La cítara triste

«Hay un lugar

donde no hay intermediarios

ni fronteras ni distancias.

Hay un lugar

donde se acaban las palabras

y comienzan los susurros,

los roces y los silencios.

Hay un lugar

donde las almas se encogen

y se petrifican los recuerdos

y se mecen los sentidos,

dominadores del éter.

Hay un lugar

donde no tiene sentido

preguntarse por qué

ni cuándo no con quién;

la verdad es palpitante,

dura, agresiva, dominante.

Hay un lugar

donde se ve lo que está oculto

y se conoce lo que es secreto,

y el tiempo se detiene,

y el mundo se esfuma,

y las penas se olvidan,

y la mortalidad se vence,

y los sueños se culminan,

y las canciones se apagan,

y la poesía se escribe

con la piel.

Ese lugar contiene

todas la partes de ti

que no me muestras

y con las que sueño:

tus volcanes sensibles,

tus caderas risueñas,

tu lecho de plumas,

tus joyas vírgenes,

tu manantial de aromas.

Todas dormitan expectantes

bajo las sábanas,

bajo las frescas y tersas sábanas

de verano,

mientras tus ojos me miran,

ocultos,

tras el telón de tus párpados.

¿O es que estoy soñando

y una vez más

me han traicionado

mis inconfesables deseos?

Dime, joven pastora,

si bajo tus sábanas

tú también piensas en mí

o es todo un engaño

de mis falaces visiones»

Así cantaba el bardo hermoso, con la piel curtida de vientos, el pelo rubio oscuro cayéndole sobre los hombros, y la mirada de seducción y metáforas, ante el auditorio de nobles mujeres que lo escuchaba, embelesadas, en un pequeño salón caldeado del castillo, mientras los hombres, grandes señores y pobres escuderos, jugaban a la sangrienta guerra con venados y jabalíes, y hablaban de cosas sin importancia, como reinos y poderes.

Cuando la canción por fin se detuvo, y el último acorde de la cítara vibró un ínfimo instante en el aire y partió hacia los lugares recónditos donde reposen las canciones que ya nadie canta, se escaparon los suspiros de los suspendidos labios. El bardo se recogió el mechón que le cubría los ojos y sonrió satisfecho. Su bolsa estaba llena. Y su amor propio, colmado.

Quizás aquellas señoras de noches tristes creyeran que sus sábanas podrían albergar la cercanía de su ocasión secreta y apasionada, pero para él solo había una mujer capaz de suscitar aquellos versos y hacerlos, simplemente, verdaderos. Aún soñaba con ella en su soledad y se preguntaba si podría volver a verla y si sus palabras de amor ablandarían aquel corazón tan pétreo y frío. Podría tratar de calmar sus ansias con algunas pieles desconocidas, dueñas de aquellas miradas perdidas en sus versos volátiles. Pero por ahora, a pesar de estar rodeado, necesitaba un trago de vino para olvidar que estaba solo.

(Nota del traductor: Esto hallé en una polvorienta y moribunda hoja, escrita hace siglos. Y pensé mucho en ello, y dudé si publicarla. Al fin me convencí de su bondad, porque la poesía, amigos míos, la verdadera poesía de amor, nace en la distancia, la soledad y el dolor. Es el deseo su padre y la ansiedad su madre. Y así debe ser, mientras el mundo dure, para que la poesía siga siendo a los hombres tan cara y al mismo tiempo tan extraña y hostil.)

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