En mi cuadragésimo cumpleaños

Este soy yo.

Cuarenta son muchos. O no, según se mire. Según desde donde se mire… Pero aquí estoy, con tripa, con algo de papada y con incipientes ojeras, aunque debería decir infantiles, porque estar están siempre, pero no acaban de crecer. Junto con mi cuenta bancaria, son las únicas cosas que no acaban de crecer en mi vida.

Pero no he subido este post para lamentarme ni hacer una elegía de los años que se fueron. No me interesa para nada el pasado. Mi historia la contarán otros. Sé que he cometido muchos errores, y quizás unos pocos aciertos. Pero me importa muy poco. Pasado es una palabra malsonante. No se mienta a los muertos. Yo vivo hoy y viviré mañana, si Dios quiere. El pasado ya se fue. Caput.

Gracias a todos. En general. Al mundo. A Dios. Al Universo. A los hombres, tan insignificantes y tan importantes, notarios de la historia y de la creación. Gracias especialmente a los que me aman. Yo sé quiénes son, no hace falta que los nombre. Ellos han hecho que quiera seguir viviendo cada día, porque el amor, al contrario de lo que muchos creen, no es un motivo para morir, sino para vivir. No se muere de amor, se vive. El amor es el alimento de la esperanza. La esperanza es el cable suspendido sobre el abismo por el que andamos, sin red ni arnés. Gracias a ellos por mantenerme sobre el cable.

El abismo está ahí. Lo veo por el rabillo del ojo. Cada día más cerca. Pero no me importa. Habrá valido la pena estar aquí arriba, suspendido sobre el peligro, riéndome de él a la cara, durante lo que no es más que un breve instante en la antigüedad del universo, pero un instante apasionante, acojonante, brutal. Ha valido la pena.

Gracias. Yo sé quiénes sois. Mi corazón se ha ido dejando en el camino mil jirones, y cada uno os habéis llevado unos cuantos pegados a vuestra alma. Así debe ser. Esto es la vida. Ir ganando para ir perdiendo. Es lo justo. Estoy feliz de haberos conocido.

Nuestras almas se tocaron durante un fugaz segundo en el devenir de la historia, en medio de la inmensidad del universo, movidas por un destino lejano y oculto, que nos hizo cruzarnos. ¡Qué hermosa herencia me tocó, con vuestro nombre y apellidos! Ante todo y por encima de todo, mi tesoro son Beltrán y Lucía, las personas más importantes de mi vida, regalos que jamás imaginé tan hermosos y valiosos. Ellos vinieron por medio de una mujer increíble, una mujer de magnificencia sobrehumana a la que un día se le ocurrió la estúpida idea de amarme y que ha soportado mis consiguientes estupideces durante más años de los que he merecido. Ella sabe. Yo sé. Con eso basta.

A los demás, a los que no me habéis querido, suerte en todo, pero menos.

Los escritores también cumplimos años. Y no dejamos de cumplir al morirnos (la Parca está ahí, esperando, aunque espero engañarla y sortearla todavía durante una eternidad), sino que entonces los cumplimos más despacio y con más solemnidad, y a veces con una familia mayor, y más amigos. Si algún día la Parca, por astucia o fortuna, me alcanza, queda en vosotros la misión de hacer que siga viviendo en mis obras, que son la herencia que os dejo, hombres del futuro.

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