El sótano

Sonia oía a veces un susurro lejano. Al principio era agradable y le ayudaba a dormir. No sabía de dónde procedía, pero nacía en alguna casa cercana. Debía de ser alguna instalación de aire acondicionado, o quizás el eco de una lavadora centrifugando.

El susurro pronto se convirtió en un repiqueteo constante y rítmico. No era molesto, sino intrigante.

Al poco tiempo, el redoble cesó. Sonia se sintió aliviada, sin saber por qué.

Hasta que algo nuevo volvió a perturbarla… Era una voz fúnebre, casi imperceptible, como un cuchicheo continuo e ininteligible, que helaba los huesos si se le prestaba atención. Y venía de abajo. Del sótano.

Sonia jamás bajaba al sótano. Le tenía miedo. Puede que no hubiese nada en él que provocase temor, pero ella era miedosa y huía de los espacios bajo tierra. De niña, sus hermanos mayores la habían encerrado en un garaje mal ventilado y lleno de telarañas que tenían en una casona en el campo, y se habían reído durante una hora mientras ella lloraba y pedía que la dejasen salir, hasta que sus padres la liberaron. Quizás por ello evitaba la oscuridad, los espacios sin ventilación y todo lo que pudiera recordarle aquel encierro.

Pero ahora vivía sola… y tenía un sótano. Apenas era mayor que el vestíbulo de su casa, y servía únicamente para almacenar trastos viejos o desusados. Nadie había entrado en él desde hacía meses. Ella, desde luego, no.

Un día se decidió a inspeccionarlo. Suponía que así se quedaría tranquila. Pero, ¡sorpresa! ¡Ahora había una puerta en la pared del fondo! ¿Cómo podía estar allí? Detrás de todo lo que Sonia tenía guardado, amontonado y olvidado, alguien había puesto una puerta… Ella no había sido, su novio tampoco. No había motivo para hacer algo así. Pero, ¿quién? Porque era evidente: estaba allí…

Sonia pensó llamar a la policía. Mas si lo hacía probablemente pronto lo sabría el barrio entero, y su nombre correría de boca en boca, y todos se mofarían de su miedo a visitar su propio sótano. En realidad, ¿qué podía decirles? ¿Qué no sabía quién había hecho aquella puerta en su sótano sin su permiso? Con seguridad no se lo tomarían en serio. Ademán, hacía tanto que no bajaba, se dijo, que puede que aquella puerta hubiese estado siempre allí…

En cuanto a los ruidos, ¿quién no tiene ruidos en su casa? Acaso se debían a las tuberías o algo así. El agua subterránea era abundante por aquellos parajes, y el sueño hacer creer que se oyen voces que jamás se han pronunciado. Hay personas que llegan a ver con los ojos abiertos pesadillas terribles, después de despertar, por efecto de la somnolencia que todavía domina el cerebro.

Decidió que era mejor no hacer nada. Y no la juzgaremos por ello: en ocasiones un corazón temeroso no tiene más remedio que mirar para otro lado. O eso, o la locura. Aunque lo primero lleve a la perdición…

Así que colocó de nuevo todo, mientras los ruidos seguían sonando incesantes, constantes, sugestivos… y terroríficos. Parecían lejanos golpes de martillos, y gritos apagados que jaleaban, y una voz cavernosa que resonaba en lo más profundo del oído y confesaba secretos que no tenían sentido…

Sonia cerró el sótano dominada por el terror. A saltos de dos escalones salió a la calle, respiró el aire limpio de la tarde y se decidió a contarlo. Pero no a la policía, sino a su novio. Tomó su teléfono móvil y marcó su número.

– ¡Por fin! –respondió una voz inquisitiva.

– ¡Hola, cariño, soy yo! –dijo Sonia.

– ¿Tan pronto me he convertido en tu cariño? –pronunció una voz cavernosa que no era la de su novio-. Sabía que te conquistaría, pero no creí que tan pronto –dijo con tono horriblemente complacido.

Sonia sintió un estremecimiento que erizó sus músculos y ensombreció su mente. La mano se le abrió y el teléfono cayó al suelo, rompiéndose en mil pedazos. Su rostro se mostraba deformado por el pánico. Se quedó allí, de pie ante su puerta, petrificada por la pavorosa respuesta, con la mirada perdida, enmudecida, muerta.

¿Cuánto tiempo estuvo así? ¿Segundos, minutos, quizá una hora…?

Una suave lluvia gris vino a rescatarla de su ensimismamiento. Pero cuando miró alrededor, creyó estar contemplando un mundo distinto del que conocía: más sombrío, más ceniciento, más metálico. La fugaz imagen de una inmensa fábrica cruzó su mente. De pronto, sintió el irresistible deseo de buscar refugio.

– Sí, tengo que esconderme –pensó.

Y entró de nuevo en casa.

Pero allí resonaban más fuertes los ruidos que venían del suelo. Y los gritos eran ya perfectamente audibles. Todavía no se entendían, pero si estaba quieta podía percibirlos claramente, e incluso podía distinguir varias voces disímiles.

Resolvió subir a lo más alto y desde allí llamar a la policía o a los bomberos. Pero ya arriba recordó que no tenía teléfono, y al mirar por las ventanas se conmovió ante la inmensa soledad que parecía rodearla. Reposó en un viejo sillón, habiendo cerrado la puerta del desván con llave, y allí apoltronada el cansancio la venció.

Tuvo sueños extraños. Soñó con lagos muertos, con mares embravecidos, con huracanes impíos, estrellas que se caen, espadas que se herrumbran, brazos que golpean, huesos que se descomponen, y gemidos, gemidos de placer insistentes y blasfemos. De la inmensidad de un mundo deforme y sin fronteras, a los ojos tan extraño como la imagen distorsionada que refleja un espejo roto, poco a poco su atención fue concentrándose en un punto, al principio indefinido, lentamente más y más cerca, más y más cerca, hasta que comprobó, entre atemorizada y confusa, que el punto era su propia casa. Sintió grandes deseos de saber qué ocurría dentro, y miró a través de la ventana del desván. Se vio a sí misma desnuda,  amando a un monstruo…

Cuando despertó, el monstruo estaba ante ella.

¿Quién era? ¿Cómo había entrado? ¿Estaba despierta o tan sólo soñaba que lo estaba?

Al verlo, su corazón estalló y se vació, hasta quedar seco. La sangre comenzó a derramarse poco a poco por sus poros, su boca, sus ojos, sus pechos. Pero no sufría. Aún. El monstruo la tomó en brazos, todavía consciente, y dijo a sus oídos palabras que sonaron a maldición. Empero, no la maltrató. Bajó las escaleras con ella en brazos, y las puertas se abrían a su paso, y los objetos se contraían y escondían, y la casa entera se iba derritiendo en viscosos ríos que caían lastimeramente.

Llegó con ella al sótano, y la puerta del fondo se hallaba también abierta. Un resplandor intensamente rojo venía de lo hondo. Los ruidos eran ahora cercanos y las voces se acercaban. El pavor llenaba la estancia. Lo que se cernía ante ella era un túnel hacia el submundo, un pasadizo hacia el averno, la autopista del tártaro. Sonia aún estaba viva cuando cruzaron la puerta. El mundo se desvaneció. Los lamentos la alcanzaron en carne propia. Las risas burlonas respondían sin cesar a la aflicción. Entonces, en un último suspiro de vida, presintiendo intuitivamente el efecto de la maldición pronunciada sobre ella, Sonia lo vio…

La triste luz de un apesadumbrado día de otoño, cubierto de nubes y coronado de vientos, esto fue lo que vio Sonia al despertar. Sobresaltada y sudando, se alzó sobre el lecho y contempló a través de la ventana el aspecto grisáceo del universo. Se palpó los miembros, se irguió, se miró al espejo. Su cuerpo estaba allí, su mente estaba allí, su mundo estaba allí. Intactos. Indiferentes. ¡Pero el sótano! ¿Y el sótano?

– ¿Qué me ha pasado? –se repetía. -¿Y el ruido? ¿Y el monstruo? ¿Y esa luz oscura?

Sin vestir, en camisón, bajó corriendo al sótano. No atendió a su propio miedo. Antes de entrar, se detuvo y trató de dominar su respiración. El silencio en torno era completo. Ningún ruido, ninguna voz, ningún grito. ‹‹¡Joder, estoy loca!››, pensó. Pasó al sótano, retiró los trastos, los viejos recuerdos que nunca recordaba, los muebles inservibles que se resistía a tirar, la bici de la adolescencia, y las alfombras pasadas de moda e imposibles de limpiar por completo. Y, ¡oh funesta sorpresa!, allí estaba la puerta…

Y de nuevo el terror…

Por fin, tan despacio, tan despacio como caen los copos de nieve en una tarde lánguida de tormenta invernal, tan despacio como se van los recuerdos, tan despacio como el agua horada las imperturbables piedras del corazón del mundo, alargó la mano y abrió la puerta.

Mas sólo la piedra se presentó a su vista.

– ¡Nada! –gritó.

No era un grito de alegría. Pero tampoco de pena. Era sólo un grito, si esto puede ser.

– ¡Nada! –repitió paladeando la palabra.

De pronto, el teléfono sonó, arriba en la cocina.

Aún asustada, subió, lo cogió, y la voz que escuchó alegróle el corazón, pues era familiar. Su novio le hablaba desde el otro lado.

– ¿Cómo estás hoy, preciosa? –dijo él.

Pero ella únicamente supo responderle:

– Cariño, ¿tú crees en el infierno?

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