SUEÑOS BÍBLICOS (III)

Nueva entrega de esta serie de relatos con temática bíblica. Gratis total para vosotros, mis lectores. Apoyadme con un like y compartiendo si queréis más. Hoy os traigo EL HIJO DEL DESIERTO.

Dios le dijo [a Abraham]:” …en cuanto al hijo de la esclava, yo haré de él una gran nación, porque también es descendiente tuyo».

A la madrugada del día siguiente, tomó un poco de pan y un odre con agua y se los dio a Agar; se los puso sobre las espaldas, y la despidió junto con el niño. Ella partió y anduvo errante por el desierto de Berseba (Gn 21,12-13)

El desierto brillaba. El aire caliente hacía temblar el contorno de las montañas distantes. Ni un soplo de brisa. La luz deslumbrante. Calor del infierno en medio del día. El silencio sobre el mundo inmóvil… Dos sombras diminutas caminaban lentamente por la dorada superficie de las arenas. Apenas podían moverse. La muerte parecía caminar junto a ellas. De lejos semejaban pequeños insectos que cansados recorrieran el polvoriento suelo en busca de comida. Pero no tienen prisa. Si hay un peligro acechándolas, no lo sienten. O quizá ya no tienen las fuerzas suficientes para tratar de huir…

De cerca se observa que las sombras tienen colores, vestidos, piernas, cara. Van cogidas de la mano. Una de ellas apenas sabe caminar. La otra es casi el triple de alta, pero se encorva sobre sí misma. Ambas son fantasmas que vagan por la inmensidad del desierto, almas desterradas que no saben adónde ir, perdidas donde nadie puede encontrarlas, y se tienen tan sólo una a otra durante un breve espacio de tiempo, mientras las piernas sigan caminando solas y la naturaleza inconsciente se resista a apagarse.

A veces la sombra mayor hablaba para sí en voz alta. Pero nunca se miraban. Parecía hablar para el aire, o para su propia conciencia. En su voz se notaba que era una mujer. Y una mujer joven, por añadidura. Tenía una voz suave, algo aguda, y su tono era una mezcla de cansancio y serena desesperanza.

La otra sombra era un niño.

Estuvieron un largo rato en silencio. La mujer tiraba dulcemente del niño, que caminaba muy despacio. De vez en cuando lo tomaba en sus brazos, y entonces ambos semejaban una extraña forma salida de la noche y de los sueños. Pero al cabo otra vez lo depositaba en el suelo, y tiraba de él dulcemente para que se moviera muy despacio.

Bebieron un sorbo de agua. Comieron algo de pan, sin detenerse siquiera. Insuficiente para ambos. Los odres vacíos…

Por fin la mujer habló de nuevo:

– Hijo mío, anda un poco más y pronto te cogeré en mis brazos durante un buen trecho. Haz un esfuerzo. Debes ayudar a tu madre, hijo mío, ahora que todos nos han abandonado. Ahora que todos nos han dejado, sólo tú eres el apoyo de tu madre, y aunque eres aún tan pequeño, eres el único hombre que tengo cerca. Y como hombre debes comportarte, hijo. Así que anda y no llores. Pronto te cogeré en mis brazos.

Calló. Siguieron andando…

– La tarde se acerca, hijo mío, Ismael. Si soportamos el calor de estas horas, pronto sentiremos alivio a nuestro sofoco, hijo mío. Tu padre se hallará ahora bañándose en el arroyo que corría junto a los prados que están al pie de las montañas de levante. Allí el agua cubre hasta las rodillas, hijo mío, y al atardecer es fresca y repara la sed y el cansancio, en estos meses de verano. Pero, mira, allí  cerca veo unos arbustos que pueden darnos algo de sombra mientras pasa la tarde y esperamos la muerte. Ya nos vamos acercando, hijo, date prisa. ¡Eso es! Túmbate tú aquí sobre mi regazo, y yo te contaré un cuento hasta que te duermas. ¿Qué cuento te contaré, hijo bonito? ¡Ya sé! Te contaré el cuento de Abraham e Ismael, un cuento muy hermoso, aunque con un final incierto… Quizá así pasemos mejor el calor de la tarde, si alguna víbora no viene a echarnos de su lugar de reposo. Verás, relájate y cierra los ojos, que diré lo que me venga a la cabeza…

Así pues, acomodada como pudo bajo el arbusto chato, que arrojaba un tanto de sombra para proteger su espalda y la cabeza de su pequeño, comenzó Agar a hablar de nuevo en voz alta tras varios suspiros muy profundos. Su rostro, otrora terso y moreno, ahora parecía acartonado y viejo.

– Había una vez –dijo- un hombre sabio y bueno, alegre y amable con todos, llamado Abraham. Pero ese hombre, amigo de Dios, tenía una mujer suspicaz y orgullosa, que sufría el castigo de ser estéril, por lo que ambos ya eran ancianos y no tenían hijos. Es cierto que Abraham disponía de grandes bienes y de muchos esclavos; que podría haber tomado otra esposa o haberla despedido. Pero quería mucho a Sara, que es como se llamaba ella. Y en su ancianidad uno y otro eran su consuelo mutuo. Pasaban los años, y la promesa del Señor no acababa de cumplirse. Así sucede muchas veces, hijo, por lo que vemos de los antiguos: apréndelo bien, que Dios tiene sus horas propias y gusta de llevar la contraria a los hombres, que a menudo esperan lograr de él todo cuanto esperan en un solo día. La que menos se fiaba de Dios era Sara. Quizá, en el fondo, sería que Sara tampoco se fiaba de su marido, Abraham. Quizá, en el fondo, creía que un anciano bondadoso pero soñador, que se creía sus propias historias y que confiaba demasiado en una sombra invisible que él decía que le hablaba.

»El caso es que, movida a compasión de su marido, que se lamentaba de que sus bienes no pasarían a sus hijos, pues no tenía, sino a un asociado, Sara maquinó la siguiente maniobra: que Abraham se acostara con su esclava Agar, mucho más joven y hermosa que ella, y tuviera un hijo, al que Sara, por supuesto, pensaba en un principio adoptar como propio. Ese eres tú, ¿sabes? ¡Tú ibas a ser adoptado por tu dueña, cariño! Sin embargo, la joven esclava pronto se vio favorecida por el cariño de Abraham, que la colmaba de cuidados, y su vanidad aumentó a la par que su barriga. Por supuesto, aumentaron también la envidia y la rabia de Sara, su dueña, que no pudo soportarlo más y cambió de opinión: decidió que ni Agar ni su hijo podían seguir en el campamento. Dado que ella no tenía autoridad para echarlos, logró que Agar se molestara y huyera por su propia cuenta. ¡Qué locura!, pensarás. ¡Y lo era, hijo mío! Yo sola, embarazada, caminando por el desierto.

»Pero aquí viene lo mejor: llegué el pozo de Lajaj Roí, cuando me creía perdida. Y allí, ¡oh maravilla!, allí un ángel del Señor, del Dios de Abraham, se me apareció y me dijo cosas que me llenaron de asombro. Fíjate, hijo, recuerda mis palabras ahora que acaso estás a punto de volver a verlo en el otro mundo… Me dijo que no tuviera miedo de mi señora y volviera con ella, que no haría daño a mi hijo (a ti), y que el Señor se haría cargo de ti y te adoptaría como hijo, si ella no lo hacía, constituyéndote en padre de muchas naciones y multiplicando tu descendencia. ¿Te das cuenta, Ismael? Él te puso el nombre (lo que significa que escuchó mi aflicción), Él te adoptó cuando todos nos abandonaron. Cuando nos quedamos sin patria, sin tierra, sin casa, sin padre, Él te tomó como suyo y depositó su bendición sobre ti. No tenía necesidad de hacerlo. Es importante que comprendas esto, Ismael. Él no tenía necesidad ni obligación de hacerlo. Pero lo hizo. ¡Él había prometido a Abraham que su descendencia sería infinita y que sería padre de muchas naciones! Y antes de nacer Isaac ya cumplió en ti su promesa, al menos por ahora… ¿Y sabes que es lo mejor? Que se valió de instrumentos pobres, de maldades humanas. Sí, cariño mío, incluso una mujer sin experiencia ni enseñanza como yo, una esclava, pero una esclava que ha escuchado muchas veces de los labios de Abraham las palabras de Dios, puede comprender y apreciar la forma de actuar de este Señor Altísimo. Se ha valido, fíjate, de la desconfianza de Sara, de su falta de fe y de su incredulidad respecto de la fe de su marido; se ha valido de la vanidad estúpida de una joven como yo; se ha valido de la envidia de una vieja estéril que no soporta ver el fruto de su propio proyecto crecer y hacerse realidad en otra; se ha valido de sus celos, y del corazón ingenuo y cariñoso de Abraham, que me colmó de ternuras y no solamente se acostó conmigo, sino que fue algo más que un dueño para mí: fue mi compañero, mi amante amable.

»Sí, Ismael, ese Señor Altísimo y misterioso cuyo ángel me habló junto a la fuente de Lajaj Roí (estos ojos lo vieron, esos oídos lo oyeron, aunque nadie estuviera a mi lado para testificarlo), ese Dios desconocido y aparentemente lejano, se debió de reír bastante con nuestras tonterías. Se debió de reír con mi absurdo envalentonamiento, pues me paseaba delante de Sara como un pavo real mostrando lo que yo creía mi trofeo y no era en realidad sino la obra de Dios, en la que yo poca parte tenía. Se debió de reír con las envidias y los celos sin sentido de una anciana que ha perdido la belleza y no ha ganado en sabiduría. Se debió de reír con la bondad a veces ciega, a veces simplemente indiferente, de un corazón tan bueno pero tan confiado también como el de Abraham. Y de todo este embrollo familiar, de este lío, salió algo que ni Abraham sospechó ni Sara pudo creer: el Señor bendijo a Abraham no con un hijo que continuara su estirpe, ¡sino con dos! ¡Y uno de ellos eres tú…!

»Sin embargo, hijito mío, no serás heredero de las tierras y la fortuna de Abraham… Él te ha desterrado por instigación de Sara. Parece que de nuevo nuestra dueña dirige nuestro destino por caminos distintos a los anunciados por el Señor. Hemos vagado por el desierto, del que ya formas parte, pues estuviste en él incluso antes de nacer, y hemos llegado al término de nuestro andar, sin saber adónde. Aquí, bajo un arbusto, nos hemos tumbado para morir, Ismael. Tú dormido y yo despierta, pero ambos abandonados, pues ni Abraham supo oponerse a su esposa, ni ésta supo dar fe a las palabras del ángel, ni el Dios de tu padre ha aparecido de nuevo. Ahora sólo queda acostarse y dejar que el tiempo pase… Aquí, lejos de todos, ya sólo somos un grano de arena más en el desierto, fundidos con él, tan secos que ni las lágrimas nos humedecen los ojos.

Al decir estas palabras, Agar se levantó, dejando a su hijo recostado bajo el arbusto, y se alejó de él un tiro de flecha, para no verlo morir. Pero el niño se despertó, y no sabiendo dónde estaba su madre, se puso a llorar a voz en grito. A Agar se le partía el corazón, pero ya no le quedaban fuerzas para seguir luchando. Eran dos abandonados, pensaba. El ángel, quizá, sólo quizá, había sido una alucinación de su mente cansada…

Se dejó caer sobre la arena. Sentía el mundo muy cercano a su alrededor, como si no tuviera piel y las cosas le tocaran directamente la carne. La brisa soplaba fresca. La tarde se iba muriendo. El sol se ocultaba tras los montes lejanos. El silencio empezaba poco a poco a dar paso al murmullo que anuncia la tormenta que nace en mares desconocidos.

Agar cerró los ojos, concentrándose sólo en el llanto de su hijo y en la visión de aquel ángel que tuvo junto al pozo. ¡Era tan hermoso! Sonreía y hablaba con voz suave y a la vez firme. Le había parecido entonces que nada podía fallar. La serenidad había dominado su espíritu. La fe había crecido casi de forma natural. Amaba a todos. Se sentía bendecida y protegida. Aquel ser luminoso la llenaba de tranquilidad y confianza. ¡Había un Dios en el cielo que se ocupaba de las cosas de los hombres! Un Dios para quien un niño abandonado en el desierto era importante. Él, el ángel, había asegurado que su hijo sería más que un hombre, una bestia salvaje, que no dejaría que sus hermanos vivieran en paz, que combatiría con ellos por cada palmo de terreno y que siempre estaría frente a ellos. Quizá, en el fondo, era el castigo por aquel destierro. Y ella se sentiría orgullosa de la fuerza y la pujanza de su hijo. Pero… ¿cómo se haría realidad aquella promesa si iban a morir sin remedio alguno, desterrados, abandonados?

Sintió entonces que un viento fuerte iba llegando de lejanos cielos. La oscuridad invadía poco a poco la tierra. Y la arena se levantaba a ráfagas, formando remolinos que se elevaban hasta desaparecer, cuando el viento arreciaba o cambiaba de dirección.

Agar abrió los ojos, por instinto de supervivencia. Ya no tenía ganas de seguir viviendo. Ni de llorar…

Quiso mirar adonde estaba su hijo por última vez. ¿Para qué?, pensó al fin. Y volvió a cerrar los ojos.

Pero…

¿Por qué ya no lloraba él? ¿Habría muerto ya? Y si era así, ¿cómo podía una madre estar lejos de su pequeño, de su cuerpecito, de su cadáver abandonado? Tenía que ir junto a él, y morir allí, junto a él, porque era su madre. Aunque no tuviera padre que se quisiera hacer cargo de él… Aunque aquel Dios que dijo querer hacer de padre de su hijo y que le puso nombre los hubiera dejado…

Aunque, quizá, en el fondo, todo había sido imaginación suya. Pero, aun así, tenía que estar junto a su pequeño.

Su pequeño, que ya no lloraba…

Agar abrió los ojos. Incorporándose con dificultad, sintiendo todos sus miembros agarrotados, giró la cabeza. Y he aquí que su corazón dio un vuelco de sorpresa, emoción y alegría, que su respiración se detuvo durante un momento, que su garganta dejó escapar un grito alborozado, cuando en el lugar donde su pequeño se hallaba vio brillar una luz que ya le era conocida…

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