Don Nadie el Deseado (X)

Seguimos con la historia de Paco. Capítulo X de esta novela gratuita por entregas. Espero que os guste.

Al día siguiente, comenzó para Paco una nueva vida. Posiblemente él esperara que aquello fuera transitorio, pasajero, pero la verdad es que desde el primer momento empezó a tomarle verdadero gusto a la navegación, y aprendía deprisa, mucho más deprisa de lo que el viejo pescador hubiera imaginado. Quizá por esta razón, quizá por alguna otra, pasaron los días, Paco se hizo con un traje de marinero al modo de aquellos lares, y en poco tiempo ya no se diferenciaba de ningún otro que saliera de madrugada a la mar en busca de la captura. Si bien había algo que lo distinguía: sus modales, su cultura. Seguía siendo un hombre de mundo, educado y curioso. Inquieto por dentro, incluso.

Y el parecido, con la mezcla de aquella individualidad tan característica de su tiempo, lo hacían más atractivo a la mirada de aquellas mujeres especiales y solitarias, y más digno y amable a los ojos de aquel anciano altivo y fuerte, cuyo corazón iba cediendo terreno, día a día, milímetro a milímetro.

Las tardes se hacían muy largas ante el espectáculo insondable del mar, ante el rugir las grandes olas; y el leve susurro de las débiles ondas se alternaba en las lánguidas horas que iban hasta la puesta del sol, aquéllas breves en que las mujeres de la casa acostumbraban a visitar o recibir a alguna vecina, a charlar sobre asuntos sin importancia, a tejer, a cuidar su casa o a leer alguno de los releídos libros que posaban sobre sus muebles, mientras la tele continuaba su perpetua narración intrascendente.

No era  una vida muy apasionante la de aquellas mujeres. Quizá por ello y por la novedad el ambiente entre ellas se hallaba tan animado desde la llegada del extraño huésped. Posiblemente, habrían soñado con un acontecimiento como aquél durante alguna de las interminables noches del invierno, o en algunas de los rosados atardeceres del estío. Especialmente Juana, que desde la muerte de su marido, Miguel, no había vuelto a salir con ningún hombre, y puede que ni siquiera a tenerlo lo suficientemente cerca. Al menos, no un hombre al que pudiera mirar con sus ojos de mujer.

Pero los corazones de sus hijas también se revolvían. Ella había cazado sus furtivas miradas espiando aquel rostro desconocido, y había comprendido el sentido de sus tímidas risitas cuando él estaba cerca. Puede que éste no lo percibiera, pero aquella actitud no le auguraba nada bueno. “¡Maldita sea mi suerte!”, llegó a pensar aquella hembra madura y asombrosa. “El primer hombre que me gusta en muchos años, ¡y es lo suficientemente joven para que mis hijas me lo disputen!”.

Tristemente para Juana, la situación se iba disponiendo por momentos en su contra. Su pequeña Helena era sin duda la más apasionada: era atrevida y exultante; y aunque ingenua, había heredado de su madre su carácter combativo; su belleza y su candor eran sin duda sus mejores armas. “Los cabrones de los hombres siempre se fijan en esas cosas”, se decía Juana. “Prefieren arar por ellos mismos el campo, que encontrárselo ya florecido”.

Además, estaba Victoria. Las vacaciones eran cortas, aunque no para una chica como ella. Ya tenía experiencia de la vida, y sabía lo que se puede conseguir con buenas palabras y ciertos trucos. “No hay que desdeñarla, por supuesto. Él es hombre de ciudad, y puede que prefiera una joven damita instruida y elegante”, pensaba la madre.

Padeciendo, por tanto, las desventajas de la edad, la pobre siempre llegaba a la misma conclusión:

– ¿Cómo haré para que me elija a mí sin granjearme el odio de mis hijas?

Tras meditarlo bien, en ocasiones trataba de consolarse a sí misma con una pregunta:

– ¿Valdrá la pena tanta preocupación por este hombre? ¡Pero si cuando llegó parecía un niño perdido!

Él, como es obvio, no se daba cuenta de nada. Demasiada introspección. Demasiada frustración. Y ahora demasiado tiempo en el mar. Demasiado tiempo frente a aquel rugido profundo e incontenible de las olas sobre su cabeza. Y, además, estaban la excitación de la redada exitosa; las largas charlas con los veteranos marineros que le acompañaban, con leyendas, con historias contadas al amparo de un trago de vino; y las descansadas horas frente a la costa incitante, y la lluvia que entraba por sus poros y calaba hasta los huesos de pura sal su cuerpo acostumbrado a la molicie. Demasiadas cosas nuevas para su espíritu lacio y a la vez atormentado… Y demasiados secretos en una mente dolida.

Frecuentes eran las tardes en que la barcaza, con todos sus ocupantes, arribaba tarde a la costa, tras todo un día de brega; a veces hasta las redes traían cargadas, pero otras los depósitos estaban vacíos y los cuerpos repletos de cansancio. No obstante, la sensación de amargor y decaimiento tras esas largas jornadas de faena, que solía invadir a los marineros que habían visto ponerse muchas veces el sol en alta mar, aún no se había enseñoreado del ánimo de Paco, quien estaba soportando todas aquellas contrariedades con el mismo ímpetu y valor con que el conquistador sufre alegremente los dolores que su gran proeza colonizadora le impone. Se sentía como uno de ellos, y estaba paladeando cada día con el convencimiento de que se hacía más y más a un nuevo mundo, basado en la confianza mutua, en el trabajo duro, en el compromiso con los compañeros de barco, en la lucha contra la naturaleza y en el dolor con que los músculos se quejaban de tanto tirar de los cabos, que, aunque agudo y persistente, a él le comenzó a semejar tan suave como la más delicada medicina. Pues estaba completamente persuadido de que había dejado atrás su vieja vida, y de que en compañía de Tomás y sus camaradas estaba resucitando, retornando a un estado más puro, más vital, más incólume, más inexpugnable ante la desesperación.

No sabía si duraría aquel estado, ni cómo era posible que una decisión suya pudiera tener algún éxito, como parecía tener aquélla; más cuando se había tomado sin pensar y dejándose llevar por los acontecimientos inesperados. Pero albergaba la esperanza de que las cosas no se torcieran al final. Y la vida no le estaba dando, por ahora, señales de estar equivocado…

La grandeza del mar le hacía sentir grande a él. Comprendía que no esa grandeza no le pertenecía a él, sino al mar. Pero su cercanía, tantas veces dolorosa, producía en él una secreta sacudida, la impresión de compartir con el océano algo más que las gotas que lo salpicaban y cubrían. Compartía con él la totalidad del tiempo y del espacio. Y este sentimiento de totalidad fue su única ocupación durante mucho tiempo. De modo que transcurrieron varias semanas antes de que atisbara la algarabía sentimental que estaba creciendo ante sus narices. Y cuando lo supo, tímido, despistado, inerme, ya era tarde para evitar el desastre… Tarde para todo, incluso para enamorarse sin temor.

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