Nuevos proyectos 2020 y TEXTO sorpresa

Tras terminar un proyecto, otro debe comenzar. ¿Por qué pararse al borde del camino para ver pasar a la gente? Es mejor echar a andar en dirección al sol y dejar que otros duerman mientras se quedan atrás. Ya nos detendremos junto a la hoguera cuando el sol haya caído y la noche llegue con sus sombras quebradizas y bailarinas, al abrigo del fuego protector. Lo más hermoso es el camino mismo, vivir tu propia vida como lo que es: una aventura increíble llena de emoción, de momentos y de personas irrepetibles, con la mente puesta en un destino que está allí, lejos quizás, aunque no podamos verlo todavía, pero real.

¿Y cuál es mi siguiente proyecto? Tenéis derecho a preguntarlo. Yo os he de contestar: mi próximo proyecto son tres proyectos. El primero, presentar y promocionar La Canción Eterna, novela en la que tengo depositada mucha ilusión. El segundo, continuar con la escritura de la segunda parte de La Canción Eterna, que ya sabéis que debe salir después del verano, si todo va bien; y que será mayor, más ambiciosa, más extrema en todos los sentidos, que la primera parte. Y mi tercer proyecto, continuar con la escritura de otra novela, que ya tengo iniciada, y que lleva por título provisional Las mil islas.

Será una novela de aventuras adulta. Así me gusta definirla. Y para juzgar si vale la pena, os dejo a continuación unas pocas páginas. Espero que os guste.

«Mientras Gabriel corría desaforado hacia la granja, los hombres armados habían arrasado con fuego y acero todo cuanto se encontraron: vallas de madera, casetas de aperos agrícolas, corrales de los animales, cultivos de hortalizas y vegetales, árboles frutales, depósitos de agua y, por supuesto, la casa principal, donde vivían tanto los señores como los criados. Entraron con sus caballos de batalla, portando antorchas empapadas en aceite, y no preguntaron ni se detuvieron ante nadie ni ante nada. El pequeño niño, hijo del criado, que había conducido a Beria y Gabriel hasta la granja, estaba jugando en la entrada, en medio del camino, sentado sobre el suelo, con un muñeco hecho de madera. Se levantó al ver a los recién llegados, pero se asustó y salió corriendo, buscando refugio. De nada le valió… sus gritos quedaron ahogados cuando una maza le aplastó el cráneo. Su madre lo vio desde lejos, pues había salido de la casa al escuchar sus gritos y el ruido terrorífico de la tropa de jinetes. Corrió hacia el niño, pero un soldado la atropelló con su montura, y la pisoteó hasta que dejó de moverse. Luego echaron encima las antorchas, y todo se incendió con rapidez, pues la mujer había caído junto al corral de las gallinas, rodeado de tablas secas y con el suelo cubierto de paja y excrementos. Aquel combustible alimentó las incipientes llamas y transformó una pequeña lengua de fuego en una hoguera incandescente que se fue extendiendo por todas las construcciones y divisiones de la granja.

Se oían gritos en el interior de la casa. Varios hombres habían descabalgado y se habían adentrado entre sus muros , bajo sus grandes vigas de pino, con las espadas al viento, ordenados y concentrados en matar. Lo que allí dentro pasaba era fácil de imaginar. Gabriel lo miró todo durante un momento desde el estrecho recodo del camino que mostraba la fachada principal de la granja al ojo del peregrino. Se preguntó cómo haría para entrar allí sin ser detectado y tratar de salvar a alguien. Se imaginó a Itman y a Orora muertos, cubiertos de sangre, tendidos en el suelo. Se imaginó a la pequeña niña… Y no lo pensó más. Se lanzó a la carrera de nuevo. Quizás el humo que comenzaba a elevarse y a cubrir la zona pudiera esconderlo un tanto a las miradas de los enemigos. La rapidez podía resultar fundamental. Apretó los dientes y se dijo que tenía que darse prisa. Llegó hasta la entrada sin que nadie notara su presencia. Echó una ojeada alrededor y no pudo distinguir nada por el intenso humo. Decidió pasar tan veloz como pudiera sin detenerse a mirar por su propia seguridad. Se internó en la penumbra, mientras las llamas crepitaban a sus lados, casi en cuclillas, sacando su espada por si tuviera un encuentro desagradable, directo a la casa principal. Oía las pisadas de los caballos alrededor y las voces de los soldados. Pero nadie se interpuso en su camino. Nadie se fijó en él. Llegó hasta la entrada de la casa y se sorprendió de la oscuridad que reinaba allí. Creyó percibir gritos fuera, en alguna parte cercana de donde recordaba que estaban los tomates y las lechugas. Sonaban los aceros chocar. Quizás el viejo criado aún ofrecía resistencia. Pero se preocupó más de lo que tenía delante. La casa también estaba en llamas, y dentro había una nube de humo aún más densa. Costaba respirar. En el piso de arriba alguien corría de acá para allá. Tenía que subir. No recordaba bien dónde estaban las escaleras, pero no sería tan difícil encontrarlas. Tanteando con dificultad las paredes, agachado y procurando ser silencioso, avanzó corredor adelante, procurando que no se le cerraran los ojos a causa del humo, con la mano de la espada sobre la boca.

De pronto, se dio cuenta de que delante de él había una sombra. Un perfil humano. Un soldado que estaba sentado en una silla, de espaldas a él, tosiendo y aguantando las náuseas. El que hacía guardia. Pero estaban tan seguros de que no tendrían resistencia, que ni siquiera se precupaba de vigilar, sino tan solo de respirar. Gabriel se asustó al principio y se detuvo en seco. Creyó que el soldado lo había visto, hasta que se dio cuenta de que no podía porque miraba hacia otro lado. Tampoco podía oírlo, con el ruido que sus toses causaban, y los demás sonidos que venían desde todas partes, incluyendo el murmullo lejano del exterior. Entonces Gabriel se armó de valor, se aproximó lo más lentamente que pudo, despacio, despacio, intentando pisar con la punta de los pies, sin tropezar ni tambalearse… Sentía que le hervía la sangre en las venas y que su respiración de aceleraba. El corazón latía tan fuerte que le dolía el pecho. Jamás había matado a un hombre con sus propias manos. Jamás había tenido que llenarse de coraje para dar un golpe mortal sin posibilidad de error. Tenía mucho miedo. Trató de dominar sus movimientos y no permitir que ese miedo lo atenazase. Si fallaba, si no lo mataba a la primera, si su espada resbalaba de sus manos o se deslizaba por la coraza de aquel soldado sin causarle quizás más que un rasguño… todo habría acabado. No debía cerrar los ojos. Se acordó de nuevo de la pequeña. Ella no se merecía que dudase, no se merecía que muriese; lo necesitaba. Cuando estuvo tan cerca que podía tocarlo con la mano extendida, alzó su espada y lanzó una estocada tan fuerte como pudo, poniendo todo su peso sobre el arma, como le había visto a Beria, buscando el cuello de su oponente. El filo se hundió en la carne, aunque no tan profudamente como Gabriel habría deseado. El soldado se retorció y aulló, cayó al suelo, herido, pero no muerto, sangrando en abundancia, pero aún capaz de defenderse. Su cota de malla había desviado un tanto el ataque de Gabriel, aunque no protegía todo el cuello. En la parte que unía éste y el hombro derecho se le veía un profundo corte del que manaba una fuente roja. El soldado se echó mano de la herida, confuso y ciego por el humo y el dolor. Ese momento de duda lo aprovechó de nuevo Gabriel, dominado por el arrojo y el delirio, para abalanzarse sobre él y rematarlo con una nueva cuchillada, esta vez en la cara. La punta de la espada no encontró oposición en la carne blanda de las mejillas y la boca de su desprevenida víctima, que no emitió grito alguno. Su cuerpo cayó pesadamente sobre la silla, por un extraño capricho del destino; y parecía dormir. Gabriel lo observó aturdido durante unos segundos, mientras su corazón latía a una velocidad que no hubiera podido imaginar, y el ruido alrededor crecía y crecía. Le aterraba que pudiera moverse; se le figuraba que iba a levantarse en cualquier momento. Pero no se movió.

Alguien se detuvo entocnes en la entrada. Gabriel oyó las pisadas que dejaron de sonar bruscamente. Temió que un enemigo hubiera advertido su presencia y lo sorprendiera por la espalda, como él hiciera con el otro. Se movió rápidamente hacia un lado, escondiéndose en una habitación lateral, procurando no hacer ruido. Pero el hombre que había en la puerta principal no lo vio o, si lo vio, no lo reconoció, porque pasó de largo y apenas echó una ojeada en el pasillo. Luego regresó al exterior. Gabriel esperó unos segundos hasta que su circulación se atemperó. Respiraba tan fuerte que le asustaba que lo descubrieran. Mas nadie bajó. Nada se movió allí en el piso interior. Al fin, se armó de valor de nuevo, pasó sobre el cadáver que había dejado en el corredor y comenzó a subir las escaleras a paso lento, seguro. No había acabado de subir el primer tramo cuando volvió a oír los pasos en la puerta, pero a aquellas alturas ya no valía de nada echarse atrás. Fuera quien fuese, estaba detrás de él, y lo mejor era actuar como si se tratara de uno de los suyos. Quizás en unos segundos advertiría el cuerpo caído de su compañero junto a las escaleras, y daría la alerta o subiría deprisa a buscar a quien lo hubiera matado. Quizás sería mejor esperar tras el recodo de las escaleras y lanzarse sobre la sombra cuando apareciese en los primeros escalones. En ese momento oyó el grito de una niña en el piso superior… No lo dudó más. Se olvidó de quien hubiera entrado a la casa. Subió a paso ligero el tramo que le faltaba. En aquel piso había más humo y apenas se veía a unos centímetros. Seguía habiendo ruidos, parecía que varias personas buscaban a la niña por la casa y se hablaban entre ellas para orientarse. Parecían sólo dos. Gabriel no necesitó esforzarse mucho para encontrarlos. Siguió por el pasillo, tanteando las paredes de madera, procurando pisar muy despacio, con la espada en la mano. Lo único que temía era que de pronto apareciera alguien más que hubiera mantenido agazapado. Dio tres pasos, cuatro, cinco… A la izquierda había una puerta abierta. De dentro venía un humo más negro y una lengua de fuego. Algo ardía allí dentro. Pasó de largo… Una de las voces estaba cerca, a la derecha y delante, quizás a unos cuatro o cinco pasos. Se agazapó. Las voces tosían de vez en cuando como consecuencia del humo. Parecía que se ponían más nerviosas. “No han encontrado a la niña aún. Si siguen aquí, es que la niña está en alguna parte. Tengo que encontrarla antes que ellos. Quizás, después de todo, haya llegado a tiempo”. Aún estaba pensando cuando se tropezó con un cuerpo tendido en el suelo. No se paró a ver quién era, aunque notó con la mano que no llevaba armadura. La mano se le empapó de sangre. Era una mujer. “Orora”. Pasó por encima con delicadeza. La voz de la derecha se movió hacia el pasillo. Supo que había llegado el momento. Se acercó con presteza y esperó que saliera de la habitación donde debía de estar. Pero en ese momento una sombra cruzó a su lado, de pequeño tamaño, rauda y ligera. Notó su presencia un segundo. “La niña…” Mas la sombra se escapó hacia las escaleras. Antes de que pudiera darse cuenta, otra sombra, mayor, más imponente, se insinuó tras el humo, saliendo de una de las habitaciones. Había notado su presencia, pero sobre todo había percibido cómo la niña huía. Al principio no lo reconoció, y no hizo ademán de atacarlo. Acaso supuso que se trataría de uno de los restantes soldados. Dijo algo en una lengua que no entendió. O quizás no lo entendió a causa del humo y del nerviosismo. Gabriel quiso lanzarse en pos de la niña. Sin embargo, el capitán de aquella tropa, que a la sazón era la sombra que Gabriel había entrevisto tras el humo oscuro, se dio cuenta de que no se trataba de uno de sus hombres y avanzó hacia Gabriel, sacando su arma con el ruido característico. Gabriel se quedó mirándolo, dudando si hacerle frente o darle la espalda. Y esa décima de segundo que se mantuvo quieto fue suficiente para que el capitán se allegara hasta él. Se encontraba ya lo suficientemente cerca como para oír su respiración dificultosa y apreciar la longitud de su arma, que ya iba a descargar contra su cuerpo el golpe de gracia.»

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