LA REDENCIÓN DE LA BESTIA

Brevísimo ensayo sobre Arthur Morgan (Red Dead Redemption 2) y El Mandaloriano (ojo, spoilers).

Arthur Morgan y El Mandaloriano. Dos mundos distintos. A universos de distancia. Uno protagoniza un videojuego (¡y qué videojuego!); el otro, una serie de una plataforma digital de vídeo (y no cualquiera, sino Disney +). Ambos son hombres salvajes, violentos, que han matado a muchas personas sin importarles, solo por el fin que les mueve, que consideran lícito. Viven al borde del abismo. Son hombres de frontera. Allí la ley y el caos se confunden en una batalla de la que ninguno de los dos puede escapar, como no podía el ángel escapar de Jacob en Penuel (y viceversa).

Curiosamente también, ambos protagonizan un western, solo que en cada caso el Lejano Oeste está en una latitud y una longitud muy diferente. Y ambos comparten otros rasgos: son sobrios y desconfiados, lo han sacrificado todo a su fin, disparan antes de preguntar, y se sienten parte de una comunidad: para Arthur es su banda de forajidos; para El Mandaloriano, su clan, su tribu.

Esta pertenencia es su único amarre con la sociedad, un ente al que consideran un enemigo, su auténtica némesis, siendo las ciudades su fortaleza infernal, lugares diabólicos y alienantes a los que han jurado eterno odio. Pero fuera de su comunidad protectora y protegida (con la que, por otra parte, la conexión no deja de ser muy peculiar y llena de dualismo), todo el mundo es extraño y ajeno a ellos; la violencia es su lenguaje, y la muerte, su legado. Ambos son, en el peor de los sentidos, bestias, más que hombres. Los demás los temen. Con razón.

Por otro lado, hay una coincidencia muy sobresaliente más: ambos fueron adoptados por esta comunidad a la que guardan lealtad, siendo muy niños. Esa comunidad de personas fuera de la ley, de hombres y mujeres enfrentados al resto de la humanidad y que tienen su propio código de conducta, los encontró huérfanos y desvalidos, y los acogió, los alimentó, los crió, los educó y los convirtió en uno de los suyos. De hecho, no uno cualquiera, sino que ambos son especímenes extraordinarios, si se me permite: pistoleros legendarios, temidos por enemigos, implacables, perseguidos a muerte, y que precisamente por eso no pueden permitirse dejar cabos sueltos ni tener amigos.

La sociedad los detesta. Son bestias sangrientas, siempre hambrientas de nuevas presas. Morgan es el tipo duro de una banda de forajidos que se aferra a una vieja forma de vida, libre, donde cada hombre se labra su destino encarando a la muerte en cada lance, con el atrevimiento de los conquistadores, con la locura de los desesperados. El Mandaloriano es el mejor cazarrecompensas de la galaxia, y no se detiene ante nada; no hace preguntas, no muestra su rostro, no permite confianzas ni promete lealtades.

Por hay mucha desesperación en ellos. Desesperación, amargura y soledad.

Ambos comienzan, sin quererlo, un arco de redención. Y es el amor lo que los redime.

«The Mandalorian» es mucho más parca en palabras y explicaciones que el videojuego, por su propio formato y la reducida duración de los capítulos. Y nos cuenta el arco del personaje de una forma mucho más visual y gestual, e incluso simplemente presentándonos la sencillez de las decisiones que el personaje principal toma, dejando a nuestro entendimiento la interpretación de los mismos.

En Morgan también hay imágenes descriptivas y decisiones, de hecho muchas más, pero el videojuego dura como poco unas cuarenta horas, de modo que es lógico que se introduzcan más variables. Incluso aquí comprobamos por nosotros mismos el descenso a los infiernos del personaje, y acrecentamos su condición de condenado y de asesino, porque lo manejamos nosotros y tomamos las decisiones concretas. Pero el juego nos ofrece varias claves para entender el proceso de redención de Arthur.

«Hay un buen hombre en ti, Arthur, solo que está luchando contra un gigante», le dice una mujer a Arthur Morgan en un momento de la trama dramática de Red Dead Redemption 2. Y tiene mucho sentido, porque en este punto Arthur ya ha comenzado su viaje hacia la redención personal.

En otra conversación trascendental en la narrativa, Arthur conversa con una monja, y le reconoce que tiene miedo, y ella le responde: «No hay nada que temer […] Solo tienes que creer que el amor existe y hacer un acto de amor».

En ese momento, Arthur ya intuye que está muy enfermo y que no tiene remedio. Su muerte está próxima. En un destino paralelo en el que se ve envuelto, su banda también está a punto de ser destruida, aunque todavía no lo sabe. Pero todos intuyen que van hacia el abismo.

Este es el momento en que Arthur toma la decisión que salvará su alma y que tendrá efectos sobre los demás personajes: comprende quién es, a quién ama y adónde le lleva su propio camino. Consciente de que para él ya no hay tiempo de empezar una nueva vida en la civilización, decide entregarse por su amigo John Marston y por su familia, en un final épico y brutal, en el que este servidor reconoce que lloró. «Eres un buen hombre», le decía Abigail. «Eres mi hermano», le dijo Marston. Al final, solo te queda la sensación de que Arthur lo había logrado: había llegado a la redención por el amor. Había tomado la decisión correcta.

El Mandaloriano no le va a la zaga. Aquí no tenemos todavía el final de su historia, aunque me atrevo a predecir que, como no puede ser de otra forma, dará su vida por ese pequeño bebé que lo ha cambiado de arriba abajo.

Se trata de un hombre impasible, que caza a quien le ordenen cazar, un guerrero implacable, hecho de acero, como su armadura, que no teme a nada ni a nadie, y tras el cual se aprecia un reguero de cadáveres. En cierta forma, también él es un «outlaw», un forajido, un hombre al margen de la civilización, que tiene sus propias reglas, como la de no quitarse nunca el casco, pero para quien los demás no son sino ese infierno del que Sartre habló. Su alma no se ve, pero también es de acero. Como su armadura. Es un hombre que es todo armadura. Diríase que solo armadura.

Pero también él se topa con la muerte, a la que decía no temer, y sobre todo se topa con el amor. Violando sus propias reglas, lo más sagrado para él, pasa de asesino a protector, y de simple mercenario a padre. A partir de ese momento, el mundo, que carecía de todo sentido para él más que como opositor, como rival y campo de lucha, se convierte en una parte más de su ser. Deja atrás todo, sacrifica su seguridad, su trabajo, su vida entera, para proteger a ese niño, y entre los dos se crea una relación de afecto que se va fortaleciendo y que contribuye a redimir el alma dura y ciega del cazarrecompensas.

El Mandaloriano morirá para salvar la vida al niño. Todos lo sabemos. Incluso él. Quizás eso sea lo que ha aceptado en el fondo de su alma. Quizás por eso, en el último capítulo de la primera temporada, le vemos por fin a él tal cual es, sin su casco. Y está destrozado. No vemos a alguien hermoso y poderoso, sino a un ser a punto de morir y desvalido, tan normal como los demás, incluso feo, herido, pues los golpes han hecho mella en él. Este hombre que pide «morir como un guerrero», sobrevive al fin, pero todos sabemos y él sabe que será para dar la vida en otra ocasión. Porque el arco de redención ya ha comenzado. Comenzó cuando se convirtió en el padre de aquel huérfano. Cuando lo salvó por primera vez y él alargó su manita para recibirlo en su vida.

El amor ha redimido a las dos bestias. Las ha convertido, de asesinos, en protectores. El amor ha vuelto del revés sus vidas, visitándolos en el momento más crítico y oportuno, dándoles una última oportunidad para redimirse de tanta muerte y destrucción. Lo excepcional de estos dos personajes, de estos dos seres imaginarios que tienen, sin embargo, su reflejo en muchos seres reales, es que ellos tuvieron la oportunidad y la aprovecharon. Tenían miedo, pero la aprovecharon. Otro muchos la tienen, pero la dejan pasar. A muchos es el miedo el que los paraliza. Porque amor y miedo son enemigos.

Arthur Morgan y Din Jarin son las caras de estos héroes ficticios que han completado su propio arco de redención a través del amor y el sacrificio personal, estos dos mesías modernos que el arte (porque arte son tanto el videojuego como la serie televisiva) nos presenta como modelos de conducta y como leyendas modernas que transmitan los valores de nuestra civilización. Una civilización a veces caótica, salvaje, sangrienta, pero también una civilización que cree que el amor aún existe y que no hay nada de qué tener miedo cuando uno ama.

Deja un comentario