MEDIA HORA (relato breve)

Buenas noches, amigos. Noche de domingo, y muchos pasamos estas últimas horas del fin de semana, quizás antes de apagar la luz y echarnos a dormir, con un libro entre las manos, o leyendo en la tablet o en el móvil. Espero que este relato mío os acompañe en tan sagrado momento, que os ofrezco con todo el cariño en esta noche. Es un relato que presenté a un certamen el pasado verano, y que a nadie le pareció interesante. Más aún: siendo yo vecino del pueblo donde se celebró el certamen literario, el jurado declaró que no se había presentado ningún relato de un autor local; lo que demuestra que el relato es tan malo que no mereció siquiera ser leído por los miembros del jurado. Pero yo, con esa esperanza infantil de quienes pensamos que hasta las peores cosas pueden tener algo positivo, os lo regalo en esta noche esperando que os haga pasar, como mucho, media hora de ligera lectura. Buenas noches a todos, y que descanséis.

MEDIA HORA

Casi fue una estupidez lo que hicimos.

Nunca media hora me “media-tizó” tanto… En cierta forma, me “mediahorizó”.

Todo empezó una tarde de primavera. Yo era nuevo en mi trabajo. Unas semanas antes, había sido despedido en una de esas grandes superficies donde venden desde gomas de borrar hasta casas prefabricadas. Ya sabéis: sitios donde puedes encontrar bombillas de mil tipos y colores diferentes, pero todas tan caras que no puedes permitirte más que soñar con tener el baño iluminado por una luz roja, como has soñado tantas otras veces, en tus noches de borrachera, con una lámpara que pareciera un dragón y que, cuando se encendiera, expulsara un haz de luz hacia el suelo, como un chorro de fuego. Pero luego me contrataron en una gran oficina dedicada a la contabilidad de otras grandes empresas, como aquella que me había despedido. ¡Qué irónico!, pensé. Pero acepté. El ambiente de trabajo era regularmente aceptable pero el reparto de esfuerzos desequilibrado, como en todas las grandes empresas; había gente que se ganaba su sueldo y gente que cobraba por nada. Incluso había la típica calientabraguetas que tonteaba con los jefes y que, al poco tiempo, ascendió; y no la volvimos a ver.

Todo empezó en la terraza de un bar. No tenía confianza todavía con mis compañeros y no me atreví a pedir a ninguno que me acompañara a tomar un café a media tarde. Solo coincidía con la gran mayoría de ellos en el comedor de personal, donde se criticaba a los jefes y a los pelotas, pero sin que ninguno nos atreviéramos a mover un solo dedo para cambiar nuestra situación; donde los solteros solían contar sus hazañas sexuales (reales o imaginarias), en un amago de despertar envidia en el resto de compañeros, y donde se hacían chistes y había miradas lujuriosas cada vez que alguna compañera abandonaba la sala. Aquella tarde necesitaba despejarme, descansar la mente; me ardían las pupilas, estaba harto de contabilizar facturas, revisar recibos y puntear listados, y mi ordenador también estaba ardiendo. En cuanto revisé el último saldo, guardé el trabajo e hice una copia de seguridad, cerré todas las pestañas y los programas, di media vuelta en mi sillón giratorio y me levanté. Había asientos vacíos, no era el único que se moría por sentir un poco de fresco en la cara. Saqué de la taquilla mi cazadora y me la puse, porque todavía hacía frío cuando a la sombra soplaba el aire. Bajé fumando los escalones del piso, decidido a pasarme por el arco de la derrota las normas. Nuestra empresa era propietaria del edificio, un edificio rehabilitado en pleno centro histórico, en la zona más cara de la ciudad. En él se podían hallar despachos de abogados y asesorías, los cuales estaban al máximo rendimiento por estar en plena etapa tributaria. Crucé la calle, a paso rápido, y me dirigí a la terraza de una cafetería. Me envolvía el olor a café. Todas las mesas de la terraza estaban ocupadas, así que me dejé caer en una silla del interior, deseando que aquel café que me iba a tomar fuese como las espinacas para Popeye y me diera fuerzas para pasar cuanto antes la tarde.

Me hundí en la autocompasión, donde encontraba cierto placer culpable. Era como robar chicles en una caseta de playa. No servía para nada, pero por lo menos me permitía anotarme una pequeña victoria contra la vida. ¿Quién era mi enemigo? No lo sabía, pero tenía la sensación de alguien me tenía hundido en el fango. Autocompadecerme era como resistirme a la humillación. Perdonándome, me negaba a dar a la razón al destino, fuera lo que fuese.

Todo empezó con un café. Solo, para más detalles. Lo pedí con hielo, y con hielo me lo dieron. Con un hielo, dicho con exactitud. Quizás tendría que haberlo pedido con hielos. Es lo que tiene ser idiota, supongo, que es lo que era el camarero que me atendió. Idiota o sordo, que para el caso es lo mismo; porque si no era idiota él, y resultaba simplemente sordo, entonces era idiota quien lo contrató. Me quedé con cara de haber visto una araña saltarme sobre la camisa nueva cuando vi aquel hielo escuálido, arrepentido, odiador de sus semejantes, nadando a duras penas en mi café caliente, derritiéndose a la misma velocidad en que se gasta un sueldo a principios de mes. Y cuando ya no quedó nada de él, triste y melancólico, deseé que el camarero tuviera un mal encuentro con algún baldosín con ínfulas de ser vivo y diera con la bandeja, las rodillas y los morros en el suelo grasiento del bar; y si fuera con un hielo, mejor. Pero no pasó.

Mi hielo y yo nos hundimos en nuestros respectivos océanos negros.

Todo empezó cuando llegaron los zapatos de tacón más silenciosos que jamás he oído. Fue lo primero que vi de ella. Estaba yo dedicando al suelo mis confesiones, a la par que a mi viejo móvil, roto por todas partes, cuando me fijé en unos zapatos de algún color indefinido que se acababan de detener junto a mi mesa. Levanté entonces los ojos sin apartarlos del móvil (ya os enseñaré algún día cómo se hace este truco, que puede que patente algún día), y vi a una joven que me sonaba de la oficina. Era la nueva ayudante de mi jefe. Look minimalista y aséptico, a juego con la decoración de la oficina donde trabajábamos, pelo recogido, gafas de pasta, iPhone de última generación, y una sonrisa intachable. La voz de una niña bien y esa pastosidad en las formas que hace que una mujer resulte irresistible y al mismo tiempo infantil. Me saludó, dije algo incomprensible y luego me moví como un elefante en una cristalería entre las sillas hasta que logré hacerle un hueco para sentarse a mi lado. No sé por qué lo hice. Ella no pareció muy convencida; probablemente solo deseaba hacerme saber que me había reconocido, pero mi gesto la obligó cortésmente a compartir conmigo el café sin hielo presente, con hielo pasado, que el afortunado y no bien recordado camarero había dejado sobre la mesa de metal. Ella pidió lo mismo y la conversación avanzó con timidez. Pedí otro café, esta vez con más hielo que el anterior. No podía centrarme en una conversación teniendo delante de mí un vaso de cristal transparente con un resto de agua de color escatológico.

Todo se había desatado. Supe enseguida que aquello podía terminar bien. O casi… Nos enredamos en unas risas estúpidas, señal de que había química. Y cuando nos quisimos dar cuenta, el descanso para el café había vencido, habíamos ejercido nuestro derecho abusivamente y nos levantamos con presteza por si se tomaban acciones contra nuestras pobres personas necesitadas del prístino salario que nos permitía llegar al día cinco de cada mes como ciudadanos decentes. Pero nada sucedió. Se ve que había actuado la sabia y sacrosanta institución de la desuetudo.

Regresé más emocionado de la cuenta a mi puesto, que me había parecido hasta entonces tan patético, repelente, enojoso e incómodo. Aquel día tenía un aire protector, un color apacible, una acogedora textura. Me senté con la sonrisa de quien acaba de tomar el postre antes que el primer plato, mirando continuamente a mi alrededor, extrañándome de que nadie me notase la sonrisa bobalicona, y escudriñando el pasillo a todas horas, por si ella pasaba, por si ella venía.

Había sido la mejor media hora de los últimos años. No me di cuenta hasta que se terminó. Entonces advertí que acababa de pasar de la luz a la penumbra, aunque el recuerdo y el calor de la luz todavía reposara en mi piel y perdurara su caricia. Entonces caí en la cuenta también de que se me había pasado de un plumazo el mal humor con que me había levantado, y que de pronto las formas del mundo se habían vuelto menos punzantes, menos amenazadoras. Incluso sentía ganas de volver al día siguiente al mismo puesto, a la misma oficina, al mismo trabajo. Incluso al mismo bar. Y no me indignó, puesto que al fin y al cabo era allí donde la había visto por primera vez; y la asociación de su sonrisa y aquel sitio era beneficiosa para este último término, del mismo modo que la mezcla de un alimento sazonado y otro insípido hace que éste gane algo de gusto.

Todo empezó, pues, a cambiar sin sutileza alguna. Ayudó que, a los dos días, tras la espera más larga de todos los tiempos, siglos enteros, milenios, millones de años en que mi adicto corazón agonizó sobre el borde del abismo, volviéramos a vernos durante esa santa media hora. Y al día siguiente, y al día siguiente… Muchas medias horas que colmaron de infinitos resplandores una efímera sensación de acabamiento, sintetizada, convertida, renombrada, transustanciada ahora en la inestable alegría del compartir con otro ser una ínfima porción del devenir del universo, y sentirse no ya uno solo, abandonado en la inmensidad del espacio, en la inabarcable indefinición del tiempo, sino un todo completo con algo que antes faltaba y que solo como ausencia se sentía, precisamente cuando lo encontramos, sin saber muy bien cómo llamarlo ni imaginar su rostro. Todo cambió. Aquella media hora me había trasladado de un universo a otro paralelo, pero en sentido contrario, como dos autopistas del todo.

Pasaron dos semanas. Iba a invitarla a cenar conmigo. Creía que ya había llegado el momento. Ya habíamos conversado lo suficiente en el trabajo. ¿Por qué no vernos fuera? ¿Por qué no conocernos lejos de aquel lugar y ver si realmente éramos compatibles?  No era yo de los que se lanzan con facilidad, como se ha podido comprobar; siempre me han faltado arrestos para poner las cosas en su sitio a las primeras de cambio, y las manos en el culo en la primera cita. No reflexiono demasiado para no agobiarme, pero la verdad es que me lo pienso demasiado. No me gusta beber, y bebo por obligación; pero cuando bebo no brota mi yo desinhibido, sino un monstruo durmiente. Así que no suelo conquistar pronto ni fácil. De hecho, nunca conquisté a nadie, que recuerde.

Pero aquella noche fuimos a cenar. Habíamos quedado en su casa. La recogí tras esperar media hora a que me abriera. Llegué a imaginar que se había quedado dormida o que no estaba en casa. Finalmente, me abrió.

– Estaba duchándome y no escuché tus llamadas ni el telefonillo -me confesó.

Lucía radiante. Con un vestido cortado en diagonal que dejaba a la vista parte de su muslo derecho, de color rosa pálido, con tirantes y un incipiente escote que destacaba la redondez de su pecho. Llevaba el pelo suelto. Andaba sobre unos tacones de vértigo. Un bolso diminuto de color también rosa, casi del tamaño de una cartera, guardaba todas sus cosas.

– ¿Dónde vamos? – nos preguntamos, y el mismo gesto divertido se pintó en nuestros rostros.

– Venga, deja que el viento nos lleve donde quiera -dijo ella, con picardía.

Conduje y conduje, mientras hablábamos de tonterías y nos reíamos como estúpidos. Al final, después de media hora, terminamos pidiendo copas y ensaladas en una terraza situada en lo alto de una colina, con la vieja ciudad al fondo, enfrente, y la luz de la tarde reflejándose en el agua del río como un puente de colores. Sonaba música en los altavoces. Y nosotros nos fuimos animando, hasta que terminamos bailando en medio de las mesas, divirtiendo a los otros clientes, molestando a los camareros, haciendo cabriolas para no empujar las mesas y tirar las copas de los demás, sujetándonos por las cinturas, por los hombros, por las piernas, abrazándonos en un éxtasis alcohólico teñido del rojo del atardecer y la emoción de lo desconocido.

Y terminamos en el baño del bar, apretados, encajonados, porque apenas cabíamos, besándonos, cagados de miedo por si nos pillaban, excitados por encima de cualquier imaginación, borrachos de locura, sudor y alcohol, intentando estúpidamente hacer el amor en lo que creíamos un silencio sepulcral. Creo que a ella se le rasgó una parte del vestido, y que es posible que a mí se me manchara toda la camisa del carmín de sus labios. Pero sobre todo creo que no fuimos precisamente silenciosos, porque al regresar a nuestra mesa, la primera junto a la puerta que daba al interior del bar, todos nos miraron con esa sonrisa mezcla de burla y complicidad tan característica de quien sabe lo que ha sucedido, lo reprueba en público y lo envidia en privado.

A mí no me importó. Estaba en una nube. Era feliz.

Durante al menos media hora, fui feliz.

Luego un ruido cualquiera me despisto, y la magia se esfumó. Todo se disipó entre las nubes negras que en el horizonte se adivinaban. Intenté recobrar el aliento, volver a imaginarme la escena, percibir las formas, dejarme llevar por el torrente de mi imaginación, ahogarme en la historia hasta perder la respiración. Pero no lo logré. Tuve que volver a la tierra, pedir la cuenta, dejar de mirar a aquella pareja tan acaramelada que me había servido de inspiración, cerrar el ordenador, y prometerme que terminaría aquella historia en casa, aquella noche o cualquier otra noche, si alguna vez volvía a tener ganas de escribir sobre el amor, sobre la soledad y sobre la risa más pura y desinhibida, que es la de los borrachos. Me daba rabia, porque últimamente no había alcanzado aquel nivel de concentración; era como un impotente pero de la imaginación. Había perdido el vigor, la energía, la resistencia, incluso la ilusión; ya no era capaz de soñar con los ojos abiertos. ¿Por qué? Quizás por la misma razón por la que soy incapaz de terminar lo que empiezo: la sensación de que estoy vacío, de que me he agotado, de que no guardo valor dentro, que lo di todo y que nada recibí. Di mis obras al mundo, y el mundo me respondió con indiferencia. Soy un escritor rendido.

Por cierto, ella se llama Juliana. Aún vive en mi mente… Aún tengo pendiente terminar ese libro. Quizás, cuando deje de quejarme y me centre un poco. Pero no será cosa de media hora.

Deja un comentario