La banalización de la crítica. Vómitos de incultura

estamos en una época de profunda incultura, porque, si es cierto que se ha elevado el nivel medio de la educación del pueblo, en cambio se ha producido un triste fenómeno que llamo: ostracismo intrusivo.

Hoy cualquiera tiene a su disposición medios, que antes ni siquiera nos pasaban por la imaginación, para llegar a cientos, a miles de personas, y exponer sus ideas sobre todo lo que le venga a la cabeza. Para empezar, un blog, por ejemplo. Pero sobre todo las redes sociales, de las que destacaría Youtube como medio de expresión de ideas, y que además llega muy fácilmente a los niños y a los jóvenes. Y esto es maravilloso, no se me entienda mal. La libertad de expresión y de comunicación son un tesoro muy preciado. Y lo que han conseguido las nuevas tecnologías ha significado un avance histórico que solo con el tiempo podrá valorarse. El problema surge cuando se usan mal.

¿Por qué digo que se usan mal? Les ilustraré muy fácilmente. ¿Se imaginan a este servidor opinando sobre física aplicada aeroespacial, si es que esto existe, cuando resulta que apenas sé sumar, restar, multiplicar y dividir por una o dos cifras? No, ciertamente. Resultaría patético e inapropiado. Sin embargo, si es tan claro en el caso de las matemáticas, ¿por qué no lo habría de ser también en el caso de la literatura, la pintura, la música o el cine, por ejemplo? Dirán ustedes: porque son más populares y no son ciencias. ¡Se equivocan ustedes! La literatura nunca fue popular, sino solo una parte de ella que no es ni la mejor ni la más sabrosa; y lo mismo cabe decir de los demás elementos citados, salvo quizá con excepción del cine, que es el arte del pueblo (lo que no está dicho en sentido peyorativo).

Es decir, que para opinar sobre literatura, primero hay que saber (y mucho) sobre literatura. Fíjense que yo soy escritor y me da apuro opinar sobre los libros de los demás, incluso sobre los míos. Solo les veo defectos a los míos y virtudes a los de los demás (los que leo, dicho sea de paso, porque leo mucho pero también me lo pienso mucho antes de leer algo). Repito: para saber de libros hay que leer mucho, y luego leer mucho, y luego leer mucho más. Aun así, nada te garantiza que sepas algo más que un niño pequeño. Hace falta algo más: carácter, naturaleza, perseverancia, y una inteligencia capaz de asumir todo lo que se lee, compilarlo y fabricarse una síntesis coherente y razonable. Es por eso que saber, lo que se dice, saber, son muy pocos los que saben; y muchos los que creen saber.

Sucede así que proliferan hoy los críticos de todo: críticos de cine, críticos de música, críticos de libros, críticos de juegos, críticos de series, críticos de política, críticos de vida social y críticos de moda. Hay sabios para todo. Pero, ¿cuántos de estos sabios sabe de algo? ¿Cuántos han triunfado en aquello que critican? Porque digo yo que si te metes a crítico de cine, será porque has dirigido alguna película en tu vida… Si no es así, ¿cómo vas a conocer lo que es el cine de verdad? Al menos, si no has tenido ocasión de dirigir una película, habrás estudiado el proceso, habrás conocido cómo son las producciones, habrás investigado el mundo del cine en profundidad… ¿Ah no? Simplemente te gusta y ya está. Has visto unas decenas de películas, sabes lo que te ha gustado y lo que no; y con eso te vale para ser crítico. Pues lo siento, amigo mío, simplemente eres un espectador que unos gustos más o menos asentados, pero ni crítico ni nada que se le parezca. No puedes enseñar nada. Tienes el poder de gastarte o no el dinero en ver una película, como yo, pero ni siquiera sabrías argumentar por qué lo haces, más allá del mero gusto; y esto, amigo, no es un argumento. Como decían los romanos, «de gustibus non est disputandum». Para legos, sobre gustos no hay nada escrito. Es decir, para críticos modernos.

Y así, internet es hoy en día un maremágnum de opiniones de todo tipo sobre todo. La conjura de los incultos para hacer valer su voz por encima de cualquier juicio crítico de los eruditos, a los que se por un lado se denigra, con expresiones que tratan de ridiculizar su saber o convertirlos en élites apartadas de la realidad, y con los que, por otra parte, se compara a todo el mundo, poniendo a cualquier hijo de vecino criado en la «universidad de la vida» a la altura de un profesor, o repartiendo másteres y doctorados como se reparten churros o castañas, a cambio de una módica cantidad de dinero, por supuesto aprobados por amigos de voluntad comprada y compadres en el chanchullo.

¿Uno necesita saber si tal libro es bueno? Para eso están los grupos de Facebook. Y ya vendrán los cualquiera a opinar sobre el libro. ¿Uno quiere saber si vale la pena ver una película? Pues lo pregunta uno en Facebook o en Twitter, o se ve un vídeo de un youtuber, que ha ido a verla y que es muy gracioso. ¿Uno busca una canción o una pieza musical que convertir en compañera? Pues no tiene más que preguntar al asistente de google, a Siri, a Alexa o a como coño se llame la aplicación de turno con nombre de señorita de compañía; o, mejor todavía, se lo pregunta uno al cuñado, que sabe hasta de música clásica. Y si se trata de saber de historia, o de filosofía, o de polícita, no faltará un roto para un descosido. ¿Para qué mirar una enciclopedia o leer un buen manual, o un estudio o ensayo de un autor reconocido que haya sentado cátedra en la materia? ¡No, hombre no! Eso cuesta, y lo que cuesta «no mola». Es mejor poner un canal que llaman «Historia», y que es todo menos histórico, o ver un vídeo de Youtube donde hablen de los iluminati o de los «aliens».

Porque hoy en día:

  • Lo que importa no es saber, sino entretener y entretenerse. El conocimiento está absolutamente desprestigiado. Ya no interesa por sí mismo, salvo que tenga alguna aplicación práctica, económica o de ocio. Por eso se desprecian las humanidades y se potencian las materias puramente «utilitarias», como los idiomas, las matemáticas y la tecnología, que por sí mismos no suponen aprender «verdades», sino herramientas con las que manejar la realidad para un fin próximo, evaluable económicamente y comprobable empíricamente. Por eso sobre todo se desprecia la historia, que se está manipulando en el siglo XX y en el siglo XXI como nunca antes se había hecho, sin que a nadie parezca importarle, porque el pasado ya no existe, porque el conocimiento del pasado se desprecia y porque los hechos hoy se consideran secundarios. Aplíquese aquí aquella vieja sentencia periodística: «no dejes que la verdad te estropee una buena noticia». Y se entenderá mejor lo que digo.
  • En segundo lugar, se busca todo con el menor esfuerzo posible, y a ello contribuyen soberanamente las nuevas teconologías.
  • Y por último se ha banalizado completamente la cultura, convirtiéndose en un mero producto de entretenimiento más, accesorio, prescindible, y si es posible gratuito. Música, libros… todo está metido en este saco. Si no es gratis y si no me entretiene, no lo quiero. Y este mal se extiende como una pandemia, invadiendo el mundo entero y todas las mentes. Los hombres pululan hoy como zombis, como no muertos sin capacidad para pensar por sí mismos, para disfrutar por sí mismos, para criticar por sí mismos, para actuar por sí mismos, para tener un proyecto de vida serio, a largo plazo, pleno, por sí mismos. Y claro, cuando tanta gente vive como pollos sin cabeza, otros, algo más listos, se erigen en maestros, en «coaches», en tutores, en guías y gurús, aunque no hayan dado un palo al agua en su vida, y no sepan más que juntar letras una detrás de otra, y engañar a los bobos, porque en el país de los ciegos, el tuerto es el rey. Eso es lo que tenemos, con la salvedad de algunos hombres y mujeres extraordinarios, hoy en día más que nunca, porque jamás en la historia de la humanidad fue tan fácil que los ciegos guiasen a los ciegos y pareciera correcto.
  • ¿Qué puede salir de todo esto? Pues imaginaos: nada bueno. Lo estamos viviendo todos los días. A mí me han insultado en Twitter solo por sentirme orgulloso de ser español. Y no lo han hecho enemigos declarados de nuestro país, sino gente de aquí, con argumentos manidos y por eso mismo estúpidos. Este es el nivel. ¿Os imagináis a esta gente opinando sobre uno de mis libros? Pues lo harán. Lo mismo que opinan sobre los libros de los demás. Tendré que estar preparado. Porque los incultos vomitan sobre la obra de los creadores con la facilidad con que van al baño, después de comerse una hamburguesa de una de esas cadenas que se hacen llamar restaurantes y que son en realidad expendedoras de grasas saturadas de todo a cien. Esos son los mismos que se quejan de una película «porque es muy lenta», o que bailan al son del «reggaeton» cuando nadie los ve, para luego decir en público que no les gusta. Este es el nivel. Esto es lo que hay.

Somos la generación con más conocimientos a su alcance. Y somos la generación más inculta. Podéis creerlo.

Y sucede entonces el último de los fenómenos deleznables de este proceso: lo que llamo ostracismo intrusivo, que consiste en que los menos preparados acaban por «echar» a los más preparados del nivel o categoría donde podrían influir en la sociedad, como maestros o guías, valiéndose de este altavoz inmenso que son las redes sociales. Así, los músicos de verdad tienen que dejar de cantar y tocar porque ya nadie compra sus discos, ya que otros menos valientes, menos creativos, menos arrojados, menos carismáticos, copian sus obras y hacen «covers» que se pueden ver y oír gratis en Youtube. Las páginas piratas permiten ver las películas gratis, y los opinadores de turno se encargan de subir o bajar en la estimación del gran público las que les parecen bien, sean o no buenas; ¿quién irá al cine a consumir pagando un producto, cuando pueden tenerlo gratis en su casa? Si el youtuber graciosete dice que una película es lenta, ¿qué hijo de vecino querrá ir a verla, cuando en su móvil tiene otras miles gratuitas y vídeos estúpidos de todo tipo?

Y así sucesivamente…

De forma que los músicos, los literatos, los creativos, los pintores… son expulsados del aprecio público, y su puesto es ocupado por otros menos capaces pero encumbrados por los medios digitales de hoy, que ni son mejores ni son necesarios, tan efímeros, estúpidos y denigrados que, precisamente por eso, son tan queridos por el gran público, pues están hechos de la misma pasta con que están hechos sus desechos; proceden de él y a él le representan.

Al final, la fama, efímera señora, encumbra por medios artificiales a quienes se aprovechan de las creaciones de los demás, después de derruirlas, de deshacerlas a trocitos, como en la Edad Media desvalijaban y arruinaban las pirámides o los templos para conseguir piedra con que construir sus castillos. Y sobre las ruinas de nuestra civilización mortecina se está construyendo el edificio fantasmal de una cultura de pega, de cartón piedra, instalada en «la nube», que algún día desaparecerá por completo cuando se desconecte el enchufe y no dejará tras de sí más que la nada.

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