Este es el camino

«The Mandalorian» (Disney+) ha llegado a mi vida. Me ha conmocionado. Pero lo mejor es que no solo me ha entretenido, sino que he aprendido de ella a nivel artístico e incluso a nivel personal. Voy a explicaros muy brevemente por qué

Partamos de mi convicción de que las cosas verdaderamente importantes que ocurren dentro del hombre son muy difíciles de transmitir, y mucho más difíciles aún de compartir. Cuanto más años cumplo, más convencido estoy de que en la interacción entre los seres humanos hay siempre una zona de penumbra o zona muerta que nunca nos comunicamos unos a otros, y que permanece oculta, y por tanto incomprendida por los demás. Quizás haya una razón epistemológica u ontológica para ello, pero puede que también operen otros motivos, como el desconocimiento de los recursos vastísimos del idioma, la soledad, la vergüenza, o las malas experiencias vitales. De vez en cuando, uno hace el intento de participar a los otros seres humanos de las corrientes interiores de candente lava o de los glaciares gélidos que recorren la propia alma, pero en tales confesiones, quizás excesivamente temerarias, uno espera que los demás detengan toda actividad y concentren su atención en esos remolinos que uno considera tan sustanciales en su sentir, aunque pudieran resultar tan solo temporales. Sin embargo, la gente no sabe escuchar y detener todo pensamiento y centrarse en el ser de otro abierto hasta la profundidad más delicada. Y en esas tristes circunstancias, uno se topa con cierta prisa, cuando no directa y cruelmente, con la indiferencia. Es entonces cuando la puerta se cierra del todo, acaso para siempre. Un corazón herido es el mayor enemigo de la confianza. A partir de ese momento, se vuelve incapaz de confiar; lo que significa que el pesar que crecía por dentro se acrecentará, y el consuelo posible se hará imposible. Y no es culpa de quien deja de confiar. Pero eso da igual.

La realidad es que no espero que me entendáis ni que compartáis mi forma de pensar. Me la trae un poco al pairo. Pero si queréis detener unos minutos el corretear de vuestros pies y hacer el silencio en vuestra mente, quizás os guste escuchar el eco de mis palabras en el viento. En la soledad de vuestro desierto. Dentro de vuestro casco, allí donde sois solo vosotros y nadie más; allí donde está vuestra inviolable identidad, esa que no reveláis a ningún otro ser vivo y que nadie ha visto jamás.

Esto es The Mandalorian. Un credo. Una fe. Unos principios de vida. Y una identidad que se considera sagrada, un nombre impronunciable, no por su dificultad, sino porque el nombre representa lo que el hombre es o lo que fue, lo que dejó atrás, y ahora solo es su credo y su acción. Al hombre se le conoce por sus actos, no por su aspecto, su nariz, sus ojos, su piel, su pelo o sus ojos. Todo eso es innecesario y hasta una barrera que impide conocer mejor a las personas. Por eso el mandaloriano no se quita el casco jamás, ni ninguno de sus hermanos en la fe. Su casco es su defensa, sí, pero también es su forma de destruir lo innecesario y atender a lo esencial. Solo los actos definen al hombre. Solo los actos. Este es el camino.

¡Qué lejos de la cultura moderna, donde todo es postureo y photoshop! La imagen es hoy el único lenguaje y la única medida de las personas, rebajándolas al mero carácter de publicaciones en una red social, y obviando todo lo demás. Ni siquiera se cree ya en el viejo adagio «tanto tienes, tanto vales». Hoy diríamos «tanto followers tienes, tanto vales»; y esos followers te siguen no por lo que eres, no por tus actos, sino por lo que aparentas, por tu imagen, por tu sonrisa, por tu cuerpo, por tu maquillaje o tu ropa; o incluso por la belleza de los paisajes o por el brillo de tus joyas o tu coche nuevo. Pero tus actos, tus verdaderos actos, siempre permanecen «bajo el casco», tras la máscara del personaje que aparentas ser.

Este es el camino. Es el lema de los mandalorianos. Y lo siguen a rajatabla. El camino les conduce siempre a la muerte. Y jamás se quitan el casco. Dan la vida por su comunidad cuando es atacada, y se forman y ejercen como guerreros, diestros en todo tipo de armas y luchas. Se dedican a perseguir bandidos y a lo que haga falta. Son mercenarios con un credo. Son monjes guerreros. Quizás sean los templarios de Star Wars… Son fanáticos, claro que sí, porque no puede hacer nada grande si no se cree totalmente en ello, y porque no se puede existir como credo sin cierto grado de fanatismo. El fanatismo, como casi todo en la vida, no es ni bueno ni malo; lo bueno o lo malo es el fin al que sirve ese fanatismo. Uno puede ser un fanático de los yogures, por ejemplo, o de Iron Maiden, y no parece que ninguna de las dos cosas sea motivo de desprecio o sea delito. Para los mandalorianos, su credo es su vida. Su casco, su identidad. Su fin, el honor. Su medio, el compromiso. Luchan y mueren sin hacer preguntas, sin pedir explicaciones. Porque no se las dan y porque ellos tampoco quieren darlas. No firman documentos, no se hacen fotos de dni, no buscan la satisfacción propia ni la fama que dan las artes, donde el autor es siempre el centro de la obra, y no al revés.

Uno de ellos se sale, sin embargo, del camino marcado. Lo hace por compasión. Lo hace por misericordia con un niño. Y resulta que al hacerlo pone en peligro a toda su comunidad. Pero su comunidad lo apoya, porque ese niño es su futuro, porque el honor no está por encima de la vida de un inocente, porque viven y mueren juntos. Al hacerlo así, la comunidad entera obtiene un honor aún mayor: servir a a la justicia por encima de sus intereses personales. Y el mandaloriano, ya en singular, como si él mismo representase a toda su comunidad, porque se ha hecho acreedor de toda su grandeza y respeto, y porque al final solo él sobrevivirá, por el mismo credo que violó al incumplir el contrato por el que vendió su «blaster», se convierte en el padre de ese niño; ha de protegerlo, cuidarlo, educarlo y darle un nombre, darle una identidad.

El mandaloriano y baby yoda

El mandaloriano apenas habla. Más bien actúa. Mantiene la calma cuando todos la pierden. Es frío. Mata sin aspavientos. Pero cuando mira al niño, no le ves la cara, pero adivinas sus ojos de dulzura. Los ves, si me entendéis. El niño tampoco habla. Pero actúa. ¡Vaya si actúa! Y si el mandaloriano se juega la vida para protegerlo, el niño tampoco se queda atrás. Surge así una relación recíproca de amor y defensa. Sin palabras, aunque con un entendimiento profundo. Los actos hablan. Los gestos hablan. Por eso, las personas que dicen que ellos no son de mostrar afecto se equivocan tanto: sin gestos, no hay relación humana. Dicen que ellos solo actúan; pero en realidad solo lo dicen, luego en realidad nunca actúan cuando deben. Los actos brillas por su ausencia. Las personas que de verdad actúan no suelen anunciar que van a actuar.

Me da un poco igual si os gusta lo que digo u os parece una perogrullada. Ya no escribo para los demás, al menos aquí. Escribo para mí. Yo soy mis actos, y mis actos son mis escritos, también, porque como escritor una gran parte de mi ser está canalizado a través de mis dedos y mi teclado. Si despreciáis lo que escribo, me despreciáis a mí. Si amáis lo que escribo, me amáis a mí.

La serie «The Mandalorian» es una serie de Disney+, de 8 episodios en su primera temporada, de unos 30-40 minutos cada uno, que nos narra las aventuras de «el mandaloriano», un cazarrecompensas que persigue a los delincuentes y que tendrá un encuentro con un ser muy especial, que transformará su vida. Es una historia del universo STAR WARS, y está dirigida por Jon Fabreau, como «showrunner». Creedme, os flipará. Como a mí. No es la historia tradicional de un héroe en problemas. Tiene un tono sobrio y a la vez violento, solitario, casi mudo en ocasiones, acompañado de una música estridente y fascinante, totémica, con toques ambientales y un aire solo lejano a la tradicional música orquestal de Star Wars, que os volverá locos. Y un arte conceptual rico, de corte cómic, absolutamente icónico.

He aprendido muchas cosas como narrador de historias. Su desarrollo lineal es brutal, elegante, sencillo y efectista. Los personajes tienen alma. Hay algunos momentos climáticos que no es fácil olvidar. Aunque a veces resulte previsible, esta característica es de alabar por su lógica interna y su coherencia. La historia no necesita sorprenderte todo el rato para llegarte dentro. Se te queda en la retina por su propia belleza.

La serie es como su protagonista: sobria, violenta, peligrosa y adorable. Os aseguro que me gustaría ser ese hombre. Os aseguro que me gustaría escribir esa historia.

Este es el camino. Ni más ni menos. Para Disney y para mí.

Para vosotros no sé. Quizá prefiráis el camino de los ladrones de basura o de los soldados imperiales, a los que no deja de perseguir una impresión de estupidez y egoísmo cateto.

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