SUEÑOS BÍBLICOS (V)

Nueva entrega de esta serie de relatos con temática bíblica. Gratis total para vosotros, y con una dedicatoria especial para todos mis lectores en esta época de crisis y estado de alerta. Como todos formamos parte de esta sociedad, todos tenemos que aportar un poco más de nosotros en situaciones extraordinarias. Los escritores, los narradores, tenemos la obligación de ayudar a nuestros conciudadanos a sobrellevar los rigores del aislamiento. Una buena lectura es una de las mejores formas de poner nuestro granito de arena. Por eso, hoy os traigo otro relato con excusa bíblica, pero con un tono más épico, más violento, incluso más pulp, si pudiera decirse así. Su título: LA AGUIJADA DE DIOS.

 “El sucesor de Ehud fue Samgar, hijo de Anat, quien derrotó a seiscientos filisteos con una vara para arrear bueyes. También él liberó a Israel” (Jueces 3,31)

– Samgar, hijo mío, acércate.

– Padre, estoy aquí.

– Ven, ponte de rodillas ante mí. Quiero darte mi bendición antes de morir.

Samgar apenas veía. Estaba como drogado. A duras penas se arrodilló. En aquel momento sintió una gran punzada en el pecho, como si una lanza se hubiera clavado en él. Algo dentro de sí gritaba ante el contacto con la realidad. Hasta entonces no había querido verla cara a cara, y aunque la miraba no la reconocía. Pero ahora se daba cuenta de que estaba sucediendo, que estaba ocurriendo de verdad lo que tanto había temido: su padre se moría. ¿Por qué?, se decía a sí mismo mientras trataba de contener las lágrimas. ¿Por qué?, susurraba con sus labios mientras lo contemplaba con sus ojos. Pero su padre lo oía apenas. Se estaba quedando sordo. Era un anciano a quien una extraña enfermedad (quizá la enfermedad de los años, simplemente) le había ido arrebatando poco a poco el dominio sobre sus sentidos. Y como una ráfaga de viento que llega y se aleja hasta lo alto de los cielos, así él se alejaba cada día más del mundo de los vivos, aislado ya de él por todos los caminos de su cuerpo, excepto acaso por el del tacto. Con sus manos temblorosas tan sólo se comunicaba ya. Y con sus manos se aferraba todavía al calor y a la vida.

– Aquí estoy, padre –repitió Samgar en alta voz, mientras tomaba en sus manos las manos de su padre y las colocaba tiernamente sobre sus largos cabellos morenos, que no había cortado desde que su padre se postrara en su lecho de muerte.

– ¡Oh, hijo mío! –Anat, su padre-. Llegada es la hora de las despedidas. Ni la alegría ni la pena me dominan en este momento. Tan sólo la esperanza y el temor. Esperanza en la promesa de nuestro Dios. Temor de no haber sido fiel del todo a su palabra. Tú, aunque eres cananeo y horeo de sangre, por mi fe te has convertido en hebreo, en israelita de corazón, lo mismo que yo en mi juventud. Así es como Yahvé desea ser adorado, no lo olvides. De él recibirás dones abundantes, si sigues sus caminos. Ahora escucha lo último que te digo: que él te bendiga el resto de tus días, que escuche tus plegarias y favorezca tus empresas. Y puesto que quedas solo en el mundo, tenlo por padre verdadero y que él, en su misericordia, te dé un pueblo que acompañe venideros años, el pueblo de Israel. Escucha esto, hijo: libera a Israel de sus opresores.

– Pero, ¿cómo lo haré, padre? –inquirió Samgar desesperado.

Anat aún tuvo fuerzas para contestarle:

– Deja que ellos vengan a ti. Dios pondrá en tus manos tu destino.

– Pero los israelitas me odian, padre –replicó Samgar-. Aún me consideran un extranjero.

– Dios te considera un hijo, y su pueblo es Israel –respondió el anciano con gran esfuerzo-. Eso debería bastarte. Ten fe…

-Pero, padre…

Samgar no estaba convencido. Quería contestar a Anat de nuevo, pero el viejo había callado definitivamente. Las abundantes palabras habían dejado exhaustos sus famélicos pulmones. Las energías de la vida se iban retirando poco a poco de su cuerpo, que ya mostraba el color macilento de la agonía. Al verlo, Samgar sintió la amargura de la soledad y la desesperanza clavarse en su pecho. Profirió un gemido prolongado mientras las lágrimas le corrían por la cara y llegaban a su boca inundándole los comisuras, los labios, la lengua, el paladar.

Luego en silencio sollozó; y permaneció en la misma postura, no queriendo separarse físicamente de la compañía de su padre; y allí estuvo durante horas, hasta que sintió el frío que se había extendido por los miembros de su cuerpo, y supo por ello que Anat había muerto, y que la noche había llegado.

Allí estaba arrodillado, abrazado al cadáver, cuando la aurora de silenciosos pies se precipitó sobre el páramo. Los rayos del sol naciente invadieron la tienda, entrando a raudales por las rendijas que las telas dejaban al correr el viento.

Samgar tenía frío.

Por dentro y por fuera…

Mas no abandonó a Anat enseguida. Se mantuvo junto a él hasta la tarde, y entonces, tomándolo en lomos de su asno, lo llevó a lo alto de la montaña, junto a las rocas mayores milenarias, radicadas en lo más hondo, inconmovibles, y allí le dio sepultura, pues se dijo: “Hasta que la montaña no se desmorone, él descansará tranquilo en este lugar”. Y, quemando en una hoguera todas sus pertenencias, y hasta las telas de la tienda donde vivía, habiendo despedido a su caballería, se sentó a comer lo que le quedaba en el zurrón.

Quedose a descansar junto a la hoguera, hasta que el alba se levantó dos veces. Ni siquiera pensaba en lo que haría después.

Vio entonces que los israelitas cruzaban el bosque y se acercaban a él en tropel, con cuchillos y palos, pues aunque respetaban a Anat y jamás habían atentado contra él, estimaban que era un extranjero; y ahora que había muerto no pensaban permitir que su hijo Samgar conservase la posesión de sus rebaños y de sus tiendas. Esperaban echarlo, aunque ninguno se atrevería a ser el primero en intentar golpearlo, pues Samgar era alto y membrudo, y tenía un rostro firme como el granito, y su brazo amenazaba con sangre.

Al verlos, Samgar se levantó y se separó de la tumba de Anat. Los recibió de pie, esbelto y orgulloso.

– ¿Qué queréis? –exclamó, para que todos los hombres lo oyeran sin excepción. Y agarrando la vara que usaba para pastorear los bueyes, la clavó en tierra junto a sí, como una lanza dispuesta a herir y hender hasta la tierra.

Uno de los israelitas se adelantó, situándose a veinte pasos de él, y le dijo:

– Nosotros somos israelitas, hijos de Abraham, de Isaac y de Jacob. El Señor nos prometió esta tierra a nosotros. Pero tú eres cananeo, de sangre horea. Nosotros respetábamos a tu padre, por las acciones que hizo en nuestro favor en el pasado. Pero ahora que ha muerto, tú debes marcharte, porque así lo ha dicho el Señor: que esta tierra será para los hijos de Abraham, de Isaac y de Jacob.

Pero Samgar respondió:

– ¿Qué mal os he hecho yo? ¿Acaso no me circuncidó mi padre para ser en todo como uno de vosotros? ¿Acaso no adoró él también a vuestro Dios, y acaso no lo adoro yo también como mío?

Ellos le respondieron:

– No cabe que un extranjero de sangre horea posea tierras en Israel, pues esta es la tierra que Dios dio a nuestros padres.

Entonces Samgar dijo:

– ¡Infelices! ¡Decid eso a los filisteos! En cuanto a mí, esta tierra era de mi padre, y él me enseñó a adorar a vuestro Dios, y me habló de Abraham, que no sólo tuvo a Isaac, sino también a Ismael; y de la raza de Ismael desciendo yo. Dios le prometió que sería padre de muchas naciones, y no sólo de la vuestra. Pero ya que vosotros lo decís, de aquí me marcharé si alguno de vosotros tiene la valentía de echarme. Si no, enviadme a los filisteos para que me echen…

Y tomó la aguijada en la mano, amenazante.

Sin embargo, nadie se acercó a él. Uno a uno se fueron marchando, agitando sus brazos en señal de odio y gritando que volverían para vengarse.

Entonces Samgar recordó las palabras que su padre le dijo antes de morir, y vio la mano de Dios que le señalaba su destino y se lo ponía delante, y reuniendo toda su fe y su valentía gritó a los que le increpaban:

– Id y llamad a los filisteos, a los que comen en vuestra mesa y roban vuestros tesoros. Id a decirles que Samgar el horeo los espera en la montaña con sólo una vara para defenderse. Y que si no vienen ellos a buscarme, yo iré a ellos, y mataré a cuantos filisteos encuentre en mi camino, porque Israel es un esclavo y Yahvé va a liberarlo.

Entonces ellos fueron y dieron parte a los soldados filisteos, que a su vez trasladaron la noticia al intendente de la región. Pronto éste reunió una gran tropa, hasta seiscientos, y marchó al encuentro de Samgar, creyendo que al verlos Samgar huiría; y que, si por ventura lo agarraban, podrían con él dar un buen escarmiento a los judíos, a los mismos que lo habían denunciado. Pero él les esperaba en la montaña, donde había dispuesto algunas trampas para cazar osos y leones, y se había parapetado para enfrentar a una multitud. Le animaba el recuerdo de las palabras de su padre Anat: “libera a Israel de sus opresores”. Le movía el espíritu de Yahvé, que lo adiestraba para la pelea, como un púgil experto a su pupilo. Le compungía el corazón ver los caminos abandonados, por miedo a los asaltantes, a los ladrones y asesinos. Le desesperaba contemplar a los hombres temerosos de los filisteos, a las mujeres sometidas, a los niños raptados o maltratados, a los ancianos abandonados. Y le hería profundamente comprobar cómo muchos israelitas, por miedo, por maldad o por ambición, abandonaban la fe de sus antepasados y abrazaban las imágenes e ídolos de los gentiles, las aberrantes estatuas de sus filisteos y cananeos, que mostraban sus partes bajas en actos impúdicos y movían a sus fieles y adoradores al egoísmo, a la vanidad, a la inmoralidad, a la molicie o a la crueldad.

¿Dónde había quedado el Dios de Abraham, de Isaac y de Jacob? ¿Por qué el pueblo de Moisés había olvidado tan pronto las Tablas de la Ley? ¿Dónde estaba el recuerdo de los héroes y jueces que habían conducido a los israelitas a la adoración del verdadero Dios, el que los sacó de Egipto, el que los regaló la tierra de Canaán, el que los eligió como pueblo de sacerdotes y profetas? Opresores y tiranos los dominaban, arrebatando de sus corazones el recuerdo y el amor de Yahvé y de su Ley.

Hora era de mostrar a los vacilantes la firmeza del brazo de Yahvé, y a los enemigos la fuerza de su ira.

Pero, ¿qué haría?, se preguntaba mientras sus pies lo conducían a través de los senderos, de las cañadas y veredas de la montaña, que tan bien conocía, disponiendo una estrategia que le permitiría defenderse incluso contra una legión de demonios…

En el fondo, ya sabía la respuesta. Tenía claro lo que debía hacer, aunque el corazón le temblara de miedo y de rabia, porque sabía que iba a dar la vida por unos hombres que lo odiaban y que lo consideraban extraño, y que no dudarían en matarlo si pudieran. Ellos echarían a la bestia sobre él, azuzándola como se azuza un perro contra un ladrón. Y él iba a combatir a la bestia con la sola ayuda de sus brazos, su inteligencia y su fe, y con sólo una aguijada como arma. Era su destino, y lo asumía. Pero, ¿y ellos? ¿Qué harían los israelitas después? Quizá después de que muriera echaran sus restos a los perros y a los buitres…

No era muy alentador, la verdad. No obstante, su padre le había enseñado algo: Dios premia a los justos y castiga a los pecadores. Da a cada uno el premio de sus obras. Y él no quedaría sin recompensa, si luchaba por el pueblo elegido de Dios. Pues no era su vida lo más importante que estaba en juego, sino la fe de Israel, la fidelidad a la Alianza.

Así que, ¡no había que pensarlo más ni que dudar! Mataría a los filisteos y liberaría a Israel de su dominación, por un tiempo al menos, mientras Dios suscitaba a otros jefes y señores para su pueblo.

Esperó, pues, escondido en la montaña. Llegaron como el trueno que asalta el silencio de la noche. Pero se encontraron con un adversario que no esperaban. Y allí él se enfrentó a ellos, en medio de la noche, asaltándolos mientras dormían, y mató a muchos, valiéndose del manto de la oscuridad y la tormenta. Y cuando el peligro creció desapareció de nuevo en el interior del bosque.

Allí fueron a buscarlo las tropas filisteas, aterrorizadas por aquel depredador nocturno. Algunos creían haberle visto fugazmente. Otros buscaban sus huellas en el suelo o en las ramas. Éstos mantenían una guardia en los caminos; aquéllos rodeaban la montaña para que nadie pudiera escapar. Pero muchos cayeron en las trampas, y quedaron malheridos o muertos, pues Samgar las había dispuesto para que ni un elefante pudiera escapar de ellas.

Pasó de nuevo el día, y de nuevo llegaron las tinieblas sobre la montaña; y los filisteos, exaltados y avergonzados, pensaron en dar el asalto definitivo al rebelde, furibundos, ciegos de rabia. Desordenados y rotas las filas, desobedeciendo las órdenes de sus oficiales, se adentraron a la carrera en lo profundo del bosque, iluminando su paso con antorchas, a gritos y blandiendo sus espadas, clavando sus lanzas, buscando en cada rincón, levantando las ramas, removiendo las piedras.

Samgar había desaparecido…

Pero de pronto una poderosa luz roja se elevó detrás de ellos desde los márgenes del bosque, y se hizo más y más intensa, fue saltando de árbol en árbol, inundándolos como una ola devoradora.

– ¡Fuego! –exclamaron por un lado.

– ¡Fuego! –se oyó desde otra parte.

Pronto los gritos de desesperación y terror se levantaron por doquier. Los soldados se volvían y comprobaban con horror cómo una inmensa llamarada nacía de los lindes del bosque y comía uno a uno los troncos, las copas, los arbustos, los frutos, extendiéndose vertiginosa como el relámpago hacia lo más denso, rodeándolos por todas partes. Los filisteos echaban entonces a correr buscando por dónde huir de las lenguas de fuego que incineraban todo a su alrededor e invadían el aire, provocando que la temperatura subiera hasta ser insoportable y hacer imposible respirar. Pero las llamas eran más veloces que muchos, que caían calcinados. Y a los que el fuego no alcanzaba, una sombra aún más rauda los abatía saliendo del interior de aquel horno y volviendo a desaparecer sin que fuera posible advertir de dónde provenía y cómo era capaz de sobrevivir en el interior de aquel pavoroso infierno.

La misma escena se repitió decenas de veces.

Al fin, la noche ya casi expiraba, el fuego iba cediendo y llegaba hasta los límites del desierto, por un lado, y hasta los desnudos riscos que coronaban la montaña, por el otro. La mañana trajo el silencio. Las nubes subieron desde el levante y descargaron una lluvia fina que continuó durante todo el día. El incendio, ya casi apagado tras consumir la mayor parte del bosque, se extinguió del todo al mediar el día, cuando las nubes comenzaron a vaciarse.

Pasaron las horas. La lluvia cesó. Volvió el mutismo, el letargo.

Nadie salió del bosque con vida. Nadie salvo un hombre, bañado en sangre, cenizas y barro. Sólo un hombre, con una simple vara en la mano, que caminó lentamente hacia la altura, y se dejó caer rendido junto a una tumba, al pie de unas rocas. El fuego no había llegado hasta allí.

Allí se abandonó a la extenuación.

– He liberado a mi pueblo, padre –musitó antes de dormirse-. Ahora ya soy un israelita de verdad.

Y cerró los ojos.[1]


[1]           Nota del escritor: Samgar luchó contra los filisteos y él solo dio muerte a 600 de ellos.  Sus esfuerzos libraron a Israel de ellos, y permitieron que los caminos, que habían estado bajo el control de los opresores, pudieran ser transitados libremente por los hebreos (3:31; 5:6).  No se le da el título de juez, y no hay indicación alguna de que los israelitas lo hayan considerado así, a pesar de que los liberó de la opresión.

Deja un comentario