DON NADIE EL DESEADO (IX, II)

Seguimos con la historia de Paco. Capítulo IX (segunda parte) de esta novela por entregas. Espero que os guste.

Paco la siguió con la mirada mientras huía hacia su habitación, atónito como si hubiera visto a la corte celestial, en medio del amplio salón del abuelo pescador. Era cierto que ya llevaba un buen rato allí, pero hasta entonces no se había dado verdadera cuenta de dónde estaba. Sólo al observarla a ella fue consciente de que había sido trasladado, trasplantado, a una realidad absolutamente ajena a la que había conocido hasta entonces, a un mundo diferente, con unos códigos distintos, en el que él no encajaba con holgura, pero al que había sido cordialmente invitado, aceptado sin pase previo, sin tarifa ni entrada, sin antecedentes, sin justificación… sin derecho. Ahora, después de que ella desapareciera escaleras arriba, comprendía que había llegado a un mundo desconocido, que tras una ventana en la mañana se abría ante él inexplorado y virgen, fresco y apremiante. Y se sentía por ello inundado de temor a sí mismo, como nunca antes lo había estado.

Se tumbó en el sofá. El sueño lo asaltaba. Trató de no ceder. Finalmente cerró los ojos para aliviarse, sólo para descansar… mas en seguida se quedó profundamente dormido. Cuando despertó, apenas habían pasado tres cuartos de hora, pero estaba confuso, despistado. Vio ante él la figura ufana de la menor, Helena, poniendo la mesa, al fondo del salón. Ella también lo miró.

– Espero no haberte molestado –dijo en todo de disculpa-. No quería despertarte pero es inevitable meter un poco de ruido con los cubiertos. Lo siento, porque parecías necesitar dormir. ¡Estabas muy simpático!

Al decir esto se retrajo, sorprendida de sí misma y avergonzada; pero continuó para romper el hielo:

– La cena ya casi está. Puedes lavarte las manos, si quieres.

Paco trató de contestar algo que no pareciera una tontería:

– Sí, tienes razón, iré al baño. Y gracias: tú también eres muy simpática.

– ¡Gracias! –exclamó ella, en tono jovial e inocente. Tenía unos ojos oscuros y grandes, muy seductores, que hacían una paradójica pareja con su rostro aniñado e inocente; la cintura estrecha, las caderas generosas, y vestía un atuendo muy ajustado, de cuerpo entero, parecido a un mono de trabajo, que se pegaba a su piel y resaltaba todas sus formas, adornado con un escote abierto.

– Tú… tú eres… –balbució Paco.

– Yo soy Helena –se acercó para darle dos besos en las mejillas. Su mano derecha se posó en el antebrazo de Paco, erizándole la piel. Tenía la suavidad de la seda, y estaba caliente, a pesar de haber estado sujetando los cubiertos mientras los ordenaba sobre el mantel. – Y tú eres Paco, me acuerdo de tu nombre. ¡Bienvenido!

– Gracias –replicó Paco.

– Espero que estés muy a gusto en nuestra casa.

– Eres muy amable.

– Y tú muy extraño e interesante, jajaja –respondió con toda la naturalidad-. Bueno, no debería haber dicho eso, pero supongo que las niñas somos así de estúpidas, ¿verdad? En resumen, que estás en tu casa. Voy a seguir con la mesa, si no te importa.

– Claro, tranquila –contestó Paco, con su habitual gesto perdido, aunque sus pensamientos eran un torbellino-. Aprovecharé para lavarme las manos.

– Cuando vengas, te sentarás aquí –le dijo ella, señalándole un sitio junto a la cabecera de la mesa-. Mi abuelo presidirá la mesa, como siempre, y no le gusta que le quiten el sitio. Tiene un gran corazón, pero también es muy terco. Ya lo conocerás. ¡Ah! Y no te asustes aunque te mire enojado: le encanta hacer que la gente se asuste, pero por dentro se está riendo.

– De acuerdo –contestó él-. No me asustaré, aunque no es fácil jejeje. Tu abuelo tiene la mirada fiera…

– Como nosotras –añadió ella-. Espero que no seas un cafre como otros que han trabajado con el abuelo. Si lo eres, te encontrarás con algún que otro mordisco. Somos leonas, Paco. Así que ten cuidado jajaja -y se marchó riendo hacia la cocina sin esperar respuesta, dejando a Paco mudo como una tumba.

<<¿Me ha felicitado o me ha amenazado?>>

Helena no era una jovencita fácil de entender. Había una sonrisa en sus labios pero sus ojos eran inexpresivos, como si escondiera sus pensamientos. <<Es una chica peligrosa, a su manera. Esperará, me vigilará. Quiere saber qué clase de hombre soy. Quizás tiene celos. Quizás simplemente no se fía de los extraños. No la culpo… Yo haría lo mismo. Pero si doy un paso en falso, será la primera en echármelo en cara>>.

El baño era amplio y frío. Se lavó las manos y también el rostro y el cuello. Estaba sudando sin darse cuenta. La presencia de aquella joven había logrado ponerle más nervioso de lo que recordaba en varios días. Había algo en ella misterioso: seductor e inquietante; un toque de locura juvenil, gracia, inocencia, recelo y desconfianza. Lo que más llamaba la atención de ella era su pelo y su boca; unos labios gruesos y vivos, risueños, y una mata de cabello castaño muy abundante, largo hasta la base de la espalda. Pero no dejaba de ser una niña en comparación con él. Aun así, la atraía y al mismo tiempo le daba miedo. ¿Cómo era posible que todo aquella estuviera pasando? Se sentía un extraño… porque era un extraño. Mas había entrado en aquella casa no a la fuerza, sino porque lo habían invitado; y no sólo una vez, sino dos. La primera vez había sido precisamente Helena quien lo había acogido; entonces pareció más simpática, más ingenua, más amistosa; ¿por qué ahora lo saludaba con la voz y lo amenazaba con la mirada? Por lo menos eso era lo que él había creído sentir… Cuando se fijaba en su boca, ésta parecía sonreír e invitarle a acercarse; sus manos hacían gestos de cariño y sus dedos rozaban la tela que cubría sus antebrazos como si quisieran rasgar el espacio que los separaba. Y, sin embargo, sus ojos… eran muros, eran lanzas, eran escudos lo que transmitía su mirada.

La segunda vez, había sido Tomás quien lo había llamado y lo había recibido en el umbral. Después había insistido, a pesar de las dudas que Paco albergaba, hasta que le convenció de trabajar para él y además vivir en su propia casa, con su familia. En un primer momento, Paco había pensado “¿de verdad estoy haciendo esto? Sólo me traerá problemas…”. No obstante, complicado resultaba negarle algo a Tomás cuando se ponía terco. Y además Paco no tenía dónde ir… <<Mi pasado no existe. No queda nada a mis espaldas. No tengo un camino que desandar. Nadie me espera en ninguna parte. De modo que no pierdo nada por seguir adelante, adonde me lleve esta nueva senda…>>.

No podía evitar un temblor sagrado ante la voluntad de Tomás. Jamás ninguna persona lo había acogido de aquella forma tan tremenda en su familia. El viejo no había puesto ante él una opción que podía tomar o dejar. Era más que una invitación; era un cambio de categoría, un empujón, una adopción, un bautismo… Aquella familia se había convertido de pronto en la suya propia. Aquel hogar, en su hogar. No sabía nada de ellos; no se había criado con ellos, y ellos no sabían nada de su pasado, salvo lo poco que él les había contado. Pero cuando los ojos de Tomás se posaban en él, sentía el calor de un fuego que lo empezaba a consumir y lo fundía con una gran hoguera, en medio de la cual ya no era él mismo, sino parte de un todo. Y el tronco central que ardía poderoso, que alimentaba las llamas insaciables, era aquel anciano vivaracho, severo, tremebundo y duro como un roble. El mismo que lo había rechazado, que se había disculpado y que finalmente lo había contratado, dándole un techo, una cama y un presente. Como un padre providente, como un dios del trueno y el rayo que, arrepentido de desechar a un bastardo, lo hubiera acogido en su palacio de tormenta y le hubiera otorgado naturaleza de miembro de su familia divinal. En este caso, una familia compuesta por tres mujeres: Juana, hija única de Tomás, y a su vez madre de Helena y Victoria, una mujer de cuarenta y tantos, cohibida pero servicial, con la mirada triste y el rostro de una hermosura gastada pero aún viva. Helena, la hija menor, era una chica de casi diecisiete, en medio de una explosión de deslumbrante florecimiento, con un carácter fuerte y unos ojos agresivos como los de un depredador. Victoria, la hija mayor de Juana, era una joven educada, inteligente y sensible, de veintipocos, de belleza agreste disfrazada tras las telas oscuras de su timidez, y de hablar pausado y dulce.

¿Realmente qué hacía él allí? No era su sitio. Mirándose al espejo vio a un hombre perdido y estúpido, a un imbécil incapaz de conducir su propia vida, un iluso que vivía en una burbuja y que deambulaba por la vida somnoliento y quejumbroso. <<No valgo ni la mitad de lo que piensan de mí. Y si me ponen a prueba fallaré. Ni siquiera seré capaz de aguantar una semana pescando…>>

Le gustaría llorar. Pero su cuerpo se negaba. Y tenía vergüenza de que notaran su inseguridad.

La cena transcurrió sin sobresalto, amable y pausadamente. Tomaron pescado y un vino suave que el viejo guardaba para las grandes ocasiones. Luego cada uno se retiró a su habitación. En aquella casa había pocas distracciones. Paco se quedó en el salón, tumbado sobre la sábana limpia con que Juana había cubierto el sofá cama, y hecho una bola bajo las gruesas mantas. El silencio se hizo total, y la noche invadió por completo su mundo y sus ojos. Antes de quedarse profundamente dormido, le pareció ver en medio de la neblina a una figura conocida, la silueta de una mujer con el pelo negro y largo, la nariz aquilina, los ojos ligeramente rasgados, la barbilla coqueta y fina, la sonrisa fácil y los pómulos prominentes; reconoció aquel rostro hermoso, aunque la niebla comenzaba a desdibujar sus rasgos. Una mujer a la que había amado tiempo atrás. Una mujer que ahora lo miraba con ojos sonrientes, risueños, casi burlones. Parecía que se estuviera riendo de él. Parecía que estuviera recordando lo que le hizo y que aún le hiciera gracia. ¿Cómo era posible tanta maldad? ¿O quizás es que simplemente le echaba de menos? Puede que fuera una sonrisa de pesar… puede que algún día se arrepintiera de haberlo engañado y abandonado, y regresara a él. Quizás una parte de sí mismo deseara todavía este regreso, este reencuentro. Pero otra parte de él se rebelaba ante esa posibilidad, incluso ante el mero deseo de que algún día fuera así. Esta parte se revolvía con furia. Era la parte salvaje de sí mismo que había aflorado cuando era un adolescente, apenas un jovencito recién crecido, y que le había convertido en un ser irascible, agresivo, batallador; que le había conducido a sentirse solo, a tener muy pocos amigos y demasiadas querellas. Con el tiempo, había aprendido a domar ese yo bestial e incivilizado, como a un bárbaro al que se sometiera a instrucción y se revistiera con una toga; cuando hubo logrado su confianza y aquiescencia, lo encerró mediante argucias en una celda negra de su corazón, sin ventanas ni puertas de salida, de muros eternos y sólidos… Allí lo había mantenido con vida sólo por misericordia, y porque sabía que había una conexión irrompible entre aquel animal y el resto de su ser: si el animal moría, él también moriría. Ambos tenían que sobrevivir juntos. Ambos tenían que seguir respirando.

La parte más serena, racional y amistosa de su ser condujo el carro de su vida desde entonces. Las piezas del puzzle comenzaron a encajar. Aquel jovencito incapaz de tener amigos se convirtió en uno más en el grupo; se integró en una sociedad que poco antes le había rechazado, pero que abrió sus puertas ante aquel nuevo hombre amable, ordenado, pacífico y educado. En definitiva, apocado. Sintió que el sol le calentaba el rostro y creyó que había encontrado su destino. Sintió que había encontrado su lugar y que tenía un futuro entre sus hermanos los hombres.

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