EL ÚLTIMO ROMANO

He aquí un relato que escribí hace muchos años, y al que se le notan las costuras del tiempo. Pero en su momento me pareció una idea original, y lo cierto es que aún me resulta sugestivo pensar qué sería de unos seres atrapados de tal forma en la corriente de la historia y condenados a vivir sus vidas como los últimos representantes de un linaje hace ya mucho tiempo agotado, decididos a mantener, a pesar de todo, unas mínimas señales de distinción, pero abocados a una segura desaparición. ¿Cómo vivirían los problemas de la vida moderna aquellos que sintiesen que pertenecían a una civilización del pasado? ¿Cómo sería posible que, escondidos tras los disfraces de la sociedad, pudiera seguir viva esa misma civilización, en apenas unos cuantos seres individuales? Y sobre todo, ¿cómo se producirá el traspaso de esa identidad de unos seres a otros, de la misma forma que se pasan el testigo unos corredores a otros, aun a sabiendas de que la carrera ha mucho que terminó, y que los rigores de las edades han acabado incluso con el recinto de carreras? Ruego disculpéis los errores, pero he preferido ser honesto y traer el texto tal como fue escrito por mí en otras eras del mundo.

Seis personas rodeaban un lecho alto, rodeado de lujosas cortinas de un verde pálido que en la oscuridad reinante parecían de un blanco mortecino. Las seis personas miraban a un hombre que agonizaba en silencio. Su cabeza estaba rapada, sus ojos se hundían en profundas cavernas, y su nariz aquilina se había apoderado ya de toda su faz. Mostraba un color tan anémico que daba la impresión de estar más muerto aún que las cortinas que ocultaban su extinción. Estaba dando con fruición los últimos vagidos de su vida. Su respiración era tensa, entrecortada y ruidosa, y producía en el ambiente una extraña sensación de ultratumba. Pero se mantenía sereno, despierto y controlado. No hablaba, porque las fuerzas le escaseaban ya de tal forma que los pulmones con respirar tenían bastante, pero haciendo un gran esfuerzo podía mover la cabeza y los brazos.

Las personas que estaban a su alrededor habían adoptado varias actitudes. Una de ellas se reclinaba penosamente sobre el enfermo, prodigándole todas las atenciones que se le ocurrían; era una señora anciana, señorial, surcada de penas, repleta de arrugas, llorosa aunque lúcida. Vestía una larga túnica blanca, con un broche dorado en un hombro, y un cintillo también dorado en la cintura; llevaba cintas en el pelo, y un tocado muy elaborado y alto. Su rostro, a pesar de la tristeza y de los años, aún guardaba la memoria de una gran hermosura, y seguía mostrando una personalidad de apasionados sentimientos.

Los demás miraban la escena. A veces se intercambiaban algún gesto, algún guiño, pero se mantenían muy callados y quietos. Se trataba de cuatro mujeres más, dos de ellas también ancianas, y un joven delgaducho y alto, con aspecto de adormilado.

De pronto el enfermo hizo un brusco movimiento. Trató de incorporarse en el lecho, mas no tuvo fuerzas. Las mujeres se acercaron con premura a sosegarle, pues parecía inquieto. Miraba fijamente al joven delgaducho que estaba al fondo de la habitación. Levantó una mano tanto como pudo, apenas unos centímetros, señalándolo. El joven no se movió, pero una de las mujeres le hizo señas para que se acercase. Despacio, temeroso, el muchacho se colocó frente a la cama. Mas la anciana que se reclinaba sobre el lecho del enfermo se fijó en él y, muy severa, lo observó durante unos segundos. Pronto, después de lanzar al enfermo una mirada tierna y larga, ordenó a los demás que abandonaran la habitación, cosa que ella misma hizo también.

Y quedaron solos el anciano agonizante y el joven temeroso.

Un nuevo gesto del viejo atrajo al chico justo donde había estado la anciana. Cuando se hubo sentado, el viejo cogió aire y dijo casi imperceptiblemente:

– Debajo de la almohada…

El joven buscó donde el anciano le indicaba. Halló un papel, un montón de papeles. Viejos y gastados unos; otros bastante mejor conservados. Parecían seguir un orden, conformar un libro o algo así. Estaban numerados a mano, y escritos también a mano. El estilo de la caligrafía era muy raro, y la lengua no la entendía. Pero en la primera de las páginas sólo había una frase y ésta sí estaba escrita en su idioma. Decía: “Escucha bien, cree las palabras de tus mayores, porque tú eres el último romano”.

El joven trató de leer el resto, pero a pesar de sus esfuerzos por encontrar alguna página comprensible, no halló más que trazos y más trazos de aquella otra lengua.

El anciano le dijo:

– Es latín. Es tu idioma materno. Es lo que te corre por las venas, como el último romano que pronto quedará vivo. Apréndelo y lee.

– Pero, ¿cómo…? –trató de inquirir el chico, pero el viejo le detuvo con un gesto, pues quería añadir algo más:

– Tu abuela…

No pudo continuar. La tos no se lo permitió. Mas al escucharlo toser, las mujeres entraron raudas, e interrumpieron definitivamente aquella extrañísima conversación. El joven guardó bajo su chaqueta las hojas que había extraído de la cama del anciano, y se dirigió hacia la puerta, no sin antes haber lanzado un último vistazo al enfermo, que sufría terriblemente a consecuencia de su enfermedad.

De pronto, se topó con la anciana, quien lo tomó de un brazo y lo arrastró afuera. Se lo llevó hasta otra habitación, vacía, y muy seria y bajando mucho el volumen le preguntó:

– Mario, ¿tienes el libro?

A lo que el joven contestó:

– Sí, abuela…

Iba a añadir un “pero”, cuando ella le expuso lo siguiente:

– Entonces tenemos que ponernos a trabajar enseguida. No hay tiempo, pues también a mí la vida y la sangre se me agotan, hijo. Mañana mismo comenzarás el aprendizaje del latín puro. Ahora pasa en silencio a despedirte de tu abuelo. Es la última vez que lo verás. ¡Ah!, y no es conveniente que le dirijas la palabra, ya que no puede responderte. Se ha consumido.

– Pero, abuela –replicó el chico-, ¿qué es todo esto? ¿Qué quiere decir este libro?

– Lo que has leído: tú eres el último romano. Desde hoy aprenderás lo que eso significa y te prepararás para afrontar nuestra definitiva y total desaparición de la historia y del mundo. ¡Y basta de preguntas por hoy!

Le dio un empujón, firme, a pesar de su edad, lo sacó de la alcoba, y le condujo hasta la habitación del enfermo. Allí, las otras mujeres ya estaban llorando en silencio. El viejo había muerto. Cuando la anciana lo vio, se arrodilló, gateó hasta la cama mientras se mesaba los cabellos blanquecinos, y apretó su mano fuertemente, derramando sobre ella un río de lágrimas que parecían estar ahogando la casa entera. Y todo ello en un profundo y escalofriante silencio.

El chico quiso acercase, pero no pudo hacerlo hasta que pasaron unos minutos. Entonces su abuela le indicó que besara por última vez a su abuelo, al que cubrieron el rostro con una máscara de cera, antes de que la familia entera saliera de la habitación. Su frente estaba fría. Su ojos, cerrados.

Todos los de la casa pasaron por delante de él, y le dieron la mano en silencio. Incluso su abuela se postró levemente y le besó ambas mejillas.

– Ave, dominus -le dijo.

Le dejaron solo.

El chaval tuvo en ese instante la impresión de que todo el peso del mundo, de la historia y de la humanidad se depositaba sobre sus hombros. Y fue esto lo que le hizo llorar a él…

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