras, si se me permite intervenir…

La propuesta de Lolo era sensata. Pero ya entonces un buen número de oyentes se habían ido arremolinando en torno a los disputadores, atraídos por la fuerza de sus voces y lo extremo de sus posturas. El Café Gijón estaba repleto de curiosos, de escritores, de librepensadores (sinónimos de ocio-sapientes) y de funcionarios. El tablado era propicio para la charla y la lectura. Tenía auditorio: la barra; y tenía orquesta: el camarero. La escena la ponían los parlanchines que peroraban continuamente, como en este caso, metidos muy de lleno en sus felices erudiciones, ora jaleados por unos, ora abucheados otros al terciarse un mal jaque. Pues el principal entretenimiento venía de estas acaloradas porfías que estos u otros aprendices de pensadores mantenían durante el breve rato del día en que se encontraban lúcidos y desconsolados. El resto del tiempo ellos lo pasaban soñando o aturdidos por la locura; y su público esperando, sentado a la barra del bar o vagando inquieto entre las mesas.

Querían admirar a genios, pero ya no quedaban. Se decían entonces que bastaría con que algún sabio desfilase por allí de vez en cuando, pero al parecer el Café no era lugar de paso para tales elementos, si es que había alguno por aquellas tierras. Como no tenían más remedio que renunciar continuamente a estas esperanzas, el vulgo se contentaba con ver moverse los melones amaestrados de Escarlata, la bienhechora sirvienta que lavaba las huellas de barro o agua que los visitantes traían cada tarde amarrados a sus zapatos, desde la calle Recoletos.

Aquella era una de esas tardes en que se realizaba el milagro, pocas en el año civil, menos aún en el año litúrgico, y un par de hombres más preocupados de las ideas que de la vida contendían a despecho del estómago, despidiendo ese infame olor a mente que piensa y estómago que berrea. La lucha duraba ya bastante. Sin embargo, como decimos, la concurrencia jamás hubiera permitido que los púgiles detuviesen el combate a la altura del segundo o tercer envite. No cabía sino batirse (Quevedo revertiano…), y ver qué restaba vivo entre los despojos del perdedor. Cara a cara, a pecho descubierto, las piernas extendidas y las manos ocupadas. El aire se atestaba de gestos, las miradas se endurecían y no se desviaban, la tensión crecía hasta condensar el ambiente en ondas semejantes a pájaros de humo, y los susurros de los espectadores comentaban cada palabra, alternándose en ocasiones con algún suspiro, algún chasquido o algún aplauso.

Como gatos panza arriba, cada uno defendía su opinión. El espectáculo que se podía ver esa tarde en el Café Gijón resultaba la representación carnal de la gran historia de la literatura. Desde Epicuro a Dante, desde Platón a Ovidio, desde Séneca a Bocaccio, desde Catulo a Víctor Hugo, la pugna entre quienes buscan en la literatura cierto tipo de placer y quienes le adjudican el papel de portadora de verdades, dándole un sentido más allá de sus disfraces, viene de lejos y peina canas; y ha reunido en cada uno de sus polos personajes y argumentos enfrentados.

Pero de pronto un bullicio llegó de la puerta del Café. A medida que se acercaba, se apreciaba un movimiento de los asistentes, que se retiraban para dejar paso a alguien que venía. Una mujer alta y hermosa, rubia, poderosa de formas, cubierta por un sedoso vestido rojo que dejaba al descubierto el latido de sus pechos y unas rodillas redondeadas que sostenían unos muslos prietos, levantados, fibrosos. El debate cesó inmediatamente. La bella mujer miró a los contertulios, pensativa, y se acercó a ellos con la actitud de quien sabe lo que va a decir, pero piensa cómo debe decirlo.

– Caballeros –dijo al fin-. Uno de ustedes me prometió anoche invitarme a comer hoy en el restaurante Parlamento, después de hacerme el amor (por cierto, muy torpemente) en una cama barata del Hotel Avenida. ¡He estado dos horas esperando! O cumple o me pierde…

Aunque había dicho ‹‹caballeros›› hablaba entonces solo a uno de ellos. Éste, reo público, rezaba para convertirse en el mismo humo que respiraba. El otro, atrapado sin culpa en aquella situación imprevista, quiso quitarle hierro al asunto, aunque me temo que lo empeoró.

– ¡Vamos, Lucio, no me jodas! –susurró acercándose al interesado-. Esta joven te pide algo muy justo. Tú ayer tomaste de lo suyo: lógico es que hoy ella tome de lo que te pertenece. Eso es justicia poética, me parece –y mirándole con sorna incontenida exclamó: – ¡Verdadero clasicismo! –y estalló en una rumorosa carcajada que sonaba a toque de trompeta, a fin de discusión. Pero cuando vio que su amigo y enemigo nada iba a añadir, soltó la frase más verdadera que en toda la tarde dijo: -Jodas o no jodas, Lucio, aquí nos dejas jodidos. ¡Feliz noche, y cuidado con el canon: puede que te arruine si ella lo tiene en cuenta!

Sin más ni más, mohíno y azorado, Lucio apuró la copa de coñac, reserva del año 12, se humedeció los labios con un pase de su lengua chulesco y cansino, soltó un “cagüenla” sombrío, apagó el puro cubano, se levantó, agarró su gabán gastado y tendiendo el brazo a la mujer se abrió paso entre la gente, pensando que quizá más valía estar entre las piernas de aquella hembra lozana y posesiva que no entre las lanzas de aquellos literatos de tres al cuarto, fatuos y petimetres, amantes de lo zafio, agricultores de la rebeldía.

En el Café, otra conversación tan bizantina como la nuestra acababa de empezar en otro rincón, y los oyentes, aún no satisfechos, pusieron rumbo a aquella nueva latitud. Sólo Escarlata, con su paso jugoso, extraviaba de vez en cuando algunos ojos y algunos ensueños. Pero ella, mujer práctica, despreciaba las miradas y las imaginaciones. Pasaba erguida, a paso rápido, sin mirar a ninguno. Bien podría haberle dedicado el poeta aquellas palabras veraces y misteriosas:

‹‹El amor

de tambor,

el vino

más fino,

la pura

locura››.

Y más de un gachó pensaba y susurraba al verla bullir y afanarse:

– ¡Esta sí que es canon!

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