SUEÑOS BÍBLICOS (II)

Nueva entrega de esta serie de relatos con temática bíblica. Gratis total para vosotros, mis lectores. Apoyadme con un like y compartiendo si queréis más. Hoy os traigo LA ÚLTIMA ORACIÓN DE CAÍN.

La muerte de Abel – Gustavo Doré

¿Te acuerdas, Señor, de aquella tarde en que comenzó todo, aquella tarde, lejana ya, en que arrebaté el espíritu de vida a mi hermano; aquella tarde veraniega en que brillaba el sol y volaba la cigüeña, cuando saliendo de la sombra de una roca asalté al hijo de mi madre llevando en mi mano una quijada de burro, y con ella abrí sus sienes, desparramando sus humores, ahogándole el aliento que salía de su boca?

¡Claro que te acuerdas!

Entonces, si sabías de mis actos, ¿por qué me preguntaste por él? ¿Por qué no me acusaste a la primera, sin darme la oportunidad de confesar mi pecado antes de ser descubierto e intentar así aplacar un tanto tu justa cólera? Hubiera preferido que lo hicieras de este modo, te lo aseguro.

Sin embargo, tenías que callar y esperar…

¿Te acuerdas, Señor, de lo que te decía antes de aquella tarde, de las palabras terribles que te dirigí a causa de la oscura rabia que iba creciendo en mi alma, del odio homicida que albergué hacia él, quien me superaba en todo?

¡Claro que te acuerdas!

Entonces, si sabías de lo que era capaz, si escuchaste mis últimas rogativas, súplicas y oraciones, ya producto del rencor, pero aún capaces de remedio, ¿por qué esperaste que comprendiera? ¿Por qué me diste la oportunidad de perderme o salvarme por mis actos?

¡Te odio! ¡No sabes cuánto te odio! ¿Qué hiciste de la vida y el alma que puse en tus manos? Porque yo confiaba en ti. ¿Cómo llegaste a perderlas? Esperé que me las devolvieras felices y floridas, y sin embargo están enterradas ahora en el barro. ¡No me hables más! Estoy harto de que a mis desvelos tú respondas a pedradas…

Decepcionado no estoy. Es poco para lo que siento. Es mucho peor: muerto estás para mí.

Pero espera…

Yo le odiaba por ti. Ahora ambos, Tú y él, confundidos en un único ser luminoso y terrible, aparecéis ante mis ojos viejos, como una sombra salida de mi más remoto amanecer, entre las brumas de la una mañana olvidada, fría y tenebrosa. Porque yo te vi… Y aunque estoy marcado, maldito, soy quizá el último de los que viven sobre la tierra que vio tu rostro y no murió. Al menos por fuera… Ya que la pregunta que me viene a la mente, oh Señor, es: ¿quién me metió en el corazón aquella respiración de sangre? Si no fuiste tú, ¿qué fuerza o poder me señaló el objetivo y la forma de alcanzarlo?

Hay muchas cosas que no nos contaste, Altísimo…

Reconozco, no obstante, que maté a mi hermano, y soy responsable de ello. Pero no maté su recuerdo. Y eso me está matando a mí ahora. Pues mientras él siga en mí te encontraré allí donde vaya, desterrado y fugitivo. Y tu presencia y su memoria son aguijones que se clavan en mi carne y me traen a la vista lo que fui: puesto que hubo un tiempo en que fui bueno; bueno y feliz.

Aún lo veo: vencido sobre el polvo, expirada el alma; la sangre le manaba en silenciosa y lúgubre fuente. Ya no había vida. Ya no tenía nada.

Me creí poderoso.

Ahora, en cambio, en mi hora más insoportable, los pétreos miembros de la noche se cierran y abalanzan sobre mi espíritu añoso. La oscuridad negra se acuesta sobre el aire. Pesa su abrazo como nubes de plomo. ¡Océanos tenebrosos, diamantinos nimbos intocables, salones resonantes de tinieblas! Quiero encontrarme, sostenerme en ellos, mas no hay paredes ni pilares. Y como un borracho, ebrio de terror, siento temblar mis piernas, voy perdiendo el dominio de mí mismo, se va rompiendo mi equilibrio, me tambaleo. Y, al fin, de bruces al suelo caeré, callado y estúpido, mientras mis ojos se cierran para no volverse a abrir.

Dime, Señor, ¿dónde van los ojos que han contemplado el crimen? ¿Qué luz verán allá en la tierra de la que no vuelve nadie? Y, sobre todo, ¿estará él allí?

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