Las mil islas

La imaginación es la más rica de nuestras posesiones. Sus réditos son interminables, inagotables, renovables. La de un escritor, además, crea continuamente nuevas vías de comunicación con sus lectores. Para vosotros, mis queridos «blectores», hoy quiero compartir con vosotros un extracto de otras de mis novelas inconclusas, que será una de las que primero pondré por escrito completamente cuando termine la escritura y publicación de La Canción Eterna. Yo la he titulado «Las mil islas». Lo que viene a continuación es solo un esbozo, un pellizco de un capítulo central. Espero, sin embargo, que despierte vuestro interés. Ya veis que me gusta bastante el mar y todo lo que sucede a su alrededor. Creo que mi sueño sería vivir en una casita cerca del mar, escribiendo todos los días al amanecer, y paseando por la playa en mis ratos libres. Desde aquí digo ya que, si alguien quiere regalarme esa casita de mis sueños, me veré obligado a aceptar. Añado, sobre el texto, que, tangencialmente, forma parte del universo de «La canción eterna», pues se sitúa en ese mundo onírico que denomino Somnia y que es el decorado y el escenario de las aventuras de mis personajes más elaborados. Sin más, espero que os guste este extracto de «Las mil islas», mi novela de sueños marítimos, amor, piratería y engaños.

«Los echaba de menos. Había noches que se despertaba en mitad de la oscuridad y pensaba en ellos. Se sentaba en el suelo, avivaba el fuego si quedaban rescoldos y miraba las estrellas durante horas, recordando cada detalle, cada gesto, cada acontecimiento. No quería olvidar. Quería que los recuerdos permanecieran en su memoria durante toda su vida. Sabía que la mente humana funciona a base de repeticiones, porque su maestro le hacía declamar una y otra vez los mismos textos, o reproducir sin descanso la lista de héroes y reyes antiguos, hasta que sus nombres bailaban dentro de su cabeza como luces saltarinas que componían una extraña música, repetitiva y obsesiva. Por eso, volvía cada noche a las mismas caras, a las mismas palabras, a los mismos actos, y procuraba actualizarlos ante su mirada interior, para que sus perfiles y pormenores no se difuminaran, para que sus fragmentos no se desvanecieran. Aun así, cada noche le costaba más concentrarse. Era como si el mero paso del tiempo se convirtiera en la tierra que los enterradores arrojan sobre los cadáveres; palada a palada, la forma del cuerpo se van confundiendo con el barro y el polvo, hasta que sólo se veía el bulto: más tarde, sólo quedaba la imagen lejana y efímera en la memoria. Y al final, nada, ni rastro ni imagen ni recuerdo.

En esas horas oscuras en que el mundo dormía y Nora descansaba a su lado, junto al fuego, bajo sus capas de viaje, le parecía increíble que hubiera pasado toda su vida sin dar importancia a cada día vivido; y que ahora le resultaran tan valiosos cada uno de esos días que se habían escapado sin dejar nada a su paso, como el polvo que se disipa en la brisa. “Ojalá hubiera vivido más, ojalá hubiera aprovechado más, ojalá hubiera amado más”, se decía. Pero luego llegaba la triste realidad que había que aceptar, y se objetaba a sí mismo que el hombre está hecho para pasar y desaparecer; y que miles de millones de seres antes que él habían sentido, de una u otra forma, las mismas cosas, y en cambio ya no eran nada; habían llegado, habían estado un tiempo sobre el mundo y se habían ido sin que pudieran rememorarse siquiera sus grandes gestas (¡cuánto menos sus simples nombres de mortales!). Lo mismo habría de sucederle a él. Quizás, después de todo, lo que le acontecía no era tan importante. Quizás sólo podía preocuparse por sobrevivir un día y hacer Nora también sobreviviera. Eso es lo que terminaba por ordenarse a sí mismo: sobrevivir. Sobrevivir y, si tenía alguna vez la oportunidad, vengarse.

En estas meditaciones se le pasaban las horas y los días, y se le morían los recuerdos que tanto queria conservar. Cierto día, descubrió que no era capaz de evocar con total nitidez el rostro de su madre; aquel rostro que había amado tanto y que había tenido tan cerca miles de veces, que había besado, que había adorado, que había sonreído y contemplado con éxtasis… Aquel rostro que fue su rostro durante nueve meses. Se estaba alejando, se estaba extraviando, se estaba disolviendo en la bruma. Tuvo miedo de estar perdiéndola definitivamente. Entonces lloró tanto y tan alto que Nora se despertó. Ella no le dijo nada, sólo lo abrazó con más fuerza y lloraron juntos, hasta que se durmieron de nuevo por puro cansancio. Para aquellos dos jóvenes delgados, desnutridos y extraviados, la noche era el único momento de verdadera realidad. Si siempre hubiera sido de noche, habrían encontrado una paz que el sol les negaba.

Una mañana, cansados, hambrientos, abatidos, su caballo los llevó con calma sobre la cumbre de una colina, por un sendero recto y pavimentado. Sorprendidos, contemplaron desde allí, a lo lejos, tras un bosque fragmentario de palmeras que recorría el horizonte de parte a parte, la fina línea de agua que anunciaba el océano. Una brisa húmeda y salada les acarició el rostro como una bienvenida afectuosa. Un nuevo ánimo les inundó el alma. Después de todo lo que habían pasado, después de todas las tierras que habían visto, después de tanto miedo y soledad… después de la aventura más terrible de sus vidas, habían llegado al menos hasta la costa más al este, persiguiendo siempre la luz mortecina del atardecer, huyendo del nacimiento del sol y siguiendo los pasos de la noche, agarrados a los flecos de su manto como niños que pidieran a gritos alimento a una madre esquiva.

– Estamos cerca de casa –murmuró Gabriel. –Hace mucho que no huelo el mar. Ahora me parece un olor maravilloso. Nunca debería haberme alejado del mar.

– Yo nunca he visto el mar –comentó la niña. -¿Es grande? Quiero verlo.

– ¡Oh sí, es inmenso, y muy profundo! Nadie puede llegar hasta el fondo en ciertos lugares. Y está lleno de peligros, animales grandes como nunca habrás visto ninguno, algunos de ellos devoradores de hombres. Pero no tengas miedo: te enseñaré a nadar y además navegaremos en algún buen barco que vaya a mi hogar, a las Mil Islas, el lugar más fascinante y hermoso del universo. Allí el verano es eterno, siempre hace calor, aunque llueve bastante; la gente es buena y acogedora, y las playas son preciosas e infinitas. El agua es clara y transparente como la luz del sol, y a veces el fondo, cuando el agua no es profunda, brilla con mil colores como si estuviera cubierto de miles de joyas de muchos tipos diferentes. Yo te mostraré los lugares más seguros para jugar y nadar en el agua, y te llevaré a las mejores playas, y juntos iremos de una isla a otra con nuestra canoa, jugando a ser aventureros. Allí nadie te hará daño. Yo te protegeré, te lo prometo».

Deja un comentario