Qué quieres contarme

Relato breve

El Conde de Olivares descansaba en su aposento sobre un cómodo sillón forrado de azulado terciopelo, en su villa campestre cercana a Sevilla, mientras releía con complacencia y pausa cierta obra de Manrique, a media luz, embriagado el ambiente del susurro de la tarde y el jazmíneo aroma proveniente de jardines y terrazas. Corría el mes de septiembre del año del Señor de 1630. Casi vencido por la silenciosa invitación del sueño, se sobresaltó al oír la voz de su hijo mayor, Francisco, que pasaba unos días junto a él en la frondosa casa de recreo.

– ¿Puedo pasar, padre? –inquirió el muchacho desde el otro lado de la puerta, que era de un blanco incólume y estaba decorada con un áureo pasamanos y bisagras de doradas filigranas.

El Conde contestó, volviendo a su total conciencia:

– Pasa, Francisco, pasa.

El hijo entró y se dirigió con paso lento hacia el lugar que ocupaba su padre en la alcoba, al fondo a la derecha, junto a un enorme ventanal cerrado que permitía contemplar y gozar la belleza de los jardines y bosques que rodeaban la villa.

– Padre, quisiera saber si tienes un momento para escuchar algo importante que tengo que contarte.

El Conde, al principio sorprendido por tal arrebato de confianza por parte de Francisco, pronto se recobró y entendió que la mente adolescente de su querido hijo bullía de ciertas preguntas, y que había llegado acaso el trascendental momento de enfrentarse a ellas. Fugazmente pasó por su memoria su lejana imagen ante su padre en edad parecida, y se felicitó risueño ante la posibilidad de que su hijo mayor, su amado Francisco, le abriese su corazón para revelar algún secreto de ésos que sólo los padres pueden conocer de los hijos.

– ¿Qué quieres contarme, hijo mío?

Respondió Francisco:

– Verás, padre, lo que tengo que decirte es de gran importancia para mi corazón atribulado y enternecido…

El padre le interrumpió con gesto comprensivo:

– Tienes un amorío.

– ¿Cómo…?

– Lo sé porque lo sé.

Casi había dado en el clavo.

– Bueno, padre, no y sí. En realidad, no es una simple aventura, no de esa clase que suelen tener los demás jóvenes de la nobleza. Verás, padre, estoy enamorado, sí, y no me avergüenzo de confesártelo, aunque temo que no sea de tu agrado.

– Veamos –contestó con serenidad el Conde-. Tú cuéntame y olvida toda tribulación. Si es digna, déjalo todo en mis manos, y yo haré por ti lo que tú no sabrías hacer a tus cortos años. Y si me place, puede que incluso arreglemos las cosas en serio.

– Bueno, padre –el chico hablaba despacio, dudando de que su padre fuera a ser tan comprensivo y dócil toda la conversación-. Lo que más feliz me haría sería que te complaciese mi elección. Sé lo que tú opinas sobre estos asuntos, y no se escapa que mi deber como hijo de un Grande de España es plegarme a los sagrados intereses de mi patria y a los benévolos deseos de mi progenitor… Mas tanto si mi amor cumple tales santas condiciones, como si no, he de seguir adelante mi camino, a pesar del dolor que podría acarrearme tu oposición.

– ¿Por qué tantos rodeos, Francisco, hijo mío?

– Déjame comenzar, como todo lo que tiene trabazón lógica y conforme a la recta razón, por el principio. Verás, padre, tú sabes bien que no me agradaba la idea que tuviste de traerme contigo a estas tierras que no conocía y de alejarme por un tiempo de Madrid y el ajetreo de mis ocupaciones. Cuando me pediste que te acompañase, y de esto hace ya dos semanas, me encontraba metido hasta las barbas en la resolución de un enojoso dilema filosófico propuesto por nuestros maestros de lógica, y era tanto mi deseo de destacarme de mis compañeros de estudios que consideré tu oferta como un obstáculo a dicho propósito, caso de aceptarla. Aun así, dado que tu insistencia fue tanta, no tuve más remedio que adecuarme a la situación, hacerme a la idea de que sería aventajado y buscar la manera más amena posible de pasar estas semanas en el campo.

– Y se ve que mi insistencia ha tenido consecuencias inesperadas –volvió a interrumpirle el Conde, con una sonrisa pícara en sus labios.

Francisco hizo caso omiso de la interrupción y prosiguió su relato:

– Pensaba en las faenas taurinas que ofrecían los próximos carteles en la capital y me ardían las entrañas ante la posibilidad de ausentarme. Ya conoces mi afición por los toros. Cuando llegamos aquí, busqué el contacto de los sirvientes, queriendo aprender de ellos los secretos de la ganadería y la elaboración del vino, que, si bien son saberes que no espero poner en práctica en mi vida, sin embargo me mantendrían ocupado, fortalecerían mi cuerpo y acostumbrarían mi ánimo al trabajo duro y la vida austera. Consideré beneficioso en mi soledad tener conocimiento de todos los géneros de vida, más cuanto más me percataba de que gran parte de la riqueza de nuestra familia proviene de los verdes viñedos y las serviles reses.

– Abrevia, hijo mío. Ve al meollo. Pronto llegará la hora de cenar.

– En seguida, padre. Antes tengo que narrarte las circunstancias en que me ha sucedido el hecho que vengo a contarte, el hecho más impresionante y fabuloso de mi vida. Verás, el caso es que uno de estos días, hará unos seis o siete, bajé muy de mañana al río con intención de dar un largo paseo y deleitarme con la fresca armonía de la naturaleza. No esperaba encontrarme a nadie, y hacía un poco de frío, por lo cual mis ropas eran muy parecidas a las que llevan ordinariamente nuestros sirvientes. Mientras caminaba pausadamente por la húmeda ribera, sorteando con agilidad las raíces semihundidas de los árboles, y los pequeños arbustos que sorbían del ligero caudal, vi aparecer delante a una muchachuela tan hermosa, tan graciosa, tan cantarina, tan sonriente, tan… que, en fin, creía hallarme ante una de esas ninfas de la mitología. Pero, allegándome a ella, le hablé, aunque procurando no despertar con mi lenguaje recelo alguno en jovencita tan madrugadora. Ella estaba al parecer de buen ánimo y predispuesta a la charla, razón por la que, sin más miramientos, trabamos conversación, no sobre nada en especial, sino sobre las cosas que ocupan a los campesinos y a la gente del pueblo: el tiempo, la siega o las venideras fiestas. Mas en sus palabras y en la forma de pronunciarlas notaba yo algo que no era vulgar. Aún extasiado, ella se despidió y con una seductora sonrisa se alejó de mí. Desde aquel día, he marchado todas las mañanas a esa ribera, no lejos de nuestra casa y cada mañana, puntual, me la he topado y hemos hablado. Puedo decirte, padre, sin temor a equivocarme, que me he enamorado. No sé cómo, ni tengo nada que esperar de mujercita tan bella y tan distinta a mí, pero mi corazón palpita de emoción cada noche sabiendo que al despertar su indescriptible voz y su luminosa faz bañarán de nuevo mis pesadas horas.

– Tu relato es cuando menos sorprendente, pero la hermosura de tus palabras, hijo, me descubre a las claras que sientes lo que nombras y que, en efecto, ha nacido en ti esa divina inclinación de que tanto nos hablan los poetas. Bien sabes, sin embargo, que tu destino está dispuesto: no por mí, sino por tu estado y por las leyes de tu patria, esta España nuestra tan grande y tan débil  al mismo tiempo.

– Pero, padre, aún no conozco su nombre, ni tampoco su origen. Puede que se trate de otra joven de la nobleza.

– Piénsalo bien, hijo mío. No es probable. Antes bien, seguramente se trata de la pobre hija de algún campesino que acude todas las mañanas a recoger agua al río o a lavar la ropa. Ya sabes que muchas de las casas de los poblados y los montes no disponen de agua cerca ni de otras comodidades.

– ¡Esa chica es tan linda, padre! Me gustaría que pudieras verla. Apenas me fijé en sus ojos, bebí de ellos una dulzura inenarrable.

– Hablas como un místico, hijo mío, y estas palabras no te cuadran. Tu madre se escandalizaría si te oyese. Por mi parte, te aconsejo que te olvides de ella. Hazme caso…Te será gravoso acaso un par de días, pero pronto volverán a surgir en ti otros afanes. Será lo mejor para ti.

– Padre, me dejas pocas alternativas –contestó Francisco con evidente enfado.

El Conde endureció algo su tono:

– Hijo, no es mi deber consentirte todos tus caprichos, sino moderarlos. Y si tanto te ha encantado esa chica, háblale de tu querencia, y sedúcela, si puedes. Eso no he de impedírtelo, aunque mi confesor podría darme un buen sermón al respecto sobre la corrección fraterna y mandarme una buena penitencia. Pero un hombre debe hacer cosas a veces que un clérigo santo no entendería, y que espero que Dios Nuestro Señor sepa comprender mejor. Y cuando hayas gozado del fruto de tu conquista, que espero sea rápida y breve, vuelve tu mirada a otras estrellas y a otro norte.

– ¡Padre, no quiero incurrie en ese agravio a su belleza y su dulzura! Ella no será para mí sólo un capricho. Estoy seguro de que la amaré siempre.

Su padre puso fin a la conversación de forma cariñosa pero sentenciando:

– No prometas cosas que no está en tu mano cumplir, hijo –le aconsejó  muy serio mirándole muy de cerca-. Tu corazón adolescente se ha embriagado y exaltado, porque es lo propio de tu edad, pero pronto tornarán las aguas a su cauce. Hijo mío, yo sé cómo sienten los jóvenes, pues también he sido joven.

Sin responder, y con estas palabras aún en sus oídos, Francisco salió apresuradamente de la habitación de su padre. Bajando unas pomposas escaleras de mármol, y pasando por un vestíbulo larguísimo y espacioso, solitario a aquellas horas de la tarde, entre el eco de sus pisadas y del frufrú de sus ropas, tomó el camino principal que daba en la fachada de la villa, torció enseguida hacia la izquierda y fue a parar al lugar en que había visto por vez primera a la mujer deseada.

¡Cuál no sería su sorpresa al encontrarla de nuevo allí, sentada, jugando con las flores silvestres! Su saludo sonó nervioso y avergonzado, pero ella le correspondió con una sonrisa confiada. Se sentó a su lado, y permaneció callado unos instantes, lo suficiente para poner en orden sus pensamientos. Aún encendido por la indignación y la rabia, poco a poco un agradable alivio empezaba a sustituirlos.

– Estás distinto hoy, Francisco. Siempre venías sonriente y me hablabas sin cesar, hasta que se te agotaban las palabras. Pero hoy no me dices nada. ¿Te he ofendido en algo?

Él la miró dulcemente. Se daba cuenta del miedo que ella sentía, temor a soñar con algo inalcanzable, pues con el tiempo pasado juntos había acabado por darse cuenta de que aquel chico con que hablaba y reía no era un simple sirviente del gran señor en cuyos territorios vivía; le parecía, más bien, alguno de sus guardias o de sus ayudas de cámara. Sin embargo, nunca había llegado a adivinar la verdad.

Francisco ardía por dentro: dos terribles y asesinas fuerzas luchaban en su voluntad, una por confesarle su afecto y romper si fuera necesario con todas las convenciones del mundo, para dedicarse a amarla y cuidarla el resto de sus días; otra, por atender a sus obligaciones como noble, despedir a aquella chica de su lado, y olvidarse de ella, para que no le impidiese progresar en su carrera hacia la herencia de su padre y los altos puestos que estaría llamado a ostentar. Una voz le empujaba a disfrutar del momento; otra, le susurraba la palabra “realidad”. La lucha era tenaz.

Guardaron silencio durante un rato, el uno dirimiendo sus contradicciones, la otra jugando con las flores y mirando las aguas del río. A su alrededor, el ambiente empezaba a refrescar y la tarde se arrebolaba entre nubes de un gris plateado u oscuro. Un viento suave mecía algunas hojas y las llevaba en su seno ínfimos instantes. Los ruidos del bosque comenzaban a menguar y la humedad de las aguas subía desde el río.

Aquel rato de silencio fue para ambos más profundo y locuaz que un discurso entero.

Al cabo de ese rato, se miraron intensamente. Por un espíritu misterioso que actuara en ambos, o por la sencilla aunque implacable ánima de las cosas, comprendieron que eran muy diferentes, tanto como se podía ser en una sociedad como aquélla, aunque estuviesen en lugar tan apartado.

Él se atrevió a tomar la palabra:

– Isabel, tengo que decirte algo, aunque ni siquiera sé bien cómo.

Pero ella se interpuso en el discurso:

– No, espera, Francisco, mis palabras ahorrarán las tuyas. Y sea lo que sea lo que tengas que contarme, no hará falta, y no pecarás en ningún sentido.

Él cedió, calló y esperó.

– Francisco, estoy prometida.

¡Dios mío, qué espantosa sorpresa! Él intentó intervenir, pero ella le puso dulcemente un dedo sobre sus labios. Su contacto cálido y suave hizo que su cuerpo se enervara, mas el impacto sobre su alma había sido demoledor.

– Déjame acabar, por favor. Ya tengo quince años, y a mi edad muchas de las chicas que conozco han sido casadas, y algunas hasta tienen hijos. Mi padre, un antiguo artesano del oro venido a menos por culpa de ciertos negocios malhadados, siempre se opuso a que me casasen antes de los quince años, pero ahora que ya los he cumplido ha llegado mi turno y no ha podido negarse. Y así es: mi padre me ha prometido a un comerciante de Córdoba, un lejano pariente, un hombre rico pero ya casi anciano que buscaba una chica bonita de quien sentirse satisfecho al acostarse con ella cada noche. Por eso, lo siento, pero esta es la última vez que nos vemos. Mañana me llevarán a Córdoba, dado que el viejo desea desposarme cuanto antes.

La noticia tuvo en Francisco un efecto arrollador y desolante.

– Parece que el mundo entero se aliara para desunirnos –dijo, casi en un susurro que sonaba a estertor.

– Supongo que las historias inesperadas y mágicas como la nuestra no tienen futuro en el mundo de cortas miras humanas en que vivimos –comentó ella, apesadumbrada y desfallecida-, de guerras, de dinero y de ambiciones.

– ¡La herida que hoy se abre en mi corazón no se cerrará jamás! –exclamó él -. Ay, ni siquiera me atrevo a llorar para no dejar de verte ni un segundo antes de despedirnos. Pero… quiero que sepas lo que quería contarte y lo que hay en mi corazón. Mi padre es el valido del rey… Sí, cierto, no me lo invento, no pretendo engañarte, abandona tu miedo… Pero no acepta mi amor por ti. Ya lo he dicho… ¡pues yo te amo, oh mi adorada ninfa del río! Mas mi padre y mi rey tienen pensado para mí un destino muy diferente al deseo de mi corazón. ¡Es terrible! Yo no tengo la fuerza y la inteligencia para liberarme de tales cadenas… Además, ¿aceptarías tú ser un segundo plato? ¿Pero qué digo? ¡Yo tampoco lo aceptaría! Por eso venía a decirte adiós, pensando que te partiría el corazón al partírmelo a mí. Mas tu anuncio ha supuesto como una segunda muerte para mi alma, que viene a echar tierra sobre un corazón que ya estaba enterrado. ¿Qué haré ahora sin ti, sin verte cada día, sin la esperanza de tenerte?

Estaban a punto de echarse a llorar. Sin embargo, enardecidos por un último intento de supervivencia del incipiente amor, se miraron con deseo y en un largo beso se fundieron y abrazaron.

Fue el primero, y el último.

Antes de poder asirla, Isabel se levantó y se separó de Francisco, mirándolo furtivamente dos o tres veces, con lágrimas en los ojos y una sonrisa triste en sus labios.

No dijeron palabra. No hacía falta. Nunca más se volverían a ver. Empero, sabían que, estuviesen donde estuviesen, fuesen quienes fuesen, una parte de sus corazones pertenecería al otro para siempre. Y es que en aquel tiempo y aquellas tierras de nuestra España no había sitio para la fantasía. Puede que tampoco hoy. El amor verdadero siempre ha tenido en su contra todas las fuerzas de la naturaleza humana, que parecen aliarse de modo irracional contra la única esperanza de felicidad del hombre: amar y ser amado.

Francisco e Isabel crecieron, se casaron y tuvieron sus respectivos hijos. Francisco llegó a ser Comandante del Ejército. Isabel tuvo que conformarse con ser la abnegada esposa de un decrépito y avaro comerciante de oro, la viuda más admirada y solicitada de la ciudad y posteriormente la mujer triste y agria de un juez oscuro y obsesionado con su trabajo.

Cuando murieron, cada uno a su tiempo, sus últimas palabras fueron “Isabel” y “Francisco”. Nadie supo qué querían contar.

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