Noticia: próxima publicación de mi nueva novela.

Queridos amigos:

Dicen que los hombres no lloran, pero es mentira. Los hombres lloran. Lloramos. Y no siempre de tristeza…

Hoy quiero compartir con vosotros la noticia que recibí el pasado domingo, una noticia que me hizo llorar de alegría. Como sabéis los que me seguís de cerca, llevo mucho tiempo escribiendo un manuscrito que contiene una novela de fantasía épica, titulado La Canción Eterna. Mucho tiempo quizás no para un escritor, pero sí para la vida. Meses de corrección y escritura sobre una base que tiene ya años… y que aún no está terminada. De hecho, sigue creciendo cada día, lo mismo que crecen las cosas que tanto amamos y tememos perder… Por suerte, mi novela no morirá jamás. Y mucho menos ahora, que MI EDITORIAL ME HA CONFIRMADO QUE SE PUBLICARÁ MUY PRONTO, posiblemente en enero o febrero del año que viene. Podéis imaginar lo que eso ha significado para mí: algo en lo que he invertido tanto esfuerzo, tanto tiempo, tanta lucha, tantos sueños, y que, a pesar de mis inseguridades, de mis miedos, incluso de sus absurdas ilusiones, gusta a alguien más que no soy yo. Cuando me lo comunicaron, no pude sujetar las emociones, que brotaron como torrentes por mis ojos y palpitaron en mi suspiro. Y entonces el hombre que está detrás del escritor amateur, el chico que soñaba con escribir libros y contar historias que trascendieran su propia soledad y llegaran al mundo, se derrumbó y lloró; no porque hubiera perdido la batalla, sino porque la batalla que creía perdida la había ganado. Al menos la primera, y no siempre la más sencilla: la novela ha pasado el filtro de quien tiene que poner la pasta, que es al fin y al cabo la que manda, le ha hecho disfrutar y le ha encantado. «Acojonante», me dijo. Y nunca olvidaré esa palabra para definir mi novela. Acojonante. Ni yo mismo lo hubiera dicho mejor. Acojonante fue lo que sentí y lo que se me vino encima, al mismo tiempo un alivio y una responsabilidad. Acojonante que una historia escrita por mí, a través de una sucesión interminable e incontable de horas de estricta concentración e imaginación solipsista, pueda suponer para alguien un placer, pueda significar y componer un discreto amigo que lo acompañará durante sus horas muertas o sus días grises o sus largos viajes. Acojonante, lo repito. Entrar en esa larga (y sin embargo breve) lista de personas que, partiendo de lo más profundo de su silencio, han legado al mundo una obra de algo más de tres páginas de redacción de colegio y le han otorgado el don más increíble que un hombre puede entregar a su congéneres: su creatividad plasmada en una obra que lo sobrevivirá y que dejará de ser, desde el momento en que se cosifique, una mera derivación de su inventiva, para convertirse en un ser diferente, con voz y luz propias, con vida imperecedera, con la puerta siempre abierta, para quien, en cualquier futuro de cualquier lugar, se atreva a abrirla ante sus ojos.

Toledo en Navidad

Por tanto, ahí estamos: La Canción Eterna verá por primera vez la luz en las próximas semanas, se publicará bajo el sello de la Editorial Célebre, si todo va bien, y haremos la consabida presentación, esperando estar el año que viene en varios lugares renombrados, como Barcelona y/o Madrid. Estaréis todos invitados, por supuesto. Y desde ya os lanzo el órdago más importante de mi vida: comprad la novela como si no hubiera mañana, agotad la primera edición y bebed el amargo néctar que os regalaré, que constará de una primera parte de varios cientos de páginas; y si todo va bien, la segunda parte saldrá después de otros pocos meses, prometiendo más y mejor.

¿Aceptaréis mi órdago? Espero que sí.

¿Qué puedo prometeros? Puedo prometeros que daré lo mejor de mí, que seréis burlados, manipulados y divertidos con los disfraces de la ficción, y que encontraréis todo lo que buscáis: amor, guerra, batallas, mentiras, ambiciones, dioses, profecías, hombres, reyes, príncipes, dolor, lágrimas, muerte y sangre, y mucho más. Puedo prometeros que hallaréis al hombre en su descarnada realidad bajo la apariencia de su gloria, una gloria pasajera y con pies de barro. Puedo prometeros que esta es la novela que a mí me hubiera gustado leer; los que me conocéis bien sabéis lo que eso significa, pues no soy precisamente complaciente con los libros que leo, ni me conformo con cualquiera. Mis lecturas habituales que cada año transcurren ante mis ojos están llenas de nombres tales como Tolkien, Shakespeare, Lovecraft, Melville, Martin, Garcilaso, Reverte, Verne, Quevedo, Hugo, Cervantes, Poe, César, Tolstoi y muchos más. Y éstas son solo las habituales, esas relecturas, a veces no siempre extensas pero siempre intensas, que no puedo dejar de hacer, porque un año sin Shakespeare o sin Verne es, literalmente, un año perdido. Una vida perdida, en realidad. A veces me pregunto cómo puede haber personas que viven su vida sin haber leído a Víctor Hugo o a Garcilaso de la Vega. Es como vivir toda una existencia sin probar el café; cuando lo piensas te dices «¿en serio?. ¡Nadie puede vivir así!» Es decir, sí, es posible hacerlo, pero ¿tiene sentido? ¿La humanidad se merecería seguir existiendo si nadie tomara café? Creo que no. Pues tampoco se merecerá seguir pululando bajo cuando nadie lea a Shakespeare.

Eso es lo que os prometo. Y esto es lo que os anuncio, como si fuera un canto de Navidad: un libro os ha sido dado. Venid a leerlo. ¿Qué traeréis en vuestra mochila? No hace falta oro, incienso ni mirra. Solo hacéis falta vosotros mismos. Os espero, por supuesto. Porque esto os pido: que llenéis la sala cuando el libro se presente, que os hagáis presentes, que me demostréis que estáis ahí. No hace falta que digáis nada. Solo estad. Solo haceos presentes. Así llenaréis mi alma.

Con esta noticia, puedo celebrar que me ha sido concedida la inmortalidad, y a vosotros conmigo. El don mayor que hombre alguno puede imaginar cuando de dejar un legado se trata, que supera la longevidad de la carne, incluso la dureza de la piedra. La fama. La verdadera fama, que es la que procede de las obras y hazañas del ser humano individual, y no de esa fama artificial, vacía y efímera que dan los medios de comunicación, que vomitan y luego vuelven a fagocitar sus propios productos sin fuste ni grandeza. La verdadera fama, no esa producción en cadena de basura intelectual llamada a ser el alimento del cerebro de las clases-masa, como el carbón para los braseros de los pobres de no hace tanto. Esa fama auténtica y real, perdurable y marmórea, que algún día será alabada por los que hombres sabios y envidiada por los no tan sabios, ese nombre eterno que Dios concede a algunos hombres extraordinarios y, de vez en cuando, también a alguno mediocre, como yo, como imagen e imitación de la grandeza y eternidad de su propio nombre. Y digo que a vosotros os ha sido concedida también porque sois parte de mi obra, habéis caminado conmigo durante todo este proceso y me habéis apoyado. Cuando mi obra esté en las librerías y bibliotecas, la verdad es que una parte lo deberá a vosotros.

No voy a terminar sin poner todo lo anterior en tela de juicio, porque la vida da muchas vueltas y hasta que no vea el libro publicado no estaré tranquilo, pero tampoco sin dar las gracias a todos los que han creído en mí, empezando por mi editorial.

Y por último, quiero anunciaros que podéis estar tranquilos: seguiré publicando extractos de La Canción Eterna. De hecho, el próximo fin de semana, día arriba, día abajo, colgaré aquí en mi blog un nuevo extracto para que podáis evaluar por vosotros mismos si valdrá la pena comprarla y, por supuesto, para que os vayáis inflamando en la expectativa. «Hype», lo llaman los ingleses. «Ansia» me gusta decir a mí. ¿Tenéis sed de buenas historias? Entonces os traigo un licor delicioso. Os colmaréis hasta la saciedad. Porque este puto libro que está siendo mi calvario y mi esperanza a la vez lleva dentro la semilla de mil historias contadas al unísono y otras muchas más por contar, que formarán parte de mi universo literario hasta que mis ojos se apaguen. Desde entonces, e incluso antes, serán vuestros. Solo vuestros. Porque un escritor no se pertenece: le pertenece a la humanidad.

Gracias a todos, amigos. Me despido con un versículo de mi colección de poemas y aforismos El Maestro de los Vientos: «¡Bienvenidos, amigos, al misterio de mi voz y a la aventura de mi canción!».

Pues eso. Acojonante.

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