El sótano

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Sonia oía a veces un susurro lejano. Al principio era agradable y le ayudaba a dormir. No sabía de dónde procedía, pero nacía en alguna casa cercana. Debía de ser alguna instalación de aire acondicionado, o quizás el eco de una lavadora centrifugando.

El susurro pronto se convirtió en un repiqueteo constante y rítmico. No era molesto, sino intrigante.

Al poco tiempo, el redoble cesó. Sonia se sintió aliviada, sin saber por qué.

Hasta que algo nuevo volvió a perturbarla… Era una voz fúnebre, casi imperceptible, como un cuchicheo continuo e ininteligible, que helaba los huesos si se le prestaba atención. Y venía de abajo. Del sótano.

Sonia jamás bajaba al sótano. Le tenía miedo. Puede que no hubiese nada en él que provocase temor, pero ella era miedosa y huía de los espacios bajo tierra. De niña, sus hermanos mayores la habían encerrado en un garaje mal ventilado y lleno de telarañas que tenían en una casona en el campo, y se habían reído durante una hora mientras ella lloraba y pedía que la dejasen salir, hasta que sus padres la liberaron. Quizás por ello evitaba la oscuridad, los espacios sin ventilación y todo lo que pudiera recordarle aquel encierro.

Pero ahora vivía sola… y tenía un sótano. Apenas era mayor que el vestíbulo de su casa, y servía únicamente para almacenar trastos viejos o desusados. Nadie había entrado en él desde hacía meses. Ella, desde luego, no.

Un día se decidió a inspeccionarlo. Suponía que así se quedaría tranquila. Pero, ¡sorpresa! ¡Ahora había una puerta en la pared del fondo! ¿Cómo podía estar allí? Detrás de todo lo que Sonia tenía guardado, amontonado y olvidado, alguien había puesto una puerta… Ella no había sido, su novio tampoco. No había motivo para hacer algo así. Pero, ¿quién? Porque era evidente: estaba allí…

Sonia pensó llamar a la policía. Mas si lo hacía probablemente pronto lo sabría el barrio entero, y su nombre correría de boca en boca, y todos se mofarían de su miedo a visitar su propio sótano. En realidad, ¿qué podía decirles? ¿Qué no sabía quién había hecho aquella puerta en su sótano sin su permiso? Con seguridad no se lo tomarían en serio. Ademán, hacía tanto que no bajaba, se dijo, que puede que aquella puerta hubiese estado siempre allí…

En cuanto a los ruidos, ¿quién no tiene ruidos en su casa? Acaso se debían a las tuberías o algo así. El agua subterránea era abundante por aquellos parajes, y el sueño hacer creer que se oyen voces que jamás se han pronunciado. Hay personas que llegan a ver con los ojos abiertos pesadillas terribles, después de despertar, por efecto de la somnolencia que todavía domina el cerebro.

Decidió que era mejor no hacer nada. Y no la juzgaremos por ello: en ocasiones un corazón temeroso no tiene más remedio que mirar para otro lado. O eso, o la locura. Aunque lo primero lleve a la perdición…

Así que colocó de nuevo todo, mientras los ruidos seguían sonando incesantes, constantes, sugestivos… y terroríficos. Parecían lejanos golpes de martillos, y gritos apagados que jaleaban, y una voz cavernosa que resonaba en lo más profundo del oído y confesaba secretos que no tenían sentido…

Sonia cerró el sótano dominada por el terror. A saltos de dos escalones salió a la calle, respiró el aire limpio de la tarde y se decidió a contarlo. Pero no a la policía, sino a su novio. Tomó su teléfono móvil y marcó su número.

– ¡Por fin! –respondió una voz inquisitiva.

– ¡Hola, cariño, soy yo! –dijo Sonia.

– ¿Tan pronto me he convertido en tu cariño? –pronunció una voz cavernosa que no era la de su novio-. Sabía que te conquistaría, pero no creí que tan pronto –dijo con tono horriblemente complacido.

Sonia sintió un estremecimiento que erizó sus músculos y ensombreció su mente. La mano se le abrió y el teléfono cayó al suelo, rompiéndose en mil pedazos. Su rostro se mostraba deformado por el pánico. Se quedó allí, de pie ante su puerta, petrificada por la pavorosa respuesta, con la mirada perdida, enmudecida, muerta.

¿Cuánto tiempo estuvo así? ¿Segundos, minutos, quizá una hora…?

Una suave lluvia gris vino a rescatarla de su ensimismamiento. Pero cuando miró alrededor, creyó estar contemplando un mundo distinto del que conocía: más sombrío, más ceniciento, más metálico. La fugaz imagen de una inmensa fábrica cruzó su mente. De pronto, sintió el irresistible deseo de buscar refugio.

– Sí, tengo que esconderme –pensó.

Y entró de nuevo en casa.

Pero allí resonaban más fuertes los ruidos que venían del suelo. Y los gritos eran ya perfectamente audibles. Todavía no se entendían, pero si estaba quieta podía percibirlos claramente, e incluso podía distinguir varias voces disímiles.

Resolvió subir a lo más alto y desde allí llamar a la policía o a los bomberos. Pero ya arriba recordó que no tenía teléfono, y al mirar por las ventanas se conmovió ante la inmensa soledad que parecía rodearla. Reposó en un viejo sillón, habiendo cerrado la puerta del desván con llave, y allí apoltronada el cansancio la venció.

Tuvo sueños extraños. Soñó con lagos muertos, con mares embravecidos, con huracanes impíos, estrellas que se caen, espadas que se herrumbran, brazos que golpean, huesos que se descomponen, y gemidos, gemidos de placer insistentes y blasfemos. De la inmensidad de un mundo deforme y sin fronteras, a los ojos tan extraño como la imagen distorsionada que refleja un espejo roto, poco a poco su atención fue concentrándose en un punto, al principio indefinido, lentamente más y más cerca, más y más cerca, hasta que comprobó, entre atemorizada y confusa, que el punto era su propia casa. Sintió grandes deseos de saber qué ocurría dentro, y miró a través de la ventana del desván. Se vio a sí misma desnuda,  amando a un monstruo…

Cuando despertó, el monstruo estaba ante ella.

¿Quién era? ¿Cómo había entrado? ¿Estaba despierta o tan sólo soñaba que lo estaba?

Al verlo, su corazón estalló y se vació, hasta quedar seco. La sangre comenzó a derramarse poco a poco por sus poros, su boca, sus ojos, sus pechos. Pero no sufría. Aún. El monstruo la tomó en brazos, todavía consciente, y dijo a sus oídos palabras que sonaron a maldición. Empero, no la maltrató. Bajó las escaleras con ella en brazos, y las puertas se abrían a su paso, y los objetos se contraían y escondían, y la casa entera se iba derritiendo en viscosos ríos que caían lastimeramente.

Llegó con ella al sótano, y la puerta del fondo se hallaba también abierta. Un resplandor intensamente rojo venía de lo hondo. Los ruidos eran ahora cercanos y las voces se acercaban. El pavor llenaba la estancia. Lo que se cernía ante ella era un túnel hacia el submundo, un pasadizo hacia el averno, la autopista del tártaro. Sonia aún estaba viva cuando cruzaron la puerta. El mundo se desvaneció. Los lamentos la alcanzaron en carne propia. Las risas burlonas respondían sin cesar a la aflicción. Entonces, en un último suspiro de vida, presintiendo intuitivamente el efecto de la maldición pronunciada sobre ella, Sonia lo vio…

La triste luz de un apesadumbrado día de otoño, cubierto de nubes y coronado de vientos, esto fue lo que vio Sonia al despertar. Sobresaltada y sudando, se alzó sobre el lecho y contempló a través de la ventana el aspecto grisáceo del universo. Se palpó los miembros, se irguió, se miró al espejo. Su cuerpo estaba allí, su mente estaba allí, su mundo estaba allí. Intactos. Indiferentes. ¡Pero el sótano! ¿Y el sótano?

– ¿Qué me ha pasado? –se repetía. -¿Y el ruido? ¿Y el monstruo? ¿Y esa luz oscura?

Sin vestir, en camisón, bajó corriendo al sótano. No atendió a su propio miedo. Antes de entrar, se detuvo y trató de dominar su respiración. El silencio en torno era completo. Ningún ruido, ninguna voz, ningún grito. ‹‹¡Joder, estoy loca!››, pensó. Pasó al sótano, retiró los trastos, los viejos recuerdos que nunca recordaba, los muebles inservibles que se resistía a tirar, la bici de la adolescencia, y las alfombras pasadas de moda e imposibles de limpiar por completo. Y, ¡oh funesta sorpresa!, allí estaba la puerta…

Y de nuevo el terror…

Por fin, tan despacio, tan despacio como caen los copos de nieve en una tarde lánguida de tormenta invernal, tan despacio como se van los recuerdos, tan despacio como el agua horada las imperturbables piedras del corazón del mundo, alargó la mano y abrió la puerta.

Mas sólo la piedra se presentó a su vista.

– ¡Nada! –gritó.

No era un grito de alegría. Pero tampoco de pena. Era sólo un grito, si esto puede ser.

– ¡Nada! –repitió paladeando la palabra.

De pronto, el teléfono sonó, arriba en la cocina.

Aún asustada, subió, lo cogió, y la voz que escuchó alegróle el corazón, pues era familiar. Su novio le hablaba desde el otro lado.

– ¿Cómo estás hoy, preciosa? –dijo él.

Pero ella únicamente supo responderle:

– Cariño, ¿tú crees en el infierno?

GRAN Y DEFINITIVO ANUNCIO

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CANCIÓN ETERNA ES UNA REALIDAD ÉPICA.

LLEGÓ EL MOMENTO, AMIGOS. YA ES OFICIAL. CANCIÓN ETERNA YA ESTÁ A LAS PUERTAS. MI EDITORIAL HIZO ANOCHE MISMO UN CARIÑOSO ANUNCIO, QUE OS COPIO A CONTINUACIÓN, Y OS DEJO TAMBIÉN LA FOTO DE LA PORTADA DE MI NOVELA. Con el corazón, espero que os guste.

¿PREPARADOS?
Célebre Editorial tiene el placer de presentar oficialmente la GRAN APUESTA PERSONAL de nuestro editor Ricard Pérez Braña de la obra CANCIÓN ETERNA de nuestro queridísimo Jaime Arias Cayetano.
Desde el primer día que leyó la obra escrita hace MUCHO TIEMPO POR EL AUTOR que ya publicó con nosotros su primera obra NO EXISTEN LAS PRINCESAS, le animó a desempolvarla y a convertirla en una COLOSAL OBRA ÉPICA QUE SERÁ PUBLICADA EN DOS PARTES.
La primera entrega se publicará el próximo mes.
La siguiente y última parte, en Septiembre del presente año.
MUY PRONTO ANUNCIAREMOS SU VENTA ANTICIPADA.
Portada: Carolina Bensler.
TÚ PUEDES SER EL SIGUIENTE AUTOR CÉLEBRE.
ENVÍA TU MANUSCRITO A: manuscritos@celebreeditorial.es


Podéis seguir las nuevas publicaciones de Célebre Editorial en su Facebook, que os dejo a continuación: https://www.facebook.com/celebreeditorial/

Dieta

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No os riáis. Me he puesto a dieta. Es verdad. Por fin.

A día de hoy, 20 de febrero de 2020, peso 109 kilos. Llevo unos días a dieta. Más o menos, entendedme. Mi mujer también la está haciendo y a ella le va mejor. En una semana ha adelgazado 2 kilos. Yo no he perdido nada, comiendo lo mismo que ella. En casa (y en el trabajo), ella es la cocinera. Así que cuando se pone, hace la misma comida para los dos. Me he quitado hasta el pan (¡mi amado pan!). Y he decidido suprimir las galletas de antes de dormir. Sí, no me miréis así. Antes cenaba y después me tomaba un vaso de leche o Cola Cao con galletas. ¡Me quedaba tan a gusto! Pero ahora ni eso. Ni siquiera para desayunar. Ni para merendar. ¡Ay estoy malito! Por favor, que alguien me ayude a morir ja, ja, ja. Estoy sufriendo. Sin embargo, voy a ir hasta el final.

Os iré contando cómo me va. Lo que quiero es tener mejor salud, estar más ágil y despierto. No pretendo pesar 80 kilos. Ni ponerme cachas. Pretendo evitar problemas y subir unas escaleras sin cansarme. Pretendo ganar en salud y en años de vida. Y pretendo ganar a mi mujer ja, ja, ja, para que no diga que no me tomo las cosas en serio. La estética queda para otros. Yo la belleza la prefiero en una hoja escrita y en mis ojos.

Algún día, miraré atrás y me sentiré orgulloso. Porque la historia de un hombre no se mide por lo lejos que llega, sino por las veces que se supera a sí mismo.

No sé si alguien ha dicho esto antes, creo que es cosecha propia, tal cual está dicho. Pero seguramente es una idea que he aprendido de otros. Igual que la dieta. No obstante, ahora la tengo que vivir en mi propio cuerpo, hacerla mía y superarme.

DON NADIE EL DESEADO (IX, II)

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Seguimos con la historia de Paco. Capítulo IX (segunda parte) de esta novela por entregas. Espero que os guste.

Paco la siguió con la mirada mientras huía hacia su habitación, atónito como si hubiera visto a la corte celestial, en medio del amplio salón del abuelo pescador. Era cierto que ya llevaba un buen rato allí, pero hasta entonces no se había dado verdadera cuenta de dónde estaba. Sólo al observarla a ella fue consciente de que había sido trasladado, trasplantado, a una realidad absolutamente ajena a la que había conocido hasta entonces, a un mundo diferente, con unos códigos distintos, en el que él no encajaba con holgura, pero al que había sido cordialmente invitado, aceptado sin pase previo, sin tarifa ni entrada, sin antecedentes, sin justificación… sin derecho. Ahora, después de que ella desapareciera escaleras arriba, comprendía que había llegado a un mundo desconocido, que tras una ventana en la mañana se abría ante él inexplorado y virgen, fresco y apremiante. Y se sentía por ello inundado de temor a sí mismo, como nunca antes lo había estado.

Se tumbó en el sofá. El sueño lo asaltaba. Trató de no ceder. Finalmente cerró los ojos para aliviarse, sólo para descansar… mas en seguida se quedó profundamente dormido. Cuando despertó, apenas habían pasado tres cuartos de hora, pero estaba confuso, despistado. Vio ante él la figura ufana de la menor, Helena, poniendo la mesa, al fondo del salón. Ella también lo miró.

– Espero no haberte molestado –dijo en todo de disculpa-. No quería despertarte pero es inevitable meter un poco de ruido con los cubiertos. Lo siento, porque parecías necesitar dormir. ¡Estabas muy simpático!

Al decir esto se retrajo, sorprendida de sí misma y avergonzada; pero continuó para romper el hielo:

– La cena ya casi está. Puedes lavarte las manos, si quieres.

Paco trató de contestar algo que no pareciera una tontería:

– Sí, tienes razón, iré al baño. Y gracias: tú también eres muy simpática.

– ¡Gracias! –exclamó ella, en tono jovial e inocente. Tenía unos ojos oscuros y grandes, muy seductores, que hacían una paradójica pareja con su rostro aniñado e inocente; la cintura estrecha, las caderas generosas, y vestía un atuendo muy ajustado, de cuerpo entero, parecido a un mono de trabajo, que se pegaba a su piel y resaltaba todas sus formas, adornado con un escote abierto.

– Tú… tú eres… –balbució Paco.

– Yo soy Helena –se acercó para darle dos besos en las mejillas. Su mano derecha se posó en el antebrazo de Paco, erizándole la piel. Tenía la suavidad de la seda, y estaba caliente, a pesar de haber estado sujetando los cubiertos mientras los ordenaba sobre el mantel. – Y tú eres Paco, me acuerdo de tu nombre. ¡Bienvenido!

– Gracias –replicó Paco.

– Espero que estés muy a gusto en nuestra casa.

– Eres muy amable.

– Y tú muy extraño e interesante, jajaja –respondió con toda la naturalidad-. Bueno, no debería haber dicho eso, pero supongo que las niñas somos así de estúpidas, ¿verdad? En resumen, que estás en tu casa. Voy a seguir con la mesa, si no te importa.

– Claro, tranquila –contestó Paco, con su habitual gesto perdido, aunque sus pensamientos eran un torbellino-. Aprovecharé para lavarme las manos.

– Cuando vengas, te sentarás aquí –le dijo ella, señalándole un sitio junto a la cabecera de la mesa-. Mi abuelo presidirá la mesa, como siempre, y no le gusta que le quiten el sitio. Tiene un gran corazón, pero también es muy terco. Ya lo conocerás. ¡Ah! Y no te asustes aunque te mire enojado: le encanta hacer que la gente se asuste, pero por dentro se está riendo.

– De acuerdo –contestó él-. No me asustaré, aunque no es fácil jejeje. Tu abuelo tiene la mirada fiera…

– Como nosotras –añadió ella-. Espero que no seas un cafre como otros que han trabajado con el abuelo. Si lo eres, te encontrarás con algún que otro mordisco. Somos leonas, Paco. Así que ten cuidado jajaja -y se marchó riendo hacia la cocina sin esperar respuesta, dejando a Paco mudo como una tumba.

<<¿Me ha felicitado o me ha amenazado?>>

Helena no era una jovencita fácil de entender. Había una sonrisa en sus labios pero sus ojos eran inexpresivos, como si escondiera sus pensamientos. <<Es una chica peligrosa, a su manera. Esperará, me vigilará. Quiere saber qué clase de hombre soy. Quizás tiene celos. Quizás simplemente no se fía de los extraños. No la culpo… Yo haría lo mismo. Pero si doy un paso en falso, será la primera en echármelo en cara>>.

El baño era amplio y frío. Se lavó las manos y también el rostro y el cuello. Estaba sudando sin darse cuenta. La presencia de aquella joven había logrado ponerle más nervioso de lo que recordaba en varios días. Había algo en ella misterioso: seductor e inquietante; un toque de locura juvenil, gracia, inocencia, recelo y desconfianza. Lo que más llamaba la atención de ella era su pelo y su boca; unos labios gruesos y vivos, risueños, y una mata de cabello castaño muy abundante, largo hasta la base de la espalda. Pero no dejaba de ser una niña en comparación con él. Aun así, la atraía y al mismo tiempo le daba miedo. ¿Cómo era posible que todo aquella estuviera pasando? Se sentía un extraño… porque era un extraño. Mas había entrado en aquella casa no a la fuerza, sino porque lo habían invitado; y no sólo una vez, sino dos. La primera vez había sido precisamente Helena quien lo había acogido; entonces pareció más simpática, más ingenua, más amistosa; ¿por qué ahora lo saludaba con la voz y lo amenazaba con la mirada? Por lo menos eso era lo que él había creído sentir… Cuando se fijaba en su boca, ésta parecía sonreír e invitarle a acercarse; sus manos hacían gestos de cariño y sus dedos rozaban la tela que cubría sus antebrazos como si quisieran rasgar el espacio que los separaba. Y, sin embargo, sus ojos… eran muros, eran lanzas, eran escudos lo que transmitía su mirada.

La segunda vez, había sido Tomás quien lo había llamado y lo había recibido en el umbral. Después había insistido, a pesar de las dudas que Paco albergaba, hasta que le convenció de trabajar para él y además vivir en su propia casa, con su familia. En un primer momento, Paco había pensado “¿de verdad estoy haciendo esto? Sólo me traerá problemas…”. No obstante, complicado resultaba negarle algo a Tomás cuando se ponía terco. Y además Paco no tenía dónde ir… <<Mi pasado no existe. No queda nada a mis espaldas. No tengo un camino que desandar. Nadie me espera en ninguna parte. De modo que no pierdo nada por seguir adelante, adonde me lleve esta nueva senda…>>.

No podía evitar un temblor sagrado ante la voluntad de Tomás. Jamás ninguna persona lo había acogido de aquella forma tan tremenda en su familia. El viejo no había puesto ante él una opción que podía tomar o dejar. Era más que una invitación; era un cambio de categoría, un empujón, una adopción, un bautismo… Aquella familia se había convertido de pronto en la suya propia. Aquel hogar, en su hogar. No sabía nada de ellos; no se había criado con ellos, y ellos no sabían nada de su pasado, salvo lo poco que él les había contado. Pero cuando los ojos de Tomás se posaban en él, sentía el calor de un fuego que lo empezaba a consumir y lo fundía con una gran hoguera, en medio de la cual ya no era él mismo, sino parte de un todo. Y el tronco central que ardía poderoso, que alimentaba las llamas insaciables, era aquel anciano vivaracho, severo, tremebundo y duro como un roble. El mismo que lo había rechazado, que se había disculpado y que finalmente lo había contratado, dándole un techo, una cama y un presente. Como un padre providente, como un dios del trueno y el rayo que, arrepentido de desechar a un bastardo, lo hubiera acogido en su palacio de tormenta y le hubiera otorgado naturaleza de miembro de su familia divinal. En este caso, una familia compuesta por tres mujeres: Juana, hija única de Tomás, y a su vez madre de Helena y Victoria, una mujer de cuarenta y tantos, cohibida pero servicial, con la mirada triste y el rostro de una hermosura gastada pero aún viva. Helena, la hija menor, era una chica de casi diecisiete, en medio de una explosión de deslumbrante florecimiento, con un carácter fuerte y unos ojos agresivos como los de un depredador. Victoria, la hija mayor de Juana, era una joven educada, inteligente y sensible, de veintipocos, de belleza agreste disfrazada tras las telas oscuras de su timidez, y de hablar pausado y dulce.

¿Realmente qué hacía él allí? No era su sitio. Mirándose al espejo vio a un hombre perdido y estúpido, a un imbécil incapaz de conducir su propia vida, un iluso que vivía en una burbuja y que deambulaba por la vida somnoliento y quejumbroso. <<No valgo ni la mitad de lo que piensan de mí. Y si me ponen a prueba fallaré. Ni siquiera seré capaz de aguantar una semana pescando…>>

Le gustaría llorar. Pero su cuerpo se negaba. Y tenía vergüenza de que notaran su inseguridad.

La cena transcurrió sin sobresalto, amable y pausadamente. Tomaron pescado y un vino suave que el viejo guardaba para las grandes ocasiones. Luego cada uno se retiró a su habitación. En aquella casa había pocas distracciones. Paco se quedó en el salón, tumbado sobre la sábana limpia con que Juana había cubierto el sofá cama, y hecho una bola bajo las gruesas mantas. El silencio se hizo total, y la noche invadió por completo su mundo y sus ojos. Antes de quedarse profundamente dormido, le pareció ver en medio de la neblina a una figura conocida, la silueta de una mujer con el pelo negro y largo, la nariz aquilina, los ojos ligeramente rasgados, la barbilla coqueta y fina, la sonrisa fácil y los pómulos prominentes; reconoció aquel rostro hermoso, aunque la niebla comenzaba a desdibujar sus rasgos. Una mujer a la que había amado tiempo atrás. Una mujer que ahora lo miraba con ojos sonrientes, risueños, casi burlones. Parecía que se estuviera riendo de él. Parecía que estuviera recordando lo que le hizo y que aún le hiciera gracia. ¿Cómo era posible tanta maldad? ¿O quizás es que simplemente le echaba de menos? Puede que fuera una sonrisa de pesar… puede que algún día se arrepintiera de haberlo engañado y abandonado, y regresara a él. Quizás una parte de sí mismo deseara todavía este regreso, este reencuentro. Pero otra parte de él se rebelaba ante esa posibilidad, incluso ante el mero deseo de que algún día fuera así. Esta parte se revolvía con furia. Era la parte salvaje de sí mismo que había aflorado cuando era un adolescente, apenas un jovencito recién crecido, y que le había convertido en un ser irascible, agresivo, batallador; que le había conducido a sentirse solo, a tener muy pocos amigos y demasiadas querellas. Con el tiempo, había aprendido a domar ese yo bestial e incivilizado, como a un bárbaro al que se sometiera a instrucción y se revistiera con una toga; cuando hubo logrado su confianza y aquiescencia, lo encerró mediante argucias en una celda negra de su corazón, sin ventanas ni puertas de salida, de muros eternos y sólidos… Allí lo había mantenido con vida sólo por misericordia, y porque sabía que había una conexión irrompible entre aquel animal y el resto de su ser: si el animal moría, él también moriría. Ambos tenían que sobrevivir juntos. Ambos tenían que seguir respirando.

La parte más serena, racional y amistosa de su ser condujo el carro de su vida desde entonces. Las piezas del puzzle comenzaron a encajar. Aquel jovencito incapaz de tener amigos se convirtió en uno más en el grupo; se integró en una sociedad que poco antes le había rechazado, pero que abrió sus puertas ante aquel nuevo hombre amable, ordenado, pacífico y educado. En definitiva, apocado. Sintió que el sol le calentaba el rostro y creyó que había encontrado su destino. Sintió que había encontrado su lugar y que tenía un futuro entre sus hermanos los hombres.

Fantasmas

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Mis hijos dicen que en el piso de arriba hay un fantasma. Yo me lo tomo a broma porque sé que mis hijos son demasiado miedosos como para subir solos a ponerse las zapatillas, por ejemplo, incluso con la casa llena de gente. No hay fantasmas arriba, y si los hubiera haríamos una reunión de bibliófilos anónimos.

Pero ¿vosotros qué pensáis? ¿Existen los fantasmas? Y lo que es más importante: ¿prefieren los pisos superiores o los sótanos?

DON NADIE EL DESEADO (IX, I)

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Seguimos con la historia de Paco. Capítulo IX, primera parte, de esta novela por entregas. Espero que os guste.


Juana salió de la ducha y se envolvió en su albornoz blanco, limpio, suave, sintiendo las baldosas frías y ásperas bajo sus pies. Esperó que el vapor se disolviese un poco antes de darse cremas, secarse el pelo y pintarse las uñas.

Miró hacia abajo, vio el vello crecido de su cuerpo y pensó que quizás tenía que depilarse. Pero de pronto le pareció una ocurrencia tan estúpida que sonrió con algo de sarcasmo. <<Soy más tonta que una chiquilla. ¿Para qué voy a depilarme? Nadie tiene que verme>>

Pero, en el fondo, su cuerpo la llamaba; y sabía que esperaba una respuesta. No para que le diese placer o descanso, sino para regresarlo a la vida. Demasiado tiempo había permanecido absorta en su dolor, sin salir de la oscura cueva de su soledad; al comienzo desesperada, con el tiempo más serena, pero igualmente ciega al exterior. Habían pasado los años. Desde que había muerto su marido, ella había sido incapaz de salir de su pequeño refugio, protegida por su padre y sus hijas. Luego Victoria había ingresado en la universidad, y la aparente calma de Juana comenzó lentamente a resquebrajarse. La soledad de los largos días sin compañía había asaltado cual ladrón la quebradiza superficie en la que vivía, arrullada por la falsa sensación de seguridad que había tratado de construir a su alrededor.

Ahora era su padre quien daba muestras de la verdadera edad que tenía; siempre había sido tan fuerte, tan resistente, tan rocoso e inmutable… y de repente, como una tempestad imprevista que deja caer gotas pesadas de lluvia helada, todos los síntomas de su ancianidad que se mantenían a raya entraron de golpe en su vida y en la vida de los que lo rodeaban. Juana se daba perfecta cuenta de lo que estaba sobrellevando su padre. La humedad provocaba que le dolieran las rodillas y las muñecas; sus ojos comenzaban a nublarse lentamente; sus oídos cada vez tenían un alcance menor; las arrugas de su cara la surcaban como los abismos que se abren en la piel del océano durante un tifón; su pelo era una mata desaliñada de canas; en su gesto había un cansancio que no era fruto del mero esfuerzo cotidiano, sino del largo trayecto recorrido y las ausencias crecientes… Aquel hombre que había conocido durante su niñez, su adolescencia, su juventud, su madurez, al que admiraba y amaba profundamente, y del que dependía toda su existencia, estaba desapareciendo, sustituido poco a poco por un quejicoso muchacho arrugado que cada vez más era consciente de que el final estaba cerca.

Su padre era un viejo de setenta años. Se agostaba. Se consumía. Necesitaba ayuda con su barco, porque era tozudo, y no quería dejar de pescar. Su sueño era morir en su nave; siempre lo había dicho. Pero ya no podía salir solo. Ella no quería que saliera solo. Lo quería de vuelta todas las tardes en casa. No quería que muriera lejos de casa… Sin embargo, hasta entonces no habían encontrado a nadie que al veterano pescador le infundiera la confianza necesaria; que le oliera a familia, como solía decir el viejo. Y así pasaban los días, mientras su padre se empeñaba a rechazar a todos lo que acudían a buscar trabajo a su puerta. Cuando un nuevo pretendiente se marchaba, Juana solía preguntarse si no se trataría de la persona adecuada y su padre no estaría perdiendo la cabeza a causa de la vejez.

<<Puede que yo también me esté haciendo vieja sin notarlo>>, pensó. La verdad es que el tiempo había pasado tan deprisa… <<Ya tengo una edad en la que nadie me consideraría joven. ¿En qué he momento se me ha escapado la juventud, que hasta ahora no me he dado cuenta? Tengo los pechos un poco caídos ya, y me han salido bolsas bajos los ojos, y la piel de mis manos comienza a mostrar unas manchitas diminutas… ¡Mi cuerpo, mi precioso cuerpo! Demasiado tiempo he permanecido deprimida, enterrada en los recuerdos y la pena, sin enterarme de los gritos con que mi cuerpo me llamaba, para que lo atendiera. Y ahora comienza a mostrar los estragos del dolor y la edad. ¡Yo, tan hermosa! Todos los chicos se volvían a mirarme cuando pasaba. Mis piernas eran las más largas, mi pecho estaba tan arriba que parecía operado, mis ojos eran más brillantes, mi cintura, ¡tan fina!; mi sonrisa iluminaba un rostro que no tenía ni una sola arruga, terso, equilibrado, ebúrneo. Yo reía continuamente, era vitalista, tenía sueños… Cuando me casé todo era maravilloso: mi marido me amaba con toda su alma, todos los días guardaba una sorpresa, un detalle para mí; y vivimos tantos momentos increíbles… ¿Dónde está todo aquello ahora? ¿Dónde está aquella mujer que era la más feliz, la más ilusionada, la más perfecta? Ahora lo comprendo: era la felicidad la que me hacía guapa; desde que me invadió la tristeza, mi cuerpo se ha pasado como una uva. Aquella mujer desapareció, cuando él se fue. Y quizás, como él, nunca vuelva>>.

Se vistió, se cepilló el pelo después de secárselo con el secador y bajó al salón. Mientras recorría los escalones lentamente, pensaba en sus rodillas. Aún no le dolían al pisar, uno a uno, los escalones; pero aquella sensación de estar declinando, a pesar de sus cuarenta años casi recién cumplidos, dominaba sus percepciones. Trataba de averiguar si ya se mostraban los síntomas del desgaste o sólo se estaba asustando por el paso del tiempo… Entonces, abajo del todo, oyó una voz familiar y levantó la vista. Allí, al fondo del salón, sentados en los anticuados sillones, dos hombres hablaban en voz queda y sonreían como dos amigos que se reencontraran después de muchas décadas… A su padre lo reconocería por una sola palabra, no necesitaba más que un rápido vistazo para saber que era él. Pero el otro… por un instante se sintió confusa. Era él. Había regresado. ¿Por qué? No lo sabía. Pero estaba allí. Entonces supo qué le sucedía realmente: él era el verdadero motivo de que sus pensamientos se hubieran centrado, aquella mañana, en su cuerpo y en su aspecto; su instinto de mujer había adivinado su presencia, como un imán siente la cercanía de otro campo electromagnético. Cuando sintió los ojos del hombre puestos furtivamente sobre ella, un ligero estremecimiento recorrió sus entrañas. Disimuló y salió de la casa lo más rápido que pudo, sin hablar. Se dijo que no quería interrumpir aquella conversación, tratando de tranquilizarse, aunque sabía que no había sido muy educado marcharse de aquella forma sin saludar. Mas no era capaz de controlar sus pulsaciones. Y en zapatillas de casa como estaba, dio el mayor paseo de los últimos años. No le dio vergüenza que los que cruzaban la contemplaran sin arreglar; sólo quería que su corazón se detuviera, que su cuerpo se callara. <<No es para mí>>, se decía una y otra vez. <<No lo conozco de nada, y además no quiero que se entrometa en mi hogar y mi familia. ¡Eres una estúpida, Juana! Le sacas más de diez años y seguramente él es un tío como todos los demás, que sólo te usaría para su placer y luego se olvidaría de ti… Además, ¿qué pensará padre? ¿Qué dirá si se me ocurre seducir a uno de sus trabajadores; a su único trabajador, en realidad, si es que ha venido a eso. Se enfadará conmigo, me llamará entrometida y fresca, y no sólo me comportaré como una quinceañera inconsciente, sino que romperé la paz de mi casa y de mi familia. Lo que tanto me ha costado lograr, la unión que tan preciada es para mí, con un paso en falso se irá al garete. Y eso no estoy dispuesta a consentirlo. Ningún hombre se merece ese precio; ni Paco ni ninguno. Porque, ¿quién es Paco? A decir verdad, no es nadie. Para mí es menos que nadie, un completo desconocido>>.

***

– Y ésa es más o menos mi historia… –explicó Paco.

– A la que se añade, como una injusticia más, mi conducta cuando viniste a pedir trabajo –reconoció Tomás.

– Aquello es agua pasada –replicó Paco.

– El agua del río pasa y nadie la recuerda –dijo Tomás-. Pero el agua de la tormenta cae y te deja calado hasta los huesos. Uno recuerda las grandes tormentas incluso años después de acontecer.

– Ahora estamos aquí y no hay nada que recordar, supongo –respondió Paco, emocionado-. Quiero mirar al futuro.

– Muy bien, Paco –sentenció Tomás, tendiéndole la mano, que él aferró con energía-. Como te he prometido, desde hoy trabajarás para mí.

– Te lo agradezco mucho –contestó Paco-. No sé qué decir. Sólo gracias.

– ¿Tienes donde vivir? –quiso saber Tomás.

Al escuchar esto, Paco bajó la mirada, avergonzado. Quizá porque deseaba quedarse allí, y estaba seguro de que se le notaría en la mirada. Quizás porque, como siempre, había actuado sin pensar antes. Siempre se decía que tenía que ser más reflexivo, que tenía que calibrar bien los pros y los contras; sin embargo, al final le podía su falta de madurez y cordura…

– La verdad es que no –respondió-. Me encuentro tan perdido que ni se me había pasado por la cabeza. Supongo que tendré que volver al hostal.

– ¡No hace falta! Por ahora te quedarás aquí, con nosotros, y si puedo confiar en ti no tendrás que buscarte otro sitio. Considéralo una parte de tu sueldo. No tendrás que preocuparte por la comida, la bebida o la ropa. Serás uno más de mi familia, si te comportas como tal. ¡Mira que te confío parte de mis tesoros! Sé que hago una locura, pero creo que te lo debo, después de cómo te traté. Espero que no me defraudes.

– No lo haré –prometió Paco, mirándole a los ojos fijamente. Sus ojos eran grises, y emitían una extraña luminosidad fotónica, un aura de robustez y sabiduría.

– Estoy seguro. Aquí comprenderás por qué me considero el hombre más rico del mundo… –sentenció Tomás, feliz aunque sereno.

Se quitó el chubasquero y subió las escaleras camino de su habitación. Paco se quedó un instante solo, en silencio, tratando de ordenar sus pensamientos.

Entonces se dio cuenta de que Juana estaba en la puerta. No sabría decir cuánto tiempo llevaba allí, mirándolo.

– ¡Bienvenido, Paco! –una gran sonrisa de bienvenida latía en su rostro-. ¡Serás bien tratado en esta casa! Desgraciadamente, tendrás que dormir aquí abajo, en el sofá, hasta que te encontremos un acomodo mejor. En unos días desocuparé una habitación que tenemos en el altillo, llena de trastos. Cuando la limpie y ordene, podrás hacerla tuya. Al fondo de pasillo de la derecha tienes un baño, por si lo necesitas. Ahora te pido que te acomodes y nos esperes un rato. Voy arriba a ver si están las chicas y en un ratito me pondré a hacer la cena.

– Gracias por todo –fue lo único que se le ocurrió decir, mientras la observaba intensamente, como a un fantasma o un tesoro.

Ella no contestó. Nerviosa, subió los peldaños de las escaleras de dos en dos.

Cuando llegó arriba, el corazón le latía como un tambor furioso. Toc, toc, toc… respiraba profundamente, procurando calmarse… pero otra vez toc, toc, toc… toc, toc… <<¡No! ¡Espera, espera, no corras tanto, corazón!>>, se dijo mientras cerraba la puerta de su alcoba y se tiraba en la cama, emocionada, palpándose el pecho donde los golpes eran más rotundos. <<¿Qué estoy haciendo? ¿Qué estás haciendo, corazón loco? ¿Acaso ves una lejana luz en el horizonte cuajado de nubes negras y entonces crees que es el día, que es el sol que con toda su fuerza va a derretir los duros témpanos de hielo de lo más profundo de tus cavernas insondables, cerradas a todo ser humano y a toda alegría? ¡Detente, bombo majadero! ¿Es que no ves que corres hacia una quimera, hacia un espejismo, que te lanzas sin alas hacia el abismo sólo por un sueño entrevisto en la duermevela de tus sufrimientos? ¡Ahora no es momento de enamorarse, porque no es momento de volver a llorar! El amor trae dolor, siempre, antes o después, como el día trae la noche y viceversa; y se siguen mutuamente sin obstáculo ni interrupción… Aquellos que, ciegos a la razón, se dejan arrastrar por el torrente de las pasiones, imaginando escalar montañas inalcanzables sólo por el hecho de entrever su magnificencia y sentirse abrumados ante su imponente cercanía, sin duda son los más infelices de los hombres; y los cadáveres de sus corazones terminan sembrando este taigético mundo de despojos de desesperación. ¡Detente, te digo, porque no sólo no puedo, sino que no quiero amar!>>.

Se echó a llorar. Se hizo el silencio en su alma. El océano de sus lágrimas inundó de repente todos los recovecos de su espíritu, y la soledad del piélago salvaje, glacial, se hizo de pronto en su interior. Lloró sin que la fuente se secase. Gimió y suspiró. Al fin, antes de quedarse dormida, exhausta, supo que no había vuelta atrás, como si una voz se lo susurrase al oído, extraña y fantasmal nana que se apagó lentamente, hasta que ya no hubo más que oscuridad y sueño sin sueños.

Hablo de mi próxima presentación (y de paso del título de mi novela y de la portada).

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Cuando te dicen NO, o simplemente callan.

YA SABÉIS QUE MI PRÓXIMA NOVELA SE PRESENTA EL DÍA 13 DE MARZO EN TOLEDO, A LAS 19:00 HORAS, EN LA BIBLIOTECA DE CASTILLA-LA MANCHA. Pero no es todo color de rosa.

Para empezar, me estoy encontrando con mucha frialdad. Quizás por eso, yo mismo voy a ser frío en este comentario. No quiero dar nombres concretos, pero la verdad es que no me esperaba lo que estoy viendo y escuchando, y mucho menos lo que no estoy escuchando. Ya sabéis: a veces simplemente la gente te da el silencio por respuesta. Odio a ese tipo de personas. Es muy poco honroso callar a veces. Si no te interesa, dilo sin problema. Es mejor y más amable. Pero ya de paso voy avisando: esta novela es IMPORTANTÍSIMA para mí. Si fracaso, que será lo más probable, y no se vende una mierda, pues nada, a otra cosa, mariposa. Cerraremos el chiringuito y dejaremos de escribir. Si triunfo, seguiremos adelante. En ambos casos me acordaré de quien me apoye, y mucho más de quien no me apoye.Y no me refiero, que quede claro, a los amigos y conocidos que me han dicho «no puedo ir». Eso lo acepto. Lo agradezco. Sé que hay gente que no puede. Me refiero a los que ignoran, a los que callan, o a los que dicen no sin ningún motivo. Como los que os voy a contar…

Porque lo que me ha enfadado de verdad ha sido la anécdota que me ha sucedido con un grupo cultural de esta ciudad. No diré cómo se llaman ni qué hacen. Da igual. El caso es que supe de su existencia casi sin querer, por una coincidencia extraña; y se me ocurrió que podrían ayudarme con la presentación dando una exhibición de sus talentos y sus prácticas, que son las que les dan nombre. Además, pensé que un evento cultural como el mío sería la ocasión ideal para que ellos encontraran también una repercusión pública y asociaran su nombre con el de un autor toledano. Gente dedicada a la cultura apoyando a gente dedicada a la cultura, ¿qué es más propio y natural? Les escribí por facebook, y me contestaron pomposamente para terminar diciéndome que «verdes las han segado». Con la excusa de que bla, bla, bla, me dejaron tirado. Gente que se dedica supuestamente a promover la cultura me dio la espalda. Sin una excusa válida. Simplemente porque no me conocen (porque no quieren, ya que no costaba sentarse conmigo a tomar un café), o porque no soy socio ni tengo nombre.

A grupitos como éste y a gente así, les van a dar cuando me necesiten. Que no cuenten conmigo.

En esto incluyo a varios ayuntamientos (sí, sí, los funcionarios y políticos también tienen lo suyo), y a varios medios de comunicación para los cuales he sido invisible, a pesar de mis ruegos y comunicaciones. Que se olviden de entrevistas o de fotos si algún día estoy en la palestra pública. Y no digo hoy nada, pero ya se enterará todo el mundo a su debido momento.

¿Sabéis que esto me da más fuerza todavía para escribir y para triunfar? Sí, os aseguro que el dolor y también la rabia son unas fuerzas muy poderosas.

Lo mismo digo de esos que no se acuerdan de mí nunca para darme un empujón o una palmada, o que pasan de comprar mis libros, pero que luego se atreven a decirme que hay una «falta de ortografía» o que me demoro mucho en las descripciones, o que soy un poco soso, o peor, que mi libro es muy corto. Gente que no habrá leído jamás a los clásicos ni sabrá lo que es la «virgulilla» (hala, todo el mundo a buscarlo en Google); gente que nunca está para lo bueno, pero que siempre saben apuntar con el dedo cuando hay algo malo. Pero hay una cosa útil en todo esto: cuando emprendes algo grande para ti, es cuando descubres quién está deseando que fracases y quién está verdaderamente de tu parte.

Hoy tengo más ganas que nunca de lograr mis sueños. Para joder a todos los que me están dando la espalda. Para que me vean y se les revuelvan las tripas. Para ser mejor que ellos. Porque soy mejor que ellos, aunque ellos no lo reconozcan.

Yo no he hecho otra cosa en la vida más que trabajar, amar a mi familia y a mi gente, esforzarme por hacer siempre el bien y luchar contra las injusticias a mi manera, intentando leer y saber cuanto más mejor, para no ser simplemente otra cobaya más en la rueda de los poderosos. Pero se ve que eso no es suficiente para que me apoyen. ¿Por qué me iban a apoyar? ¿Porque he publicado una novela con una editorial de Barcelona y pretendo venderla en todo el mundo, con el ánimo y el cuidado puesto en que fuera un buen producto, hecho con mimo, con amor, con gusto? Eso no es suficiente. Hasta que no venda un millón de libros no me tendrán en cuenta. Entonces se querrán subir al barco y dirán: yo te apoyé desde el principio. Pero yo sabré que es mentira y diré los nombres y todo el mundo lo sabrá. Por mi honor. Porque de mí no se va a volver a reír un grupo de mierda a los que no conoce ni su madre y que se atreven a despreciar a quien les pide ayuda con excusas de mal pagador. Así se entienden muchas cosas y se entiende por qué hay tan pocos escritores en estas tierras nuestras.

Allá cada cual. El tiempo dará y quitará razones. ¿Quién sabe? A lo peor, el equivocado soy yo, y no merezco que nadie me apoye.

RECUERDA QUE PRESENTO MI PRÓXIMA NOVELA EL DÍA 13 DE MARZO, A LAS 19:00 HORAS, EN TOLEDO, EN LA BIBLIOTECA DEL ALCÁZAR. Os espero a todos allí. Me estoy temiendo que vamos a ir tres o cuatro. Rezo para que no sea así.

Por cierto, el título definitivo de la obra no será «La Canción Eterna», sino a secas «Canción Eterna». La editorial me lo ha propuesto con argumentos convincentes, y yo he aceptado.

Ya estamos en marcha con la portada. Espero poder traeros una imagen muy pronto. ¿Cómo os gustaría que fuese?

De Hobbiton a las Quebradas de los Túmulos

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Aquí somos muy de Tolkien, ya lo sabéis. ¡que nadie me lo toque! pero hoy os voy a dar unas pinceladas sobre lo que hay que hacer para convertir un apacible y hermoso pueblo en un lugar lóbrego y peligroso, a la hora de escribir.

Para entender bien lo que vamos a explicar, vayan ustedes a El Señor de los Anillos y lean lo correspondiente a los primeros capítulos, sobre «Los hobbits» y «La ordenación de la Comarca». Y luego vayan al capítulo titulado «Niebla en las Quebradas de los Túmulos». Y comparen. Caigan en la cuenta de que son zonas que, dentro de la distribución de los reinos en la Tierra Media, están muy próximas, e incluso que en el pasado fueron habitados por las mismas gentes. Pero verán cómo el tratamiento varía muchísimo y la sensación que dejan es absolutamente diferente. Pero seremos breves. Se trata solo de dar unas pinceladas para escritores noveles o aficionados.

La Comarca está llena de luz, verde y fértil, recorrida por suaves colinas y valles fluviales, cubierta de bosques sanos y apacibles, o de cultivos que se extienden, en perfecto orden, por sus laderas y llanuras. Está muy poblada, pero son gentes tranquilas, dadas a la agricultura y una vida sedentaria y apacible. No hay peligro en ella. Nada nos alerta. Podemos pasearnos de parte a parte, dejando la puerta de nuestra casa abierta, sin temor a encontrarnos nada inesperado ni desagradable, salvo los mosquitos. No hay nada impredecible, nada ominoso, todo está vivo y nos sonríe. Nos gustaría que las tardes de paseo fueran eternas. Nos sentimos felices.

Las Quebradas de los Túmulos, en cambio, crecen y crecen hacia las montañas lejanas, y aunque entre ellas corren también los arroyos y hay bosques, praderas y llanuras, no lo sabemos, porque no podemos verlas. El aire está frío, gélido casi, húmedo y cargado de una niebla densa. Y hay una sensación de que no estamos solos, y de que sea lo que sea lo que nos observa, no le gustamos. Está dispuesto a hacernos daño si no abandonamos el lugar enseguida. No es solo que haya una presencia inquietante agazapada, es que el lugar en sí mismo es inquietante, el lugar en sí mismo tiene personalidad; y esta personalidad no nos gusta nada. Como presas, olemos el peligro cuando estamos dentro de él.

Pues bien, dejémenos de introducción. La pregunta es: ¿cómo convertir Hobbiton en las Quebradas de los Túmulos literariamente? Voy a dar algunas pinceladas.

En primer lugar, cambiando el tiempo, y no el meteorológico, sino la medida o la cuenta de las horas. En Hobbiton es de día, preferiblemente amanecer, mediodía o un atardecer suave, prolongado y hermoso. En las Quebradas, el atardecer es breve, la noche cae de improviso, el mediodía día se disipa veloz, la mañana es fría y apenada. O mejor aún, se pierde la noción del tiempo, y los protagonistas son incapaces de saber qué hora es, o si es de día o de noche, porque ello nos hace suponer que el día es oscuro, y no hay nada que cause más pesadumbre que un día oscuro como noche.

En segundo lugar, cambiando el tiempo, pero ahora ya sí el meteorológico. Ambos cambios tienen una estrecha relación, claro está. El cambio más relevante en cuanto al clima es la desaparición de la luz y el calor, y la introducción de la niebla (quien dice niebla, dice humo, oscuridad, tinieblas…). Hobbiton con niebla densa es las Quebradas. Ni más ni menos. Y si esa niebla es la grave y húmeda nube que se posa sobre la tierra e impide la llegada de los rayos del sol al amanecer, mejor. De esta forma, cuando paseamos por Hobbiton a esa hora temprana del alba, rodeados de niebla, no podemos apreciar su belleza, sino solo ver las paredes de nube y sentir su frío. El calor es amor, alegría, felicidad, paz, serenidad. El frío es dolor, tristeza, peligro, odio. La niebla cumple ambas condiciones: suprime el calor, impone el frío. Y además permite enlazar este cambio de clima con la confusión sobre la hora o el momento temporal del día.

En tercer lugar, tomando el punto de vista de los personajes, que se encuentran dentro de ese ámbito asfixiante, ominoso, casi pavoroso, y dejar de ser por unas líneas ese narrador omnisciente que cuenta todo desde fuera, para pasar a explicar las cosas con las palabras y pensamientos de los personajes, o de uno solo de ellos, si hace falta con un estilo directo, sin intermediaciones. Esto nos permitirá exponer más crudamente la confusión, las dudas, el recelo, el temor, de los personajes, y hacer que el lector empatice rápidamente con ellos y haya una transfusión de sentimientos aumentada o reforzada. Debemos hacer creer al lector que está en la mente del personaje, y dejar que el personaje sea él mismo, sin darle al lector más pistas y datos de los que el propio personaje hubiera tenido; ocultándole, por tanto, cualquier elemento que el narrador podría conocer pero no el personaje metido de lleno en la acción, y hacer, por consiguiente, que el lector disponga una información también fragmentaria, parcial, insuficiente. Que se sienta en peligro también. Que tema pasar de página. Que crea estar viendo y sintiendo lo mismo que el personaje. Que se identifique con él.

Podrían añadirse más medios para culminar esta transformación de Hobbiton en las Quebradas. Pero todo estriba en la necesaria confusión entre las mentes del lector y del personaje sumido en el trance y el riesgo. Cuando logremos eso, habremos atravesado esa fina línea que separa un lugar acogedor, hogareño, de una trampa, de la boca del lobo. Ambas áreas están más cerca de lo que parece. Incluso podrían ser la misma. ¿Quién sabe?

Es cuestión de momentos, de elementos, y de perspectiva. Porque la literatura es esto: decoración, disfraz, maquillaje, seducción y artificio. No es la realidad, sino una penetración entre las bambalinas de la realidad, a través del tamiz de la imaginación. Por eso nos gusta tanto.

Nuevos proyectos 2020 y TEXTO sorpresa

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Tras terminar un proyecto, otro debe comenzar. ¿Por qué pararse al borde del camino para ver pasar a la gente? Es mejor echar a andar en dirección al sol y dejar que otros duerman mientras se quedan atrás. Ya nos detendremos junto a la hoguera cuando el sol haya caído y la noche llegue con sus sombras quebradizas y bailarinas, al abrigo del fuego protector. Lo más hermoso es el camino mismo, vivir tu propia vida como lo que es: una aventura increíble llena de emoción, de momentos y de personas irrepetibles, con la mente puesta en un destino que está allí, lejos quizás, aunque no podamos verlo todavía, pero real.

¿Y cuál es mi siguiente proyecto? Tenéis derecho a preguntarlo. Yo os he de contestar: mi próximo proyecto son tres proyectos. El primero, presentar y promocionar La Canción Eterna, novela en la que tengo depositada mucha ilusión. El segundo, continuar con la escritura de la segunda parte de La Canción Eterna, que ya sabéis que debe salir después del verano, si todo va bien; y que será mayor, más ambiciosa, más extrema en todos los sentidos, que la primera parte. Y mi tercer proyecto, continuar con la escritura de otra novela, que ya tengo iniciada, y que lleva por título provisional Las mil islas.

Será una novela de aventuras adulta. Así me gusta definirla. Y para juzgar si vale la pena, os dejo a continuación unas pocas páginas. Espero que os guste.

«Mientras Gabriel corría desaforado hacia la granja, los hombres armados habían arrasado con fuego y acero todo cuanto se encontraron: vallas de madera, casetas de aperos agrícolas, corrales de los animales, cultivos de hortalizas y vegetales, árboles frutales, depósitos de agua y, por supuesto, la casa principal, donde vivían tanto los señores como los criados. Entraron con sus caballos de batalla, portando antorchas empapadas en aceite, y no preguntaron ni se detuvieron ante nadie ni ante nada. El pequeño niño, hijo del criado, que había conducido a Beria y Gabriel hasta la granja, estaba jugando en la entrada, en medio del camino, sentado sobre el suelo, con un muñeco hecho de madera. Se levantó al ver a los recién llegados, pero se asustó y salió corriendo, buscando refugio. De nada le valió… sus gritos quedaron ahogados cuando una maza le aplastó el cráneo. Su madre lo vio desde lejos, pues había salido de la casa al escuchar sus gritos y el ruido terrorífico de la tropa de jinetes. Corrió hacia el niño, pero un soldado la atropelló con su montura, y la pisoteó hasta que dejó de moverse. Luego echaron encima las antorchas, y todo se incendió con rapidez, pues la mujer había caído junto al corral de las gallinas, rodeado de tablas secas y con el suelo cubierto de paja y excrementos. Aquel combustible alimentó las incipientes llamas y transformó una pequeña lengua de fuego en una hoguera incandescente que se fue extendiendo por todas las construcciones y divisiones de la granja.

Se oían gritos en el interior de la casa. Varios hombres habían descabalgado y se habían adentrado entre sus muros , bajo sus grandes vigas de pino, con las espadas al viento, ordenados y concentrados en matar. Lo que allí dentro pasaba era fácil de imaginar. Gabriel lo miró todo durante un momento desde el estrecho recodo del camino que mostraba la fachada principal de la granja al ojo del peregrino. Se preguntó cómo haría para entrar allí sin ser detectado y tratar de salvar a alguien. Se imaginó a Itman y a Orora muertos, cubiertos de sangre, tendidos en el suelo. Se imaginó a la pequeña niña… Y no lo pensó más. Se lanzó a la carrera de nuevo. Quizás el humo que comenzaba a elevarse y a cubrir la zona pudiera esconderlo un tanto a las miradas de los enemigos. La rapidez podía resultar fundamental. Apretó los dientes y se dijo que tenía que darse prisa. Llegó hasta la entrada sin que nadie notara su presencia. Echó una ojeada alrededor y no pudo distinguir nada por el intenso humo. Decidió pasar tan veloz como pudiera sin detenerse a mirar por su propia seguridad. Se internó en la penumbra, mientras las llamas crepitaban a sus lados, casi en cuclillas, sacando su espada por si tuviera un encuentro desagradable, directo a la casa principal. Oía las pisadas de los caballos alrededor y las voces de los soldados. Pero nadie se interpuso en su camino. Nadie se fijó en él. Llegó hasta la entrada de la casa y se sorprendió de la oscuridad que reinaba allí. Creyó percibir gritos fuera, en alguna parte cercana de donde recordaba que estaban los tomates y las lechugas. Sonaban los aceros chocar. Quizás el viejo criado aún ofrecía resistencia. Pero se preocupó más de lo que tenía delante. La casa también estaba en llamas, y dentro había una nube de humo aún más densa. Costaba respirar. En el piso de arriba alguien corría de acá para allá. Tenía que subir. No recordaba bien dónde estaban las escaleras, pero no sería tan difícil encontrarlas. Tanteando con dificultad las paredes, agachado y procurando ser silencioso, avanzó corredor adelante, procurando que no se le cerraran los ojos a causa del humo, con la mano de la espada sobre la boca.

De pronto, se dio cuenta de que delante de él había una sombra. Un perfil humano. Un soldado que estaba sentado en una silla, de espaldas a él, tosiendo y aguantando las náuseas. El que hacía guardia. Pero estaban tan seguros de que no tendrían resistencia, que ni siquiera se precupaba de vigilar, sino tan solo de respirar. Gabriel se asustó al principio y se detuvo en seco. Creyó que el soldado lo había visto, hasta que se dio cuenta de que no podía porque miraba hacia otro lado. Tampoco podía oírlo, con el ruido que sus toses causaban, y los demás sonidos que venían desde todas partes, incluyendo el murmullo lejano del exterior. Entonces Gabriel se armó de valor, se aproximó lo más lentamente que pudo, despacio, despacio, intentando pisar con la punta de los pies, sin tropezar ni tambalearse… Sentía que le hervía la sangre en las venas y que su respiración de aceleraba. El corazón latía tan fuerte que le dolía el pecho. Jamás había matado a un hombre con sus propias manos. Jamás había tenido que llenarse de coraje para dar un golpe mortal sin posibilidad de error. Tenía mucho miedo. Trató de dominar sus movimientos y no permitir que ese miedo lo atenazase. Si fallaba, si no lo mataba a la primera, si su espada resbalaba de sus manos o se deslizaba por la coraza de aquel soldado sin causarle quizás más que un rasguño… todo habría acabado. No debía cerrar los ojos. Se acordó de nuevo de la pequeña. Ella no se merecía que dudase, no se merecía que muriese; lo necesitaba. Cuando estuvo tan cerca que podía tocarlo con la mano extendida, alzó su espada y lanzó una estocada tan fuerte como pudo, poniendo todo su peso sobre el arma, como le había visto a Beria, buscando el cuello de su oponente. El filo se hundió en la carne, aunque no tan profudamente como Gabriel habría deseado. El soldado se retorció y aulló, cayó al suelo, herido, pero no muerto, sangrando en abundancia, pero aún capaz de defenderse. Su cota de malla había desviado un tanto el ataque de Gabriel, aunque no protegía todo el cuello. En la parte que unía éste y el hombro derecho se le veía un profundo corte del que manaba una fuente roja. El soldado se echó mano de la herida, confuso y ciego por el humo y el dolor. Ese momento de duda lo aprovechó de nuevo Gabriel, dominado por el arrojo y el delirio, para abalanzarse sobre él y rematarlo con una nueva cuchillada, esta vez en la cara. La punta de la espada no encontró oposición en la carne blanda de las mejillas y la boca de su desprevenida víctima, que no emitió grito alguno. Su cuerpo cayó pesadamente sobre la silla, por un extraño capricho del destino; y parecía dormir. Gabriel lo observó aturdido durante unos segundos, mientras su corazón latía a una velocidad que no hubiera podido imaginar, y el ruido alrededor crecía y crecía. Le aterraba que pudiera moverse; se le figuraba que iba a levantarse en cualquier momento. Pero no se movió.

Alguien se detuvo entocnes en la entrada. Gabriel oyó las pisadas que dejaron de sonar bruscamente. Temió que un enemigo hubiera advertido su presencia y lo sorprendiera por la espalda, como él hiciera con el otro. Se movió rápidamente hacia un lado, escondiéndose en una habitación lateral, procurando no hacer ruido. Pero el hombre que había en la puerta principal no lo vio o, si lo vio, no lo reconoció, porque pasó de largo y apenas echó una ojeada en el pasillo. Luego regresó al exterior. Gabriel esperó unos segundos hasta que su circulación se atemperó. Respiraba tan fuerte que le asustaba que lo descubrieran. Mas nadie bajó. Nada se movió allí en el piso interior. Al fin, se armó de valor de nuevo, pasó sobre el cadáver que había dejado en el corredor y comenzó a subir las escaleras a paso lento, seguro. No había acabado de subir el primer tramo cuando volvió a oír los pasos en la puerta, pero a aquellas alturas ya no valía de nada echarse atrás. Fuera quien fuese, estaba detrás de él, y lo mejor era actuar como si se tratara de uno de los suyos. Quizás en unos segundos advertiría el cuerpo caído de su compañero junto a las escaleras, y daría la alerta o subiría deprisa a buscar a quien lo hubiera matado. Quizás sería mejor esperar tras el recodo de las escaleras y lanzarse sobre la sombra cuando apareciese en los primeros escalones. En ese momento oyó el grito de una niña en el piso superior… No lo dudó más. Se olvidó de quien hubiera entrado a la casa. Subió a paso ligero el tramo que le faltaba. En aquel piso había más humo y apenas se veía a unos centímetros. Seguía habiendo ruidos, parecía que varias personas buscaban a la niña por la casa y se hablaban entre ellas para orientarse. Parecían sólo dos. Gabriel no necesitó esforzarse mucho para encontrarlos. Siguió por el pasillo, tanteando las paredes de madera, procurando pisar muy despacio, con la espada en la mano. Lo único que temía era que de pronto apareciera alguien más que hubiera mantenido agazapado. Dio tres pasos, cuatro, cinco… A la izquierda había una puerta abierta. De dentro venía un humo más negro y una lengua de fuego. Algo ardía allí dentro. Pasó de largo… Una de las voces estaba cerca, a la derecha y delante, quizás a unos cuatro o cinco pasos. Se agazapó. Las voces tosían de vez en cuando como consecuencia del humo. Parecía que se ponían más nerviosas. “No han encontrado a la niña aún. Si siguen aquí, es que la niña está en alguna parte. Tengo que encontrarla antes que ellos. Quizás, después de todo, haya llegado a tiempo”. Aún estaba pensando cuando se tropezó con un cuerpo tendido en el suelo. No se paró a ver quién era, aunque notó con la mano que no llevaba armadura. La mano se le empapó de sangre. Era una mujer. “Orora”. Pasó por encima con delicadeza. La voz de la derecha se movió hacia el pasillo. Supo que había llegado el momento. Se acercó con presteza y esperó que saliera de la habitación donde debía de estar. Pero en ese momento una sombra cruzó a su lado, de pequeño tamaño, rauda y ligera. Notó su presencia un segundo. “La niña…” Mas la sombra se escapó hacia las escaleras. Antes de que pudiera darse cuenta, otra sombra, mayor, más imponente, se insinuó tras el humo, saliendo de una de las habitaciones. Había notado su presencia, pero sobre todo había percibido cómo la niña huía. Al principio no lo reconoció, y no hizo ademán de atacarlo. Acaso supuso que se trataría de uno de los restantes soldados. Dijo algo en una lengua que no entendió. O quizás no lo entendió a causa del humo y del nerviosismo. Gabriel quiso lanzarse en pos de la niña. Sin embargo, el capitán de aquella tropa, que a la sazón era la sombra que Gabriel había entrevisto tras el humo oscuro, se dio cuenta de que no se trataba de uno de sus hombres y avanzó hacia Gabriel, sacando su arma con el ruido característico. Gabriel se quedó mirándolo, dudando si hacerle frente o darle la espalda. Y esa décima de segundo que se mantuvo quieto fue suficiente para que el capitán se allegara hasta él. Se encontraba ya lo suficientemente cerca como para oír su respiración dificultosa y apreciar la longitud de su arma, que ya iba a descargar contra su cuerpo el golpe de gracia.»