¿Estás seguro de que quieres leerme?

HE AQUÍ EL COMIENZO DE UN LIBRO QUE QUIZÁS NUNCA PUBLIQUE (O SÍ), ESCRITO CASI A MEDIAS. LA HISTORIA RETROSPECTIVA DE UN PRINGADO QUE COLECCIONA DESASTRES EN SU VIDA Y QUE NO ESTÁ A LA ALTURA DE SU LINAJE FAMILIAR. ¿QUÉ OS PARECE? ALGÚN DÍA OS CONTARÉ EL FINAL.

Cierra el libro. Te lo digo en serio. ¿Quieres que te cuente una buena historia? ¿Has venido por ti mismo a este relato o porque otros te lo han dicho? Seguramente ahora estás pensando que ha sido un error gastarte tu preciado dinero en este volumen, en lugar de invertirlo en una hamburguesa grasienta y una bebida azucarada. ¡Cojonudo! Devuélvelo a la librería y que te den tu dinero. Vete a la hamburguesería y cómete a mi salud la hamburguesa más gruesa que haya. Y disfrútala. Es mejor que leer este libro. Aquí no hay buenas historias para ti. Tan solo la historia de mi vida, tan fea y desagradable como la tuya. ¿Para qué leerlo? Olvídate de este desgraciado libro. Abandónalo en cualquier rincón oscuro, véndelo, regálalo a una biblioteca a la que no vaya nadie o tíralo a la basura. Es lo mejor que puedes hacer. No es para ti. Es para otros más fuertes, más sabios, más grandes. No estás preparado. Yo tampoco lo estoy. Ni siquiera sé por qué te cuento todo esto.

¡Déjalo ya!

¿Sigues? Es tu problema… No digas que no te avisé. Porque lo que aquí se tratará es el pliego de cargos de una vida cargada de cadenas que prometía glorias y acabó por el barro. Y de paso se llevó a otros a la tumba.

Soplo el cuerno por última vez: si traspasas este umbral, puede que te arrepientas…

Bécquer Eire.

Mis apellidos.

Tengo una vida de mierda, un nombre que prefiero callar y unos apellidos que evocan historias que me suenan a chino y a rancio. Esa sucesión de palabras no es más que una conjunción bastarda y fascicular de dos naturalezas que compraron el billete de su vida en la estación de la estupidez, hacia la terminal de la insignificancia. Pero me dejaron la herencia de los Bécquer menores, una rama invisible y arrinconada de los Bécquer, con algo de andaluces y de señoritos, pero con menos dinero y con nada de historia. Me une al gran poeta el apellido y creo que también la melancolía y la mala suerte (o algún hechizo burlón) con las mujeres. Tampoco tengo su bondad varonil, aunque sí heredé algo de su gusto por la poesía desgarrada. Quizás ésta sea la razón por la que he comenzado estás líneas, aunque añadiendo una pizca de casticismo y desesperación de mi propio cuño. Dejadme que os cuente.

Antes de hablar sobre el viaje de mi vida, haré como los clásicos: comenzaré mi disertación filosofando sobre mi existencia. Y si te aburres, lárgate; aunque te perderás la chicha sanguinolenta de más adelante. Porque ésta es, en esencia, la triste autobiografía de mis sentimientos. No sé si será un género literario o si este libro dormirá el sueño de los justos en algún archivo, hasta que alguien lo borre sin querer o el paso del tiempo lo destruya. Ni siquiera estoy seguro de que sea la historia de mi vida. En realidad, no pretendo que sea así. Más bien es la historia de los latidos de mi corazón y las lluvias que lo han ahogado, los terremotos que lo han enterrado y los fuegos que lo han incendiado.

Cuando un hombre ya no tiene más que pasado, suele entrarle el deseo de escribir su historia. En ese momento, cualquier hombre con sabiduría se daría cuenta de que poco o nada le resta por vivir, y la misma sensación de la tristeza, el fracaso y el fin próximo le sumirían en la total indiferencia. No sería capaz de escribir libro alguno. Ningún pesado volumen vería la luz en tal estado del alma. No habría confesiones ni memorias ni recuerdos ni autobiografías. Un hombre así, que fuera inteligente y estuviera iluminado por la simple e insensible estrella de la filosofía, comprendería que su vida llega inexorablemente a su ocaso definitivo y, en lugar de verter sobre las impávidas hojas todos sus pensamientos, se dedicaría a prepararse para la muerte. A lo sumo, daría al futuro los versos desapasionados de su sapiencia ancestral.

No es mi caso. Ni tengo la edad ni me gustan los tratados estoicos; la vida hay que vivirla y morirla con pasión. Yo soy un hombre en la mitad de la misma, de lo que habitualmente se considera esperanza de vida en el occidente moderno, este conglomerado de países, culturas, lenguas, constituciones, tradiciones, religiones y contextos, que se sitúa, según general acuerdo, al oeste de los montes Urales, que incluyen las naciones situadas al este del Pacífico, y que comparten entre sí no pocas cualidades, técnicas, principios, normas y perspectivas. Una de ellas es, sin duda, la veneración por la ciencia, en especial por aquellas disciplinas de la misma que tienen que ver con la conservación de la vida y la manipulación de las fuerzas de la naturaleza, entre las que hay que contar, por supuesto, la medicina, la ingeniería y la física. Materias todas ellas que han permitido y hasta provocado que un hombre pueda hoy desayunar en Estambul, acudir a una reunión de mediodía en Múnich, hablar con su médico, su abogado, su banquero, su agente de seguros y su funerario de camino a París, para terminar cenando en Nueva York, mientras en tiempo real conoce las noticias más relevantes sucedidas en el resto del mundo.

Esta ciencia médica de la que hablo calcula, en el año en que nos hallamos, la esperanza de vida media de un hombre occidental en unos 80 años; por consiguiente, a mis cincuenta me hallo en algo más que en la mitad de la escalera que conduce a la tumba. Ya desde aquí veo los contornos, la forma, el color, y hasta el acabado de mi féretro. Sin embargo, largo trecho resta, si en esto me sumo a la media. No es tiempo de lamentos apocados, sino de rabia. Porque rabia es lo único que tengo hoy. Soy un enfermo. Y si te muerdo, te contagiaré mi infección.

¿Quieres sabes lo que se siente? Pues sígueme: vas a entrar en mi mundo, desde el que podrás ver los ojos de la ira y del odio todo lo que crees seguro y bondadoso en el mundo. Y quizás al final de esta historia, también tú seas, como yo, una bestia más. Un caníbal de tu propia felicidad. Un asesino de tu propia alma, por no asesinar los cuerpos ajenos.

2 comentarios en “¿Estás seguro de que quieres leerme?

Deja un comentario