Las preguntas de los niños

¡Joder con las preguntas de los niños! Hay días que te dejan con la boca abierta, y no sabes si liarte con una explicación de padre y señor mío, o mandarlos al carajo. Y te dices, ¿en serio acabo de escuchar esto de un niño tan pequeño? Pero ¿cómo sabe éste que se puede preguntar algo así? Pues eso… las preguntas de los niños.

Vamos a hacer una primera aproximación a esas preguntas que les salen a los niños en el momento más inoportuno, como cuando los recoges del colegio y vas conduciendo tranquilamente. La lista puede ser interminable, y cada uno tendrá las suyas. Y la verdad también es que sobre esto se ha escrito mucho en la literatura psicológica y de consejos que pulula por esos mundos de Dios, así que no voy a venir yo aquí a decir a nadie lo que tiene que hacer. Digamos que por ahora me basta con citar algunas de las preguntas más complicadas que me han hecho los niños, y cómo su exigencia de recibir una respuesta rápida y sencilla no siempre puede ser satisfecha por nosotros los adultos.

Empezamos la lista con la pregunta que más veces me han hecho en los últimos tiempos, no sé si será por una cuestión de edad o por qué: «Si no fueras abogado, ¿qué te habría gustado ser?» Esta pregunta tiene otra variante aún más jodida: «¿Por qué eres abogado, papá?».

¡Menudo pifostio mental me has montado, hijo! ¿Cómo se te ocurre preguntarme eso? ¿Quieres saber por qué soy abogado? Pues porque fui gilipollas y elegí lo que me parecía una carrera guay, y acabé la carrera porque no me gusta dejar las cosas a medias, o porque después de todo me convencí de que tendría un futuro, dejando de lado otras cosas que me gustaban más simplemente por miedo a estar haciendo una chiquillada o estar siendo egoísta, o porque creía que los adultos tenían razón con lo que de «estudia algo que te dé de comer», o porque yo mismo me autoconvencí de que podría hacer muchas cosas a la vez… ¡Joder, yo que sé! A mí me gustaba escribir. Quería escribir. Y acabé haciendo el gilipollas como abogado. No me gusta discutir, ni nada de eso. Me gusta escribir, hacer volar mi imaginación y ayudar a los demás a que hagan volar la suya. Pero… ¡joder, hijo! Hice derecho porque me gustó, y porque fui un imbécil, y al mismo tiempo porque veía seguridad en eso. Pero ¿tú qué sabes de seguridad? ¿Qué te estoy contando? En fin, que si no fuera abogado, sería escritor; es decir, justo lo que también soy, así que en el fondo tampoco lo he hecho tan mal, solo que con veinte años de retraso, aunque todavía es pronto, si miro a otros escritores de renombre… Bueno, dejémoslo, basta ya de preguntitas tontas. Si quieres saber qué debes estudiar y qué has de ser de mayor, ya lo hablaremos cuando tengas más años.

Otra preguntita de esas que te dejan tieso: «Papá, ¿tú cuándo viste por primera vez a mamá?» Y para rematar la cosa la niña dice: «¿Le diste un beso?». ¡Madre mía, hija, qué rápida eres! ¡Y cuidado con estas preguntas, que las carga el diablo! A ver… ¿cómo os lo explico? En fin, yo no sé mucho de mujeres (a la vista está, porque a veces no entiendo ni a la mía), pero creo que eso de besar a una chica la primera vez que la ves… en fin, no suele pasar, y quizás no sea recomendable. Visto cómo está el patio últimamente, puedes terminar en el calabozo. ¿Que por qué? Bueno, no he dicho nada. No me hagas caso, hijo. El tema es que mamá y yo somos del mismo pueblo, y que la primera vez que la vi era pequeña y yo también, y no me acuerdo, en realidad. Las cosas no pasan así como en las películas. La gente no se ve un día y todo se acelera, y se casan al día siguiente y tal. Al menos, no suele ser así. Es más, conviene que no sea así si se quiere que una pareja dure. Hay que conocerse, hay que entenderse, hay que ir comprendiéndose poco a poco, a veces el amor no surge a primera vista, la gente va cambiando, va creciendo… En fin, que no me enrollo más, que un día tu madre y yo nos miramos y nos gustamos, y hablamos, y luego fuimos novios. Así son las cosas. Nos queremos mucho. Eso es lo que importa.

Y entonces surge otra pregunta del demonio de sus boquitas: «Y luego hicisteis eso jeje, y salí yo, ¿no?». ¡Ya estamos! Pero ¿quién te ha enseñado a ti esas cosas, monstruito surgido del averno? ¿No habíamos quedado que los niños venían con la cigüeña? ¿Dónde te han corrompido? ¿Dóoonde? ¿Quién ha sido, que me lo como o lo someto a una tortura salida de alguna obra prohibida o un manual de torturas de Corea del Norte? En fin… que el tema está claro. Los niños se crían en la tripita de las mamás, sí, eso está claro. Por ahora, el tema no tiene más historia. Allí es donde crecéis, fastidiosos preguntones…

Pero hay más, claro, ¿cómo no? Porque además de las preguntas ontológicas, están las sociales o estructurales. Por ejemplo, cuando mi hijo empieza «¿por qué te tengo que hacer caso?». Uy… en esos momentos casi corre la sangre jajaja. Yo tengo más paciencia que su madre, o eso creo, porque ella dirá la contrario, pero en esos instantes «un fantasma recorre Europa». Entonces preparo mi mejor arsenal de respuestas y le doy a mi hijo una charla sobre la familia, la paternidad y el bien, así como los deberes y derechos de los niños. Pero entonces vuelve a preguntarlo y se me acaban los argumentos. Al final, termino diciendo un «porque sí» que suena menos lógico pero mucho más convincente. En esos momentos comprendo el valor de la autoridad, que funciona en las sociedades humanas como un resorte de unidad sin apoyatura lógica, pero que es absolutamente necesaria. Aunque también me doy cuenta de la necesidad de contar con argumentos morales para fundamentar esa autoridad, y que no toda autoridad es buena. Al niño hay que explicarle su situación. Creedme, eso hace que te des cuenta mejor de la tuya propia, y de que te debes a ellos antes que a ti.

Y hasta aquí por hoy… Otro día, hacemos otra recopilación de preguntas de niños. ¿Se os ocurren algunas más?

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