DON NADIE EL DESEADO (IX, I)

Seguimos con la historia de Paco. Capítulo IX, primera parte, de esta novela por entregas. Espero que os guste.


Juana salió de la ducha y se envolvió en su albornoz blanco, limpio, suave, sintiendo las baldosas frías y ásperas bajo sus pies. Esperó que el vapor se disolviese un poco antes de darse cremas, secarse el pelo y pintarse las uñas.

Miró hacia abajo, vio el vello crecido de su cuerpo y pensó que quizás tenía que depilarse. Pero de pronto le pareció una ocurrencia tan estúpida que sonrió con algo de sarcasmo. <<Soy más tonta que una chiquilla. ¿Para qué voy a depilarme? Nadie tiene que verme>>

Pero, en el fondo, su cuerpo la llamaba; y sabía que esperaba una respuesta. No para que le diese placer o descanso, sino para regresarlo a la vida. Demasiado tiempo había permanecido absorta en su dolor, sin salir de la oscura cueva de su soledad; al comienzo desesperada, con el tiempo más serena, pero igualmente ciega al exterior. Habían pasado los años. Desde que había muerto su marido, ella había sido incapaz de salir de su pequeño refugio, protegida por su padre y sus hijas. Luego Victoria había ingresado en la universidad, y la aparente calma de Juana comenzó lentamente a resquebrajarse. La soledad de los largos días sin compañía había asaltado cual ladrón la quebradiza superficie en la que vivía, arrullada por la falsa sensación de seguridad que había tratado de construir a su alrededor.

Ahora era su padre quien daba muestras de la verdadera edad que tenía; siempre había sido tan fuerte, tan resistente, tan rocoso e inmutable… y de repente, como una tempestad imprevista que deja caer gotas pesadas de lluvia helada, todos los síntomas de su ancianidad que se mantenían a raya entraron de golpe en su vida y en la vida de los que lo rodeaban. Juana se daba perfecta cuenta de lo que estaba sobrellevando su padre. La humedad provocaba que le dolieran las rodillas y las muñecas; sus ojos comenzaban a nublarse lentamente; sus oídos cada vez tenían un alcance menor; las arrugas de su cara la surcaban como los abismos que se abren en la piel del océano durante un tifón; su pelo era una mata desaliñada de canas; en su gesto había un cansancio que no era fruto del mero esfuerzo cotidiano, sino del largo trayecto recorrido y las ausencias crecientes… Aquel hombre que había conocido durante su niñez, su adolescencia, su juventud, su madurez, al que admiraba y amaba profundamente, y del que dependía toda su existencia, estaba desapareciendo, sustituido poco a poco por un quejicoso muchacho arrugado que cada vez más era consciente de que el final estaba cerca.

Su padre era un viejo de setenta años. Se agostaba. Se consumía. Necesitaba ayuda con su barco, porque era tozudo, y no quería dejar de pescar. Su sueño era morir en su nave; siempre lo había dicho. Pero ya no podía salir solo. Ella no quería que saliera solo. Lo quería de vuelta todas las tardes en casa. No quería que muriera lejos de casa… Sin embargo, hasta entonces no habían encontrado a nadie que al veterano pescador le infundiera la confianza necesaria; que le oliera a familia, como solía decir el viejo. Y así pasaban los días, mientras su padre se empeñaba a rechazar a todos lo que acudían a buscar trabajo a su puerta. Cuando un nuevo pretendiente se marchaba, Juana solía preguntarse si no se trataría de la persona adecuada y su padre no estaría perdiendo la cabeza a causa de la vejez.

<<Puede que yo también me esté haciendo vieja sin notarlo>>, pensó. La verdad es que el tiempo había pasado tan deprisa… <<Ya tengo una edad en la que nadie me consideraría joven. ¿En qué he momento se me ha escapado la juventud, que hasta ahora no me he dado cuenta? Tengo los pechos un poco caídos ya, y me han salido bolsas bajos los ojos, y la piel de mis manos comienza a mostrar unas manchitas diminutas… ¡Mi cuerpo, mi precioso cuerpo! Demasiado tiempo he permanecido deprimida, enterrada en los recuerdos y la pena, sin enterarme de los gritos con que mi cuerpo me llamaba, para que lo atendiera. Y ahora comienza a mostrar los estragos del dolor y la edad. ¡Yo, tan hermosa! Todos los chicos se volvían a mirarme cuando pasaba. Mis piernas eran las más largas, mi pecho estaba tan arriba que parecía operado, mis ojos eran más brillantes, mi cintura, ¡tan fina!; mi sonrisa iluminaba un rostro que no tenía ni una sola arruga, terso, equilibrado, ebúrneo. Yo reía continuamente, era vitalista, tenía sueños… Cuando me casé todo era maravilloso: mi marido me amaba con toda su alma, todos los días guardaba una sorpresa, un detalle para mí; y vivimos tantos momentos increíbles… ¿Dónde está todo aquello ahora? ¿Dónde está aquella mujer que era la más feliz, la más ilusionada, la más perfecta? Ahora lo comprendo: era la felicidad la que me hacía guapa; desde que me invadió la tristeza, mi cuerpo se ha pasado como una uva. Aquella mujer desapareció, cuando él se fue. Y quizás, como él, nunca vuelva>>.

Se vistió, se cepilló el pelo después de secárselo con el secador y bajó al salón. Mientras recorría los escalones lentamente, pensaba en sus rodillas. Aún no le dolían al pisar, uno a uno, los escalones; pero aquella sensación de estar declinando, a pesar de sus cuarenta años casi recién cumplidos, dominaba sus percepciones. Trataba de averiguar si ya se mostraban los síntomas del desgaste o sólo se estaba asustando por el paso del tiempo… Entonces, abajo del todo, oyó una voz familiar y levantó la vista. Allí, al fondo del salón, sentados en los anticuados sillones, dos hombres hablaban en voz queda y sonreían como dos amigos que se reencontraran después de muchas décadas… A su padre lo reconocería por una sola palabra, no necesitaba más que un rápido vistazo para saber que era él. Pero el otro… por un instante se sintió confusa. Era él. Había regresado. ¿Por qué? No lo sabía. Pero estaba allí. Entonces supo qué le sucedía realmente: él era el verdadero motivo de que sus pensamientos se hubieran centrado, aquella mañana, en su cuerpo y en su aspecto; su instinto de mujer había adivinado su presencia, como un imán siente la cercanía de otro campo electromagnético. Cuando sintió los ojos del hombre puestos furtivamente sobre ella, un ligero estremecimiento recorrió sus entrañas. Disimuló y salió de la casa lo más rápido que pudo, sin hablar. Se dijo que no quería interrumpir aquella conversación, tratando de tranquilizarse, aunque sabía que no había sido muy educado marcharse de aquella forma sin saludar. Mas no era capaz de controlar sus pulsaciones. Y en zapatillas de casa como estaba, dio el mayor paseo de los últimos años. No le dio vergüenza que los que cruzaban la contemplaran sin arreglar; sólo quería que su corazón se detuviera, que su cuerpo se callara. <<No es para mí>>, se decía una y otra vez. <<No lo conozco de nada, y además no quiero que se entrometa en mi hogar y mi familia. ¡Eres una estúpida, Juana! Le sacas más de diez años y seguramente él es un tío como todos los demás, que sólo te usaría para su placer y luego se olvidaría de ti… Además, ¿qué pensará padre? ¿Qué dirá si se me ocurre seducir a uno de sus trabajadores; a su único trabajador, en realidad, si es que ha venido a eso. Se enfadará conmigo, me llamará entrometida y fresca, y no sólo me comportaré como una quinceañera inconsciente, sino que romperé la paz de mi casa y de mi familia. Lo que tanto me ha costado lograr, la unión que tan preciada es para mí, con un paso en falso se irá al garete. Y eso no estoy dispuesta a consentirlo. Ningún hombre se merece ese precio; ni Paco ni ninguno. Porque, ¿quién es Paco? A decir verdad, no es nadie. Para mí es menos que nadie, un completo desconocido>>.

***

– Y ésa es más o menos mi historia… –explicó Paco.

– A la que se añade, como una injusticia más, mi conducta cuando viniste a pedir trabajo –reconoció Tomás.

– Aquello es agua pasada –replicó Paco.

– El agua del río pasa y nadie la recuerda –dijo Tomás-. Pero el agua de la tormenta cae y te deja calado hasta los huesos. Uno recuerda las grandes tormentas incluso años después de acontecer.

– Ahora estamos aquí y no hay nada que recordar, supongo –respondió Paco, emocionado-. Quiero mirar al futuro.

– Muy bien, Paco –sentenció Tomás, tendiéndole la mano, que él aferró con energía-. Como te he prometido, desde hoy trabajarás para mí.

– Te lo agradezco mucho –contestó Paco-. No sé qué decir. Sólo gracias.

– ¿Tienes donde vivir? –quiso saber Tomás.

Al escuchar esto, Paco bajó la mirada, avergonzado. Quizá porque deseaba quedarse allí, y estaba seguro de que se le notaría en la mirada. Quizás porque, como siempre, había actuado sin pensar antes. Siempre se decía que tenía que ser más reflexivo, que tenía que calibrar bien los pros y los contras; sin embargo, al final le podía su falta de madurez y cordura…

– La verdad es que no –respondió-. Me encuentro tan perdido que ni se me había pasado por la cabeza. Supongo que tendré que volver al hostal.

– ¡No hace falta! Por ahora te quedarás aquí, con nosotros, y si puedo confiar en ti no tendrás que buscarte otro sitio. Considéralo una parte de tu sueldo. No tendrás que preocuparte por la comida, la bebida o la ropa. Serás uno más de mi familia, si te comportas como tal. ¡Mira que te confío parte de mis tesoros! Sé que hago una locura, pero creo que te lo debo, después de cómo te traté. Espero que no me defraudes.

– No lo haré –prometió Paco, mirándole a los ojos fijamente. Sus ojos eran grises, y emitían una extraña luminosidad fotónica, un aura de robustez y sabiduría.

– Estoy seguro. Aquí comprenderás por qué me considero el hombre más rico del mundo… –sentenció Tomás, feliz aunque sereno.

Se quitó el chubasquero y subió las escaleras camino de su habitación. Paco se quedó un instante solo, en silencio, tratando de ordenar sus pensamientos.

Entonces se dio cuenta de que Juana estaba en la puerta. No sabría decir cuánto tiempo llevaba allí, mirándolo.

– ¡Bienvenido, Paco! –una gran sonrisa de bienvenida latía en su rostro-. ¡Serás bien tratado en esta casa! Desgraciadamente, tendrás que dormir aquí abajo, en el sofá, hasta que te encontremos un acomodo mejor. En unos días desocuparé una habitación que tenemos en el altillo, llena de trastos. Cuando la limpie y ordene, podrás hacerla tuya. Al fondo de pasillo de la derecha tienes un baño, por si lo necesitas. Ahora te pido que te acomodes y nos esperes un rato. Voy arriba a ver si están las chicas y en un ratito me pondré a hacer la cena.

– Gracias por todo –fue lo único que se le ocurrió decir, mientras la observaba intensamente, como a un fantasma o un tesoro.

Ella no contestó. Nerviosa, subió los peldaños de las escaleras de dos en dos.

Cuando llegó arriba, el corazón le latía como un tambor furioso. Toc, toc, toc… respiraba profundamente, procurando calmarse… pero otra vez toc, toc, toc… toc, toc… <<¡No! ¡Espera, espera, no corras tanto, corazón!>>, se dijo mientras cerraba la puerta de su alcoba y se tiraba en la cama, emocionada, palpándose el pecho donde los golpes eran más rotundos. <<¿Qué estoy haciendo? ¿Qué estás haciendo, corazón loco? ¿Acaso ves una lejana luz en el horizonte cuajado de nubes negras y entonces crees que es el día, que es el sol que con toda su fuerza va a derretir los duros témpanos de hielo de lo más profundo de tus cavernas insondables, cerradas a todo ser humano y a toda alegría? ¡Detente, bombo majadero! ¿Es que no ves que corres hacia una quimera, hacia un espejismo, que te lanzas sin alas hacia el abismo sólo por un sueño entrevisto en la duermevela de tus sufrimientos? ¡Ahora no es momento de enamorarse, porque no es momento de volver a llorar! El amor trae dolor, siempre, antes o después, como el día trae la noche y viceversa; y se siguen mutuamente sin obstáculo ni interrupción… Aquellos que, ciegos a la razón, se dejan arrastrar por el torrente de las pasiones, imaginando escalar montañas inalcanzables sólo por el hecho de entrever su magnificencia y sentirse abrumados ante su imponente cercanía, sin duda son los más infelices de los hombres; y los cadáveres de sus corazones terminan sembrando este taigético mundo de despojos de desesperación. ¡Detente, te digo, porque no sólo no puedo, sino que no quiero amar!>>.

Se echó a llorar. Se hizo el silencio en su alma. El océano de sus lágrimas inundó de repente todos los recovecos de su espíritu, y la soledad del piélago salvaje, glacial, se hizo de pronto en su interior. Lloró sin que la fuente se secase. Gimió y suspiró. Al fin, antes de quedarse dormida, exhausta, supo que no había vuelta atrás, como si una voz se lo susurrase al oído, extraña y fantasmal nana que se apagó lentamente, hasta que ya no hubo más que oscuridad y sueño sin sueños.

Responder

Introduce tus datos o haz clic en un icono para iniciar sesión:

Logo de WordPress.com

Estás comentando usando tu cuenta de WordPress.com. Cerrar sesión /  Cambiar )

Google photo

Estás comentando usando tu cuenta de Google. Cerrar sesión /  Cambiar )

Imagen de Twitter

Estás comentando usando tu cuenta de Twitter. Cerrar sesión /  Cambiar )

Foto de Facebook

Estás comentando usando tu cuenta de Facebook. Cerrar sesión /  Cambiar )

Conectando a %s