De Hobbiton a las Quebradas de los Túmulos

Aquí somos muy de Tolkien, ya lo sabéis. ¡que nadie me lo toque! pero hoy os voy a dar unas pinceladas sobre lo que hay que hacer para convertir un apacible y hermoso pueblo en un lugar lóbrego y peligroso, a la hora de escribir.

Para entender bien lo que vamos a explicar, vayan ustedes a El Señor de los Anillos y lean lo correspondiente a los primeros capítulos, sobre «Los hobbits» y «La ordenación de la Comarca». Y luego vayan al capítulo titulado «Niebla en las Quebradas de los Túmulos». Y comparen. Caigan en la cuenta de que son zonas que, dentro de la distribución de los reinos en la Tierra Media, están muy próximas, e incluso que en el pasado fueron habitados por las mismas gentes. Pero verán cómo el tratamiento varía muchísimo y la sensación que dejan es absolutamente diferente. Pero seremos breves. Se trata solo de dar unas pinceladas para escritores noveles o aficionados.

La Comarca está llena de luz, verde y fértil, recorrida por suaves colinas y valles fluviales, cubierta de bosques sanos y apacibles, o de cultivos que se extienden, en perfecto orden, por sus laderas y llanuras. Está muy poblada, pero son gentes tranquilas, dadas a la agricultura y una vida sedentaria y apacible. No hay peligro en ella. Nada nos alerta. Podemos pasearnos de parte a parte, dejando la puerta de nuestra casa abierta, sin temor a encontrarnos nada inesperado ni desagradable, salvo los mosquitos. No hay nada impredecible, nada ominoso, todo está vivo y nos sonríe. Nos gustaría que las tardes de paseo fueran eternas. Nos sentimos felices.

Las Quebradas de los Túmulos, en cambio, crecen y crecen hacia las montañas lejanas, y aunque entre ellas corren también los arroyos y hay bosques, praderas y llanuras, no lo sabemos, porque no podemos verlas. El aire está frío, gélido casi, húmedo y cargado de una niebla densa. Y hay una sensación de que no estamos solos, y de que sea lo que sea lo que nos observa, no le gustamos. Está dispuesto a hacernos daño si no abandonamos el lugar enseguida. No es solo que haya una presencia inquietante agazapada, es que el lugar en sí mismo es inquietante, el lugar en sí mismo tiene personalidad; y esta personalidad no nos gusta nada. Como presas, olemos el peligro cuando estamos dentro de él.

Pues bien, dejémenos de introducción. La pregunta es: ¿cómo convertir Hobbiton en las Quebradas de los Túmulos literariamente? Voy a dar algunas pinceladas.

En primer lugar, cambiando el tiempo, y no el meteorológico, sino la medida o la cuenta de las horas. En Hobbiton es de día, preferiblemente amanecer, mediodía o un atardecer suave, prolongado y hermoso. En las Quebradas, el atardecer es breve, la noche cae de improviso, el mediodía día se disipa veloz, la mañana es fría y apenada. O mejor aún, se pierde la noción del tiempo, y los protagonistas son incapaces de saber qué hora es, o si es de día o de noche, porque ello nos hace suponer que el día es oscuro, y no hay nada que cause más pesadumbre que un día oscuro como noche.

En segundo lugar, cambiando el tiempo, pero ahora ya sí el meteorológico. Ambos cambios tienen una estrecha relación, claro está. El cambio más relevante en cuanto al clima es la desaparición de la luz y el calor, y la introducción de la niebla (quien dice niebla, dice humo, oscuridad, tinieblas…). Hobbiton con niebla densa es las Quebradas. Ni más ni menos. Y si esa niebla es la grave y húmeda nube que se posa sobre la tierra e impide la llegada de los rayos del sol al amanecer, mejor. De esta forma, cuando paseamos por Hobbiton a esa hora temprana del alba, rodeados de niebla, no podemos apreciar su belleza, sino solo ver las paredes de nube y sentir su frío. El calor es amor, alegría, felicidad, paz, serenidad. El frío es dolor, tristeza, peligro, odio. La niebla cumple ambas condiciones: suprime el calor, impone el frío. Y además permite enlazar este cambio de clima con la confusión sobre la hora o el momento temporal del día.

En tercer lugar, tomando el punto de vista de los personajes, que se encuentran dentro de ese ámbito asfixiante, ominoso, casi pavoroso, y dejar de ser por unas líneas ese narrador omnisciente que cuenta todo desde fuera, para pasar a explicar las cosas con las palabras y pensamientos de los personajes, o de uno solo de ellos, si hace falta con un estilo directo, sin intermediaciones. Esto nos permitirá exponer más crudamente la confusión, las dudas, el recelo, el temor, de los personajes, y hacer que el lector empatice rápidamente con ellos y haya una transfusión de sentimientos aumentada o reforzada. Debemos hacer creer al lector que está en la mente del personaje, y dejar que el personaje sea él mismo, sin darle al lector más pistas y datos de los que el propio personaje hubiera tenido; ocultándole, por tanto, cualquier elemento que el narrador podría conocer pero no el personaje metido de lleno en la acción, y hacer, por consiguiente, que el lector disponga una información también fragmentaria, parcial, insuficiente. Que se sienta en peligro también. Que tema pasar de página. Que crea estar viendo y sintiendo lo mismo que el personaje. Que se identifique con él.

Podrían añadirse más medios para culminar esta transformación de Hobbiton en las Quebradas. Pero todo estriba en la necesaria confusión entre las mentes del lector y del personaje sumido en el trance y el riesgo. Cuando logremos eso, habremos atravesado esa fina línea que separa un lugar acogedor, hogareño, de una trampa, de la boca del lobo. Ambas áreas están más cerca de lo que parece. Incluso podrían ser la misma. ¿Quién sabe?

Es cuestión de momentos, de elementos, y de perspectiva. Porque la literatura es esto: decoración, disfraz, maquillaje, seducción y artificio. No es la realidad, sino una penetración entre las bambalinas de la realidad, a través del tamiz de la imaginación. Por eso nos gusta tanto.

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