Presentación de Demiurgus 2020. Mi experiencia

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Ayer, día 30 de enero, presenté de nuevo Demiurgus en la librería Libros de Arena, de Madrid.

No me voy a extender demasiado. La editorial Tandaia me organizó una nueva presentación de mi novela «Demiurgus» en la librería Libros de Arena, de Madrid, y allí estuvimos, con la noche cerniéndose sobre la gran ciudad. El encuentro de ayer fue muy íntimo y estuvimos todos a gusto, lo pasamos bien, charlamos un buen rato sobre literatura y sobre mi libro, y mis proyectos actuales y futuros. El librero, un tipo encantador; seguro que le hubiera gustado vender más libros, pero no se le notó. El barrio, muy accesible. Y la librería, un buen lugar para este tipo de eventos.

Doy gracias a todos los que asistieron, que fueron pocos pero muy bien avenidos. Gracias a mi buen amigo Caldas, que siempre me apoya en todas mis aventuras, a Gema, a Patricia, a Antonio Caperos (visita especial para mi padre), a Mercedes y a José Ángel. Gracias a todos ellos por acompañarme un ratito y por estar a mi lado. Y gracias también a todos los demás que hubieran querido estar pero no pudieron, especialmente a mi familia.

José Ángel me invitó a una mesa redonda sobre ciencia-ficción en febrero, pero no me veo capacitado para debatir con otros más expertos que yo. Yo solo cuento historias. Ni siquiera sé lo que otros escriben. Eso queda para quienes saben más que yo. Desde aquí le agradezco su atención y le deseo todo el éxito posible. Él ya sabe que si me necesita para algún otro evento en el que yo pueda participar, allí estaré.

No voy a contar más porque no da para más. Sencillez y amistad, con la excusa de un libro. Y a seguir viviendo, que es lo importante. Me hubiera gustado que fuera más gente, pero unos no pueden y a otros no les gustan este tipo de eventos. Lo comprendo. Estoy muy contento de tener el apoyo de mucha gente, especialmente de los que más me quieren.

Algún día echaremos la vista atrás y nos alegraremos de todas las cosas, y diremos «¡qué felices éramos, y no lo sabíamos!».

Si algún día tengo mucho éxito y me convierto en el escritor que quiero ser, no me voy a olvidar de quien me apoyó cuando no era nadie.

La estúpida y descorazonadora realidad de las REDES SOCIALES

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¡Hola! ¿Hay alguien ahí? Joder, espera tú, no hay nadie… ¡Qué tonto soy! ¿Cómo va a haber alguien si no digo barbaridades, ni como mierda, ni enseño mi cuerpazo ni meo ideología? Pues ahora que nadie me ve ni me oye, voy a despacharme a gusto. Total…

A ver, la primera verdad del día: las redes sociales son un invento de alguien para ganar dinero. Y le fue bien. Gran negocio. Pero en primer lugar son eso. Negocio.

Segunda verdad: la gente se ha vuelto loca con las redes sociales. Parece que hoy todo tiene que pasar ahí y nada fuera de ellas. Si no estás, no existes. Y de hecho, hay una atención exagerada de todos hacia este mundo virtual.

Tercera verdad: dedicamos más atención y tiempo a las redes sociales que al mundo exterior. Que cada cual se mire a sí mismo. ¡Es estúpido y descorazonador vernos con los ojos clavados en el móvil y pasando del resto de seres humanos! Esto me hace pensar que el futuro de la humanidad, como sigamos así, estará compuesto por seres conectados a máquinas, sentados en sillas autónomas, físicamente separados, aislados, como astronautas en nuestro propio mundo, y viviendo una vida cada vez más ficticia, más virtual, más informática, y menos real, menos física, menos animal, menos natural.

Cuarta verdad: triunfan más en las redes quienes ofrecen más carnaza a los típicos pecados de toda la vida: lujuria, gula, codicia, avaricia, ira… Si eres la típica modelo que ni siquiera sabe diferenciar entre «ahí» y «hay», pero estás buena y enseñas el escote o el culo, entonces tendrás millones de seguidores babosos. Si eres un tipo normal que no tiene cuerpo para enseñar, entonces solo te leerá tu madre y puede que tu mujer o tu mejor amigo, por compasión. Si insultas a todo el mundo, o si dices palabrotas continuamente, o si te cagas en el gobierno de turno, o si desprecias a otros, o si ofreces miles y miles de tentaciones para todos los que buscan hacer en las redes lo que no pueden hacer en la vida real (violencia, excesos…), entonces te seguirán a millares. Pero si solo te dedicas a vivir con dignidad, estarás más aislado en las redes sociales que en el desierto. No te querrán ver ni tus allegados.

Porque…

Quinta verdad: a las redes sociales va uno a buscar dos cosas, un entretenimiento fácil, superficial y muy rápido, y la satisfacción de nuestra curiosidad más malsana (lo que tradicionalmente se llama el cotilleo). Uno en las redes sociales (o la mayor parte de la gente, al menos) no busca aprender economía, historia o filosofía, ni siquiera una lectura amena, ni tampoco comprar los productos de temporada. Para eso ya están otras páginas y sobre todo otros medios. Las redes sociales nos gustan tanto porque podemos «ver la vida de los demás», y eso nos gusta, nos mola, nos hace perder el tiempo como si lo tuviéramos todo, incluso nos convierte en adictos. Y las redes sociales ofrecen esto en una sucesión interminable de nuevas noticias, que se actualiza segundo a segundo.

Sexta verdad: por último, el comercio y las marcas han pretendido valerse de este instrumento para aumentar sus ventas, y lo han conseguido, o al menos eso creen, porque las horas que las personas pasamos frente a los dispositivos móviles y las redes sociales van en aumento, y les resulta más fácil acceder a nosotros a través de la publicidad. Por ello, fomentan estas redes sociales y tratan de darle un aura de respetabilidad y profesionalidad para el que no estaban pensadas y que no puede mantenerse sino artificialmente. Ni Facebook es la herramienta adecuada para promocionar el arte o la arquitectura, ni Instagram lo es para vender alimentos o herramientas de bricolaje, pero como tienen tanta aceptación social, se convierten en un escaparate para las marcas, que no están dispuestas a despreciar. Además, les permiten medir estadísticamente el número de personas que son afectadas e interactúan con sus anuncios.

Y eso es muy importante, porque…

Séptima verdad: las marcas trafican con nuestros datos a través de las redes sociales. Lo saben todo de nosotros, hasta cuándo nos levantamos y cuándo nos dormimos, y qué hacemos después y antes, respectivamente. Así les es más fácil manipular nuestra conducta llamando nuestra atención. Esto es lo que sostiene todo el andamiaje. El negocio. Aunque…

Octava verdad: las redes sociales son también un escenario de frivolidad y coqueteo, y el medio preferido de muchos para conocer a nuevas personas y apostar en el juego de la conquista y la seducción. Así, las redes sociales terminan convirtiéndose en un negocio disfrazado tras discursos y colores de buenas intenciones, entre cuyos resquicios los seres humanos alternan como estúpidas cobayas condenadas a correr y correr y correr siempre en la misma rueda, obsesionadas con parecer cada vez más felices, más jóvenes y más bellos, aunque en realidad sean simples plastas de carne y pelo sentadas en un sillón y con la cara triste de un cadáver deshecho.

Yo me he rendido. Mantengo mis redes por pura costumbre y porque aún hay algunas personas que pueden enterarse de los nuevos libros que publique y todo eso. Pero hay días que me dan ganas de cerrarlas de una tacada. Quizás en alguna de éstas, lo haga. Si es así, no os vais a enterar. Al fin y al cabo, no tengo un cuerpazo, no insulto a nadie, no soy un pancartero, no salgo en la TV… Por eso nadie me lee.

¡Que os den a todos por culo! Bueno, solo a los que no les guste.

LA REDENCIÓN DE LA BESTIA

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Brevísimo ensayo sobre Arthur Morgan (Red Dead Redemption 2) y El Mandaloriano (ojo, spoilers).

Arthur Morgan y El Mandaloriano. Dos mundos distintos. A universos de distancia. Uno protagoniza un videojuego (¡y qué videojuego!); el otro, una serie de una plataforma digital de vídeo (y no cualquiera, sino Disney +). Ambos son hombres salvajes, violentos, que han matado a muchas personas sin importarles, solo por el fin que les mueve, que consideran lícito. Viven al borde del abismo. Son hombres de frontera. Allí la ley y el caos se confunden en una batalla de la que ninguno de los dos puede escapar, como no podía el ángel escapar de Jacob en Penuel (y viceversa).

Curiosamente también, ambos protagonizan un western, solo que en cada caso el Lejano Oeste está en una latitud y una longitud muy diferente. Y ambos comparten otros rasgos: son sobrios y desconfiados, lo han sacrificado todo a su fin, disparan antes de preguntar, y se sienten parte de una comunidad: para Arthur es su banda de forajidos; para El Mandaloriano, su clan, su tribu.

Esta pertenencia es su único amarre con la sociedad, un ente al que consideran un enemigo, su auténtica némesis, siendo las ciudades su fortaleza infernal, lugares diabólicos y alienantes a los que han jurado eterno odio. Pero fuera de su comunidad protectora y protegida (con la que, por otra parte, la conexión no deja de ser muy peculiar y llena de dualismo), todo el mundo es extraño y ajeno a ellos; la violencia es su lenguaje, y la muerte, su legado. Ambos son, en el peor de los sentidos, bestias, más que hombres. Los demás los temen. Con razón.

Por otro lado, hay una coincidencia muy sobresaliente más: ambos fueron adoptados por esta comunidad a la que guardan lealtad, siendo muy niños. Esa comunidad de personas fuera de la ley, de hombres y mujeres enfrentados al resto de la humanidad y que tienen su propio código de conducta, los encontró huérfanos y desvalidos, y los acogió, los alimentó, los crió, los educó y los convirtió en uno de los suyos. De hecho, no uno cualquiera, sino que ambos son especímenes extraordinarios, si se me permite: pistoleros legendarios, temidos por enemigos, implacables, perseguidos a muerte, y que precisamente por eso no pueden permitirse dejar cabos sueltos ni tener amigos.

La sociedad los detesta. Son bestias sangrientas, siempre hambrientas de nuevas presas. Morgan es el tipo duro de una banda de forajidos que se aferra a una vieja forma de vida, libre, donde cada hombre se labra su destino encarando a la muerte en cada lance, con el atrevimiento de los conquistadores, con la locura de los desesperados. El Mandaloriano es el mejor cazarrecompensas de la galaxia, y no se detiene ante nada; no hace preguntas, no muestra su rostro, no permite confianzas ni promete lealtades.

Por hay mucha desesperación en ellos. Desesperación, amargura y soledad.

Ambos comienzan, sin quererlo, un arco de redención. Y es el amor lo que los redime.

«The Mandalorian» es mucho más parca en palabras y explicaciones que el videojuego, por su propio formato y la reducida duración de los capítulos. Y nos cuenta el arco del personaje de una forma mucho más visual y gestual, e incluso simplemente presentándonos la sencillez de las decisiones que el personaje principal toma, dejando a nuestro entendimiento la interpretación de los mismos.

En Morgan también hay imágenes descriptivas y decisiones, de hecho muchas más, pero el videojuego dura como poco unas cuarenta horas, de modo que es lógico que se introduzcan más variables. Incluso aquí comprobamos por nosotros mismos el descenso a los infiernos del personaje, y acrecentamos su condición de condenado y de asesino, porque lo manejamos nosotros y tomamos las decisiones concretas. Pero el juego nos ofrece varias claves para entender el proceso de redención de Arthur.

«Hay un buen hombre en ti, Arthur, solo que está luchando contra un gigante», le dice una mujer a Arthur Morgan en un momento de la trama dramática de Red Dead Redemption 2. Y tiene mucho sentido, porque en este punto Arthur ya ha comenzado su viaje hacia la redención personal.

En otra conversación trascendental en la narrativa, Arthur conversa con una monja, y le reconoce que tiene miedo, y ella le responde: «No hay nada que temer […] Solo tienes que creer que el amor existe y hacer un acto de amor».

En ese momento, Arthur ya intuye que está muy enfermo y que no tiene remedio. Su muerte está próxima. En un destino paralelo en el que se ve envuelto, su banda también está a punto de ser destruida, aunque todavía no lo sabe. Pero todos intuyen que van hacia el abismo.

Este es el momento en que Arthur toma la decisión que salvará su alma y que tendrá efectos sobre los demás personajes: comprende quién es, a quién ama y adónde le lleva su propio camino. Consciente de que para él ya no hay tiempo de empezar una nueva vida en la civilización, decide entregarse por su amigo John Marston y por su familia, en un final épico y brutal, en el que este servidor reconoce que lloró. «Eres un buen hombre», le decía Abigail. «Eres mi hermano», le dijo Marston. Al final, solo te queda la sensación de que Arthur lo había logrado: había llegado a la redención por el amor. Había tomado la decisión correcta.

El Mandaloriano no le va a la zaga. Aquí no tenemos todavía el final de su historia, aunque me atrevo a predecir que, como no puede ser de otra forma, dará su vida por ese pequeño bebé que lo ha cambiado de arriba abajo.

Se trata de un hombre impasible, que caza a quien le ordenen cazar, un guerrero implacable, hecho de acero, como su armadura, que no teme a nada ni a nadie, y tras el cual se aprecia un reguero de cadáveres. En cierta forma, también él es un «outlaw», un forajido, un hombre al margen de la civilización, que tiene sus propias reglas, como la de no quitarse nunca el casco, pero para quien los demás no son sino ese infierno del que Sartre habló. Su alma no se ve, pero también es de acero. Como su armadura. Es un hombre que es todo armadura. Diríase que solo armadura.

Pero también él se topa con la muerte, a la que decía no temer, y sobre todo se topa con el amor. Violando sus propias reglas, lo más sagrado para él, pasa de asesino a protector, y de simple mercenario a padre. A partir de ese momento, el mundo, que carecía de todo sentido para él más que como opositor, como rival y campo de lucha, se convierte en una parte más de su ser. Deja atrás todo, sacrifica su seguridad, su trabajo, su vida entera, para proteger a ese niño, y entre los dos se crea una relación de afecto que se va fortaleciendo y que contribuye a redimir el alma dura y ciega del cazarrecompensas.

El Mandaloriano morirá para salvar la vida al niño. Todos lo sabemos. Incluso él. Quizás eso sea lo que ha aceptado en el fondo de su alma. Quizás por eso, en el último capítulo de la primera temporada, le vemos por fin a él tal cual es, sin su casco. Y está destrozado. No vemos a alguien hermoso y poderoso, sino a un ser a punto de morir y desvalido, tan normal como los demás, incluso feo, herido, pues los golpes han hecho mella en él. Este hombre que pide «morir como un guerrero», sobrevive al fin, pero todos sabemos y él sabe que será para dar la vida en otra ocasión. Porque el arco de redención ya ha comenzado. Comenzó cuando se convirtió en el padre de aquel huérfano. Cuando lo salvó por primera vez y él alargó su manita para recibirlo en su vida.

El amor ha redimido a las dos bestias. Las ha convertido, de asesinos, en protectores. El amor ha vuelto del revés sus vidas, visitándolos en el momento más crítico y oportuno, dándoles una última oportunidad para redimirse de tanta muerte y destrucción. Lo excepcional de estos dos personajes, de estos dos seres imaginarios que tienen, sin embargo, su reflejo en muchos seres reales, es que ellos tuvieron la oportunidad y la aprovecharon. Tenían miedo, pero la aprovecharon. Otro muchos la tienen, pero la dejan pasar. A muchos es el miedo el que los paraliza. Porque amor y miedo son enemigos.

Arthur Morgan y Din Jarin son las caras de estos héroes ficticios que han completado su propio arco de redención a través del amor y el sacrificio personal, estos dos mesías modernos que el arte (porque arte son tanto el videojuego como la serie televisiva) nos presenta como modelos de conducta y como leyendas modernas que transmitan los valores de nuestra civilización. Una civilización a veces caótica, salvaje, sangrienta, pero también una civilización que cree que el amor aún existe y que no hay nada de qué tener miedo cuando uno ama.

Las mil islas

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La imaginación es la más rica de nuestras posesiones. Sus réditos son interminables, inagotables, renovables. La de un escritor, además, crea continuamente nuevas vías de comunicación con sus lectores. Para vosotros, mis queridos «blectores», hoy quiero compartir con vosotros un extracto de otras de mis novelas inconclusas, que será una de las que primero pondré por escrito completamente cuando termine la escritura y publicación de La Canción Eterna. Yo la he titulado «Las mil islas». Lo que viene a continuación es solo un esbozo, un pellizco de un capítulo central. Espero, sin embargo, que despierte vuestro interés. Ya veis que me gusta bastante el mar y todo lo que sucede a su alrededor. Creo que mi sueño sería vivir en una casita cerca del mar, escribiendo todos los días al amanecer, y paseando por la playa en mis ratos libres. Desde aquí digo ya que, si alguien quiere regalarme esa casita de mis sueños, me veré obligado a aceptar. Añado, sobre el texto, que, tangencialmente, forma parte del universo de «La canción eterna», pues se sitúa en ese mundo onírico que denomino Somnia y que es el decorado y el escenario de las aventuras de mis personajes más elaborados. Sin más, espero que os guste este extracto de «Las mil islas», mi novela de sueños marítimos, amor, piratería y engaños.

«Los echaba de menos. Había noches que se despertaba en mitad de la oscuridad y pensaba en ellos. Se sentaba en el suelo, avivaba el fuego si quedaban rescoldos y miraba las estrellas durante horas, recordando cada detalle, cada gesto, cada acontecimiento. No quería olvidar. Quería que los recuerdos permanecieran en su memoria durante toda su vida. Sabía que la mente humana funciona a base de repeticiones, porque su maestro le hacía declamar una y otra vez los mismos textos, o reproducir sin descanso la lista de héroes y reyes antiguos, hasta que sus nombres bailaban dentro de su cabeza como luces saltarinas que componían una extraña música, repetitiva y obsesiva. Por eso, volvía cada noche a las mismas caras, a las mismas palabras, a los mismos actos, y procuraba actualizarlos ante su mirada interior, para que sus perfiles y pormenores no se difuminaran, para que sus fragmentos no se desvanecieran. Aun así, cada noche le costaba más concentrarse. Era como si el mero paso del tiempo se convirtiera en la tierra que los enterradores arrojan sobre los cadáveres; palada a palada, la forma del cuerpo se van confundiendo con el barro y el polvo, hasta que sólo se veía el bulto: más tarde, sólo quedaba la imagen lejana y efímera en la memoria. Y al final, nada, ni rastro ni imagen ni recuerdo.

En esas horas oscuras en que el mundo dormía y Nora descansaba a su lado, junto al fuego, bajo sus capas de viaje, le parecía increíble que hubiera pasado toda su vida sin dar importancia a cada día vivido; y que ahora le resultaran tan valiosos cada uno de esos días que se habían escapado sin dejar nada a su paso, como el polvo que se disipa en la brisa. “Ojalá hubiera vivido más, ojalá hubiera aprovechado más, ojalá hubiera amado más”, se decía. Pero luego llegaba la triste realidad que había que aceptar, y se objetaba a sí mismo que el hombre está hecho para pasar y desaparecer; y que miles de millones de seres antes que él habían sentido, de una u otra forma, las mismas cosas, y en cambio ya no eran nada; habían llegado, habían estado un tiempo sobre el mundo y se habían ido sin que pudieran rememorarse siquiera sus grandes gestas (¡cuánto menos sus simples nombres de mortales!). Lo mismo habría de sucederle a él. Quizás, después de todo, lo que le acontecía no era tan importante. Quizás sólo podía preocuparse por sobrevivir un día y hacer Nora también sobreviviera. Eso es lo que terminaba por ordenarse a sí mismo: sobrevivir. Sobrevivir y, si tenía alguna vez la oportunidad, vengarse.

En estas meditaciones se le pasaban las horas y los días, y se le morían los recuerdos que tanto queria conservar. Cierto día, descubrió que no era capaz de evocar con total nitidez el rostro de su madre; aquel rostro que había amado tanto y que había tenido tan cerca miles de veces, que había besado, que había adorado, que había sonreído y contemplado con éxtasis… Aquel rostro que fue su rostro durante nueve meses. Se estaba alejando, se estaba extraviando, se estaba disolviendo en la bruma. Tuvo miedo de estar perdiéndola definitivamente. Entonces lloró tanto y tan alto que Nora se despertó. Ella no le dijo nada, sólo lo abrazó con más fuerza y lloraron juntos, hasta que se durmieron de nuevo por puro cansancio. Para aquellos dos jóvenes delgados, desnutridos y extraviados, la noche era el único momento de verdadera realidad. Si siempre hubiera sido de noche, habrían encontrado una paz que el sol les negaba.

Una mañana, cansados, hambrientos, abatidos, su caballo los llevó con calma sobre la cumbre de una colina, por un sendero recto y pavimentado. Sorprendidos, contemplaron desde allí, a lo lejos, tras un bosque fragmentario de palmeras que recorría el horizonte de parte a parte, la fina línea de agua que anunciaba el océano. Una brisa húmeda y salada les acarició el rostro como una bienvenida afectuosa. Un nuevo ánimo les inundó el alma. Después de todo lo que habían pasado, después de todas las tierras que habían visto, después de tanto miedo y soledad… después de la aventura más terrible de sus vidas, habían llegado al menos hasta la costa más al este, persiguiendo siempre la luz mortecina del atardecer, huyendo del nacimiento del sol y siguiendo los pasos de la noche, agarrados a los flecos de su manto como niños que pidieran a gritos alimento a una madre esquiva.

– Estamos cerca de casa –murmuró Gabriel. –Hace mucho que no huelo el mar. Ahora me parece un olor maravilloso. Nunca debería haberme alejado del mar.

– Yo nunca he visto el mar –comentó la niña. -¿Es grande? Quiero verlo.

– ¡Oh sí, es inmenso, y muy profundo! Nadie puede llegar hasta el fondo en ciertos lugares. Y está lleno de peligros, animales grandes como nunca habrás visto ninguno, algunos de ellos devoradores de hombres. Pero no tengas miedo: te enseñaré a nadar y además navegaremos en algún buen barco que vaya a mi hogar, a las Mil Islas, el lugar más fascinante y hermoso del universo. Allí el verano es eterno, siempre hace calor, aunque llueve bastante; la gente es buena y acogedora, y las playas son preciosas e infinitas. El agua es clara y transparente como la luz del sol, y a veces el fondo, cuando el agua no es profunda, brilla con mil colores como si estuviera cubierto de miles de joyas de muchos tipos diferentes. Yo te mostraré los lugares más seguros para jugar y nadar en el agua, y te llevaré a las mejores playas, y juntos iremos de una isla a otra con nuestra canoa, jugando a ser aventureros. Allí nadie te hará daño. Yo te protegeré, te lo prometo».

Subinmo – Siránica (ATLÁNTIDA)

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Otro texto especial hoy solo para vosotros, mis sufridos «blectores». Otro regalo de los que solo se hacen a los amigos. Espero que os guste. Entre los miles de textos que este servidor ha escrito, hay varios inicios (y más que inicios) de novelas. Hace unos días os traje uno. Os traigo otro. No dejaré más que el inicio, porque mi intención es que algún día vea la luz, pero al menos os servirá para abrir el apetito y preguntaros qué clase de historia podría brotar de aquí. En este caso, la novela narra mi particular visión onírica de la CAÍDA DE LA ATLÁNTIDA. ¿Qué os parece? Dejad vuestro comentario.

«Tierras irredentas que se solazan al sol del mediodía y las fuentes secretas de la vida, que subyacen en las médulas que recorren, serpentinas, el casco hundido de su quebradizo armazón, ardientes al contacto con el fuego prohibido en que se sumergen y vuelven a surgir las pesadillas, en eterno sello contraerán matrimonio violento,  bajo el sol y sobre el sol, con los rugientes  muros del océano, primero asustadizo, luego conquistador, al compás de los truenos que nacen de las fraguas rocosas de Ximuatón, que con su maza golpea los cimientos del mundo, alegre de tomarse la venganza.

¡Oh Ximuatón, tú que braceas de rabia en lo profundo y el mundo se sacude de terror! ¡Oh dios diamantino que te sientas sobre un trono de magma! No olvides que un día fuimos tus esclavos y te servimos bien. Si te abandonamos, al menos no te olvidamos, y aún se te siguen ofreciendo víctimas en Mentunma, al ocaso de cada luna creciente. No permitas que nuestra historia caiga en el olvido. Que uno de nosotros al menos sea salvado (Profecía de Subinmo, Canto Final).


¿Quién recordará ahora a los hombres del pasado? Éstos llegan y se van como el viento de una tarde de otoño, efímera, mortecina. Ya nadie lee los textos antiguos. Los nombres se olvidan, caen en la oscuridad. Sin embargo, el pasado existió, y un día fue lo único importante, lo único real. Aunque nadie ya lo recuerde.

Hace mucho que las tierras cambiaron y la faz del mundo quedó trastornada. Los montes se hundieron, los mares se secaron y los bosques se convirtieron en desiertos. Del tiempo anterior a aquellas convulsiones, hay mucho que contar, mas lo que ha llegado hasta nosotros está distorsionado por los milenios y el caos. Tan sólo sombras, retales de lo que fue una gran historia, han llegado hasta nosotros, como relámpagos que a lo lejos anunciaran una tormenta o fósiles de gigantes que sólo creíamos posibles en los cuentos. Y, sin duda, de todos esos relatos que, como pequeñas semillas esparcidas por el viento, han acabado en el jardín de nuestras bibliotecas, hay uno que ha de ser destacado como una flor pura y prístina de tiempos olvidados, un tesoro cuyo verdadero significado tan sólo el tiempo y la sabiduría de otros podrá desvelar, pero cuyas profunda tristeza e íntima belleza han conturbado los ánimos de seres de todos las épocas, y han hecho volar la imaginación de los sabios.

En su lengua, aquella tierra maldita, designada por el destino para la caída y la destrucción, que durante milenios había sido verde y hermosa, rica y fértil, era denominada Subinmo, en honor a un antiguo dios cavernoso y oceánico que ya nadie recordaba, pero cuyo culto había sido desterrado de los límites del universo por los otros dioses, aterrados ante sus aquelarres y orgías de sangre. O al menos eso creían. A esa tierra cuyo rastro ha desaparecido, a ese país cuyo aniquilamiento permanece en la memoria de los tiempos como una leyenda oscura e indescifrable, nosotros lo llamamos Atlántida.

En un humilde pueblo marinero, lejos en el sur, vivía una joven. Todos la llamaban Sira. Su madre había muerto al dar a luz. Su padre se había vuelto a casar con una mujer más lozana y saludable, pagando por ella el «precio de la tierra», según la costumbre de la época. Los hombres viudos con hijos que contraían nuevas nupcias debían entregar a su pareja un terrón de tierra sin trabajar y vender aquellas otras tierras sembradas u ocupadas que tuvieran en su patrimonio, símbolo de que la prole habida con su mujer muerta perdería la condición de legitima, convirtiéndose por esta entrega en simples «acogidos», al nivel de un mendigo que acudiera a su puerta a comer las sobras de la noche; y promesa de que sólo los hijos del nuevo matrimonio adquirirían los derechos de la legitimidad. De aquella unión, habían nacido otros cuatro hijos, dos niños y dos niñas. Sira creció con sus hermanastros, pero apartada de ellos. Su madrastra no era especialmente cruel; al contrario, se compadecía de la joven en su interior, aunque no se atrevía a manifestar hacia ella sus sentimientos. Depués de todo, la tradición debía cumplirse. «¿Qué dirán de mí mis parientes si acojo al fruto de otro vientre en mi casa como a mi propia hija? Me señalarán en las calles, me tildarán de pusilánime y endeble. Me acusarán de transgredir las costumbres de nuestros antepasados. Y mis hijos… mis hijos me despreciarán», pensaba la madrastra. De modo que, incapaz su padre de permanecer sin compañera y, debiendo cumplirse la ley de los ancestros, Sira no fue expulsada, sino que se le permitió dormir cada noche en una caseta para perros que había junto a la casa, comer de las sobras de la mesa de sus hermanastros, vestirse con sus ropas viejas y raídas y permanecer junto a ellos, como una extraña cuya verdadera familia estuviera muy lejos, en otro lugar, en otro país, en otro mundo.

Debía ganarse el pan con su trabajo, aunque comía poco, mucho menos de lo que ganaba con su esfuerzo. Su padre, pescador, había encontrado un hueco para ella en su barco. Cada madrugada, mientras la luna aún batía las olas con sus brazos invisibles, salía a faenar con él y con sus compañeros, como un hombre más, pero sin nombre. Largas eran las jornadas en que la sal agrietaba sus labios y el sol maceraba su cuerpo. Con sus pequeñas manos desenredaba las redes o salaba los peces. Sus dedas estaban repletos de heridas y cortes. Su cuerpo estaba sembrado de espasmos y moratones. Incluso en ocasiones la ordenaban que se echara al agua para cortar un sedal enganchado, y buceaba entre tiburones sedientos de la carne fácil de los peces atrapados o desorientados; bajaba rápidamente, con una agilidad asombrosa, y liberaba el sedal o el anzuelo del obstáculo que lo mantenía en el fondo; o simplemente lo cortaba, si no era posible liberarlo, antes de convertirse ella también en menú de depredadores. Llevaba en tales casos un pequeño cuchillo en la mano, con el que se defendía de los escualos que venía hacia ella, curiosos, incluso de las morenas que surgían de entre las rocas, a cinco o diez metros de profundidad, entre las profundidades cristalinas. Sus pequeños pulmones soportaban bajo la superficie más que los de cualquier curtido pescador, y sus músculos acostumbrados al ejercicio físico le daban el aspecto y la velocidad de una sirena o, más concretamente, de una serpiente marina escurridiza y astuta.

¿Estás seguro de que quieres leerme?

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HE AQUÍ EL COMIENZO DE UN LIBRO QUE QUIZÁS NUNCA PUBLIQUE (O SÍ), ESCRITO CASI A MEDIAS. LA HISTORIA RETROSPECTIVA DE UN PRINGADO QUE COLECCIONA DESASTRES EN SU VIDA Y QUE NO ESTÁ A LA ALTURA DE SU LINAJE FAMILIAR. ¿QUÉ OS PARECE? ALGÚN DÍA OS CONTARÉ EL FINAL.

Cierra el libro. Te lo digo en serio. ¿Quieres que te cuente una buena historia? ¿Has venido por ti mismo a este relato o porque otros te lo han dicho? Seguramente ahora estás pensando que ha sido un error gastarte tu preciado dinero en este volumen, en lugar de invertirlo en una hamburguesa grasienta y una bebida azucarada. ¡Cojonudo! Devuélvelo a la librería y que te den tu dinero. Vete a la hamburguesería y cómete a mi salud la hamburguesa más gruesa que haya. Y disfrútala. Es mejor que leer este libro. Aquí no hay buenas historias para ti. Tan solo la historia de mi vida, tan fea y desagradable como la tuya. ¿Para qué leerlo? Olvídate de este desgraciado libro. Abandónalo en cualquier rincón oscuro, véndelo, regálalo a una biblioteca a la que no vaya nadie o tíralo a la basura. Es lo mejor que puedes hacer. No es para ti. Es para otros más fuertes, más sabios, más grandes. No estás preparado. Yo tampoco lo estoy. Ni siquiera sé por qué te cuento todo esto.

¡Déjalo ya!

¿Sigues? Es tu problema… No digas que no te avisé. Porque lo que aquí se tratará es el pliego de cargos de una vida cargada de cadenas que prometía glorias y acabó por el barro. Y de paso se llevó a otros a la tumba.

Soplo el cuerno por última vez: si traspasas este umbral, puede que te arrepientas…

Bécquer Eire.

Mis apellidos.

Tengo una vida de mierda, un nombre que prefiero callar y unos apellidos que evocan historias que me suenan a chino y a rancio. Esa sucesión de palabras no es más que una conjunción bastarda y fascicular de dos naturalezas que compraron el billete de su vida en la estación de la estupidez, hacia la terminal de la insignificancia. Pero me dejaron la herencia de los Bécquer menores, una rama invisible y arrinconada de los Bécquer, con algo de andaluces y de señoritos, pero con menos dinero y con nada de historia. Me une al gran poeta el apellido y creo que también la melancolía y la mala suerte (o algún hechizo burlón) con las mujeres. Tampoco tengo su bondad varonil, aunque sí heredé algo de su gusto por la poesía desgarrada. Quizás ésta sea la razón por la que he comenzado estás líneas, aunque añadiendo una pizca de casticismo y desesperación de mi propio cuño. Dejadme que os cuente.

Antes de hablar sobre el viaje de mi vida, haré como los clásicos: comenzaré mi disertación filosofando sobre mi existencia. Y si te aburres, lárgate; aunque te perderás la chicha sanguinolenta de más adelante. Porque ésta es, en esencia, la triste autobiografía de mis sentimientos. No sé si será un género literario o si este libro dormirá el sueño de los justos en algún archivo, hasta que alguien lo borre sin querer o el paso del tiempo lo destruya. Ni siquiera estoy seguro de que sea la historia de mi vida. En realidad, no pretendo que sea así. Más bien es la historia de los latidos de mi corazón y las lluvias que lo han ahogado, los terremotos que lo han enterrado y los fuegos que lo han incendiado.

Cuando un hombre ya no tiene más que pasado, suele entrarle el deseo de escribir su historia. En ese momento, cualquier hombre con sabiduría se daría cuenta de que poco o nada le resta por vivir, y la misma sensación de la tristeza, el fracaso y el fin próximo le sumirían en la total indiferencia. No sería capaz de escribir libro alguno. Ningún pesado volumen vería la luz en tal estado del alma. No habría confesiones ni memorias ni recuerdos ni autobiografías. Un hombre así, que fuera inteligente y estuviera iluminado por la simple e insensible estrella de la filosofía, comprendería que su vida llega inexorablemente a su ocaso definitivo y, en lugar de verter sobre las impávidas hojas todos sus pensamientos, se dedicaría a prepararse para la muerte. A lo sumo, daría al futuro los versos desapasionados de su sapiencia ancestral.

No es mi caso. Ni tengo la edad ni me gustan los tratados estoicos; la vida hay que vivirla y morirla con pasión. Yo soy un hombre en la mitad de la misma, de lo que habitualmente se considera esperanza de vida en el occidente moderno, este conglomerado de países, culturas, lenguas, constituciones, tradiciones, religiones y contextos, que se sitúa, según general acuerdo, al oeste de los montes Urales, que incluyen las naciones situadas al este del Pacífico, y que comparten entre sí no pocas cualidades, técnicas, principios, normas y perspectivas. Una de ellas es, sin duda, la veneración por la ciencia, en especial por aquellas disciplinas de la misma que tienen que ver con la conservación de la vida y la manipulación de las fuerzas de la naturaleza, entre las que hay que contar, por supuesto, la medicina, la ingeniería y la física. Materias todas ellas que han permitido y hasta provocado que un hombre pueda hoy desayunar en Estambul, acudir a una reunión de mediodía en Múnich, hablar con su médico, su abogado, su banquero, su agente de seguros y su funerario de camino a París, para terminar cenando en Nueva York, mientras en tiempo real conoce las noticias más relevantes sucedidas en el resto del mundo.

Esta ciencia médica de la que hablo calcula, en el año en que nos hallamos, la esperanza de vida media de un hombre occidental en unos 80 años; por consiguiente, a mis cincuenta me hallo en algo más que en la mitad de la escalera que conduce a la tumba. Ya desde aquí veo los contornos, la forma, el color, y hasta el acabado de mi féretro. Sin embargo, largo trecho resta, si en esto me sumo a la media. No es tiempo de lamentos apocados, sino de rabia. Porque rabia es lo único que tengo hoy. Soy un enfermo. Y si te muerdo, te contagiaré mi infección.

¿Quieres sabes lo que se siente? Pues sígueme: vas a entrar en mi mundo, desde el que podrás ver los ojos de la ira y del odio todo lo que crees seguro y bondadoso en el mundo. Y quizás al final de esta historia, también tú seas, como yo, una bestia más. Un caníbal de tu propia felicidad. Un asesino de tu propia alma, por no asesinar los cuerpos ajenos.

MEDIA HORA (relato breve)

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Buenas noches, amigos. Noche de domingo, y muchos pasamos estas últimas horas del fin de semana, quizás antes de apagar la luz y echarnos a dormir, con un libro entre las manos, o leyendo en la tablet o en el móvil. Espero que este relato mío os acompañe en tan sagrado momento, que os ofrezco con todo el cariño en esta noche. Es un relato que presenté a un certamen el pasado verano, y que a nadie le pareció interesante. Más aún: siendo yo vecino del pueblo donde se celebró el certamen literario, el jurado declaró que no se había presentado ningún relato de un autor local; lo que demuestra que el relato es tan malo que no mereció siquiera ser leído por los miembros del jurado. Pero yo, con esa esperanza infantil de quienes pensamos que hasta las peores cosas pueden tener algo positivo, os lo regalo en esta noche esperando que os haga pasar, como mucho, media hora de ligera lectura. Buenas noches a todos, y que descanséis.

MEDIA HORA

Casi fue una estupidez lo que hicimos.

Nunca media hora me “media-tizó” tanto… En cierta forma, me “mediahorizó”.

Todo empezó una tarde de primavera. Yo era nuevo en mi trabajo. Unas semanas antes, había sido despedido en una de esas grandes superficies donde venden desde gomas de borrar hasta casas prefabricadas. Ya sabéis: sitios donde puedes encontrar bombillas de mil tipos y colores diferentes, pero todas tan caras que no puedes permitirte más que soñar con tener el baño iluminado por una luz roja, como has soñado tantas otras veces, en tus noches de borrachera, con una lámpara que pareciera un dragón y que, cuando se encendiera, expulsara un haz de luz hacia el suelo, como un chorro de fuego. Pero luego me contrataron en una gran oficina dedicada a la contabilidad de otras grandes empresas, como aquella que me había despedido. ¡Qué irónico!, pensé. Pero acepté. El ambiente de trabajo era regularmente aceptable pero el reparto de esfuerzos desequilibrado, como en todas las grandes empresas; había gente que se ganaba su sueldo y gente que cobraba por nada. Incluso había la típica calientabraguetas que tonteaba con los jefes y que, al poco tiempo, ascendió; y no la volvimos a ver.

Todo empezó en la terraza de un bar. No tenía confianza todavía con mis compañeros y no me atreví a pedir a ninguno que me acompañara a tomar un café a media tarde. Solo coincidía con la gran mayoría de ellos en el comedor de personal, donde se criticaba a los jefes y a los pelotas, pero sin que ninguno nos atreviéramos a mover un solo dedo para cambiar nuestra situación; donde los solteros solían contar sus hazañas sexuales (reales o imaginarias), en un amago de despertar envidia en el resto de compañeros, y donde se hacían chistes y había miradas lujuriosas cada vez que alguna compañera abandonaba la sala. Aquella tarde necesitaba despejarme, descansar la mente; me ardían las pupilas, estaba harto de contabilizar facturas, revisar recibos y puntear listados, y mi ordenador también estaba ardiendo. En cuanto revisé el último saldo, guardé el trabajo e hice una copia de seguridad, cerré todas las pestañas y los programas, di media vuelta en mi sillón giratorio y me levanté. Había asientos vacíos, no era el único que se moría por sentir un poco de fresco en la cara. Saqué de la taquilla mi cazadora y me la puse, porque todavía hacía frío cuando a la sombra soplaba el aire. Bajé fumando los escalones del piso, decidido a pasarme por el arco de la derrota las normas. Nuestra empresa era propietaria del edificio, un edificio rehabilitado en pleno centro histórico, en la zona más cara de la ciudad. En él se podían hallar despachos de abogados y asesorías, los cuales estaban al máximo rendimiento por estar en plena etapa tributaria. Crucé la calle, a paso rápido, y me dirigí a la terraza de una cafetería. Me envolvía el olor a café. Todas las mesas de la terraza estaban ocupadas, así que me dejé caer en una silla del interior, deseando que aquel café que me iba a tomar fuese como las espinacas para Popeye y me diera fuerzas para pasar cuanto antes la tarde.

Me hundí en la autocompasión, donde encontraba cierto placer culpable. Era como robar chicles en una caseta de playa. No servía para nada, pero por lo menos me permitía anotarme una pequeña victoria contra la vida. ¿Quién era mi enemigo? No lo sabía, pero tenía la sensación de alguien me tenía hundido en el fango. Autocompadecerme era como resistirme a la humillación. Perdonándome, me negaba a dar a la razón al destino, fuera lo que fuese.

Todo empezó con un café. Solo, para más detalles. Lo pedí con hielo, y con hielo me lo dieron. Con un hielo, dicho con exactitud. Quizás tendría que haberlo pedido con hielos. Es lo que tiene ser idiota, supongo, que es lo que era el camarero que me atendió. Idiota o sordo, que para el caso es lo mismo; porque si no era idiota él, y resultaba simplemente sordo, entonces era idiota quien lo contrató. Me quedé con cara de haber visto una araña saltarme sobre la camisa nueva cuando vi aquel hielo escuálido, arrepentido, odiador de sus semejantes, nadando a duras penas en mi café caliente, derritiéndose a la misma velocidad en que se gasta un sueldo a principios de mes. Y cuando ya no quedó nada de él, triste y melancólico, deseé que el camarero tuviera un mal encuentro con algún baldosín con ínfulas de ser vivo y diera con la bandeja, las rodillas y los morros en el suelo grasiento del bar; y si fuera con un hielo, mejor. Pero no pasó.

Mi hielo y yo nos hundimos en nuestros respectivos océanos negros.

Todo empezó cuando llegaron los zapatos de tacón más silenciosos que jamás he oído. Fue lo primero que vi de ella. Estaba yo dedicando al suelo mis confesiones, a la par que a mi viejo móvil, roto por todas partes, cuando me fijé en unos zapatos de algún color indefinido que se acababan de detener junto a mi mesa. Levanté entonces los ojos sin apartarlos del móvil (ya os enseñaré algún día cómo se hace este truco, que puede que patente algún día), y vi a una joven que me sonaba de la oficina. Era la nueva ayudante de mi jefe. Look minimalista y aséptico, a juego con la decoración de la oficina donde trabajábamos, pelo recogido, gafas de pasta, iPhone de última generación, y una sonrisa intachable. La voz de una niña bien y esa pastosidad en las formas que hace que una mujer resulte irresistible y al mismo tiempo infantil. Me saludó, dije algo incomprensible y luego me moví como un elefante en una cristalería entre las sillas hasta que logré hacerle un hueco para sentarse a mi lado. No sé por qué lo hice. Ella no pareció muy convencida; probablemente solo deseaba hacerme saber que me había reconocido, pero mi gesto la obligó cortésmente a compartir conmigo el café sin hielo presente, con hielo pasado, que el afortunado y no bien recordado camarero había dejado sobre la mesa de metal. Ella pidió lo mismo y la conversación avanzó con timidez. Pedí otro café, esta vez con más hielo que el anterior. No podía centrarme en una conversación teniendo delante de mí un vaso de cristal transparente con un resto de agua de color escatológico.

Todo se había desatado. Supe enseguida que aquello podía terminar bien. O casi… Nos enredamos en unas risas estúpidas, señal de que había química. Y cuando nos quisimos dar cuenta, el descanso para el café había vencido, habíamos ejercido nuestro derecho abusivamente y nos levantamos con presteza por si se tomaban acciones contra nuestras pobres personas necesitadas del prístino salario que nos permitía llegar al día cinco de cada mes como ciudadanos decentes. Pero nada sucedió. Se ve que había actuado la sabia y sacrosanta institución de la desuetudo.

Regresé más emocionado de la cuenta a mi puesto, que me había parecido hasta entonces tan patético, repelente, enojoso e incómodo. Aquel día tenía un aire protector, un color apacible, una acogedora textura. Me senté con la sonrisa de quien acaba de tomar el postre antes que el primer plato, mirando continuamente a mi alrededor, extrañándome de que nadie me notase la sonrisa bobalicona, y escudriñando el pasillo a todas horas, por si ella pasaba, por si ella venía.

Había sido la mejor media hora de los últimos años. No me di cuenta hasta que se terminó. Entonces advertí que acababa de pasar de la luz a la penumbra, aunque el recuerdo y el calor de la luz todavía reposara en mi piel y perdurara su caricia. Entonces caí en la cuenta también de que se me había pasado de un plumazo el mal humor con que me había levantado, y que de pronto las formas del mundo se habían vuelto menos punzantes, menos amenazadoras. Incluso sentía ganas de volver al día siguiente al mismo puesto, a la misma oficina, al mismo trabajo. Incluso al mismo bar. Y no me indignó, puesto que al fin y al cabo era allí donde la había visto por primera vez; y la asociación de su sonrisa y aquel sitio era beneficiosa para este último término, del mismo modo que la mezcla de un alimento sazonado y otro insípido hace que éste gane algo de gusto.

Todo empezó, pues, a cambiar sin sutileza alguna. Ayudó que, a los dos días, tras la espera más larga de todos los tiempos, siglos enteros, milenios, millones de años en que mi adicto corazón agonizó sobre el borde del abismo, volviéramos a vernos durante esa santa media hora. Y al día siguiente, y al día siguiente… Muchas medias horas que colmaron de infinitos resplandores una efímera sensación de acabamiento, sintetizada, convertida, renombrada, transustanciada ahora en la inestable alegría del compartir con otro ser una ínfima porción del devenir del universo, y sentirse no ya uno solo, abandonado en la inmensidad del espacio, en la inabarcable indefinición del tiempo, sino un todo completo con algo que antes faltaba y que solo como ausencia se sentía, precisamente cuando lo encontramos, sin saber muy bien cómo llamarlo ni imaginar su rostro. Todo cambió. Aquella media hora me había trasladado de un universo a otro paralelo, pero en sentido contrario, como dos autopistas del todo.

Pasaron dos semanas. Iba a invitarla a cenar conmigo. Creía que ya había llegado el momento. Ya habíamos conversado lo suficiente en el trabajo. ¿Por qué no vernos fuera? ¿Por qué no conocernos lejos de aquel lugar y ver si realmente éramos compatibles?  No era yo de los que se lanzan con facilidad, como se ha podido comprobar; siempre me han faltado arrestos para poner las cosas en su sitio a las primeras de cambio, y las manos en el culo en la primera cita. No reflexiono demasiado para no agobiarme, pero la verdad es que me lo pienso demasiado. No me gusta beber, y bebo por obligación; pero cuando bebo no brota mi yo desinhibido, sino un monstruo durmiente. Así que no suelo conquistar pronto ni fácil. De hecho, nunca conquisté a nadie, que recuerde.

Pero aquella noche fuimos a cenar. Habíamos quedado en su casa. La recogí tras esperar media hora a que me abriera. Llegué a imaginar que se había quedado dormida o que no estaba en casa. Finalmente, me abrió.

– Estaba duchándome y no escuché tus llamadas ni el telefonillo -me confesó.

Lucía radiante. Con un vestido cortado en diagonal que dejaba a la vista parte de su muslo derecho, de color rosa pálido, con tirantes y un incipiente escote que destacaba la redondez de su pecho. Llevaba el pelo suelto. Andaba sobre unos tacones de vértigo. Un bolso diminuto de color también rosa, casi del tamaño de una cartera, guardaba todas sus cosas.

– ¿Dónde vamos? – nos preguntamos, y el mismo gesto divertido se pintó en nuestros rostros.

– Venga, deja que el viento nos lleve donde quiera -dijo ella, con picardía.

Conduje y conduje, mientras hablábamos de tonterías y nos reíamos como estúpidos. Al final, después de media hora, terminamos pidiendo copas y ensaladas en una terraza situada en lo alto de una colina, con la vieja ciudad al fondo, enfrente, y la luz de la tarde reflejándose en el agua del río como un puente de colores. Sonaba música en los altavoces. Y nosotros nos fuimos animando, hasta que terminamos bailando en medio de las mesas, divirtiendo a los otros clientes, molestando a los camareros, haciendo cabriolas para no empujar las mesas y tirar las copas de los demás, sujetándonos por las cinturas, por los hombros, por las piernas, abrazándonos en un éxtasis alcohólico teñido del rojo del atardecer y la emoción de lo desconocido.

Y terminamos en el baño del bar, apretados, encajonados, porque apenas cabíamos, besándonos, cagados de miedo por si nos pillaban, excitados por encima de cualquier imaginación, borrachos de locura, sudor y alcohol, intentando estúpidamente hacer el amor en lo que creíamos un silencio sepulcral. Creo que a ella se le rasgó una parte del vestido, y que es posible que a mí se me manchara toda la camisa del carmín de sus labios. Pero sobre todo creo que no fuimos precisamente silenciosos, porque al regresar a nuestra mesa, la primera junto a la puerta que daba al interior del bar, todos nos miraron con esa sonrisa mezcla de burla y complicidad tan característica de quien sabe lo que ha sucedido, lo reprueba en público y lo envidia en privado.

A mí no me importó. Estaba en una nube. Era feliz.

Durante al menos media hora, fui feliz.

Luego un ruido cualquiera me despisto, y la magia se esfumó. Todo se disipó entre las nubes negras que en el horizonte se adivinaban. Intenté recobrar el aliento, volver a imaginarme la escena, percibir las formas, dejarme llevar por el torrente de mi imaginación, ahogarme en la historia hasta perder la respiración. Pero no lo logré. Tuve que volver a la tierra, pedir la cuenta, dejar de mirar a aquella pareja tan acaramelada que me había servido de inspiración, cerrar el ordenador, y prometerme que terminaría aquella historia en casa, aquella noche o cualquier otra noche, si alguna vez volvía a tener ganas de escribir sobre el amor, sobre la soledad y sobre la risa más pura y desinhibida, que es la de los borrachos. Me daba rabia, porque últimamente no había alcanzado aquel nivel de concentración; era como un impotente pero de la imaginación. Había perdido el vigor, la energía, la resistencia, incluso la ilusión; ya no era capaz de soñar con los ojos abiertos. ¿Por qué? Quizás por la misma razón por la que soy incapaz de terminar lo que empiezo: la sensación de que estoy vacío, de que me he agotado, de que no guardo valor dentro, que lo di todo y que nada recibí. Di mis obras al mundo, y el mundo me respondió con indiferencia. Soy un escritor rendido.

Por cierto, ella se llama Juliana. Aún vive en mi mente… Aún tengo pendiente terminar ese libro. Quizás, cuando deje de quejarme y me centre un poco. Pero no será cosa de media hora.

Este es el camino

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«The Mandalorian» (Disney+) ha llegado a mi vida. Me ha conmocionado. Pero lo mejor es que no solo me ha entretenido, sino que he aprendido de ella a nivel artístico e incluso a nivel personal. Voy a explicaros muy brevemente por qué

Partamos de mi convicción de que las cosas verdaderamente importantes que ocurren dentro del hombre son muy difíciles de transmitir, y mucho más difíciles aún de compartir. Cuanto más años cumplo, más convencido estoy de que en la interacción entre los seres humanos hay siempre una zona de penumbra o zona muerta que nunca nos comunicamos unos a otros, y que permanece oculta, y por tanto incomprendida por los demás. Quizás haya una razón epistemológica u ontológica para ello, pero puede que también operen otros motivos, como el desconocimiento de los recursos vastísimos del idioma, la soledad, la vergüenza, o las malas experiencias vitales. De vez en cuando, uno hace el intento de participar a los otros seres humanos de las corrientes interiores de candente lava o de los glaciares gélidos que recorren la propia alma, pero en tales confesiones, quizás excesivamente temerarias, uno espera que los demás detengan toda actividad y concentren su atención en esos remolinos que uno considera tan sustanciales en su sentir, aunque pudieran resultar tan solo temporales. Sin embargo, la gente no sabe escuchar y detener todo pensamiento y centrarse en el ser de otro abierto hasta la profundidad más delicada. Y en esas tristes circunstancias, uno se topa con cierta prisa, cuando no directa y cruelmente, con la indiferencia. Es entonces cuando la puerta se cierra del todo, acaso para siempre. Un corazón herido es el mayor enemigo de la confianza. A partir de ese momento, se vuelve incapaz de confiar; lo que significa que el pesar que crecía por dentro se acrecentará, y el consuelo posible se hará imposible. Y no es culpa de quien deja de confiar. Pero eso da igual.

La realidad es que no espero que me entendáis ni que compartáis mi forma de pensar. Me la trae un poco al pairo. Pero si queréis detener unos minutos el corretear de vuestros pies y hacer el silencio en vuestra mente, quizás os guste escuchar el eco de mis palabras en el viento. En la soledad de vuestro desierto. Dentro de vuestro casco, allí donde sois solo vosotros y nadie más; allí donde está vuestra inviolable identidad, esa que no reveláis a ningún otro ser vivo y que nadie ha visto jamás.

Esto es The Mandalorian. Un credo. Una fe. Unos principios de vida. Y una identidad que se considera sagrada, un nombre impronunciable, no por su dificultad, sino porque el nombre representa lo que el hombre es o lo que fue, lo que dejó atrás, y ahora solo es su credo y su acción. Al hombre se le conoce por sus actos, no por su aspecto, su nariz, sus ojos, su piel, su pelo o sus ojos. Todo eso es innecesario y hasta una barrera que impide conocer mejor a las personas. Por eso el mandaloriano no se quita el casco jamás, ni ninguno de sus hermanos en la fe. Su casco es su defensa, sí, pero también es su forma de destruir lo innecesario y atender a lo esencial. Solo los actos definen al hombre. Solo los actos. Este es el camino.

¡Qué lejos de la cultura moderna, donde todo es postureo y photoshop! La imagen es hoy el único lenguaje y la única medida de las personas, rebajándolas al mero carácter de publicaciones en una red social, y obviando todo lo demás. Ni siquiera se cree ya en el viejo adagio «tanto tienes, tanto vales». Hoy diríamos «tanto followers tienes, tanto vales»; y esos followers te siguen no por lo que eres, no por tus actos, sino por lo que aparentas, por tu imagen, por tu sonrisa, por tu cuerpo, por tu maquillaje o tu ropa; o incluso por la belleza de los paisajes o por el brillo de tus joyas o tu coche nuevo. Pero tus actos, tus verdaderos actos, siempre permanecen «bajo el casco», tras la máscara del personaje que aparentas ser.

Este es el camino. Es el lema de los mandalorianos. Y lo siguen a rajatabla. El camino les conduce siempre a la muerte. Y jamás se quitan el casco. Dan la vida por su comunidad cuando es atacada, y se forman y ejercen como guerreros, diestros en todo tipo de armas y luchas. Se dedican a perseguir bandidos y a lo que haga falta. Son mercenarios con un credo. Son monjes guerreros. Quizás sean los templarios de Star Wars… Son fanáticos, claro que sí, porque no puede hacer nada grande si no se cree totalmente en ello, y porque no se puede existir como credo sin cierto grado de fanatismo. El fanatismo, como casi todo en la vida, no es ni bueno ni malo; lo bueno o lo malo es el fin al que sirve ese fanatismo. Uno puede ser un fanático de los yogures, por ejemplo, o de Iron Maiden, y no parece que ninguna de las dos cosas sea motivo de desprecio o sea delito. Para los mandalorianos, su credo es su vida. Su casco, su identidad. Su fin, el honor. Su medio, el compromiso. Luchan y mueren sin hacer preguntas, sin pedir explicaciones. Porque no se las dan y porque ellos tampoco quieren darlas. No firman documentos, no se hacen fotos de dni, no buscan la satisfacción propia ni la fama que dan las artes, donde el autor es siempre el centro de la obra, y no al revés.

Uno de ellos se sale, sin embargo, del camino marcado. Lo hace por compasión. Lo hace por misericordia con un niño. Y resulta que al hacerlo pone en peligro a toda su comunidad. Pero su comunidad lo apoya, porque ese niño es su futuro, porque el honor no está por encima de la vida de un inocente, porque viven y mueren juntos. Al hacerlo así, la comunidad entera obtiene un honor aún mayor: servir a a la justicia por encima de sus intereses personales. Y el mandaloriano, ya en singular, como si él mismo representase a toda su comunidad, porque se ha hecho acreedor de toda su grandeza y respeto, y porque al final solo él sobrevivirá, por el mismo credo que violó al incumplir el contrato por el que vendió su «blaster», se convierte en el padre de ese niño; ha de protegerlo, cuidarlo, educarlo y darle un nombre, darle una identidad.

El mandaloriano y baby yoda

El mandaloriano apenas habla. Más bien actúa. Mantiene la calma cuando todos la pierden. Es frío. Mata sin aspavientos. Pero cuando mira al niño, no le ves la cara, pero adivinas sus ojos de dulzura. Los ves, si me entendéis. El niño tampoco habla. Pero actúa. ¡Vaya si actúa! Y si el mandaloriano se juega la vida para protegerlo, el niño tampoco se queda atrás. Surge así una relación recíproca de amor y defensa. Sin palabras, aunque con un entendimiento profundo. Los actos hablan. Los gestos hablan. Por eso, las personas que dicen que ellos no son de mostrar afecto se equivocan tanto: sin gestos, no hay relación humana. Dicen que ellos solo actúan; pero en realidad solo lo dicen, luego en realidad nunca actúan cuando deben. Los actos brillas por su ausencia. Las personas que de verdad actúan no suelen anunciar que van a actuar.

Me da un poco igual si os gusta lo que digo u os parece una perogrullada. Ya no escribo para los demás, al menos aquí. Escribo para mí. Yo soy mis actos, y mis actos son mis escritos, también, porque como escritor una gran parte de mi ser está canalizado a través de mis dedos y mi teclado. Si despreciáis lo que escribo, me despreciáis a mí. Si amáis lo que escribo, me amáis a mí.

La serie «The Mandalorian» es una serie de Disney+, de 8 episodios en su primera temporada, de unos 30-40 minutos cada uno, que nos narra las aventuras de «el mandaloriano», un cazarrecompensas que persigue a los delincuentes y que tendrá un encuentro con un ser muy especial, que transformará su vida. Es una historia del universo STAR WARS, y está dirigida por Jon Fabreau, como «showrunner». Creedme, os flipará. Como a mí. No es la historia tradicional de un héroe en problemas. Tiene un tono sobrio y a la vez violento, solitario, casi mudo en ocasiones, acompañado de una música estridente y fascinante, totémica, con toques ambientales y un aire solo lejano a la tradicional música orquestal de Star Wars, que os volverá locos. Y un arte conceptual rico, de corte cómic, absolutamente icónico.

He aprendido muchas cosas como narrador de historias. Su desarrollo lineal es brutal, elegante, sencillo y efectista. Los personajes tienen alma. Hay algunos momentos climáticos que no es fácil olvidar. Aunque a veces resulte previsible, esta característica es de alabar por su lógica interna y su coherencia. La historia no necesita sorprenderte todo el rato para llegarte dentro. Se te queda en la retina por su propia belleza.

La serie es como su protagonista: sobria, violenta, peligrosa y adorable. Os aseguro que me gustaría ser ese hombre. Os aseguro que me gustaría escribir esa historia.

Este es el camino. Ni más ni menos. Para Disney y para mí.

Para vosotros no sé. Quizá prefiráis el camino de los ladrones de basura o de los soldados imperiales, a los que no deja de perseguir una impresión de estupidez y egoísmo cateto.