Consejo de vida. El río.

La vida se convierte para mucha gente en un circo sin pies ni cabeza. En los libros la parece mucho más fácil, incluso los personajes más perdidos tienen algo en la mente que les puede conducir a un fin; no les duelen las muelas ni les invade un sueño aterrador los lunes por la mañana, ni se ensucian el jersey al ir a trabajar y se mueren de vergüenza. La mayor parte de las veces, ni siquiera están atrapados entre situaciones sin aparente importancia pero que los agobian y entristecen, sin ser capaces de huir y resolverlo todo de un plumazo. Los libros son más simples. La vida es un follón. Para algunos más que para otros. ¿Entonces qué hacemos?

Es la pregunta que llevan tratando de contestar las filosofías, las religiones, las ideologías políticas, desde la cuna de los tiempos. Yo no voy a ser prepotente; no voy a contestar yo solo a lo que miles no han sabido contestar. Pero sí quiero poneros un símil y daros un consejo muy concreto.

La vida es un río. Ya lo dijo Jorge Manrique. “Nuestras vidas son los ríos / que van a dar a la mar/, que es es el morir”. Esto es una imagen, claro está, no solo una descripción gráfica del paso del tiempo, sino también un símil sobre cómo se ordenan tus actos y sientes tu devenir. La cuestión es que hay muchas clases de ríos y muchas formas de discurrir el agua. Hay ríos rápidos, que corren entre paredes escarpadas y arrastran cuanto ante sí se topan. Hay ríos caudalosos y anchos, cuyos márgenes no se advierten desde el centro, con varias corrientes, con el lecho de barro, que esconde dentro de sí peligrosos remolinos pero también una vida sorprendente. Hay ríos lentos y perezosos, sin la fuerza suficiente para abrir la roca, cuyo cauce va dando curvas y más curvas, en meandros pantanosos, según va encontrando terrenos más blandos, demorándose como si tuviera miedo de llegar al mar. Hay torrentes que caen por laderas empinadas y agrestes y se acumulan en pequeños lagos antes de caer en cascadas abismales…

Hay ríos de todo tipo. ¿Cuál eres tú?

También puede ser que, en lugar de ser un río, seas un mero habitante de la ribera. Pero no creas que eso te alejará del fin, de ese mar al que llegaremos todos. El océano al final será la morada de todos. Y si tú no vas hasta él, una gran ola subirá algún día, río arriba, y te alcanzará y te arrastrará, quizás cuando estés durmiendo, como un sueño fatídico.

Además, es posible que permaneciendo en la ribera del río, a tu aire, alegremente, creas que puedes evitar muchas de las penas y trabajos de la vida, que en cambio acometen quienes se embarcan en las grandes aventuras de la vida sin otra cosa que los distraiga, pero la verdad es que acabarás siendo terriblemente infeliz, porque el ocio lleva a la desgana, la desgana al rencor, a la envidia, a la malsana curiosidad, y aquel que se entrega a estas seductoras mentiras se hace más daño a sí mismo que a los demás.

Te lo digo por propia experiencia: pocas veces serás tan feliz como cuando estés enfrascado totalmente, con todos tus sentidos, en la persecución de un noble sueño que sea mayor que tú, y que exija absolutamente tu entrega, con la vista puesta en un fin que saque lo mejor de ti mismo y de alguna forma te absorba y hasta te consuma, como si fuera una droga, como si fuera un fuego, como si fuera unos rápidos que te arrastran inexorablemente hacia lo desconocido, sin salvavidas al que asirse. Cuando sientas cómo el agua de ese río te inunda la boca y te ahoga los pulmones, y aun así no cierres los ojos ni prestes atención, ni digas nada, ni te importe, ni apartes la vista de tu objetivo, ni busques desesperadamente respirar ni salvarte… entonces serás más feliz que nunca, y no te importará nada cuanto pase o suceda a tu alrededor.

Porque la felicidad, amigo mío, no es un estado de cosas: es una mirada, es una intención, es sobre todo una organización de las potencias interiores: si todo va conducido en una sola dirección, y esa dirección es la adecuada para que todas las fuerzas interiores y exteriores se pongan al servicio de una tarea noble y mayor que uno mismo, entonces, no hay espacio para la tristeza, ni la ira, ni la envidia, ni el miedo, ni el rencor; y cuando todos esos hijos de la sombra quedan fuera de la casa de tu alma, puedes estar seguro de que no habrá inquietud en ti ni dolor ni preocupación. Cuando tu ojo mira una sola cosa, las demás no existen. Eso debe lograr: centrar tu mirada. Siempre. En todo momento. Sin distracción.

Sé el tipo de río que quieras. Pero zambúllete en él y olvídate del paisaje. Nada hasta el mar sin que nada te descentre.

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