El mundo se va por el sumidero

¿Cómo le explicas a un niño que no hay nada honroso en pasar horas delante del televisor viendo una de las famosas telebasuras que emiten algunas cadenas, y que es preferible entretenerse con las múltiples ocupaciones sanas que la alta cultura ofrece? Por ejemplo, la buena literatura.

Sinceramente, la imagen más gráfica que se me ocurre es ésta:

Este gran agujero está en Belice

La mente humana es así. Se ensimisma ante lo oscuro, lo negro, lo abisal, lo peligroso, lo mortecino, lo que puede hundirla, y desdeña la belleza tranquila y serena de otras cosas. ¿No veis en la imagen el pequeño barco que se asoma al borde de la sima? Pues ahí está la explicación…

Sin embargo, a todos les produce morbo asomarse, pero nadie quiere meterse hasta abajo. Les produce pánico. Así, todos quieren ver a unos cuantos jóvenes empastillados y descerebrados ponerse los cuernos unos a otros por cinco minutos de notoriedad y por cuatro monedas de níquel, pero nadie quiere que se lo hagan a él. Esto es la telebasura: la connivencia con la bajeza moral, que cada vez nos parece más interesante como espectadores, y que nos denigra como seres humanos, pero que nos aterra como participantes. Y es lógico que nos aterre. Lo que no tiene nada de lógico es que lo que no queremos para nosotros, lo queramos para otros. He ahí una de las cuestiones más tristes de hoy en día. La falta de empatía. La infamia. El egoísmo.

Pues bien, voy a hablar mal por una vez: el mundo se va por el puto sumidero, porque el vulgo, con tantas carreras pero con tan poca educación, prefiere el agujero, lo aprueba, lo promociona y lo contempla ensimismado y alucinado. Estoy hasta los cojones de que millones de gilipollas se sienten a ver como estúpidos la telebasura diaria, y luego mi blog tenga cinco o diez visitas al día como mucho. Y encima esos gilipollas se ofenden si les dices lo que son. ¡Pues que se ofendan! Total, no me van a leer si hablo bien de ellos. Así que les den por culo. Quizá, en el fondo, sea lo que se merecen, y no físicamente, porque puede que a alguno le guste.

¡A la mierda el mundo, al menos esa parte del mundo que desprecia las buenas novelas y se queda con los grandes hermanos, las islas de no sé qué y las mierdas de no sé cuánto! Al infierno quienes prefieren ver a dos estúpidos engañarse por diez duros manchados de vergüenza, que leer una gran historia envuelta en las galas más relumbrantes o sencillas, atávicas o sofisticadas, de nuestro idioma, o de cualquier otro, aunque normalmente esos pobres ni siquiera dominan bien su lengua, ¡cómo para saber otra!

En fin, bienvenidos los que quieren elevarse sobre esa bajeza moral y cultural. No hace falta ser licenciado para leer a Víctor Hugo o para leerme a mí, mucho peor escritor. No hace falta dinero siquiera, pues los libros están al alcance de todos. No hace falta pensar lo mismo, ni tener el mismo credo. Los buenos libros son para la humanidad entera. Bienvenidos a los que están dispuestos a mejorarse a sí mismos con las buenas lecturas, que exigen esfuerzo pero ofrecen una riqueza que no se queda en el papel, sino que llena a quienes los leen. Un buen libro, sea poesía, novela, filosofía, ensayo… puede enriquecer a su autor, pero siempre, siempre, enriquece mucho más a sus lectores, y lo hace sin pedir nada a cambio, y para toda la eternidad.

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